jueves, 23 de junio de 2016

El Burro de Candelario


Candelario tenía un burro, tal vez el más singular de los asnos. Se llamaba Matusalén porque según su decir le sirvió al patriarca durante los 969 años de su vida y estaba destinado a no morir toda vez que en él habría de montar el Mesías cuando volviese a la tierra.
         Ese burro, según solía contar el viejo Candelario a sus vecinos de La Alameda, era el mismo creado por Dios al sexto día de la creación; el mismo salvado por Noé, abuelo de Matusalén, a bordo de la sobreviviente barca del Diluvio y el mismo utilizado por Cristo para hacer su entrada en Jerusalén. Aseguraba el viejo Candelario,  que cuando Jesús llegó a la antigua capital de Judea, lo hizo en un burro y no  en una burra como muchos especulan.
         Es el mismo burro en que Sileno acompañaba a Dioniso en sus largos viajes.  Un burro inteligente, nada torpe. Rechazaba Candelario la especie tan creída y difundida que coloca al jumento entre los animales torpes de los solípedos, aduciendo que ese cuento lo inventaron los romanos para enaltecer hasta el extremo la nobleza del caballo.
Por otra parte, Candelario atribuía a este burro el descubrimiento de la Primavera Eterna que les había prometido  Dios a los romanos.  Al parecer fue el burro de Sileno el que descubrió en Guayana la eterna primavera, pues el burro del sátiro Sileno, protegido de Dioniso, cometió la equivocación cuando luego de un largo viaje, acaso por cansancio o borrachera, hizo escala en Guayana y se dejo tentar por las  aguas del Caroní creyendo que era vino lo que corría como torrentera hasta agotarse en el Orinoco.
         Sileno fue rescatado por Midas quien también  había llegado a Guayana en busca de fortuna. Sabedor Dioniso de lo bien que se había portado Midas con Sileno quiso recompensarlo y le pidió que eligiera un deseo.  “Que todo cuanto toque se convierta en oro”, eligió Midas y así le fue concedido, pero pronto se arrepintió pues hasta el agua y la comida se le transformaban en oro.  Para librarse del encanto, Dioniso atendió su súplica y le dijo que se bañara en las aguas del Yuruari con lo cual quedó liberado.  Se decía después que las arenas del Yuruari contenían oro.
         Desde entonces, el burro Matusalén comenzó a trotar estas tierras septentrionales del continente hasta llegar a manos de Candelario, quien lo heredó como un precioso e inextinguible bien a su vez heredado en consecutivas sucesiones por sus antepasados remotos.  Se decía que las orejas del burro eran las propias de Midas, castigo de Apolo por no haber apreciado las tonalidades de su lira.
         El burro de Candelario, no obstante su estirpe y alucinantes leyendas, prestó importantes servicios a la ciudad.  Llegó a cargar agua y arena de la  Cocuyera muchos antes de que Georges Underhill instalara el acueducto de la ciudad, así como leña para la Planta Eléctrica de vapor que sustituyó los románticos faroles de Angostura. Pero el burro de Candelario tenía un defecto que molestaba a las damas y mozas encopetadas y era que ensuciaba las calles y de vez en cuando destapaba su estuche para mostrar sin vergüenza los más tangible y rotundo de su ser.

El Alcalde, vista la circunstancia del animal, obligó a Candelario colocarle pañales cada vez que saliera con su jumento. Candelario resistió la orden y confinó a Matusalén en los predios de la Laguna El Porvenir, justo en los pajales de Paravisini y no se supo más del garañón hasta que se corrió la noticia según la cual alguien lo había visto en el mexicano pueblo de Otumba, donde los asnos ocupan un lugar distinguido. Los angostureños no supieron jamás como y por obra y gracia de quién, Matusalén llegó hasta allá después que Candelario falleciera a la edad de 120 años.    

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