lunes, 14 de noviembre de 2016

Los derechos del peatón


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¿El peatón tiene derechos?  Debería tenerlos, pero aparentemente no los tiene, o si los tiene o existen, los ignora o se los niegan.  Lo cierto es que por las calles de la ciudad camina el pobre, expuesto al minotauro de cuatro ruedas.  Ese raudo espécimen con el que la revolución industrial ha querido favorecer al hombre, estrechado y estresado por las distancias, sirve también, por desgracia,  para  acortarle el camino hacia la invalidez y   la muerte.
         Posiblemente el chofer o conductor fue antes  peatón y experimentó los mismos temores y aprensiones de los viandantes que se cruzan en su ruta, pero, por lo visto, esa experiencia como resulta bloqueada  por el demonio del volante.  Por supuesto que no son todos, pero sí innumerables los endemoniados que ponen en peligro a cada rato la vida del peatón indefenso.
         El problema se presenta ahora agravado.  Ya no podemos decir que son los conductores de vehículos solamente.  A estos se agregan los buhoneros que invaden aceras que son las defensas del peatón y parte de las calles.  Pase usted por las calles Dalla Costa, Piar, Roscio, Urica, Anzoátegui y Venezuela para que se horrorice del caos tolerado sin escrúpulo por quienes nos gobiernan.
         En países europeos existen Códigos Ruteros que precisan muy bien los derechos del peatón y organizaciones que lo protegen.  En Venezuela, donde los accidentes de tránsito están entre las primeras causas de muerte e incapacidad física, debería legislarse en torno a la materia porque el peatón no sólo está expuesto a la muerte repentina en cualquier cruce o calle, sino también expuesto al envenenamiento por gases que escapan de los automóviles, y a otros tipos de trastornos físicos y mentales debido al ruido vehicular y a la polución atmosférica.
         Hoy en día, por lo menos en Ciudad Bolívar, los automóviles no sólo ocupan las calles para rodar, sino que sus conductores hasta se molestan cuando el transeúnte las atraviesa temerosos y presurosos.  Ellos se sienten fuertes, prepotentes para eso y mucho más, por ejemplo, invadir y adueñarse de  las aceras en un alarde de comodidad para estacionarse.
Venezuela y particular el Estado Bolívar, sigue siendo el país de las contradicciones. En el pasado, verbo y gracia, al Gobierno le preocupó más la novedad del vidrio ahumado que el peligro a que se hallan expuestos los peatones.  Creía que con el vidrio ahumado era difícil atrapar al delincuente en pleno desplazamiento vehicular.
         De allí que los vidrios ahumados en parabrisas y ventanas laterales de automóviles parecían haber llegado a su fin cuando el Ministro Carrera, del Ministerio de  Transporte y Comunicaciones, emitió una resolución prohibiendo su uso y alegando que se hacía buscando la seguridad individual y colectiva del venezolano y que por lo tanto debía suprimirse ese novedoso artilugio con el que desempleados se hicieron especialistas e hicieron su agosto.
         El Ministro aparentemente no quería creer en el ingenio de los delincuentes para burlar las alcabalas sin necesidad de los vidrios ahumados.  No quería creer tampoco que la desgracia de los accidentes venía, no por los vidrios ahumados, sino por la imprudencia, la ingestión etílica, drogas, inobservancia de las reglas fundamentales del tránsito y otros abusos.
         El vidrio ahumado, al fin, terminó imponiéndose contra la resolución ministerial, acaso por convicción, porque escasamente incidía en la delincuencia como en los accidentes y resultaba, en cambio, más práctico que los lentes que usamos para protegernos del sol y, por otro lado, permitía la privacidad, complementaba la estética del auto y hacía menos tentadora a curiosos y rateros las cosas en el interior del vehículo.





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