domingo, 19 de junio de 2016

Club de fluxes Paris City



El Luchador del 23 de noviembre de 1940 publica anuncio sobre un novedoso club de fluxes “Paris City”, invento del diplomado José Rosario Pérez (en la foto) para insuflarle movimiento a su sastrería de la calle Venezuela 21 conectada por el teléfono 515, frente a la competencia que era fuerte con los Ortiz y  la Sastrería La Guayanesa de Víctor Inojosa.  La novedad del Club multiplicó la clientela porque los socios o clientes fijos quedaban privilegiados con facilidades de pago.  José Rosario Pérez se hizo popular gracias a su invención que nunca pudo entender la lógica idiomática de algunos políglotas del patio que decía que en vez de “Paris City” tenía que ser “Ville Paris” o “Cité Paris”, a lo que el Negro Ortiz respondía que tal expresión obedecía a que José Rosario Pérez procedía de un pueblito petrolero de El Tigre donde había muchos norteamericanos.  Pero lo de Paris era porque José Rosario Pérez a quien todos los bolivarenses terminaron apodando “Paris City”, era muy aficionado a la moda parisina y también porque en Ciudad Bolívar la colonia corsa-francesa era muy fuerte y adinerada.  Lo cierto es que “Paris City” terminó cortando los trajes de Horacio Cabrera Sifontes que hablaba inglés y francés y de Carlos Palazzi que llevaba el idioma en sus genes y cuando ambos en 1958 llegaron al Poder, a Paris City lo hicieron Prefecto de Ciudad Piar y en ese campo obrero duró cinco años como tal y allá se casó Thamar con Carlos Rojas y su hijo homólogo José Rosario Pérez encontró el camino de las artes plásticas.
         José Rosario Pérez para ir a estudiar pintura en Caracas en el talles de Alejandro Otero, no necesitó flux porque su padre les dejó unos cuantos y además los pintores a veces son irreverentes y tienden a romper con la moda y la rutina. 
Quien sí no quería llegar a Caracas sin un flux bien hecho a la medida fue Jesús Márquez, periodista conocido con el remoquete de “Marquecito” y a quien los colegas de su generación le engancharon también el irónico nombre de “Monicaco”, acaso por lo chiquito y santurrón, que no por otra cosa podría ser. El no quería llegar a Caracas sino bien vestido, pero no tenía con qué.
         Entonces Marquecito ni  soñaba con ser periodista. Vivía en la calle Lezama y estudiaba bachillerato en el Liceo Peñalver pues en su natal tierra de Barrancas (Monagas) no había llegado para ese tiempo la educación media.
         Recibido de bachiller de la república, Marquecito programó viaje a Caracas para seguir la carrera de abogado y se mandó a confeccionar un flux de casimir inglés, pero sus padres que eran humildes no pudieron reunir y girarle la plata para retirar el traje y Marquecito, en la mejor ocasión, se fue a Caracas y el señor Ortiz nunca más supo de él ni tampoco su madrina Teodorita Montes donde estaba hospedado.
Con el paso de los años Marquecito, además de abogado se hizo excelente periodista, ya en La Esfera, La República,  Diario de Oriente y finalmente dueño y señor del diario El Tiempo, de Puerto La Cruz. Márquez, por supuesto, no se acordaba, o a lo mejor si. Pero quien no se olvidó nunca fue el señor Julio Ortiz, sastre y violinista de primera línea.  Murió sin ver jamás al joven cliente que le echó el carro. Sus herederos, un día de febrero, cuando oían las anécdotas que se contaban en la puerta de la sastrería los periodistas Gustavo Naranjo y  Enrique Aristeguieta, lo recordaban y sacaban el traje azul, amarillento por el polvo acumulado del tiempo, y lo mostraban con placer nostálgico como quien muestra la esclavina del General Piar o del Mariscal Ney.



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