domingo, 29 de mayo de 2016

Gustavo Henny y el Salto Ángel


A Gustavo Heny (en la foto) sus amigos lo apodaron “Cabuya”.  Supongo que por su talla.  Era alto y delgado.  Al doctor José Díaz, el hijo de Quírico Díaz, recuerdo que era alto y delgado también y en el aula donde estudiábamos le decían “Chorro de agua”.  Por allí debe venir el sobrenombre de Gustavo Heny, pero también porque cuando acompañaba a Jimmie Ángel en su peligrosa aventura de aterrizar sobre la fría y alta meseta del Auyantepuy, se le reventó la cabuya que le servía de cinturón de seguridad a bordo de la avioneta.  Se le reventó durante la escabrosa operación de aterrizaje y salió disparado hasta caer de horcajadas sobre la humanidad del Piloto.
         Pero que importa lo del remoquete de “Cabuya”, lo interesante de este hombre graduado ingeniero electricista con una beca de la Westinghouse era su pasión por la aventura selvática, por la caza y la pesca. Lamentablemente tuvo un final conmovedor.  Murió a causa de un cáncer en el intestino grueso en Caracas días después de su regreso del  campamento Kanaripó sobre la margen izquierda del  Ventuari, donde a causa de la misma enfermedad que minaba su cuerpo se internó a vivir  solo como un ermitaño, según me contó en cierta ocasión su paisano el doctor Eduardo Jahn.
         Gustavo Heny y su hermano Carlos dedicado a la construcción y al comercio,  no solamente alentaron las incursiones aeronáuticas de Jimmie Ángel sobre los intricado y recónditos parajes de la Gran Sabana, sino que lo financiaban generosamente.  En su casa quinta de Campo Alegre, la primea casa caraqueña de renovación urbana, solían reunirse para discutir la logística de la hazaña que puso al descubierto ante los ojos del mundo el salto de agua más elevado del planeta.
         De una de esas reuniones salió el nombre del salto: “¿Si te debemos a ti que el mundo ahora sepa del salto y cuanto mide, por que no bautizarlo con tu nombre?” dijo Heny dirigiéndose a Jimmie y a todos los circunstantes les pareció  justo. Entonces –narra  Alfredo Shael en su libro “Jimmie Ángel: entre oro y diablo” - acordaron llamarlo  Salto Ángel.  El bautizo tuvo lugar en la casa de Heny y de allí comenzó a difundirse rápidamente por todas partes. Cartógrafos, geógrafos, periodistas, científicos y curiosos cuando se referían a esta impresionante caída de agua la identificaban así: “Salto Ángel”.
¿Por qué había que ponerle nombre a ese Salto de agua?  Simplemente porque los protagonistas del suceso ignoraban que lo tuviese. Hoy se sabe por investigación antropológica y lingüista seguramente, que los indios Pemón de las cercanías identificaban el Salto con los nombres Churún Merú, .Kerepakupai-Merú, Kerepakupai-Vená y Churún Vená.  Habría que indagar cómo lo llamaban otras etnias de la misma región como los arecunas y pariagotos, por ejemplo.
El tema puesto sobre la mesa por el Presidente de la República después de 70 años es si debemos volver atrás y tratar de recuperar el nombre original sin tomar en cuenta las implicaciones de carácter cultural, tradicional, histórico, y la gente se pregunta ¿siguiendo qué doctrina?  ¿Recuperar nuestras raíces toponímicas?  Tendríamos entonces que comenzar por desterrar los eponímicos. Sustituir el nombre de Ciudad Bolívar por Angostura, la Represa Simón Bolívar por Guri y Ciudad Piar por La Paría.  Pero si se trata de regionalismo eliminando toda sombra foránea sobre ciertos valores nuestros, ¿Qué le quedaría a las otras naciones?  Eliminar, por ejemplo, el nombre de Andrés Bello de la Universidad de Santiago de Chile, eliminar el nombre de Miranda del Arco de triunfo de Paris, eliminar el nombre de Bolívar de calles, avenidas y plazas de otras naciones? 


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