domingo, 29 de mayo de 2016

Crispado contra el Virrey


El cognomento nunca bien recibido de “Virrey de Ciudad Guayana”, se lo endilgó el Gobernador doctor Carlos Eduardo Oxford Arias al Presidente de la Corporación Venezolana de Guayana, General Rafael Alfonso Ravard, porque poca o ninguna atención le prestaba a Ciudad Bolívar y el Gobernador, aunque nativo de El Palmar, siempre tuvo sus grandes afectos por la capital bolivarense, era natural pues aquí estudió, se realizó, se casó con una de los Gil procedentes de Margarita y tuvo sus hijas.
         El Corresponsal de El Nacional, tratando de provocar la noticia, le tocaba siempre la tecla de sus tensas relaciones con la CVG y el Gobernador copeyano se crispaba y hacía gestos alterados con su diestra que ponía a pensar seriamente a Celestino Adames Pérez, inseparable de sus gafas bicóncavas y a Frank Centeno, hasta hace poco  notable notario, mientras el guaro Mendoza Yajure disfrutaba el crispamiento con su peculiar rostro tribal emparentado con el legendario indio Coromoto.
         Lo cierto es que el Virreinato que gobernaba a la América hispana desde los tiempos lejanos de la Colonia con su plataforma de poder en México, Perú y  Bogotá, nunca pudo instaurarse en Venezuela.  La patria de Bolívar no pasó de Capitanía General, pero a Oxford Arias se le ocurrió virtualizarlo en la flamante Ciudad Guayana, no porque en el fondo lo deseara sino porque el General Rafael Alfonso Ravard, de formación jesuita, lo parecía y lo ejercía en su coto de hierro y acero.  De todas maneras, la culpa no es del ciego sino de quien le da el garrote y ese garrote que cimbraba el hombro del Gobernador y el de la Ciudad, se lo dio al supremo cevegista, el dictador Marcos Pérez Jiménez, se lo ratificó sin muchos miramientos Rómulo Betancourt, después Leoni y finalmente Caldera.  De todos modos, gracias a esos poderes virreinales, Ciudad Guayana es lo que es, muchos dicen que a costa de Ciudad Bolívar que perdió a Puerto Ordaz, pero las razones son otras muy valederas.
         Ciudad Guayana, erigida sobre San Félix y Puerto Ordaz, en la confluencia del Orinoco con el Caroní, con cercana salida al mar, constituía y constituye un punto estratégico importantísimo para el desarrollo de la industria pesada alimentada con el hierro de Ciudad Piar, la bauxita de Los Pijiguaos, y la hidroelectrcidad generada por las aguas torrentosas del Caroní.
         Ciudad Bolívar carecía de estas ventajas, por eso hubo que sacrificarla, al fin ella es la madre de todos los pueblos del Estado y sólo las madres son capaces de despojarse todo lo que antes fueron en beneficio de sus hijos.  Ciudad Guayana es la hija menor de Ciudad Bolívar y la más próspera, tan próspera que la superó en todos los aspectos reales de su vida social y económica. A sus habitantes les costó y seguramente a muchos le cuesta todavía, entender el fenómeno y por eso quizá, Eduardo Oxford Arias, se molestaba porque según él, Ciudad Guayana en vez de convertirse en polo de irradiación de su riqueza, se estaba convirtiendo en polo de atracción de toda la población activa de la ciudad capital y la de otros municipios vecinos.
         Si Oxford hubiera sobrevivido a este tiempo, habría comprendido los importante que es tener paciencia, saber esperar, en fin, se estaría dando cuenta que ahora si Ciudad Guayana está irradiando para todo el Estado, incluso para estados vecinos, toda la riqueza mineral que allí se procesa.
         El problema está, en que los gobernantes, no han sabido comprender el nuevo rol de la ciudad capital frente a Ciudad Guayana y reforzados sus políticas y programas en hacer de Ciudad Bolívar la capital complementaria provista de una sólida economía terciaria.


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