domingo, 5 de junio de 2016

Infancia de Jesús Soto, pionero del arte óptico universal

Penetrable, obra del maestro en el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, en Ciudad BolívarPenetrable, obra del maestro en el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, en Ciudad BolívarFoto Leonardo Suárez Montoya
Jesús Soto nació el 5 de junio de 1923, cuando otro Soto, el general Vicente Pérez Soto, gobernaba en el estado Bolívar.
Nació el niño en pleno juegos florales del Teatro Bolívar, cuando se jugaba Rondá y llegaba a la ciudad monseñor Miguel Antonio Mejía.
Soto creció delgado e inquieto en el regazo de su madre, doña Enma, con una sinusitis que no lo dejaba respirar, pero con la cual acabó de una vez la yerbatería indigenista de Paula, la abuela ágil que bailaba joropo y descifraba las estrellas.
Pescaba el niño, atravesaba el río a nado. Otras veces en curiara, en piragua, y entre el puerto de Santa Ana, Soledad y el hato de doña Paula en los llanos de Anzoátegui, parecía transcurrir la vida de su infancia.
El niño Soto, como Juan Ramón Jiménez, también tenía su Platero. Se llamaba Comino, acaso porque se ponía del mismo color del onoto cuando relinchaba y se restregaba contra los matorrales y la greda del río.
Con su Comino ensillado se iba de trote por el aquel llano abierto que le infundía cierto temor y respeto. El llano al igual que el río le impresionaba hondamente. Pugnaba entonces entre la soledad del llano y la cercanía de la gente.
En ese tiempo tenía edad de escuela, de palotes y de garabatos hechos con pintura de labio y de carbón sobre cartón o el duro lienzo de paredes y tapias.
¡Déjalo tranquilo! Terciaba muchas veces la abuela. “Déjalo mujer, tranquilo, que a lo mejor quiere ser pintor y eso es bueno”.
Y para que dejara en paz el lápiz de la tía Irma y no gastara los carbones del fogón, la complaciente abuela le obsequió un arcoíris de creyones.
Desde entonces, desde la edad de cinco años, Soto pintaba, jamás dejó de pintar y fue pintor.
Pero, acaso, también músico, buscando la vena del padre Luis García Parra que era violinista de circos, cines y parrandas. El, igualmente, pretendía atrapar el sonido con la misma gracia y sensibilidad de su padre. Más no con el violín. Prefería la guitarra, intermedio entre ese instrumento antiguo de Carmona y el cuatro criollo del llano.
Amores y bailes
MÁS DE AMÉRICO FERNÁNDEZ
Siempre Soto soñó con una guitarra hasta que al fin un día la tuvo, ya fuera de infancia, en Caracas, Maracaibo, París, donde había un sabio del instrumento, el maestro Lagoya, que tanto le enseñó y tanto quiso fuese como él. Pero Soto había nacido y crecía para ser pintor.
Un día Soto se dio cuenta que su infancia se le estaba quedando atrás. Fue cuando el amor rozó su piel impregnada de playa, llano y sol.
El amor le llegó temprano y temprano quiso deshacerse de él, obligado por quien tiene metas en dirección hacia otros horizontes. El amor primaveral, tierno y romántico, entre picoteos, excursiones y películas, lo sacudió, pero sin que pudiera alienarlo.
Soto era un joven de muchas horas de cine. Estaba exonerado de puerta gracias a que desde muy de madrugada, pintaba los carteles y cartelones anunciando la película del día.
Calzaba unas buenas horas de pista, bailando en cada fiesta de amigos. El baile era su pasión. Cualquier música contagiaba su ser, armonizaba sus pasos, un bolero, una rumba, una guaracha y hasta un foxtrot.
Llegada a Caracas
Pero un día de tanto pintar carteles, hasta 50 en una hora, de los cines Royal, América y Mundial, a alguien, aparte de sí mismo, se le ocurrió que debía ser pintor de verdad y le puso como único requisito una beca.
Entre Vicencio Pérez Soto y Mario Briceño Iragorri, habían pasado por esta Ciudad Bolívar casi un gobernador por cada año de su vida y él contaba diecinueve. El obispo, sin embargo, era el mismo llegado a la ciudad cuando él abría los ojos en el siempre animado puerto santanero, donde se había refugiado su familia agobiada de tanto llano.
Entre el obispo y el gobernador hubo acuerdo y el adolescente pudo distanciarse físicamente de la ciudad y el río y llegar a la ansiada Caracas que parecía abrir todas las posibilidades. Luego fue la ciudad del lago y finalmente París, capital de la cultura y el arte occidental. La ciudad que definitivamente le alumbró el camino, un camino, sin embargo, con rastros de azul y ocre, con intermitencias de moriche y luminoso rielar del Orinoco.
Allá se sembró, allí se quedó, lejos del Orinoco, muy cerca del Sena, que también riela como el río padre de todos los ríos de su tierra mestiza, de ese gran río del cual aprehendió las líneas que atraparon el tiempo y que también tiene sus agujeros negros donde quedó sepultado como enésima estrella del universo.

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