jueves, 11 de febrero de 2016

Soto y el Galáxico Gil Linares

Soto y el galáxico Gil Linares
Soto, generoso y amigable como siempre, complace al poeta, periodista  y filósofo, Héctor Gil Linares, con algo más que un autógrafo que también vale tratándose de un artista tan famoso a nivel de la plástica moderna internacional. Tal vez un trazado intermitente a la luz del viento y del sol  como la abundante barba blanca  del poeta que  conoció en el Barrio Latino de Paris a donde fue el Poeta a tener cuando abandonó las guerrillas que conmovieron a la Venezuela batancouriana de los sesenta.
Gil Linares que calzaba el mote de “Galáxico” desde que era ministro de la República del Este presidida por el también trovador existencial y dueño de “La Papelería del Mundo”, Caupolicán Ovalles, creía que con un trazado del pintor podía cancelar los alquileres acumulados de la Casa de Jobo Liso a pesar de que en su dintel un letrero prohibía la entrada tanto del mismo Soto, como de Mimina Rodríguez Lezama, el poeta y banquero Luis Pastori y el tenor de Venezuela  Alfredo Sadel a quien retó poner a prueba el instrumento de su voz para ver quien daba mejor el Do de pecho.  Porque dicho sea de paso.  Gil Linares, además de poeta autor de “La Enfermedad de Agosto” y estar entre los cien poetas más sobresaliente del mundo, según una revista especializada editada en la capital francesa, le metía al bel canto y ejecutaba la guitarra.
Yo quise sustraerle esa revista cuando en mi camioneta le hice la mudanza de la Pensión de Pepita Pérez a la Casa del Periodista que le ofrecí cuando era Secretario General, para librarlo un poco de la carga de la posada toda vez que el salario de El Bolivarense apenas le alcanzaba para comprar la mulita de la cual jamás quiso bajarse.   Pero me salió mal tanta solidaridad gremial porque en una de esas curdas silenciosas hizo una pila y una pira  con todos los retratos de los ex Secretario General de la Galería del gremio de periodistas  y les pegó candela.  Apenas se salvó el mío porque en ese momento pasaba por el sitio de la candela el doctor Ramón Córdova Ascanio y lo rescató.
Pero él Poeta nunca pudo ser rescatado de las bebidas espirituosas y Anita Marchese que lo acompañaba en su condición de reportera gráfico, se quejó de la pena que pasaba cada vez que él Galáxico debía entrevistar algún personaje y lo embriagaba con su aroma.
Dada la situación. Álvaro Natera no lo quiso más en El Bolivarense y después de la pira nunca más volvió a la Casa del Periodista y un mal día amaneció durmiendo en un banco de la Plaza Bolívar y un policía que lo amonestó  lo dejó tranquilo al final convencido el Señor Agente que él era uno de los Edecanes del Libertador. Y por si fuera poco se consideraba dueño del Orinoco alegando que lo había heredado de Amalivacá, su creador.  Tan convencido estaba que un día apareció en la prensa local un aviso poniendo en venta al rio padre de todos los ríos de Venezuela que decía así:  “Barato y en cómodas cuotas,/ por motivo de viaje y otros ayunos, / me veo obligado a desprenderme de tan undoso río. , / 'Razón estomacal me obliga en vista que mi imagen / se ve reflejada sólo en el agua cristalina./  Poeta soy porque vivo cantando./ Filósofo por la estirpe ancestral de los reyes. No escondo mi vaso de licor. / Me lo bebo en la esquina rutilante/ donde todos lo ven multiplicado./ Vaso cobarde y escondido es/ el del piano bar o el decadente/ cenáculo de liderzuelos de turno. / Me desprendo del río pero eso sí, / me reservo el derecho de peces/ y crecidas de agua convertida en cerveza, noble  / más noble que trasnochadas en la madrugada / o la visita reglamentaria al lupanar / donde nunca se me ha visto. / Son testigos / las hambrunas deliciosas del hazmerrer cobarde y las dormidas al raso en los bancos del Paseo Orinoco. / Las dormidas al raso tienen su compensación. Se ve de frente a las estrellas”.


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