domingo, 13 de marzo de 2016

Traspaso de Poder

   
Acción Democrática nació con vocación de Poder y lo alcanzó a través de un golpe de estado (1945), pero fue incapaz de sostenerlo no obstante el apoyo popular mayoritario.  Lo perdió lamentablemente de la misma forma, dándole pábulo al dicho popular según el cual  ´”el que a hierro mata a hierro muere”.  A  un precio humano muy alto  pudo reconquistarlo con los llamados mártires de la resistencia; pero lo volvió a perder ya no por golpe de estado (son fatales los zarpazos militares) sino por vía distinta, vale decir, por vía electoral como suele ocurrir en las naciones que se rigen por un sistema político democrático. Perdió, el Poder debilitada por las escisiones que dieron lugar al Movimiento de Izquierda Revolucionaria liderado por Domingo Alberto Rangel y el Movimiento Electoral del Pueblo liderado por Luis Beltrán Prieto Figueroa.
         Lo lamentable fue que lo perdió por 30 mil votos que no fue posible superar la ilustrada sapiencia del doctor Gonzalo Barrios, vencido por la perseverancia  de Rafael Caldera, que al fin encontró  coyuntura y la aprovechó felizmente.
         En Bolívar, rematando el Poder Regional se hallaba entonces el ingeniero Rafael Sanoja Valladares, cuyos ojos le bailaban cada vez que se montaba en un avión y veía una azafata pasar por su lado. Sin embargo, desprovisto de la peculiaridad del fauno, lo vemos aquí muy serio y circunspecto en la fotografía de aquel momento singular de la derrota del partido que lo había llevado a las alturas del Gobierno.  Era el momento de la entrega, del traspaso al adversario de siempre, aunque de sus mismos predios del Yuruari, el copeyano doctor Eduardo Oxford Arias.
         Oxford, antes de estamparle la rúbrica, relee el acta que le entrega Gustavo Naranjo  junior para entonces Jefe de Relaciones Públicas de la Gobernación tras un master en Nueva York, ciudad inmensamente populosa que aprovechó muy bien pues hasta llegó a ser chofer ocasional del ex Presidente Rómulo Betancourt cuando iba rumbo a Viena con su mano quemada por el atentado y su aromada cachimba.
         Pero Oxford permaneció  escasamente un año y poco más de dos meses en el Poder a pesar de la amistad copartidaria que lo ligaba al  Presidente Rafael Caldera.  Olvidó Oxford, por cuyas venas corría sangre inglesa anglicana, la regla  según la cual no debe contrariarse con peligrosos calificativos a un hombre formado en los principios de la escuela jesuita como era el caso del general Rafael Alfonso Ravard,  Presidente de la CVG. Sin mucho miramiento, Oxford lo llamó reiteradamente  “Virrey de Ciudad Guayana”. Era que el Gobernador se sentía maniatado, acorralado frente a ese monstruo que  entonces parecía la Corporación Venezolana de Guayana arropándolo todo.  Se sentía Oxford reducido casi a la tangente de una esfera llamada Guayana.  Ravard no lo perdonó. Caldera tampoco, y terminó Oxford siendo víctima de su propio causa, la causa de una mayor autoridad en su jurisdicción. No concebía Oxford que una corporación como la CVG estuviese  algunas funciones por encima del Gobernador.  El Gobernador es la máxima autoridad en la provincia dentro del sistema federal venezolano.  De allí su expresión calificativa y hasta ofensiva de “Virrey” contra el Presidente de la CVG, pues Virrey era en tiempos de la Colonia la autoridad a la cual quedaba supeditado el Gobernador.
Hasta 1777 que fue creada la Capitanía General de Venezuela, la provincia de Guayana y por lo tanto sus gobernadores, estuvo dependiendo del Virreinato de Santa Fe de Bogotá.
  “Dadme un punto de apoyo y moveré la tierra” dijo Arquímedes, pero Oxford solo pudo moverse así mismo con el punto de apoyo que le dio Rafael Caldera desde el Palacio de Doña Jacinta.
        


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