martes, 17 de marzo de 2015

El Tamarindo de San Isidro


El 25 de septiembre de 1997 fue sembrado en la Plaza Bolívar un hijo del viejo tamarindo de San Isidro, donde el Libertador solía amarrar su cabalgadura entre 1818 y 1819 que habitó el inmueble histórico mientras gobernaba desde Guayana para las provincias libres de Venezuela y Nueva Granada.
Este era el tercer retoño del histórico árbol de la Casa de San Isidro sembrado en Ciudad Bolívar. En 1981 se sembró el primero en el Parque Leonardo Ruiz Pineda y el segundo, 1996, en el Jardín Botánico del Orinoco, cuatro años después de haberse caído el árbol centenario.
El 11 de junio de 1992 cayó el tamarindo de la Casa de San Isidro. Cayó para no levantarse sino en sus ramas, en sus elípticas hojuelas, en flores amarillas, en fin, en las semillas de sus frutos pulposos. Quedó desplomado el tronco añoso, horizontal como un anciano resistido a la muerte. La ciudad creció con este Tamarindo sembrado en una brecha de la inmensa laja sobre la cual se levantó la que fue casa principal de la hacienda de San Isidro y luego morada del Libertador.
Allí en ese inmueble colonial dice la historia o la leyenda que el Jefe Supremo de la naciente República amarraba el brioso caballo con el que solía cabalgar muy de mañana por los predios de esa hacienda que ocupaba buena parte de las afueras de la ciudad.
El viejo tamarindo, lamentablemente ya no existe físicamente, pero quedan sus hijos, sembrados en varios sitios de la ciudad como proyección de un tiempo forjador de nuestra nacionalidad.
En la zona verde del edificio de la Planta Siderúrgica del Orinoco igualmente fue sembrado un hijo del Tamarindo. El más reciente quedó sembrado en el propio Jardín Botánico en la zona diagonal con la Casa de San Isidro. Aún quedaban algunos ejemplares en el área de horticultura y gracias a un convenio que suscribió el Jardín Botánico para mantener las zonas verdes del edificio de la CVG en Ciudad Bolívar, se tenía previsto la siembra de otro ejemplar. ¿Cuántos quedaban? Muy pocos, pero podrían aumentarse con el experimento de la clonación.
El Jardín Botánico intentó la reproducción vegetativa, es decir, la clonación que es una reproducción, no a partir de la semilla o reproducción sexual mediante un cruce en el que intervienen el polen como fertilizante del óvulo, sino vegetativa, asexual, que es precisamente lo que caracteriza la clonación dando lugar a un ejemplar exactamente igual o idéntico.
Según el doctor Aristeguieta, la clonación en el mundo vegetal es mucho más sencilla que la clonación en el mundo animal. De todos modos, lo importante es que si esas estacas se pegan, tendremos en el Jardín todo un vivero con riego nebulizador y hormonas para ver si es posible que se produzca un Tamarindo idéntico al de la Casa de San Isidro o “Tamarindo del Libertador” como también le dicen.
De suerte que los días finales del venerable vegetal estuvieron irremisiblemente contados, pero paradójicamente vimos que comenzaron a multiplicarse indefinidamente por efecto de la descendencia y la clonación, por lo que en vez de uno único ahora tenemos muchos en distintos lugares de la geografía que es como decir extender y consolidar su presencia, permanencia e inmanencia en el alma popular y en lo consustancial quedar en las reliquias pues una rama gruesa y fuerte que se cayó fue fraccionada en numerosas partes y con diferentes diámetros a objeto de ser mostradas y obsequiadas a personalidades visitantes.
Un fin que no es fin porque seguirá presente a través de su descendencia, de sus iguales, de los vestigios inertes de su ser y del valor histórico por el uso que le dio quien allí bajo su fronda y sombra mantenía bien altivo y dispuesto su caballo.

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