martes, 19 de marzo de 2013

El casabe nuestro de cada día

B1TOPICOS


En la República de Honduras es familiar decirle “yuca” a una noticia desagradable, pero en Guayana y muchas otras partes de Venezuela, yuca es una buena noticia en esta hora de la escasez alimentaria que nos pone a reflexionar en serio sobre la tesis Maltusiana.
Nos referimos como noticia buena a la yuca dulce, porque la amarga se está poniendo amarga de verdad.
La yuca, bueno es recordarlo, es muy americana y alimenticia en sus dos variedades conocidas, aunque en Europa la utilicen como planta de ornamento, según tenemos entendido. Crece este tubérculo en suelos frescos arenosos supliéndole a nuestros indios y campesinos las calorías que no son posibles hacerles llegar por otros medios.
Cuando decimos yuca, decimos mandioca, con lo cual se elabora el “casabe” o “cazabe” desde los más remotos tiempos americanos y que junto con la arepa forma el alimento base de la mayoría de los venezolanos, pese a la universalidad del pan de trigo que algún día tendrá que dejarle definitivamente la plaza libre a estas dos harinas autóctonas a las que últimamente ha querido agregarse la soya.
El casabe en un tiempo fue el alimento de los humildes y cuyo rango en la actualidad ha venido a conquistar la arepa. Hay razones para aseverar que el auténtico casabe, por lo menos en Ciudad Bolívar, es un artículo de lujo, especialmente si es el denominado “cintillo”, que se elabora en Guasipati, en El Miamo o Upata, porque ya el “palermero” que se hacía en Soledad y reputado como el mejor de Venezuela, no existe. Respondía su inmejorable calidad a una fórmula auténtica de familia que se extinguió con el último de sus miembros. Por esa razón no disfrutamos ese manjar que nos venía envuelto en hojas secas de plátano y al más alto precio de la vecina población orinoqueña. Ahora en su sucesor se ha convertido el casabe de cintillo, de doble hoja, fresco, agradable, de exquisito sabor y olor y de un color dorado que invita al más neófito en materia casabera.
Y es que el casabe guayanés como su queso tiene fama en cualquier restaurante del país, especialmente si viene de Guasipati adentro. Allí se produce el mejor casabe, de primera, con un buen sol y almidón, porque allá generalmente el tiempo y la tierra son ideales.
La raíz de la yuca amarga debe madurar bien bajo tierra y a la hora de prender los budares tiene que haber buen sol para que esta torta de harina de mandioca sobre la trojas no se malogre reduciendo su calidad a un casabe de segunda, o de tercera, que es a lo sumo el que ahora pueden comprar los pobres.
Los guayaneses están convencidos de que el casabe elaborado con muchos artificios mecánicos como los de la cigüeña, la prensa y otros artefactos inventados por la tecnología moderna, no es tan bueno como el elaborado con los tradicionales equipos del rayo, el sebucán y el manare, cestas indígenas estas dos últimas que han sido desplazadas de la industria del cazabe y convertidas en artesanía indígena artística para la exhibición y la curiosidad del turista.
De todas formas el casabe sigue siendo el casabe de todos los tiempos a pesar de que ha dejado en muchos casos de ser  producto artesanal para convertirse en producto de la moderna tecnología industrial que lo ofrece además en forma de galleticas y como si fuera pan sueco. Los sembradíos de yuca han crecido en grandes extensiones no sólo por el casabe mismo sino por otros derivados de aplicación más productiva en la industria química y animal.

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