martes, 26 de enero de 2016

Cuando los regidores también barrían

Los entonces concejales Domingo Álvarez Rodríguez, Jaime García, Elías Inaty y García Morales daban el ejemplo a sus coterráneos 
¿Quién inventó la escoba?  Me pregunto y como desconozco la respuesta, trato de dar con ella en algún diccionario histórico, pero tampoco.  Parece que no la inventaron  como las modernas máquinas de barrer, sino que emergió por arte de magia y de birlibirloque o, simplemente, algún tribal sufriendo sus propios desperdicios  encontró una manera de evitarlos utilizando una planta papilionácea o  alguna conífera atacada por el Royal.
         Lo importante es que la escoba existe y ha sido universalmente útil para bien de la salubridad doméstica y ambiental.  Claro, no basta con que la escoba exista, sino que hay que saberla manejar, para lo cual no se requiere mayores habilidades ni arte mucho menos, de lo contrario no sería posible ver gente tan connotada como los señores regidores municipales estrenando escoba nueva decididos a echarle un escobazo a las sucias calles de la ciudad capital que una vez fue tan limpia, aunque no tanto,  como Wisconsin que llegó a ganar el premio como la ciudad más limpia del mundo.
         Tuve la fortuna de visitar esa ciudad y confieso que era entonces tan impecable que la imagen de los transeúntes se reflejaba en el pavimento.  Ciudad Bolívar no aspira tanto sino que al menos sea respirable y que no espante a los turistas y viajeros hasta ese punto indignante que llevó a Renny Ottolina a pedir prestada una escoba para el mismo barrer el Mirador Angostura.
         Domingo Álvarez Rodríguez, Jaime García, Elías Inaty y García Morales, cuando estaban vivos y eran concejales, alineados en la gráfica, no aparecían como turistas visitantes sino que eran muy de acá del patio angostureño, concejales  que tratando de concienciar o dar el ejemplo a sus coterráneos, se armaron de sendas escobas y comenzaron a barrer las calles, pues entonces como hoy,  el aseo urbano y ornato de la ciudad dejan bastante que desear, muchas veces por culpa de los propios residentes. 
         Antes, hasta los tiempos del Gordito de Michelena (Léase Pérez Jiménez), el problema no era tanto o, mejor dicho, la basura no era ningún problema.  La ciudad brillaba de lo limpio.  No existían las bolsas de polietileno aguardando las uñas husmeadoras de gatos y perros ansiosos de  hallar lo que sus amos le mezquina o a los desarrapados que viven de los desperdicios  al igual que los zamuros de la carroña.
         La recolección de basura era desde las nueve de la noche hasta el amanecer y como los parroquianos sabían que era dentro de ese lapso convenido, pues dentro de ese lapso o espacio de tiempo sacaban sus pipotes, de suerte que durante el día ni un papelito ni palito de posible se veían en las calles.  Las barredoras electromecánicas paseaban por calles y avenidas completando el trabajo y vale decir que no era necesario pues los residentes no se conformaban con barrer la acera de su casa sino que las escobas la deslizaban hasta la media calle.  Para las amas de casa era un ejercicio más efectivo para la salud que ese que calza el lema “correr es vivir” y por el que tanto abogaba el farmacéutico Penzini Fleury.
         Los chóferes casi nunca se quejaban ni protestaban como ahora, pues sus automotores no padecían  los huecos y hondas resquebrajaduras del pavimento.  Claro, el pavimento era a base de concreto armado, de buen cemento.  Hasta la Calle Caracas, la más larga, era de un cemento que duraba una eternidad, el mejor ejemplo es el casco histórico con calles que suben y bajan con su cubierta de cemento gris importado de Hamburgo hace más de cien años.  En cambio, las vías asfaltadas hay que repavimentarla cada dos años o menos porque no resisen un aguacero ni menos un bote de agua salido de alguna alcantarilla, cloaca o tubo roto.
 

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