jueves, 21 de enero de 2016

Un dios con dos cabezas

Cuando a fines de abril de 1986, la joven Ligia Fuenmayor dio a luz un niño con dos cabezas en la maternidad del Centro Médico del Seguro Social de esta ciudad, los bolivarenses alarmados se acordaron de José Berti.
José Berti era un merideño de Tovar, cerca de Bailadores, donde Jesús Soto tenía una vivienda con vacas lecheras y un taller para sus creaciones ópticas.  Soto era un adicto al placer y la comodidad y si hubiera podido tener una vivienda en cada ciudad del mundo lo habría hecho, pero sólo tenía en Paris, Madrid, Mérida, Caracas y Araya del Estado Sucre.  En Ciudad Bolívar, para no distanciarse de doña Enma, construyó una en el patio de su casa de bahareque, frente al Club de los italianos.
José Berti no era tan famoso como Soto, pero también gustaba de la seguridad residencial y por eso tenía vivienda en varia partes.  Aparte de su hato El Cachimbo en el Alto Paragua, tenía una buena casa en terrenos que ahora son predios de la Universidad de Guayana o del Jardín Botánico.
Pues bien, los citadinos bolivarenses se acordaron de José Berti  el día en que nació el niño con dos cabezas porque en su novela “Hacia el Oeste corre el Antabare” da cuenta en uno de sus capítulos de un dios con dos cabezas, parecido a Jano, al cual rendían culto los Arecunas, pobladores del Caroní y Alto Paragua.
Por supuesto, los habitantes de Ciudad Bolívar, aunque muchos creen en brujos como Yaguarín, chamanes y en las cartas de la famosa Pepita Pérez, no creían, ni querían creer en las especulaciones callejeras según las cuales esos gemelos fundidos en un solo cuerpo tenían que ver con una hechicería ni menos que significaran la reencarnación o resurrección de Atictó, el Dios de los Arecunas.  Creían más bien en lo que decían los médicos, especialmente, el médico genetista Otto Sánchez, que se trataba de una malformación genética.
El caso de los siameses monocigóticos, despertó curiosidad en toda Venezuela, más por supuesto, aquí en Guayana.  Incluso el poeta José Laurencio Silva que estudiaba periodismo, decidió hacer su tesis de grado sobre este fenómeno con la tutoría del mismo Otto Sánchez, quien para entonces declaraba que 1.200 niños con mal formaciones habían nacido en el Hospital Ruiz y Páez durante los últimos ocho años y que una nueva patología estaba surgiendo, el síndrome X frágil que produce retardo mental en los varones.
Los siameses que causaron un impacto profundo y severo en sus padres, fueron bautizados por Monseñor Samuel Pinto Gómez con los nombres de Pedro y Juan, poco antes de morir.  De suerte, que fueron directos y están en el cielo, no sabemos si sentados en un trono como el Atictó que pinta Berti en su novela. Un Atictó con dos caras, una representante del bien y la otra el mal en un solo y único cuerpo.
Lo cierto es que este Dios de los Arecunas fue hallado en uno de los Petroglifos extraídos de Guri antes de ser inundado por efectos de las aguas represadas del Caroní.  Cuenta la leyenda que una cara representaba el bien y la otra el mal, ambas en un solo cuerpo.  Acaso como lo Hermanos Vellorini de la Upata de los carreros, uno bueno y otro malo, de los que habla Rómulo Gallegos en su novela Canaima ya en el plano humanamente terrenal.  Porque en la mitología de los tribales, Canaima es la divinidad sombría y Cajuña, el dios de la bondad.  Dice Gallegos: “Canaima! El maligno, sombría divinidad de guaicas y maquiritares, el dios frenético, principio del mal y causa de todos los males que le disputa el mundo a Cajuña, el bueno.  Lo demoniaco sin forma determinada y capaz de adoptar cualquier apariencia, viejo Ahriman, redivivo en América”.  (Ahrimán, símbolo del mal opuesto a Ormuz, símbolo del bien, en la filosofía dualista persa).





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