viernes, 13 de mayo de 2016

Carlos Sánchez Ordenanza del Banco de Venezuela


Carlos Sánchez vivía en El Zanjón, a una cuadra de “Paco”, el pianista amigo de la Milú, que además afinaba los pianos de la burguesía angostureña.
Carlos Sánchez tenía facciones europeas a pesar del apellido, era gordo cuadrado y de hablar pausado como su caminar que era por demás lento, acaso por su peso o por la hernia que le colgaba entre las piernas.  Marcial Rivas, su vecino dice que tardaba una hora para llegar del Banco de Venezuela en el Paseo Orinoco, a su vivienda de El Zanjón, barrio colonial y por lo tanto, como Perro Seco, el más antiguo de la ciudad, apenas 200 metros de la Plaza Bolívar.
Carlos Sánchez, precisamente, era una especie de ordenanza en la Sucursal del Banco de Venezuela que se ocupaba de cosas subalternas, de que todo estuviese limpio y en orden y en ese oficio pasó cincuenta años, más de la mitad de su existencia.
Era bromista, hombre presto y el de mayor confianza de la autoridad bancaria.  Le tenían tanta confianza que lo distraían de su oficio habitual para enviar con él remesas millonarias a  Agencias como la de Tucupita que dependían de la sucursal.
Quién iba a creer que ese gordo apacible trasladaba, maleta de lona en mano, cifras millonarias fraccionadas en billetes de todos los colores y numeraciones?
Carlos Sánchez lo hacía con la mayor naturalidad, con la parsimonia y sonrisa reflexiva de siempre, amigable y bonachón. Tan celebrado en sus tertulias de esquina por Tomás Gómez, a quien prefería identificar como “El Veterano”.  Todo el peso del Banco de Venezuela descasaba sobre los hombros de El Veterano venido del Estado Sucre de donde era su gran amigo Jesús López Fernández, Gerente de la Cervecería Victoria, una cerveza que vino desde Maiquetía a sustituir la “Princesa Bolívar”.  De Sucre, específicamente de Güiria, al igual que Pedro Estrada, Jefe de la Seguridad Nacional, también  era Canache, el jefe de la Seguranal en Bolívar después de Gomecito. El Gerente del Banco era Jesús López Henriquez, hermano del Ministro de la Defensa del General Marcos Pérez Jiménez y Tomás Gómez  el Sub Gerente, en un tiempo en que la tecnología bancaria estaba tan atrasada en eso de contar billetes que él tenía que fajarse los días feriados a contarlos sobre un mesón ayudado por la bella Librada  y el izquierdista Tonina.
Seguían en jerarquía, como firma autorizada, D` Anello, Pablo Fuenmayor y Andrés Enrique que llevaba las cuentas del gobierno junto con Trina Osty hasta que la conquistó Teodoro Sísimo, un comerciante griego, y se casó con ella. El elenco continuaba con el contador  Ramón Camacho, conversador y bebedor, pero impecable en los balances.  Su único dolor de cabeza era un voluminoso libro donde se registraba el movimiento de cuenta de los ahorristas.  Qué difícil era cuadrar ese libraco cada mes en el cierre de cuentas.  Hasta por la diferencia de un céntimo se perdían días tratando de localizar el error.  Mariita Trías, con su voz tierna, alguien la enredó y terminó suicidándose.  Guarisma era chiquito y retaco pero con un vozarrón que retumbaba contra la viejas paredes del banco, un edificio de dos plantas que según Carlos Sánchez, se había quemado en los años cuarenta cuando pertenecía a la casa mercantil Palazzi y Hnos. Amilcar Fajardo, un cajero muy vivo absorbido por la izquierda revolucionaria que lo llevó a prisión junto con el comunista Antonio Cachut, cajero también, pero del Banco Unión. Jesús Díaz asimismo era cajero de los buenos, no se metía en política, vivía soñando con una segunda lengua.  Renunció a seguir contando billetes tras una taquilla y se fue a estudiar inglés con un cuatro debajo del brazo, porque además de profesor del idioma anglosajón quería ser músico y compositor.


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