miércoles, 24 de febrero de 2016

Silvita, el archivero municipal


Silvita era pequeño y regordete.  Eterno archivero municipal metido durante ocho horas diarias en el sótano del antiguo hospital “Las Mercedes”, convertido en el hermoso y neoclásico Palacio Municipal enlazada sus dos alas por un puente que salva el paso vehicular por la calle Igualdad.
         Al sótano del antiguo inmueble se desciende por una angosta escalera que me recuerda  el Aleph de Jorge Luis Borges, seguramente porque es empinada y conduce a un sótano, nada más, porque en el Aleph de Borges se llega a un lugar donde están sin confundirse todos los lugares del orbe y en este sótano donde mora por oficio Silvita, era por contrario todo confusión de infolios amarillos colmados de traza.  Lo único aceptable era que allí estaban los lugares que signa  buena parte la historia de Guayana.
         No me explico cómo podía Silvita trabajar en aquel ambiente húmedo, estrecho, lleno de expedientes y libracos añejos ya por más de un siglo y él, con aquella tranquilidad, con aquella paciencia resumida por modales parsimoniosos.  Camilo Perfetti encontró la respuesta en el alcohol de 50 grados que desde muy temprano como metal caliente quemaba las vísceras del señor de los archivos.
         Por eso Silvita solía responder cuando algún curioso le preguntaba que si no le daba miedo trabajar en un sótano lleno de sombras y fantasmas, espíritus dolientes de los pacientes que por el antaño hospital pasaron y de allí no salieron sino para los predios del cardonal como llamaban a principios del siglo dieciocho el cementerio principal.  Silvita solía responder: “Yo no le tengo miedo sino a dos cosas en la vida, a las fuerzas desatadas de la naturaleza y a una gran escasez de aguardiente”.
         La escasez de aguardiente casi nunca se registraba porque en la ciudad había un alambique en el sector “Amores y Amoríos”, inmediaciones de “Ojo de Agua”, para más señas, allí donde está hoy la Fuente Luminosa.  La escasez que esporádicamente padecía Silvita era cuando “Pata `e Palo” le birlaba el trago.  
         “Pata `e Palo” era el portero del Concejo Municipal que arrechucho se ponía cuando alguien le recordaba su canilla tiesa, siempre a la vista puesto que usaba alpargatas y pantalones “brinca charcos”, es decir, con los ruedos por la mitad de la espinilla.
         Pata ´e Palo cuando andaba curdo se ponía en ángulo recto hablando con el suelo, bueno entonces para que la muchachada lo espoleara: ¡Pata ´e Palo!!! y él respondía lanzando lajas, de esas que no sólo dejan morado y raspadura sino que fracturan.
Un humorista local que escribía con el seudónimo “Lechero” en el diario El Luchador de los años 50 le hizo esta silueta: “Quién será? / El Trabaja en el Concejo / Sempiterno guardián, fiel y obediente / partidario tenaz del aguardiente / y tiene cara de perico viejo / cuando se rasca baja la cabeza / y la menea como una coctelera / mientras habla quedito con la acera / y le pide a media legua una cerveza / cuando no toma es una maravilla / en sus labores se vuelve mantequilla / pero cuando bebe ahí está lo malo…/ de calzón brinca pozo y alpargata / el tercio tiene falla en una pata / y por eso le dicen “Pata ‘e Palo”.
Después que “Pata ´e Palo” estiró la pata, Silvita nunca más padeció de escasez y menos cuando el paleógrafo Ricardo Pardo, enviado por el Ministerio de Relaciones Interiores, vino a procurar los expedientes de la Batalla de Carabobo con motivo de su sesquicentenario celebrado solemnemente y con desfile del Ejército, por supuesto, en 1971, pues el visitante, sabedor de su debilidad, lo obsequiaba durante su permanencia con buenas botellas de Ron Santa Teresa.  Esto, le facilitó el trabajo a Ricardo Pardo y se fue con todo el expediente dejando la esperanza de que volvería con los viejos infolios, pero todavía, no sabemos en que lugar del Aleph, Silvita lo está esperando.


         

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