sábado, 19 de marzo de 2016

Copeyanos de otros tiempos


El tiempo transcurre indetenible y atrás, como la estela de un barco que navega, va dejando de algún modo su huella.  La huella del tiempo que es la misma de la dinámica naturaleza que el hombre, parte sustancial de ella, ha logrado imprimir para alimento espiritual de su propia memoria en cualquier estado y momento.  Aquí tenemos, por ejemplo, esta estampa que recoge la huella de un instante en la vida del partido político COPEI en Ciudad Bolívar, o para mayor claridad, Comité de Organización Política Electoral Independiente. Con ese kilométrico nombre apareció en la arena política venezolana el 13 de enero de 1946, inspirado en la doctrina internacional socialcristiana..
         Siguiendo el concepto de Mario Briceño Iragorri, según el cual la ciudad es su gente, pudiéramos decir que COPEI o cualquier otro partido como COPEI, es su gente y mientras más importante suele ser su gente en calidad y cantidad, más relevante será el partido.
         COPEI fue relevante en el ámbito nacional por la figura académica de Rafael Caldera y otros prominentes venezolanos, pero a nivel del Estado Bolívar cuando en él militaban y trabajaban a tiempo completo gente como el doctor José Cárdenas, Iván Salustio Castro, Alcídes Sánchez Negrón y Luís Guillermo Pilonieta que tenían la capacidad de absorber, aunque sea de manera profesional y circunstancial, a gente como el Chino León, todos aquí en esta estampa atrapados por la lente de Víctor Bayota en algunas de esas aceras altas que caracterizan al centro urbano de la ciudad capital. Todos, virtualmente, están a la espera de algún personaje del Poder o de la cúpula partidista.  Entretanto, Pilonieta, entonces Secretario General de la tolda verde en la región, dialoga con Tomás León Rengel, mientras Iván Salustio lee la prensa local y Cárdenas, al igual que los otros compañeros de partido, escuchan pasivos y reflexionan para sus adentros.
         Pilonieta, con la sangre muy a flor de piel, tenía la virtud de la palabra firme y convincente sin dejar de ser amable y efusivo en el abrazo, pero nunca tuvo la suerte, que legítimamente aspiraba, a ser Gobernador del Estado Bolívar como bien lo fueron, tal vez porque distintamente a él eran bolivarense de pura cepa, el doctor Eduardo Oxford Arias, el arquitecto Manuel Garrido Mendoza, el doctor Albero Palazzi y el doctor Alcides Sánchez Negrón.
         El Presidente Rafael Caldera trató siempre de que  sus gobernadores fueran nativos del estado a gobernar o, por lo menos, que estuviesen muy enraizados  porque, obviamente, saben y conocen más de su región, fundamentalmente de su idiosincrasia, exigencias y necesidades y que además, la historia o la experiencia demuestran con escasas excepciones, el fracaso de los recién llegados y la situación de conflictividad que suelen generar.
         Recordamos que el 3 de febrero de 1936, la Asamblea Legislativa, presidida por el diputado Ramón del Valle Lavaud, tomó juramento al general J. F. Machado Díaz, designado gobernante del Estado por el Presidente Eleazar López Contreras, pero su mandato sólo pudo mantenerse durante 47 días, es decir, hasta el 20 de febrero cuando consignó su renuncia obligado por los reiterados y cada vez más fuertes pronunciamientos de los bolivarenses “cansados de tantos mandatarios venidos de otros estados y desconocedores de la idiosincrasia y realidades de la región”.  De nada le valió al general Machado Díaz su antecedente como administrador que había sido en el pasado de la Aduana de Ciudad Bolívar.  Su lugar fue ocupado por el guayanés doctor José Benigno Rendón a quien Machado Díaz había designado Secretario General de Gobierno.
          


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