lunes, 29 de febrero de 2016

El Diputado del Yocoima


El Profesor Lucas Rafael Álvarez (Luquita) se distingue como el primer Presidente de la Asamblea Legislativa del Estado Bolívar, inaugurada a raíz del movimiento cívico militar que luego de la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez, instauró en Venezuela el sistema democrático de nuestros días.
         Aquí lo vemos invariablemente sonriente y con visión de lentes, compartiendo  con su esposa y el autor de esta columna en el festivo ambiente de uno de esos brindis acostumbrados en la llamada “cuarta república”.
         El profesor Lucas Rafael Álvarez nació en Upata y cuando de allá se vino junto con su paisano el pediatra egresado de la Sorbona, Gervasio Vera Custodio, aún no había logrado el título de bachiller que recibió más tarde en el Liceo Peñalver, pero había sido concejal y presidente de la Municipalidad de Piar desde donde hizo posible el triunfo de AD en diciembre de ese año.  También había sido autor del Himno del Liceo Humboldt del Yocoima.
         En la primera Directiva de la Legislatura estuvo acompañado con el diputado número uno de la lista, el doctor José Luís Machado Luengo en calidad de primer vicepresidente, y de Américo Fernández, segundo vicepresidente, electos los tres con el voto unánime de los circunstantes.  Fue la primera prueba de fuego para quienes en ese recinto debutaban sin ninguna experiencia parlamentaria.
         Lucas Rafael Álvarez fue después  director de Educación y Cultura en sustitución del profesor José Simón Escalona, gobierno de Leopoldo Sucre Figarella.  Jamás fue un adeco sectario aunque obediente a la línea partidista en los asuntos donde tocaba representar los intereses de su tolda política.
         Fue perseguido y preso político de la dictadura y, sin embargo, no era un hombre de discusión sino de comprensión., tal vez, peculiaridad genética de los Álvarez upatenses o simplemente porque venía de la provincia adentro, donde como dice Neruda en uno de sus sonetos, se amasa  el pan paseado la harina por el cielo.
         Perteneció al Club de Leones a pesar de no tener la melena que entonces exhibían los hipes por las calles empinadas del casco urbano de Ciudad Bolívar y es que para ser León no se necesita melena sino nobleza y temple y Luquita Álvarez se distinguía por esas cualidades.
         Había entre ambos una gran empatía no obstante militar en tiendas partidistas adversas. Upata era para entonces un pueblo mayoritariamente adeco, pero nada fanático, compartía amigablemente con todo el mundo.  La visité muchas veces invitado por Damelys Valdés, linda morena candidata a reina del bicentenario de Upata y por don  César Castro Grúber, agrimensor y piarista sin llegar al extremo de Tavera Acosta.  Castro Grúber me empapó de las propiedades y milagros del babandí que me sirvió para un reportaje en el diario El Nacional que impactó en toda Venezuela hasta el punto de que Billo Frómeta insertó la raíz de la planta afrodisíaca en una de sus populares melodías.
         “Chirelito” un semanario humorístico de Upata, publicó la lista de los upatanses prominentes que no solamente utilizaban el babandí para el cortejo amoroso sino el Palo de arco favorito de los indios Yanomami del Amazonas y hasta el agua de Bosnia importada.
         En una plenaria de la VI Convención Nacional de Periodistas celebrada en Ciudad Bolívar en julio de 1968, el delegado por Ciudad Bolívar, Evelio García, trajo de Upata un saco de Babandí y lo vació en el presidium.  Todos los delegados, unos 150,  como muchachito bajo piñata rota, le cayeron encima, mientras Lucas Rafael Álvarez era objeto de los más sonoros chistes en otra plenaria, la del Club de Leones.
        

        


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