sábado, 16 de enero de 2016

La eterna cachapa bolivarense


La cachapa  es una gustosa y blanda tortilla de maíz tierno que aunque el grano de la mazorca sea blanco, ella siempre será amarilla como el crepúsculo vespertino del Orinoco.
         No se sirve la cachapa en la mesa como la mágica zapoara, el pastel de morrocoy o el carapacho de tortuga, cada cierto tiempo, es decir, por temporada. La cachapa es de siempre, por siempre y sin tregua, gracias al prodigio del maíz capaz de reproducirse cada noventa días.
         Cada grano es polen caído desde el penacho hasta el estigma, proceso biológico desde que el cereal germina en el humus, se vuelve tallo, hoja, flor, espiga, mazorca desgranada, molida y extendida sobre el budare con todos los ingredientes gastronómicos que le dan ese olor, textura y sabor propios de los manjares de los dioses.
         Primero fueron los tamales envueltos en hojas de plátanos y luego la clásica arepa llevada al extremo prematuro de la cachapa criolla aunque menos mestiza que la hallaca devenida del tamal.  La envuelta  hallaca de diciembre de cuyo mestizaje, ya en piel y sangre estuvo orgulloso el inca Garcilaso de la Vega.
         El maíz siempre ha sido sustentable y sostenido a pesar de las plagas que invaden los sembradíos y de los asesinos de Gaspar Ilóm.  El está presente en los códices y jeroglíficos de los aztecas, los incas y los mayas y en la esencia cosmogónica del Popol Vuh.
         Cuando uno va al rancho de don Natalio para envestirle con hambre de chacalote a una buena cachapa con queso fresco y carne a la brasa, mil leyendas pasan por la mente en el lapso ansiado de la espera.  Hernán Cortés apaciguando su hambre de oro con un tamal hallado en el trono de Moctezuma o a su lugar teniente Diego de Ordaz con unos granos de maíz en su faltriquera tratando de engañar a los indígenas del Orinoco.
         Estos conquistadores conocieron de inmediato la importancia del maíz y lo llevaron a sus regiones de origen.  Sólo dejaron por ser inajenables las leyendas, ritos  y sacrificios ante las divinidades para que enviaran la lluvia a fertilizar los campos escogidos para las plantaciones.
         Esto ocurría en México al igual que en Centro América y los Andes donde la leyenda exaltaba el origen de la gramínea.  Según una leyenda sudamericana, la primera planta de maíz   llamada abati en lengua guaraní, había nacido cuando un guerrero aborigen decidió sacrificarse para aplacar la ira del dios Tupá, cuyo culto había descuidado el pueblo.  El guerrero se ofreció al dios en holocausto y fue enterrado con gran pompa en una fosa, de la que sólo sobresalía su nariz, y, precisamente, de allí nació a poco una planta desconocida cuyo fruto era una espiga de granos amarillos que los indígenas llamaron Abati (nariz) y que era el maíz. 
Asimismo, por las regiones de Perú y Bolivia se relataba que una vez, cuando dos pueblos vecinos se hallaban en guerra, una indígenas joven y hermosa fue herida de muerte por la flecha que disparó su padre para matar al joven guerrero del pueblo vecino que la amaba. La niña muerta fue enterrada y el mancebo inconsolable iba a llorar sobe la tierra que cubría el cuerpo de su adorada, con tal abundancia de lágrimas que la tierra empapada se abrió repentinamente y el cuerpo del torturado amante cayó sepultado junto al cuerpo de la amada.  Misteriosamente y bajo el asombro de toda la comunidad, de aquella tumba húmeda y fría brotó la generosa y altiva planta en cuyo fruto la mazorca el pueblo veía resucitada o representada la sonrisa de la bella indígena.  La mazorca con su perfecta fila de granos blancos, mondos y redondos como sonrisa plena y abierta; la cabellera figurada en la barba de la espiga y la flecha homicida en el tallo con sus largas hojas puntiagudas de transversales nervaduras.
          
           
           


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