lunes, 20 de abril de 2015

Murió tenor y torero bolivarense Eduardo Melgar


Eduardo Melgar, exce­lente tenor bolivarense, formado en acade­mias de Caracas y Nueva York, falleció ayer según me informó la profesor Lourdes Maestracci
Eduardo antes fue torero de atractivo cartel en los cosos hispanos. Torero iniciado en los corrales del viejo matadero de Ciudad Bolívar y en el circo Monedero, pero un día, tras clamorosa tarde de Benavente, se sintió tan vacío y desolado, que decidió tirar los trastos, vale decir, matar al torero que había en él. Estudió canto y actuó en importantes escenarios.
Aquí en su ciudad natal como en su residencia fija en Caracas, ejerció la cátedra del canto y, como en el poema de Neruda, sintió en 1997 que lo buscan las raíces que abandonó, la tierra perdida de la infancia, y volvió a estar aquí, frente al río, detenido por el aroma errante de los mogotes.
Eduardo Melgar (Eduardo Viamonte como tenor)  nació en la bendita y ya desaparecida Laja de la Sapoara y creció hasta los dieciséis años en el regazo de su abuela, una mujer muy dulce de Los Morichales, la misma que enamoró su abuelo cantándole zarzuelas  con su voz de barítono.
Tal vez por ese lado le vino su vocación de cantante descubierta a buena hora por el sacerdote Segundo  Ferreira, fundador del Orfeón
Bolívar, a quien la traviesa muchachada apodaba “Motocicleta”.
        Eduardo era el único mona­guillo que se daba el lujo de ayu­dar a la misa cantando y, esto le retribuía lo suficiente para tomar toddy en el "Toddy Room" y divertirse con las películas del Cine Mundial.
Era una etapa de la vida de Eduardo donde buscaba todos los cauces. Era un muchacho inquieto y de gran temperamento. Igual le daba atravesar el Orinoco como irse a torear al matadero.
Cantaba Granada, Mala noche, algunas milongas, sobre todo, Noche de Ronda y Maigualida que interpreta Jorge Negrete en la película Canaima. Se subía de noche en la torre del telégrafo en el puerto de Blohm y, toda la gente del barrio Santa Ana lo escuchaba porque su voz era fuerte y se proyectaba lejos con la brisa del río.
Lo de ser torero le nació por­que le gustaban las emociones fuertes. Lo atraían las tempora­das del circo del viejo Monedero a donde iba con Cantini "El maestrico", bedel del Liceo Peñalver, que había sido noville­ro en Valencia y él, muchacho apasionado y con mucho espíri­tu, era su pupilo, siempre anda­ban juntos y Cantini cada vez que podía le daba clases de toreo en los corrales del matadero.
Un día llegó a Ciudad Bolívar el matador Cayetano Ordoñez "Niño de la Palma", padre de Antonio Ordoñez que fue gran figura, torero de mucha clase, y a quien García Lorca le dedicó aquel famoso poema "Era de Ronda y se llamaba Cayetano..."
Llegó Cayetano ese día con otro torero, muy modesto, de nombre Perucho de Canarias. Cuando lo supo, Eduardo se fue hasta el hotel donde se hospeda­ba. Se le presentó y le dijo: "Yo soy el torero de aquí y vengo a hablar con usted porque quiero torear". Cayetano se lo quedó mirando de arriba abajo y luego de afinar su sexto sentido y observarlo, le respondió: "Pues bien, amigo, tu vas a torear entonces con nosotros el domingo".
La corrida en aquella tarde dominical, era en el estadio Tomás de Heres que estaba en la avenida Táchira y, Eduardo se vistió con una chaqueta corta que le confecciono su abuela, combi­nada con un pantalón corto y zapatos de goma. Así salió al ruedo y se hallaba en  el burladero cuando Cayetano le tanteo el primer animal y lo invito a torear.
Aquello fue memorable por la emoción increíble de la gente al grito de ¡Oleee! cuando le daba  pases de rodilla y en todas formas a aquel toro frente a Cayetano, atónito por lo que estaba viendo.
Y sintiendo el Mataor hispano que el muchacho le robaba el show, caminó hasta el centro del pequeño ruedo  y le dijo:  “Ya está, hombre”.  Pero engolosinado, le hizo un desaire  y molesto el matador le reclamó: ¿Usted sabe con quién trata,  se ha olvidado, hombre, que yo soy Ordoñez?” Comprendió Eduardo la situación y accedió.
Luego que terminó la corrida, el público lo cargó en hombros a lo largo del Paseo y a Cayetano no le quedó más alternativa que contratarlo para que toreara con él la temporada, pues Peruchp de Canarias tenía que regresar.

BANDERILLAS, ALTERNATIVA Y REVOLCÓN
Eduardo había aprovechado muy bien las lecciones de Cantini y, tocaba casualmente nada menos que a Cayetano complementarlas. De manera que con él aprendió a vestirse de torero, a colocarse las talequillas, abrocharse los machos y liarse el capotillo en la cintura para salir impecable al ruedo. Todo ello, paso a paso, como un rito.
Jamás había pegado un par de banderillas y la tarde en que lo hizo el toro lo revolcó. Fue preci­samente el día en que Cayetano le dio la alternativa llamándolo al medio de la plaza y entregándole los trastos. Toreó en esa corrida un toro prestado por un señor de apellido Macías, que no podía matar. Cayetano tomo las bande­rillas: "Pégaselas tú" le dijo y cuando Eduardo trató de hacerlo, el toro lo tiró, se levantó, tomó la muleta y durante la faena el ani­mal volvió a levantarlo y aquello fue la locura. Perdió la cabeza, se fue al burladero, sacó la espada, le pego tres muletazos y tomo posición para matar al toro, pero el dueño del animal se lanzó el ruedo para evitarlo.

TORERO GUAYANÉS EN ESPAÑA
Su amistad con Cayetano Ordoñez lo proyectó a España. Allá Eduardo debutó con Curro y Rafael Girón en una corrida del sindicato del espectáculo de Salamanca, la primera vez que se daba un cartel con tres venezola­nos juntos. Fue el comienzo de una buena campaña de novillero en el que estuvo con "Chamaco" en una corrida realizada en Palma de Mallorca y en Barcelona con Jaime Ostos y Joaquín Bernardo, un torero que siempre que toreaba con él le iba mal. Eduardo cortaba las orejas y el pobre hombre se iba triste para su casa.
En la plaza de Barcelona lo cogió un toro en corrida con Ordoñez y el Litri, con toros que "sabían leer y escribir". Toros de 500 kilos que llevaban seis meses en los corrales y los cuales el representante de Ordoñez que­ría rechazar porque los animales no procedían de una ganadería de renombre.
Pues bien, allí trato de lucirse lo mejor que pudo y, en efecto, había hecho una estupenda corri­da, pero a la hora de matar, es decir, cuando el toro comenzaba a doblar, va al burladero a echar le agua al botijo. Entonces oye que le gritan ¡Eduardo!. Voltea y ve a la familia Ríos de su gran afecto en el momento en que el toro que venía por el hilo de las tablas, lo pincha por la ingle y lo voltea de manera espectacular. Cae, se levanta todo maltrecho, se echa agua, vuelve por el ani­mal, pero el toro, muy grande y hondo de laguja, no dobla. Toma la espada de descabellar y ya en posición, el toro embiste brusca­mente y lo derriba. Despertó al siguiente día en el hospital donde, por cierto, lo  visitó el poeta Héctor Guillermo Villalobos que se hallaba y le regaló un reloj.
No obstante  ese percance,  continuo toreando con el mismo fervor de siempre, pero luego de una gran tarde en Benavente, provincia de Zamora, toreando con el rejoneado Peralta, le ocurrió algo singular: Se sentía solo y vacío y tras pro­funda meditación, se preguntó: “¿Esto es…matador de toros?” Se lo repitió tanto que le parecía tan pobre aquello y decidió volver al canto, para lo cual arregló sus bártulos y regresó a Venezuela.

SU DESTINO ESTABA EN EL CANTO
Ya de nuevo en Venezuela, se puso a trabajar; primero, en una Corporación Internacional y luego en los Helados Efe. Alternaba su trabajo de ejecutivo de la empresa con sus estudios. Estudiaba música en la academia de Juan Bautista Plaza. Aquí conoció a la soprano Rosita del Castillo, tras enviudar de su pri­mera esposa con la cual tuvo dos hijos. Se casó con Rosita, y se unió a ella en lo imposible para continuar perfeccionando su ins­trumento -la voz- en una de las instituciones más renombradas de Nueva York: la Julliard School.
Actuó en numerosos teatros de los Estados Unidos y Canadá. Aquí resolvió cambiarse el nom­bre de Eduardo Melgar por el de Eduardo Viamonte, en homenaje a su abuela: De manera que este último es y sigue siendo su nom­bre artístico.
A pesar de que, fueron tiempos duros, en el norte le fue bien. Tenía como quien dice "el man­dado hecho" cuando se le metió el grillo de venirse de nuevo para Venezuela, atraído por la nove­dad del gran teatro que es el Teresa Carreño.
En el Teresa Carreño comenzó muy bien y llegó a cantar Stabat Mater, una obra muy difícil de Rossini, de corte religioso. Es una de las obras más importantes que ha interpretado en su carrera, pero después fue víctima de las roscas.
Tratando de romper las roscas que lo querían ahogar en Caracas, fue en 1.987, invitado a volver a su tierra natal para ejer­cer él y Rosita la cátedra de canto en el Conservatorio Antonio Lauro recién creado por el gober­nador René Silva Idrogo bajo la dirección de Pascual Fortunato. Los gobernadores sucesores no creyeron en ese conservatorio y le negaron los recursos. Entonces, los muchachos del bello canto, entre ellos, el hoy médico Carlos Pérez, en un esfuerzo por mantener la cátedra, registraron la Fundación amigos de la cátedra de canto de Ciudad Bolívar (Famicanto) 1.990. En 1.992 también el Museo del Teclado en Caracas, creó la cátedra de canto "Cantamérica", donde unido a su actividad artística; Eduardo y Rosita trabajaron como profesores á de esas cátedras.
         En noviembre de 1997, los bolivarenses tuvieron la oportunidad de ver, sentir y aplaudir en una de la salas  de la casa del Congreso de Angostura, el primer producto de esta cátedra.  Omar Gutiérrez, rudelmis Montero, Alfredo Bonilla, María Eugeni Briceño, Edgardo, Zoraime y Katiuska  Rodríguez, Carlos Pérez, Eduardo Espinoza ramón Gallardo, Adriana Yépez y Della Grudelle Iotta, quienes interpretaron obras o parte de las obras de los grandes de la música culta como Mozart, Handel, Puccini, Estévez, Moleiro y Giordani, acompañados al piano por Sergeis  Pylenkoff.



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