martes, 7 de febrero de 2017

La Maestra Doña Ligia Mederico


El Colegio que lleva y honra el nombre de la ciudad,  hoy por hoy, es uno de los establecimientos educacionales, desde el preescolar hasta el bachillerato, más importantes del Estado, y pensar que nació con niños vecinos debajo de una frondosa mata de mango en el patio de la vivienda de su fundadora doña Ligia Mederico, oriunda de El Palmar, donde se inició como maestra rural.  Entonces la escuela quedaba distante de su casa de bahareque y allá tenía que ir diariamente trotando en un burrito parecido seguramente al Platero de Juan Ramón Jiménez.
          Tuve la grata oportunidad por los años sesenta de conocer a la maestra cuyas Memorias testimoniales fueron escritas por  los estudiantes del noveno año Irenia Rivero, Bernys Vivas, Carlos López y Juan Carlos Rodríguez y que tuve el honor de prologar y bautizar con la doctora en educación Decci Plaz.
         La iniciativa de estos muchachos, estimulada y asesorada por los directivos del plantel, ocurrió porque a la maestra doña Ligia Mederico no le alcanzó el tiempo para escribir las memorias que el ser humano innatamente desea para dejar constancia de su paso por la tierra.  Seguramente tuvo la intención de hacerlo, pero la exigencia del deber asumido, por vocación y obligación, de instruir, de  enseñar, de educar, era tanta que siempre lo fue aplazando sin recordar o conocer el símil de la vela según el cual  el maestro es como una vela encendida que a medida que va difundiendo su luz va difuminando su existencia.
Se cumplió su ciclo vital y lo que hizo, sintió y vivió en vida no quedó en la palabra impresa sino en la memoria frágil de sus descendientes, de sus allegados, de sus amistades y discípulos que  quisieron de esta manera rescatar lo virtualmente perdido, no para recreación egocéntrica de quien tuvo la iniciativa por imperativo de la sangre, sino para que sirva de modelo o paradigma de lo que significa la abnegación magisterial.
         La abnegación magisterial es el resultado de andar por un camino arduo que compromete al ser humano a servir con diligencia, bondad y espíritu holgado, a los hijos que llegan de cualquier parte en busca de ayuda para crecer en el mundo convencional.  Crecer en mente y alma acerando la voluntad, cultivando la inteligencia en el campo del conocimiento y despegando hacia otros horizontes posibles.
         No todo el mundo sabe andar por ese camino porque no todo el mundo está dotado de entereza y sabiduría innata. Ligia Mederico estaba dentro de la excepción del conglomerado humano donde vivía.  Estaba predestinada toda vez que no la aturdía las distancias, la escasez y rusticidad del medio.  Y si alguna vez flaqueó en el curso del camino, pudo asimilar las flaquezas y reanudar la esperanza aprovechando coyunturas eventuales que sólo la intuición sabe determinar venciendo el temor del riesgo.
         Lo tradicional es que el hombre representa la fuerza y la seguridad y a esa concepción tan común en aquellos tiempos se apegó su fragilidad de  mujer no logrando sino cargas que aún tan pesadas no resquebrajaron su voluntad inspirada en la resistencia  a toda prueba.
         A lo mejor los requerimientos políticos la socorrieron, le sirvieron sin saberlo quizá, y pudo conquistar espacios para que las familias pudieran sentir a sus hijos crecer con seguridad bajo su magisterio.
         La mujer pudo superarse porque a medida que se esforzaba por enseñar, aprendía de su propia experiencia escolar y de la experiencia de sus maestros verticales y también de los colaterales en un constante intercambio dialéctico que la llevó después de su jubilación a fundar con la ayuda de sus hijas todas docentes a fundar el Colegio que hoy está entre los primeros por su calidad, aporte social, disciplina y proyección del gentilicios bolivarense.
         

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