lunes, 21 de noviembre de 2011

La Herrería de José Abati

             
El 23 de enero de 1917, aparece el anuncio de la instalación del taller de herrería y mecánica del italiano José Abati, procedente de las Minas de Naricual donde operaba desde 1899 con la Compañía “Lanzón Manttini”.  Su Taller de Ciudad Bolívar, en la calle El Porvenir, frente a la Laguna,  resultó una escuela muy provechosa para numerosos guayaneses como Ramón Alcocer, quien se independizó constituyendo su propio taller mecánico; Aquiles Ballizi, qien pasó a operar las maquinarias de la Tenería de los “Hermanos Bilancieri”;  José Leal, tractorista mecánico que pasó al servicio de la Oficina Técnica Gutiérrez y Cia de Caracas.
            En tiempos del General Eleazar López Contreras y siendo el  Dr. Ovidio Pérez Agreda, Presidente del  Estado, dispuso reducir el perímetro de la Plaza  Bolívar a fin de facilitar el tránsito de automóviles por la calle Bolívar que resultaba estrecha. Se le asignó el trabajo a la Herrería de Abatti, ubicada en la avenida,  quien tomó las previsiones para mantener los portones, pero una violenta decisión del Presidente del Estado culmino con su eliminación definitiva por estimar que las plazas públicas debían permanecer abierta, sin horario, para el disfrute pleno de la ciudadanía. Los portones permanecían desde entonces bajo custodia en el fondo de la casa de José Abatti Bureli, hijo. .
            Hasta entonces y desde mediados del siglo pasado se acostumbraba  abrir y cerrar la Plaza Bolívar de seis de la mañana a seis de la tarde por cuestión de seguridad y para evitar las deyecciones de las bestias del transporte de tracción así como la incursión de animales realengos en los jardines de la plaza.
            Cerca de la Herrería de José Abati estaba, pero en el Callejón Dalton, la Herrería de Humberto Battes, especializado en fabricar ruedas para Wagon, ruletos y carros de mulas.
Angostura, después Ciudad Bolívar, antes de la llegada de los primero herreros profesionales, exceptuando las antigua y rústicas forjas de los misioneros catalanes en Upata y Mundo Nuevo de Ciudad Bolívar, importaba de Europa, especialmente de las acerías de Hamburgo, ventanas, balcones, rejas, columnas, mascarones, balaustradas y ruedas para carruajes. Es a partir de 1904 cuando se instalan los herreros extranjeros Enrique Ostermay, José Abati, Humberto Bates, Henry Thomas, entre otros, que disminuye gradualmente la importación de esos renglones metálicos que demandaban las edificaciones de los potentados de la economía, alemanes, corsos, ingleses, italianos.
La última Forja de Ciudad Bolívar fue “La Alemana” de José del Valle Silva, comprada a Ostermay con el producto de un billete de lotería,  pero ya este tipo de forjas no se realiza en la ciudad. La civilización ha impuesto otras técnicas y modelos que se avienen muy bien al modernismo y que de ninguna manera se critica o se rechazan, sólo que por corresponder a otro lenguaje no encajan en la arquitectura angostureña que nos viene del siglo dieciocho y que se reforzó durante la mitad del siglo veinte..
            La arquitectura moderna o, en todo caso, la contemporánea, debe recrearse en nuevos espacios y dejar la ciudad primigenia inalterable en su esencia históricamente identificable, lógicamente, dentro de su propio contexto para que mañana cuando las generaciones futuras pregunten cómo era la ciudad de sus abuelos haya, mejor que el recuerdo y la crónica, una realidad viviente, una respuesta permanentemente tangible.
            Las casas antiguas, especialmente si forman un conjunto urbanamente trazado, son la memoria, el testimonio, la historia vívida de la ciudad y la idea de preservarlas, rescatarlas, conservarlas, en el caso de Ciudad Bolívar, fue la intención al ser declarado su casco urbano monumento público nacional en 1976.

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