sábado, 29 de octubre de 2016

La mala suerte de Alejandro Otero


Alejandro Otero tanto que quiso a Ciudad Bolívar y tan poca suerte que tuvo cuando intentó materializar esa querencia con una de sus grandes obras artísticas.  A la ciudad le regalo un proyecto artístico monumental para que el estado o el sector institucional público o privado lo ejecutara, pero hasta ahora ha sido notable la indiferencia.
         Mejor fortuna tuvo en Ciudad Guayana y  Guri donde resplandecen a la luz del sol y de la luna sus enormes estructuras móviles y en Caracas donde existe un Museo con su nombre dentro de un proyecto más ambicioso.
         De él es posible ver sus Coloritmos en el Museo de Arte Moderno “Jesús Soto” que en el 90 cerró el año exhibiendo setenta obras del artista, porque su proyecto de una Tea Crepuscular de 50 metros, alzada como un faro en la prolongación del Paseo Orinoco, justo en el sector de las Lagunas del Medio y  Los Francos, no ha podido ser ni será, pues nada se  ha dicho ni se percibe dentro de los planes anunciados para resaltar el paisaje y ornato del lugar con fines turísticos.
         José Rosario Pérez cuando era director del taller de Artes Plásticas “María Guevara Machado”, acondicionó la sala principal y le puso el nombre de “Alejandro Otero”, un homenaje en vida que el propio artista inauguró, pero ella duró activa mientras quien fue su promotor estuvo al frente del taller.  La Escuela de Artes Plásticas fundada en la Casa Liccioni también fracasó
         Mimina Rodríguez Lezama, en los primeros tiempos de la Casa de la Cultura “Carlos Raúl Villanueva”, creó el Salón de pintura “Alejandro  Otero” y el concurso anual de poesía “Alarico Gómez” con una partida que logré incluir en la Ley de Presupuesto de ingresos y gastos públicos, pero cuando dejé de ser parlamentario se acabó la fiesta.
         Por consiguiente, Alejandro Otero, nacido, criado y crecido entre El  Manteco, Upata y Ciudad Bolívar,  no ha tenido suerte en la ciudad donde estudió su primaria.  Me contó un buen día que estudió en el Colegión y desde el Paseo 5 de julio (Paseo se llaman ante la avenida) donde vivía con su madre habitando una humilde casa de bahareque, venía montado en un burrito prestado que dejaba amarrado en la esquina de la Plaza Bolívar mientras permanecía en la escuela.
En esta ciudad, a muy temprana edad, comenzó su aventura por hacerse un pintor.  Tuvo que vencer la barrera del estudio casi obligado en el Mácaro y el trabajo en el banco Royal of Canadá que a la postre necesito de un Consejo de Familia en el que insistió que quería ser un visual, de suerte que aquí se decidió su vida de artista viendo que no mostraba ningún entusiasmo por otro oficio que no fuera la pintura.
Pues bien, decíamos que Alejandro Otero por lo antes dicho, no ha tenido suerte en la ciudad. Más suerte ha tenido en Caracas donde se  fundó un Museo de Artes Visuales con su nombre que no se si todavía dirige en “La Rinconada”, el artista Jorge Gutiérrez. Un Museo que  nació con el proyecto de ampliarse con una Escuela Nacional de Fotografía, el Taller de Artes Visuales Héctor Poleo y la Plaza Alejandro Otero.
 Bueno, hasta una Plaza allá. En cambio, aquí  en Ciudad Bolívar, la húmeda tierra de sus amores,  no hay ni siquiera  una calle con su nombre. Mejor fortuna en todo caso ha tenido Soto, maestro pionero del arte óptico,  con un Museo y una avenida que llevan su nombre; más brillante ha sido la estrella de Antonio Lauro, el gran maestro internacional de la guitarra, a quien el Gobierno le restauró la casa donde nació para que funcione allí como en efecto un taller de actividades musicales y ni se diga de la suerte, aunque después de muerto, de Alejandro Vargas, el legendario trovador del Orinoco,  que tiene una Avenida con su nombre, un concurso de música con su apelativo y un monumento en el Cementerio Centurión para que se eternice en la memoria y no sólo lo lloren, como dice su popular aguinaldo, las campanas de la Catedral.




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