martes, 17 de noviembre de 2015

Natalicio del rapsoda Alejandro Vargas

Natalicio del rapsoda Alejandro Vargas
   
 
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Vargas se caracterizó siempre por su jovialidad y su buen ánimo a prestar su voz de tenor para amenizar reuniones
 
   
El 17 de noviembre de 1892 nació en Ciudad Bolívar el rapsoda Alejandro Vargas, músico, cantor y autor de numerosas piezas de corte popular, como el aguinaldo La Barca de Oro, y otras que por mantenerse vigentes en el alma popular durante varios decenios han pasado a engrosar el repertorio folclórico de Guayana.
En La Capotera, hoy calle Peñalver, nació el hijo de Julia Vargas y el albañil trinitario Luis Batista. Terminó de crecer y formarse en la calle Los Culíes, después de que la crecida del Orinoco de 1943 arrasó prácticamente con La Capotera, donde se alojaban los constructores del dique de La Carioca, que no pudo contener aquel desbordamiento del río padre.
Desde temprana edad Alejandro incursionó en la pesquería, especialmente en la temporada de agosto. Este oficio lo alternaba con el de pintor de brocha gorda, y cuando no, con el de vendedor de frutas y chinchorros de moriche. De sus vivencias de pescador parte su guasa La Sapoara compuesta en 1947, sólo superada en fama nacional por el merengue homónimo del margariteño Francisco Carreño.
Lo de músico nunca supo por dónde le venía y con los serenateros de su tiempo aprendió a combinar estilo y ritmo propios con los sonidos de su guitarra, aprovechando su excelente voz de tenor.
Era un autodidacta de la música, la composición y el canto. No tuvo maestros y lo que aprendió se lo debía a su buen oído, habilidad y gran constancia. El Cuarteto Contrapunto lo hizo trascender con sus famosos aguinaldos La Barca de Oro y la Casta Paloma que no dejan de sonar durante los festivos días de la Navidad y Año Nuevo.
En una ocasión que visitó la corresponsalía de El Nacional, me contó la anécdota de La Barca de Oro.
La Barca de Oro era una añeja y húmeda curiara de lo más pobre y trajinada. De tanto fondear sobre la arena y encallar entre arrecifes del Orinoco, se le había averiado el casco de tal forma que su dueño no podía carenarla sino con retazos de enaguas y camisa vieja.
Las curiaras indias son labradas a fuego lento controlado para luego navegar el río a canalete, con palanca o la sirga. Pero aquella pobre curiara de Alejandro Vargas, y su compinche, el Catire Carvajal, que vivía en el barrio Perro Seco a orilla del Orinoco, tenía vela como uno de esos barcos en el puerto de Ciudad Bolívar que tanto lo impresionaban, y a bordo de ella solían ir a los caseríos ribereños, el uno con su cuatro y el otro con su guitarra, a matar tigre, o en lenguaje más práctico, abuscar la vida.
Un 24 de diciembre navegaban de regreso remontando el Orinoco a tiro de pasar la Navidad en la capital bolivarense, pero el río estaba encrespado y la curiara, debido a filtraciones, tenía que ser achicada sin cesar.
Tras navegar bajo intenso sol desde Puerto de Tablas y luego con la noche haciendo más difícil la navegación, decidieron atracar en un lugar de donde la brisa traía voces y se veían luces. Era Palmarito, aldea de pescadores a escasa distancia de Ciudad Bolívar y a punto de Noche Buena de Navidad.
Cortado el frío con un buen trago de ron Bucare, Alejandro Vargas desenfundó su inseparable guitarra de un impermeable y otro tanto hizo Carvajal con su cuatro y al poner pies en tierra. Entonces Alejandro improvisó este aguinaldo que perdura en el alma popular con la misma fuerza de Casta Paloma“La Barca de Oro/ el timón de plata/ la quilla de acero/ las velas de nácar/ hasta aquí llegamos/ ya fondeó la barca/ y los pescadores/ dan su serenata”.
Alejandro Vargas murió estrangulado por la artritis que lentamente fue apagando su voz y su guitarra. El negro alto y sereno se pasó la vida en comparsas y parrandas, ofreciendo serenatas y cantando aguinaldos, pero desde el primer percance que malogró su voz, abrigaba temor por la soledad y la muerte: Cuando yo me muera / quien me irá a llorar / sólo las campanas / de la Catedral.
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