viernes, 9 de septiembre de 2016

El deltano Alirio Palacios




Un pintor figurativo desde muy temprana edad absorbido por el comunismo, que se consideraba hereje porque nunca fue bautizado toda vez que por donde vivía jamás llegó un sacerdote, pero que sin embargo viaja expresamente a Londres para seguir admirando el lienzo de Miguel Ángel Da Vinci “La Virgen y el niño”.
Por qué un comunista como él no puede admirar también a Rómulo Betancourt.  Alirio confiesa sin reticencia que le impresionó siempre la personalidad recia del hombre de Guatire.
Este artista deltano está hecho de una fibra muy particular, a veces contradictoria.  En el alma lleva arraigada la  figura del caballo a pesar de que durante su infancia jamás conoció a este formidable miembro de la familia de los Équidos.  El venado si durante ese tiempo temprano de su existencia iluminó sus ojos y de hecho su primer dibujo en la pizarra de su tía fue un venado.  El caballo siempre ha perseguido a otro pintor, pero de Monagas, a Chuo Galindo. A quien le hice la presentación en el catálogo de una exposición hecha en Ciudad Bolívar.
         El venado fue su primera pintura en el humilde pueblo de El Volcán muy cerca de Tucupita.  Allí nació Alirio entre caños y montañas en la casa de su madre utilizada por su tía para enseñar las primera letras a los párvulos del vecindario mientras su tío pescador del Orinoco le contaba cuentos mágicos que le persiguen como fantasmas a todas partes adonde lo lleva su arte.  A  Italia, China, Varsovia, Berlín, Ginebra.  En Nueva York, desde hace veinte años tiene instalado su taller lo mismo que en Cañizales de Caracas, de donde salen sus vivencias recreadas en el lienzo y convertidas en espectaculares obras de arte que generan mucho dinero, ese dinero capitalista que miran de soslayo los comunistas, pero que él si lo ve de frente y con felicidad porque lo libra de vivir como Reverón cuya obra la disfrutan otros en tanto que él padeció y murió pobre en un hospital.
         Alirio es un artista muy apegado a la tierra, artista de alma telúrica, casado, pero sin hijo.  Sus hijos son sus pinturas y el río.  A Soto un crítico de arte le preguntó que opinaba de la obra de Alirio Palacios y respondió “Alirio y yo somos del mismo río”.  Buena salida para el artista guayanés que nació como un visual opuesto al figurativismo.  Cuando Soto lo invitaba a almorzar de lo que menos que hablaban era de pintura.  Era más placentero y familiar para ellos hablar de Ciudad Bolívar, del morocoto, del rayao, la curbinata y el lau lau.
         En los años sesenta cuando Alirio Palacios visitaba a Ciudad Bolívar enviado por el Inciba  (de esa época es la fotografía que ilustra esta columna)  para hablar con los jóvenes del agua fuerte y los grabados, se sentía como en su propia tierra deltana y como en Santomé y El Tigre que también forman parte de su vida.  El, nacido en 1938, estudió junto con Alejandro Otero y Mateo Manaure,  en la Cristóbal Rojas de Caracas y con su paisana Gladys Meneses, que sí ha expuesto en el Museo Soto, porque su pintura cuadra con la tendencia modernista del museo donde están representados los artistas de la Vanguardia Histórica Rusa, pasando por el neoplasticismo, la abstracción geométrica, el cinetismo, el arte óptico y el programático.
         Alirio cuando vino a Ciudad Bolívar ya había  obtenido en el Salón Oficial de 1961 el Premio Roma, con el que dio inicio a una serie de viajes de estudio por ciudades y centros de enseñanza artística del mundo
         Del Delta del Orinoco  también es el poeta y escritor José Balza, quien ha escrito sobre Alirio, sobre Soto y Alejandro Otero.

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           Alirio Palacios falleció en Caracas a la edad de 77 años

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