viernes, 21 de marzo de 2014

El primer libro de Olimpia



El primer libro de la periodista Olimpia Berti Unceín “Los primeros días de la última década” publicado por el Fondo Editorial Predios en 1995, llegó a mis manos con una dedicatoria de la autora y hasta ahora, casi veinte años después, no había podido leerlo porque lo suponía hurtado de mi escritorio. Pero reorganizando mi biblioteca apareció y antes de que volviera a extraviarse me apresuré a leerlo.
         No se trata de una novela como  entonces suponía sino de un relato de sucesos reales extraídos de la prensa, pero literariamente tratados para hacerlo más digerible toda vez que aborda hechos nada gratos como el de los ojos extraídos durante una riña a un sujeto de nombre Óscar Benítez.
         No sé porque motivo subconsciente me puse a pensar en el color de los ojos del agraviado y también en el color de los ojos de la colega periodista.  La verdad es que no sé de cuál color son los ojos de Olimpia.  Si negros, castaños, verdes, color de luna o si fueron hechos para su esposo en la frontera, como dice Neruda.   Por naturaleza suelo ver el bosque en su conjunto sin detallar sus componentes. Me atrae más la atmósfera envolvente.  Habría querido ser como Rafael Alberti ante los ojos de Picasso o, en todo caso,  como José Berti ¿el abuelo de Olimpia? que andaba por la selva del Alto Paragua auscultando el alma y los ojos de los Arecunas.
         No pude fijarme con detenimiento en los ojos de Olimpia  en tanto tiempo visitándola  como colaborador cuando ella con el colega Arístides Gómez dirigía la revista “Eslabón” de CVG-Interalúmina.  Ni cuando viajamos juntos a Mérida, invitados para conferenciar con el profesor Enrique Plata Ramírez, quien realizaba un trabajo de investigación sobre la novela de Berti “Hacía el oeste corre el Antabare”.
         En  “Los primero días de la última década” ,  el primer capítulo habla de un monaguense  que en riña le sacaron los ojos con un destornillador.  Una anécdota despiadadamente cruenta  que  la colega, con mejor fortuna, habría podido aprovechar para desarrollar una novela, pero ella prefirió concatenarla con otros episodios para dar cuenta de la descomposición social de la Venezuela de aquella década umbral del siglo en curso.
         Reflexionando sobre la muerte en el papel literario de El Nacional, Ludovico Silva,  decía  que  uno muere tantas veces como morir vea a otro. Uno vive en carne propia, o de cierto modo  somatiza, lo que al semejante le acontece  en un momento circunstancial. Es un problema humano de alta sensibilidad que le ha podido ocurrir a Olimpia cuando leyó en el periódico aquel suceso cuya angustia drenó en el primer capítulo del libro por el cual para su edición se interesó el poeta Pedro Suárez. 
         Quedarse de por vida envuelto en la oscuridad, sin más recuso que la intuición orientativa y la afinación de los sentidos restantes, es un drama existencial imposible de superar aún  con 300 electrodos de titanio instalados en el cerebro y una minúscula antena bajo la piel.
         El cuento real así contado en el libro no da cuenta del destino final del agraviado sino más bien  de la preocupación del juez de la causa por saber el paradero de los globos oculares.  Este a mi manera de ver  sería el primer caso de tal característica registrado en el país y el segundo en el mundo.  El primero habría ocurrido en España, en la cárcel del puerto de Vallarta cuando Héctor Martínez, de 25 años, que se encontraba detenido, fue agredido de forma salvaje por otro interno, quien le sacó los ojos. 


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