viernes, 30 de septiembre de 2016

El Hombre y la Máscara

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Hace ya unos años, aunque no tantos, Vicente Fabrizio, italiano de Potenza,  hastiado de vender ropa como los turcos, decidió muy  asociado con su hermano, montar una sala de arte utilitario de 350 metros cuadrados en la calle Venezuela de la ciudad con el nombre de “Memory´s Doménico”, homenaje a su hijo de diecinueve años fallecido trágicamente en accidente vehicular.
        Como cualquiera sala de arte, no estaba realizada para la contemplación y disfrute exclusivamente, sino para  vender las obras artísticas cualquiera fuese su nacionalidad,  estilo, modalidad y por consiguiente promocionar y dar a conocer los expositores invitados.
        En esa sala que tenía como curador al poeta y pintor John Sampson Williams, había un buen dinero invertido en piezas y cristalería importadas al lado de las cuales se exhibían obras escultóricas y pictóricas de artistas locales conocidos.
        La sala fue inaugurada con la segunda exposición individual del poeta y pintor Néstor Rojas, quien el mismo día vendió casi toda la producción situada en la temática de la máscara, un elemento de raíces primitivas que no solamente conocemos a través de los ritos de magia, el teatro y las carnestolendas, sino de la vida misma.  Ya lo decía el famoso cómico inglés.  La vida es una eterna mascarada.
        La máscara está presente de algún modo en la generalidad  del acontecer existencial y por esa misma presencia eterna nunca ha podido ser eludida por el arte en cualquiera de sus manifestaciones.  La literatura shakesperiana no es ajena a la máscara en Romeo y Julieta, por ejemplo: “Dadme un estuche donde colocar mi rostro.  Una careta para otra careta.  ¿Qué me importa que algún ojo curioso  advierta ahora mis deformidades?  He aquí estas mejillas postizas que se ruborizarán por mi”. Tampoco la música de Verdi es extraña a la máscara.  Bastaría con ver a Violeta agonizar en La Traviata.  Aparece en el cine con  Orfeo Negro de M. Camus y en el “Arlequín” de Morris West.  En la danza ni se diga, basta con los Diablos de Yare y en la plástica evidentemente que es inagotable.  Aquellas mismas pinturas de Néstor Roja, de las cuales conservo la que me regaló Fabrizio, era  muestra interesante que encerraba toda una filosofía de las expresiones reflejadas en el rostro que es la eterna máscara del hombre.      
        Lorenzo Batallán, escribió en 1975 un ensayo sobre el hombre y la máscara para afirmar de paso que  el Carnaval existe a partir de la máscara.  Dos circunstancias complementarias sin la cual el Carnaval no se produce porque no es la máscara aislada o el hombre solo con el afán de participar, sino la mascara colocada ritualmente sobre el propio rostro  en decisión voluntaria y autónoma. Solamente en ese instante, según Batallán, nace la Fiesta y sólo desde ese momento el Carnaval existe.
        Pero aduce que el Carnaval es la fiesta de la cobardía.  Presupone que sus protagonistas estarían dispuestos a realizar acciones rigurosamente antípodas en su comportamiento habitual y aún extremas, hasta llegar al crimen incluso, bajo al amparo de algo tan aparentemente frágil como es una máscara que demuestra ser capaz  de penetrar hasta la línea roja ese gigantesco dinamo de la esfera pasional, sentimental o afectiva.
        A veces la máscara es virtual, es decir, no se lleva visible sobre el rostro sino sobre el cerebro y pone como ejemplo  las sociedades secretas del período romántico que usaban la máscara como instrumento esencial de sus conspiraciones.  Los secretos de muchas sociedades actuales, políticas, policiales, diplomáticas, militares, económicas, industriales, se ocultan bajo el disimulo y  la cautela  que no necesitan del antifaz sobre el rostro sino sobre el cerebro.      
               



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