lunes, 2 de mayo de 2016

Martínez, el Trocadero y sus gatos


José Martínez Barrios, celebrado pintor bolivarense, conoció a Edelmiro Lizardi, el dueño del famoso Trocadero de Ciudad Bolívar
         En frecuentes y amenas conversaciones en las duras mesas de granito de Juancito El Griego, solía recordar el ambiente de aquel vestigio remoto de “La Ciudad Perdida”: una casa pintoresca con árboles y cuartos de moriche en el fondo, situada en La Campiña. Por allí pasaron mujeres bellísimas de Maracaibo, Valencia, Upata.  Uno se tomaba una cerveza por real y medio.  El tercio costaba 1,25; dos bolívares la media jarra y tres el botellón.  Allí el pintor José Martínez tuvo sus primeras incursiones en el sexo.
         Allí el pintor onírico, anclado en el claro oscuro de los clásicos, se empató con una merideña que según él era bellísima y se llamada Juliana y de otra maracucha muy voluptuosa y atractiva.  En ese tiempo el artista vivía leyendo libros de estética, de preceptiva literaria, filosofía y obras románticas.  Como los actores de cine, buscaba argumentos para su vida, temas que lo nutrieran existencialmente.
         Martínez Barrios vivía en la calle Democracia, solo con sus gatos y con su perro.  Sentía un gran amor por ellos y ellos por él visiblemente.  Cuando salía y estaba de vuelta, siempre lo esperaban en la puerta como en un concilio.
Tenía seis gatos: tres grandes y tres pequeños que luego aumentaron a diez porque encontró en un paraje cercano a su casa cuatro pequeñitos que los cuidaba en una cajita lo mejor que podía y hasta le compró un pote de leche y un tetero. Para que sobreviren al abandono y el hambre no sabía de cuantos días.
Había que distinguirlos uno del otro y así al más feo lo llamó Oso y al más pintado, Tigre.  Únicos machos y los que calzaron nombres.  Los machos se iban de  parranda cada noche y regresaban tarde y tenía Martínez que levantarse a abrirles la puerta. 
El 14 de febrero, qué casualidad, se aparecieron con una amiga y tuvo el pintor  que levantarse corriendo a servirles una lata de sardinas que les encantaba y entonces lo veían de una manera rara como preguntándole si estaba bravo y él les respondía:  “No, chicos, que va, coman y olvídense de lo demás.”
Martínez era así de tierno con los animales. Los trataba y cuidaba como niños y era incapaz de molestarse por sus travesuras.  En Navidad vestía a los machos con frac y corbatas de lacito y cenaba con ello en una improvisada mesa aromada y alumbrada con velas de colores
Cuando tenía por pedimento hacer el retrato de alguna niña, la calzaba con zapatillas de ballet y a los niños, por más pobre que fueran aparecían en el lienzo vestido de príncipes.  Pero no le fue nada bien el día que un obrero le llevó a su hijo para que le hiciera un retrato al óleo. El obrero perdió los estribos y le encasquetó el retrato en la cabeza.
Adolorido se fue a un bar a consumir su pena. Los gatos parranderos tal vez lo imitaban porque él también nació picado por el prurito de la bohemia.  Cuando debutó en la Casa de la Cultura con sus cuadros, no quedó uno solo guindando en los muros de la exposición.  Todos se vendieron la primera noche y por primera vez en su vida de pintor Martínez se vio con los bolsillos llenos.  Una tía que al poco tiempo falleció me decía: “Américo, aconseja a ese muchacho porque ya no soporto las goteras.  Mira cómo está ese techo con las tejas rodadas y el comején devorando la cañabrava ¨  Claro, la doña supo del éxito pecuniario de la exposición, pero Martínez durante tres días estuvo ausente de su casa viviendo la fantasía de un artista generoso ya no en El Trocadero de Edelmiro Lizardi, sino en una tasca de la calle El Porvenir llamada “La Españolita” y otros lugares nocturnos donde ensayó con todas las bebidas exóticas del momento.





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