lunes, 5 de septiembre de 2016

Cuernos, cachos y cornudos


Es raro el día en que la página roja del periódico de cualquier lugar de Venezuela no reseñe algún hecho de sangre porque una mujer o viceversa  le montó cuernos a su marido. 
Los dramas  de la infidelidad son tan comunes que ya no escarmientan sino que parecen estimular porque cada vez se multiplican de manera dolorosa. Un sociólogo me decía en estos días que se requeriría un grado de cultura tal para comprender situaciones de esa naturaleza y resolverlas con la mayor entereza y tranquilidad.
Por lo que percibimos, en Venezuela ese grado de cultura está muy por debajo de lo normal.  Hasta hace poco tiempo, la ley condenaba el adulterio de la mujer y no así la del hombre que por lo común es más severa y permanente, hasta que la democracia trajo aparejada la igualdad social y quizás por ello son más frecuentes los casos de parte y parte; pero el hombre, más que la mujer, no la soporta, no la tolera, no la comprende, la toma, en todo caso, como una ofensa y deshonra que solo la compensa la muerte.
         A Federico Pacheco Soublette, excelente periodista, fue acribillado en  el cafetín de Puerto Escondido por un abogado que no soportó la relación de infidelidad que mantenía  su esposa con el autor del ”Recadero Municipal” cuyo nombre como profesional honra El Nacional con un premio anual al mejor de sus corresponsales.  En dos ocasiones, durante los 25 años que trabajé con El Nacional,  obtuve ese premio.
         De la infidelidad conoce la humanidad desde tiempos ignotos y la expresión común de  “Cornudo” es muy universal.  Según todo cuanto se ha escrito sobre la materia tiene su origen en el arte de la cinegética, es decir, de la caza, porque en la época del apareamiento, el ciervo elige varias hembras y se ceba con ellas hasta que otro ciervo más apuesto y vigoroso desafía sus derechos.  Como los ciervos tienen cuernos y otros machos le arrebatan sus compañeras, es evidente la aplicación del término.
         Otra versión lo relaciona con Andrónico I, emperador de Bizancio, antigua colonia griega fundada en el siglo VII antes de Cristo,  que elegía sus amantes entre las esposas de los dignatarios de la corte.  Como forma de compensación le regalaba al esposo un extenso territorio o parque de caza, y como símbolo de su nueva propiedad, el beneficiario podía clavar las astas de un ciervo sobre la puerta de su residencia.  Y todo el que pasaba frente a una puerta así cornificada podía hacerse una idea bastante clara del grado de fidelidad conyugal de ese hogar.
         Al doctor René Silva, compró una vivienda en la Avenida Maracay que tenía el nombre de Quinta Cachón.  Lo cierto es que cuando se mudó para allá, su actual esposa Silky, lo obligó a quitarle el nombre que nada tenía que ver con la versión de los ciervos ni menos con el emperador bizantino, pero aducía que el guayanés es muy malicioso.
         En el Oriente venezolano, cuerno tiene un sinónimo popular: “Cacho”, de manera que a un “Cornudo” le dicen “Cachúo” o “le están pegando cacho”.  También significa  coloquialmente cuento, embuste, exageración.  Es común la expresión “Cachón”. Y en cuanto al vocablo “cuerno” en general, no sólo es utilizado para estigmatizar a quien es víctima de deslealtad conyugal sino también para despedir a alguien con enojo: “Váyase al cuerno” o cuando decimos: “me huele a cuerno quemado” para referirnos a una persona de la cual sospechamos o nos da mala espina.

         En Guayana los artesanos aprovechan el cacho, no el que pueda ponerle su mejer sino el que consiguen en  el matadero –el madero de ganado no en el otro- para peines, cortejos, figuras ornamentales.  Antiguamente la gente de a caballo llevaba un cacho sostenido con una cuerda para tomar agua del morichal o del estero sin apearse de la bestia (La caricatura es del pintor Régulo Pérez hecha junto a Kiko una noche que nos reunimos en la Casa de Wolfgan  Schroder en la Avenida Táchira  junto con Denis Andarcia y Jesús Rodríguez Coa)

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