domingo, 10 de enero de 2016

El tinajero

El tinajero

Quién desde su invento artesanal y hasta muy avanzado el siglo XX, no tenía en su casa un Tinajero bien provisto de agua dulce, cristalina y fresca de algún manantial?  Claro, que los pobres, si acaso, sólo tenían la tinaja con agua sin destilar o, cuando menos,  la perola donde venía la manteca  “Los Tres Cochinitos” y otras sustancias domésticas envasadas.
La casa más preciada de Angostura disponía de un Tinajero o armario en forma de pirámide trunca hecha de madera roble o alcornoque.  Arriba una piedra parecida a una oronja invertida, porosa y corrugada, donde se vertía el agua de manantial que lentamente y gota a gota iba filtrando hasta el bernegal y finalmente hasta esa primitiva vasija de barro, barrigona  de cuello angosto que es el añorado tinajón.
En la casa donde se reunió el Congreso de Angostura en 1819 y que además de Colegio servía de hogar a sus rectores, había un viejo Tinajero  al cual le cantó el poeta  Héctor Guillermo Villalobos, quien nació y creció en esos legendarios como históricos y acogedores espacios:
 “Cansado a la sordina preside la tertulia / Su edad –la saben todos- es la del abuelo / y en ambos sueña historia la paz del centenario / decano de los muebles  ¡bravo roble abolengo!”
Ese desaparecido Tinajero del Colegio Federal vio pasar y crecer no sólo a los que allí nacieron y crecieron como el poeta nativista, sino a personajes de la historia y la cultura bolivarense como Ramón Isidro Montes, José Manuel Agosto Méndez, Luis Felipe Vargas Pizarro, Ernesto Sifontes y otros de más allá como el explorador del Orinoco y la Amazonía,  Francisco Michelena y Rojas, el insigne matemático Olegario Meneses, al poeta fundador del diario El Universal, Andrés Mata, al novelista irreverente colombiano  José María Vargas Vila, al geógrafo y militar italiano Agustín Codazzi.
En esa Casa de Angostura, a un paso de la Plaza Mayor, vivió el poeta como tantos otros.  Allí lo acunaron con el arrunango indígena en esa mismita casa  convertida en asiento del Colegio Federal que dirigía su padre Guillermo Tell Villalobos. Allí nació con médico y partera el 20 de julio de 1911, a pocos días de haberse estrenado el Himno del Estado y de haber llegado la luz eléctrica a sustituir la vacilante luz de acetileno. La casa aunque revestía la austeridad académica, no podía deshacerse del propio ambiente hogareño, de la serenidad de los tejados arropando las neuralgias y los ruidos, ni del patio de helechos ni del tinajero musical.
Ahí el tinajero solía presidir las interesantes tertulias nocturnas. Para el poeta era un bravo roble abolengo. Significaba mucho más que el presuntuoso piano de cola. Los había visto crecer a todos en la casa, la casa grande, fortaleza de paz, abundante de amor en la tinaja roja del tinajero. Y si bien la abuela Mercedes lo arrullaba con su arrunango, el noble tinajero, con su tic tac sonoro de gotas pausadas, arrullaba siempre la siesta de la abuela que parecía alfarera de sueños fabricando aquellos ladrillos con los cuales construía fantásticos edificios colmados de fuentes cuyos penachos crecían como el árbol que los pájaros pretendían estirar hasta el empíreo.
Tía Victoria también tenía un Tinajero y todas las mañanas cuando el burro del patio rebuznaba y cantaba el moriche, la abuela Isabel (Beca) trasegaba el agua de lluvia del tanque mayor debajo del tejado a la piedra singular y porosa del viejo y noble Tinajero.  El agua fresca y rezumada cuando no venía del tanque venía del jaguey cercano al morichal de San Isidro o de Las Tinas o de Ojo de Agua y así cuando los muchachos regresaban de la escuela, iban directos y gozosos a calmar la sed del estudio en ese raro mueble de paredes y puerta rejadas como ventana andaluza.

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