jueves, 19 de mayo de 2016

Dos líderes margariteños


Jóvito Villalba y Luís Hernández Solís estuvieron juntos en Ciudad Bolívar cuando se les tomó esta foto.  ¿En qué lugar del cielo estarán hoy estos dos personajes?  Ambos, de resonancia nacional, nacieron en la Isla de Margarita y anduvieron juntos muy de la mano durante  varios años, tratando de enderezar el camino de la Venezuela extraviada, desde la plataforma de Unión Republicana Democrática que empezó vistiendo un ropaje  marrón tierra y finalizó  con el color de los liberales.  Pero, de liberal, el partido tenía poco, era más bien nacionalista.  Prometía nacionalizar la banca, el petróleo, gas, hierro y cuanta materia prima explotaban los países poderosos a precio de gallina flaca, empero fueron minoría los venezolanos que votaron a favor de la promesa que vino a cumplir muy tarde su adversario Carlos Andrés Pérez.
         Para entonces, creo que ya Jóvito había muerto y tiempo después Luís Hernández Solís, quien no pudo acompañarlo siempre.  Alguna disolución  sufrió puesto que se alejó del partido amarillo y  sintiéndose librado  de ataduras partidistas incursionó en la radiodifusión montando “Radio Aeropuerto”, primera emisora en su estilo que se fundaba en Venezuela y que operaba desde las inmediaciones del Terminal aéreo de Maiquetía con música y noticias cada cinco o diez minutos.  El colega periodista Ramón Aray Lefebres trabajó como jefe de prensa de esa emisora y yo fui su corresponsal en Ciudad Bolívar.  Me pagaban 300 bolívares, la misma cifra que devengaba en el Banco de Venezuela cuando era administrado por López Henriquez y el veterano Tomás Gómez.  Siendo yo un mozalbete tenia como tarea llevar diariamente el movimiento de  cuenta- ahorristas en un voluminoso y pesado libro, hiperbólicamente  semejante  al que le atribuyen a San Pedro allá en el cielo con los nombres de quienes en vez de dinero ahorran vida para mejor provecho.  En ese denso libro de cuantiosas páginas estarían registrados estos dos insignes personajes de la fotografía, dos “ñeros” que navegaron  en las procelosas aguas de la política venezolana.
         Jóvito Villalba nació en Pampatar el 23 de marzo de 1908 y falleció en Caracas el 20 de julio de 1989 a la edad de 81 años y Luis Hernández Solis nació en Santa Ana del Norte él 7 de mayo de 1911 y falleció en Pampatar en el 2008 a la edad de 97 años.
         Al igual que Jóvito, Hernández Solis fue opositor de los gobiernos de Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras y Marcos Pérez Jiménez, lo que lo condujo al exilio en México.
Como dirigente sindical presidió la Asociación de Linotipistas. También fue miembro fundador del Partido Unión Republicana Democrática (URD), profesor en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Central de Venezuela, articulista frecuente de diferentes periódicos nacionales y regionales. Senador y diputado en el Congreso Nacional por el estado Nueva Esparta,  ocupó los ministerios del Trabajo y Fomento. (AF).
En la vida gremial, fue fundador y presidente de la Cámara de Turismo neoespartana y presidente del desaparecido Fondo para el Desarrollo del estado Nueva Esparta.
Por su parte, Jóvito Villalba, auspiciador siempre de la unidad de los venezolanos, propiciador como tal del Pacto de Punto Fijo que hizo posible la estabilidad política del país y el afianzamiento del sistema democrático.  Destacó como orador y parlamentario, candidato presidencial.  Respaldó las candidaturas presidenciales triunfantes de Luis Herrera y Jaime Lusinchi y fue profesor de derecho constitucional y de sociología en la UCV.(AF)



martes, 17 de mayo de 2016

Ingrato destino de una Obra de Soto


 La obra con la cual Jesús Soto obtuvo el Premio Nacional de Pintura 1960,  se declaró desaparecida el 25 de agosto de la Gobernación del Estado Bolívar.
        La obra fue adquirida por el profesor José Simón Escalona, director de Educación y Cultura para la época, a instancia del poeta Luís García Morales y del médico Oscar Montes. Costó 20 mil bolívares, dinero que sirvió de mucho a Soto que entonces atravesaba una situación económica crítica en París.
        El cuadro que se exhibía con orgullo en el despacho de la Dirección de Educación y Cultura del estado desde los tiempos de gobernador Diego Heredia Hernández, se dio por desaparecida y nadie sabe cuándo ni cómo.
        La directora de Educación, profesora Enedina Villarroel, informó que cuando recibió el despacho, la obra no aparecía ni siquiera en el inventario y  ordenó investigar el destino tanto de esa obra como de otras, incluyendo la de un pintor guayanés que ganó un premio en Milán.
        Sin embargo, un día cualquiera que Jesús Soto visitaba la Gobernación del estado, se le ocurrió ir al baño y cuál no sería su sorpresa al ver que su obra estaba allí tapando el tanque de un sanitario. Sin mucho aspaviento, Soto tomó la obra y se la llevó para restaurarla y desde entonces nada se sabe del paradero de la misma, seguramente se halla en Paris formando parte de la gran colección que nunca Francia le dejó sacar para continuar alimentado su Museo de Arte Moderno en Ciudad Bolívar.
        Igualmente ha ocurrido con esculturas, cerámicas primitivas, fósiles de animales prehistóricos y otros objetos de valor artístico como históricos, sin incluir los que intencionalmente han sido sustraídos por manos criminales del Museo de Arte en la Casa del Correo del Orinoco.
        Cuando se iniciaron los trabajos de reconstrucción y restauración de la Catedral de Ciudad Bolívar, desaparecieron los vitrales.  Antes por obra y arte de birlibirloque había desaparecido una antigua araña de cristal que según las malas lenguas atribuyeron al Gobernador Mario Briceño Iragorri para donarlas a la Iglesia de Santa Ana de su nativo Estado Táchira.  Esto no se ha podido comprobar, pero sí  la estatua pedestre de Miranda sacada  con la venia del Gobernador Luis Raúl Vásquez Zamora, de la Granja del Estado donde se hallaba guardada, para reubicarla en Palo Negro.
        Los Catalejos que el General Manuel Piar utilizaba en las batallas que libró a favor de la Independencia, incluyendo la del 11 de abril de 1817 en San Félix, fueron sustraídos de las pertenencias confiscadas al héroe de la Batalla de Chirica y al parecer se hallan en  Maracay, seguramente en manos de los herederos de Bartolomé Tavera Acosta, quién también se llevó de Guayana las Memoria del General Farreras.
        En la Casa de San Isidro por muchos años estuvo expuesta en uno de los muros de la entrada una campana del Siglo XVIII que perteneció a la antigua ciudad de Santo Tomás de Guayana.  ¿Qué se hizo esa campana, dónde se encuentra?  Igualmente ya no se ve  expuesta en la pared interna un rifle de la Batalla de Boyacá, donada a la ciudad por el Cónsul de Colombia. 
        Desapareció del jardín interno de la Biblioteca del Estado, el busto en bronce de Rómulo Gallegos realizado por el escultor falconeano Asdrúbal Meléndez, autor igualmente del busto de López Contreras que se halla en el Comando de la Guardia Nacional.
        Los fósiles casi intactos de un Gliptodonte hallado por buscadores de diamantes en las minas del Guaniamo, fueron comprados por un antropólogo norteamericano y sacados del país amparados por la indiferencia oficial  (AF)




viernes, 13 de mayo de 2016

Carlos Sánchez Ordenanza del Banco de Venezuela


Carlos Sánchez vivía en El Zanjón, a una cuadra de “Paco”, el pianista amigo de la Milú, que además afinaba los pianos de la burguesía angostureña.
Carlos Sánchez tenía facciones europeas a pesar del apellido, era gordo cuadrado y de hablar pausado como su caminar que era por demás lento, acaso por su peso o por la hernia que le colgaba entre las piernas.  Marcial Rivas, su vecino dice que tardaba una hora para llegar del Banco de Venezuela en el Paseo Orinoco, a su vivienda de El Zanjón, barrio colonial y por lo tanto, como Perro Seco, el más antiguo de la ciudad, apenas 200 metros de la Plaza Bolívar.
Carlos Sánchez, precisamente, era una especie de ordenanza en la Sucursal del Banco de Venezuela que se ocupaba de cosas subalternas, de que todo estuviese limpio y en orden y en ese oficio pasó cincuenta años, más de la mitad de su existencia.
Era bromista, hombre presto y el de mayor confianza de la autoridad bancaria.  Le tenían tanta confianza que lo distraían de su oficio habitual para enviar con él remesas millonarias a  Agencias como la de Tucupita que dependían de la sucursal.
Quién iba a creer que ese gordo apacible trasladaba, maleta de lona en mano, cifras millonarias fraccionadas en billetes de todos los colores y numeraciones?
Carlos Sánchez lo hacía con la mayor naturalidad, con la parsimonia y sonrisa reflexiva de siempre, amigable y bonachón. Tan celebrado en sus tertulias de esquina por Tomás Gómez, a quien prefería identificar como “El Veterano”.  Todo el peso del Banco de Venezuela descasaba sobre los hombros de El Veterano venido del Estado Sucre de donde era su gran amigo Jesús López Fernández, Gerente de la Cervecería Victoria, una cerveza que vino desde Maiquetía a sustituir la “Princesa Bolívar”.  De Sucre, específicamente de Güiria, al igual que Pedro Estrada, Jefe de la Seguridad Nacional, también  era Canache, el jefe de la Seguranal en Bolívar después de Gomecito. El Gerente del Banco era Jesús López Henriquez, hermano del Ministro de la Defensa del General Marcos Pérez Jiménez y Tomás Gómez  el Sub Gerente, en un tiempo en que la tecnología bancaria estaba tan atrasada en eso de contar billetes que él tenía que fajarse los días feriados a contarlos sobre un mesón ayudado por la bella Librada  y el izquierdista Tonina.
Seguían en jerarquía, como firma autorizada, D` Anello, Pablo Fuenmayor y Andrés Enrique que llevaba las cuentas del gobierno junto con Trina Osty hasta que la conquistó Teodoro Sísimo, un comerciante griego, y se casó con ella. El elenco continuaba con el contador  Ramón Camacho, conversador y bebedor, pero impecable en los balances.  Su único dolor de cabeza era un voluminoso libro donde se registraba el movimiento de cuenta de los ahorristas y que me tocó llevar como empleado que era del Banco.  Qué difícil era cuadrar ese libraco cada mes en el cierre de cuentas.  Hasta por la diferencia de un céntimo se perdían días tratando de localizar el error.  Mariita Trías, con su voz tierna, alguien la enredó y terminó suicidándose.  Guarisma era chiquito y retaco pero con un vozarrón que retumbaba contra la viejas paredes del banco, un edificio de dos plantas que según Carlos Sánchez, se había quemado en los años cuarenta cuando pertenecía a la casa mercantil Palazzi y Hnos. Amilcar Fajardo, un cajero muy vivo absorbido por la izquierda revolucionaria que lo llevó a prisión junto con el comunista Antonio Cachut, cajero también, pero del Banco Unión. Jesús Díaz asimismo era cajero de los buenos, no se metía en política, vivía soñando con una segunda lengua.  Renunció a seguir contando billetes tras una taquilla y se fue a estudiar inglés con un cuatro debajo del brazo, porque además de profesor del idioma anglosajón quería ser músico y compositor. /AF)



martes, 10 de mayo de 2016

El Camarada Antonio Cachut

Antonio Cachut, un comunista atípico, tal vez como la naturaleza de Héctor Mujica, que le gustaba la bohemia y era deleitante, pero llegó a ser candidato presidencial del Partido Comunista de Venezuela, fundado por Gustavo Machado.
         Siendo corresponsal me tocó cubrir la Convención Regional del PCV presidida por él (Héctor Mujica) como delegado nacional y cuando me vio que llegaba me llamó para que me sentara a su lado en el presidio.  Gesto incomprensible para mí como periodista como para sus propios camaradas quizás.  Pero así ocurrió.
         Héctor Mujica, quien fue decano de la Escuela de Comunicación Social de la UCV y Presidente fundador del CNP, nunca estuvo de acuerdo con la lucha armada, pero siguió allí en el PCV fiel a sus principios.  Algo parecido creo que sucedió con Antonio Cachut que como me contó la escritora Milagros Mata Gil, quien pertenecía a la Juventud Comunista,  era “bohemio, aventurero, jugador y parrandero, contrasentido comunista, fiel a la alegría, desprovisto de la rígida solemnidad de sus camaradas y contemporáneos, con la suficiente capacidad para entender el lenguaje de los jóvenes de entonces y calmar sus interrogantes”
         Cachut murió el 29 de septiembre de 2000.  Vivía en La Lorena en condiciones precarias.  Una vez lo visité y realmente me impresionó su vivienda, no me explicaba un hombre superactivo como Cachut podía vivir en esas condiciones.  Un hombre inteligente, doctrinario, que discutía en cualquier lugar defendiendo sus principios  y su militancia, discutiendo democráticamente sin prejuicios odiosos, sin descalificaciones, abierto y humano con el adversario, fuera este adeco, copeyano, urredista  y con la misma gente de izquierda no afecta al PCV.
         En cierta ocasión fundó una discoteca con el nombre de “La Brujita”, y por ello creo que lo expulsaron del PCV, pero después de un tiempo fue llamado para que se encargara de la Secretaría General.
         El Buró Nacional lo envió a la URSS a hacer un curso y regresó enamorado y casado con una rusa más blanca y alta que él  y se  vio en aprietos para sobrevivir en aquel medio del barrio La Lorena. Tuvo que vender hasta “Chupichupi” por las calles y sembró patilla en una isla del Orinoco que luego sacó a la venta situándose en una esquina del Grupo Escolar Estado Mérida y por allí pasaban los adecos con sus carros y le gritaban “Cachut, está explotando al pueblo” y ya harto Cachut de tanta embestida adeca que lo sacaba de quicio, decidió regalar las patillas a todo el que pasaba.  Hasta el poeta Argenis Daza a quien vemos en la foto discutiendo con Cachut sobre marxismo-leninismo, aprovechó su sandía verde por fuera y roja por dentro.
Milagros Mata Gil cuando hizo su pasantía por la Corresponsalía de El Nacional dejó olvidados en una gaveta de su escritorio algunos borradores de su paso por la Juventud Comunista en los que además de lo dicho sobre Cachut, añadía que “Había algunos jóvenes, no tanto como nosotros, pero jóvenes envejecidos por el ejercicio de la guerra.  Nos parecían personajes gorkianos, plenos de abnegación y fervor por la causa.  Los veíamos pasar un poco desde lejos, con un temor reverencioso: el señor Sánchez era un tipo bondadoso, recto y humilde que pasaba sus días vendiendo perfumes de casa en casa para mantener a su numerosa prole; la señora Lobelia Guzmán, venía con su paso ágil y su rostro agrietado por los martirios sufridos durante la dictadura; el señor José Díaz, alto, canoso, un poco grotesco, que era un individuo gruñón, descontento y moralista;  César Gil, con su aire angustioso, sus contradicciones y sus terribles tormentos; Rafael Montes, un estudiante de medicina, con gestos parsimoniosos y aspecto sereno que tenía junto con otros estudiantes un dispensario en Pero Seco que atendía en su tiempo libre…” (AF)




sábado, 7 de mayo de 2016

BILLO Y EL COCHE DE ISIDORO




Isidoro solía pasear por las  calles caraqueñas en su antiguo Coche Victoria tirado por caballos y detrás suspirando y sofocado corría Billo sintiéndose niño. El 5 de mayo de 1988 falleció en Caracas el famoso músico dominicano de quien su tercera hija, Dinorah, prepara un libro donde relata con amargura el maltrato que sufrió su Madre. Al parecer una cara de niño tenía detrás del Coche de Isidoro y otra en el hogar (AF)

miércoles, 4 de mayo de 2016

Domingo Terán (Urraca)


“Urraca” les dicen a ciertas personas cotorras y habladoras.  También a las cautas y tímidas con los más fuertes y poderosos, pero que se manifiestan crueles con los indefensos.
         En definitiva, Urraca es un ave de rapiña de los países templados y no de estos territorios cálidos.  Ahora, ignoro por qué a Domingo Terán le pusieron ese apodo.  Supongo que algún guayanés muy leído y viajado que lo vio boxear y observó que el púgil del patio era precavido con los contrincantes recios y cruel con los pusilánime  Porque aunque parezca contradictorio, existen púgiles cobardes, vale decir, que a la hora de las chiquitas, no saben hacer honor a su condición de peleador, pues partimos de la concepción de que quien se calza unos guantes sobre el cuadrilátero es porque tiene con qué. 
         Decir que Domingo Terán era rapaz como una Urraca, sería caer en una semejanza calumniosa.  Tímido y cauto posiblemente cuando estaba semidesnudo  entre las sogas y hasta cotorro cuando alguien daba pábulo a su lengua.  Hasta allí como parte de su peculiaridad personal.
         Domingo Terán vivió siempre en la calle Afanador que empieza en un puentecito de quebrada y termina en El Cambao.  Era un veterano matarife de ganado porcino.  Nunca utilizó el Matadero Municipal en su oficio.  La sala de matanza era el patio de su casa.  Allí, montado sobre tres piedras, estaba siempre el caldero gigante bien atizado con leña seca de la buena y con el agua bullente, esperando al marrano de ocasión para rasparlo después de asestarle su tanganazo por la testuz.
         De ese oficio cruel de sangre y de morcilla, vivía Domingo Terán a quien sus paisanos preferían distinguir con el remoquete de “Urraca, el matador de cochino de la calle Afanador”
         Pero créanlo o no, Urraca también tenía su corazoncito bombeando ideas políticas en sus mejores momentos.  Lo estremecía de coraje desde la tribuna la personalidad sanguínea de Jóvito Villalba y la interpretación de sus arenga la siguió y la llevó por  muchos rincones de la Ciudad Bolívar de los años sesenta junto con Marcial Rivas y Humberto Fernández tratando de conquistar adeptos para llevarlo al Poder.
         Urraca era el jefe del Comité de URD en el Barrio Afanador junto con su inseparable mujer y su única hija.  Una mujer morena, alta y delgada, que le ofrecía café todas las mañanas al Procurador del Estado, Pacífico Rodríguez, cuando en su casa concluía sus arremetidas de  bohémio luego de tocar varios puntos al salir de su despacho.  Urraca se portaba diligente y solicito con el Procurador, sobre todo porque era él quien le resolvía los conflictos que solía presentar el sector.
         “Urraca” era inquieto y hasta cierto punto celoso y quisquilloso.  En cierta ocasión que era de noche y de luna llena, no pudo enfrentar el fantasma de los celos y a punto  estuvo de meter a su mujer de cabeza en la caldera hirviente de los cochinos.  Todo el mundo se alarmó.  El Barrio se escandalizó e invadió la calle.  Era que a Terán a veces se le avivaba la neurosis impulsiva del boxeo y quería como fuera derrotar al enemigo que en este caso parecía ser su única mujer.
En su tiempo, por los años cuarenta, era ídolo del boxeo El  boxeo era tal en Ciudad Bolívar que el Cine Mundial, al igual que lo venía haciendo el América,  montó su propio Ring y a veces en una misma noche había dos programas de boxeo.  Ello explica porque Domingo Terán (Kid Urraca),  ganó en una noche dos peleas: una en el ring del Cine Mundial y la otra seguidamente en el ring del Cine América.  Esto podía hacerlo libremente los boxeadores porque no había autoridad oficial que impusiera respeto por unas reglas que internacionalmente existían. (AF)



lunes, 2 de mayo de 2016

Martínez, el Trocadero y sus gatos


José Martínez Barrios, celebrado pintor bolivarense, conoció a Edelmiro Lizardi, el dueño del famoso El Trocadero de Ciudad Bolívar
         En frecuentes y amenas conversaciones en las duras mesas de granito de Juancito El Griego, solía recordar el ambiente de aquel vestigio remoto de “La Ciudad Perdida”: una casa pintoresca con árboles y cuartos de moriche en el fondo, situada en La Campiña. Por allí pasaron mujeres bellísimas de Mérida, Maracaibo, Valencia, Upata.  Uno se tomaba una cerveza por real y medio.  El tercio costaba 1,25; dos bolívares la media jarra y tres el botellón.  Allí el pintor José Martínez Barrios tuvo sus primeras incursiones en el sexo.
        El pintor onírico, anclado en el claro oscuro de los clásicos, se empató con una merideña que según él era bellísima y se llamada Juliana y de otra maracucha muy voluptuosa y atractiva.  En ese tiempo el artista vivía leyendo libros de estética, de preceptiva literaria, filosofía y obras románticas.  Como los actores de cine, buscaba argumentos para su vida, temas que lo nutrieran existencialmente.
         Martínez Barrios vivía en la calle Democracia, solo con sus gatos y con su perro.  Sentía un gran amor por ellos y ellos por él visiblemente.  Cuando salía y estaba de vuelta, siempre lo esperaban en la puerta como en un concilio.
Tenía seis gatos: tres grandes y tres pequeños que luego aumentaron a diez porque encontró en un paraje cercano a su casa cuatro pequeñitos que los cuidaba en una cajita lo mejor que podía y hasta le compró un pote de leche y un tetero. Para que sobrevivieran al abandono y el hambre no sabía de cuantos días.
Había que distinguirlos uno del otro y así al más feo lo llamó Oso y al más pintado, Tigre.  Únicos machos y los que calzaron nombres.  Los machos se iban de  parranda cada noche y regresaban tarde y tenía Martínez que levantarse a abrirles la puerta. 
El 14 de febrero, qué casualidad, se aparecieron con una amiga y tuvo el pintor  que levantarse corriendo a servirles una lata de sardinas que les encantaba y entonces lo veían de una manera rara como preguntándole si estaba bravo y él les respondía:  “No, chicos, que va, coman y olvídense de lo demás.”
Martínez era así de tierno con los animales. Los trataba y cuidaba como niños y era incapaz de molestarse por sus travesuras.  En Navidad vestía a los machos con frac y corbatas de lacito y cenaba con ello en una improvisada mesa aromada y alumbrada con velas de colores
Cuando tenía por pedimento hacer el retrato de alguna niña, la calzaba con zapatillas de ballet y a los niños, por más pobre que fueran aparecían en el lienzo vestido de príncipes.  Pero no le fue nada bien el día que un obrero le llevó a su hijo para que le hiciera un retrato al óleo. El obrero perdió los estribos y le encasquetó el retrato en la cabeza.
Adolorido se fue a un bar a consumir su pena. Los gatos parranderos tal vez lo imitaban porque él también nació picado por el prurito de la bohemia.  Cuando debutó en la Casa de la Cultura con sus cuadros, no quedó uno solo guindando en los muros de la exposición.  Todos se vendieron la primera noche y por primera vez en su vida de pintor Martínez se vio con los bolsillos llenos.  Una tía que al poco tiempo falleció me decía: “Américo, aconseja a ese muchacho porque ya no soporto las goteras.  Mira cómo está ese techo con las tejas rodadas y el comején devorando la cañabrava ¨  Claro, la doña supo del éxito pecuniario de la exposición, pero Martínez durante tres días estuvo ausente de su casa viviendo la fantasía de un artista generoso ya no en El Trocadero de Edelmiro Lizardi, sino en una tasca de la calle El Porvenir llamada “La Españolita” y otros lugares nocturnos donde ensayó con todas las bebidas exóticas del momento. (AF)