domingo, 6 de noviembre de 2016

El Caballo Negro


El 17 de enero de 1952 comienza el Caballo Negro de Ciudad Bolívar a anunciarse por las páginas del vespertino de los Suegart  como un bar de familia, pero a la larga, perdió esa condición por lo cerrado de la sociedad guayanesa y también por el hecho de ser para entonces el único  bar nocturno de la ciudad, muy frecuentado por  corsos o descendientes de corsos  y sus amigos luego que cayó en manos de Roberto Bryant (en la foto), un francés muy gentil que llegó allí por accidente  a trabajar de Barman cuando el Caballo Negro era regentado por un holandés.
         Lo cierto es que Roberto en el 56 aprovechó una herencia que le dejó su padre muerto en Paris para comprar el Caballo Negro, a donde iba a solazarse y animar la tertulias Kilo Battistini, Andrés Palazzi, Pedro Battistini, Camilo Perfetti,  Álvaro Natera, Alejandro Natera, Oscar Figarella, León Guevara Enet, Edgar Vallée Vallée, los Granatti, el profesor Marcos Peña Bouchard, el profesor Luis Pasarela, Saúl Andrade, Manuel Alfredo Rodríguez, Mario Jiménez Gambús, Frank Arreaza, José Díaz y toda una cáfila de deleitantes como Roberto Liccioni que con su voz de tenor se atrevía a competir con la Rockola allí dispuesta a la entradas, aunque casi siempre silenciosa porque más interesantes resultaban las tertulias sobre negocios, música y literatura que terminaron iluminando el cerebro y el espíritu de Roberto.
         Como hecho curioso, el doctor Raúl Leoni fue llevado por Pedrito Battistini al Caballo Negro, pero se negó entrar, se quedó en la puerta comiéndose una hamburguesa que Roberto las preparaba  mejor que Oldeburg. Leopoldo Sucre Figarella estuvo apenas en dos ocasiones, pues más le atraía “L´Tucan” convertido finalmente en el “Blue Star”, administrado por una mujer muy simpática llamada simplemente Gladis.
         El Caballo Negro funcionaba en un Chalet de madera montado sobe una pivotes a modo de palafito, propiedad de Roberto Liccioni y allí mismo vivía Roberto, quien era casado con una hermana del poeta John Sampson William y tuvo con ella dos hijos, profesores universitarios.  Después que unos malandros le quemaron el Caballo Negro una noche del 9 de marzo de 1990, Roberto compró un trailer desechado del Campamento de Guri y lo ubicó en las faldas del Cerro La Encaramada donde el armador Alberto Minet construyó un chateau.  Allí asistido por Oscar Castro (Corocoro), el pescador más antiguo del Orinoco, sembraba piña y lechosa hasta que una catarata y la diabetes acabaron con su vida cuando todo el mundo creía que tenía siete vidas como las de un gato negro.
         Oscar Castro (Corocoro), con su casa muy contigua al Trailer, cuidaba de Roberto en los momentos más críticos de su diabetes.  Lo mismo que la esposa de Corocoro, Margarita y la otra Margarita, la esposa de Minet en la parte alta del cerro.
Corocoro era un poco mayor que Roberto, pero con la contextura noble y recia del pescador del Orinoco, y a quien, dicho sea de paso, ya se le había olvidado su nombre porque la gente lo obligó desde muchacho a responder por “Corocoro”.  Estuvo sesenta años pescando en el Orinoco cuando vivía en la misma orilla del río padre, siempre fumando cachimba y remendando redes durante su tiempo de ocio.
         Oscar Castro, además de pescador fue fiscal de pesca y caza hasta que el MAC lo jubiló después de haberle servido durante treinta años. Entonces era sesentón y cuando cuidaba de Roberto, era nonagenario. Toda la vida fue un guardián y cuidador. Cuidaba Corocoro las tortugas de Pararupa y también las bocas de los caños contra el aldrin y el barbasco que suelen emplear los enemigos de la fauna orinoquense.  Pocos días antes de morir el hombre insigne del Caballo Negro, Corocoro le pescó un Morocoto.
          


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