martes, 14 de junio de 2016

La Casa Embrujada


LA CASA EMBRUJADA
Carmen Elena (en la foto), la llamada “Reina del Arpa”,  el 8 de enero de 1987, hizo un viaje sorpresivo de Caracas a su natal Ciudad Bolívar a ver si le hallaba comprador a la casa abandonada por su familia, la  “Casa de Piedra”, en la avenida La Paragua, hoy “Libertador”, pero le fue difícil hallar quien la comprara, ni siquiera pudo alquilarla.  Los últimos inquilinos abandonaron la casa intempestivamente aduciendo que de noche se sienten unos ruidos espantosos.
            Conocidos le sugirieron inútilmente que requiriera los servicios religiosos del Arzobispo que recientemente había exorcizado una casa también embrujada de la calle 28 de octubre.  Efectivamente, el arzobispo Crisanto Mata Cova, bendijo el 29 de agosto la casa de una familia amiga que se decía insistentemente que estaba embrujada.
            Los habitantes de la casa Nº 26 de la Calle “28 de Octubre” vivían entonces en un estado de nervios debido a las consejas de espíritus encantados que por las noches hacían espantosos  ruidos y lanzaban lamentos sobrecogedores.
            Los vecinos ofrecieron testimonios de una enigmática situación que venía dando pábulo a viejas creencias populares.
            El arzobispo admitió lo de la bendición pedida como acto normal por la familia que dijo es de su amistad., pero cuando se le preguntó sobre el “embrujamiento” respondió que “en la casa de la familia Cardozo sólo ha habido un estado de nervios colectivo que por ser gente muy buena ha superado”.
            Monseñor comentó que un buen católico debe ser fuerte espiritualmente para no dejarse contaminar por la superstición, la brujería, “los médium” y el engaño, que en Guayana parecen tener clima muy propicio.
            No se trataba del primer caso.  En el siglo pasado, los citadinos bolivarenses creían embrujada la casa de la calle Igualdad 29 frente a la pared lateral de la Catedral.  Ella durante mucho tiempo sirvió de morada a la familia Contasti. Los Contasti la alquilaron pese a la leyenda que se tejía sobre el inmueble, según la cual en ella a determinada hora del día y de la noche se sentía en sus sótanos ruidos de cadenas, pisadas lentas y pesadas, gemidos que espantaban y hasta una señora vestida de negro con los ojos enrojecidos por el llanto llegó a ver, a través de un postigo, la niña Stella Gómez Machado, cuando la casa estaba deshabitada.
De espíritus encantados muchas veces transfigurados en animales en las vetustas y solariegas casas  de Angostura siempre se ha hablado.  El extinto Julio Saramacual, vigilante del diario El Bolivarense solía contar que a la luz de la luna en cuarto menguante, un chivo negro con barba rizada y cornamenta de fuego, berrocheaba durante un minuto en el patio de la casa y luego desaparecía al ver una Boa o algo parecido que luego de arrastrarse se internaba en la boca de una alcantarilla. 
Lo de espanto y brinco fue lo sucedido en el Hospital Universitario “Ruiz y Páez”:  Una mujer blanca y de rasgos finos, pasada ya  de los 40, fue hallada yacente en la vía, muerta o en estado cataléptico, y los transeúntes la veían y rezaban hasta que llegaron policías judiciales, la observaron y la metieron en una furgoneta.
El cuerpo de la dama que más tarde se dijo que se llamaba Eladía de Solís, fue colocado en un mesón de la cava de la morgue del hospital mientras los detectives David Daza y Javier Rodríguez iban a su Departamento de la Brigada Contra Homicidios a buscar sus instrumentos para un examen macroscópico. Al volver abrieron la puerta de cava y  cual no sería su sorpresa cuando vieron que la dama estaba de pie. El maletín con los instrumentos cayó al suelo y los funcionarios salieron de la Morgue en estampida. Más luego se supo que de todas manera la mujer murió.  ¿Catalepsia, muerte posterior a causa del frío?





domingo, 12 de junio de 2016

Ramón Isidro García Gil (Tabaquito)


A Ramón Isidro García Gil, amigos y copartidarios le endilgaron el remoquete de “Tabaquito”, acaso porque era adicto al tabaco habanero, el mismo, aunque de menor calidad, que sensibilizaba la percepción del héroe de la II Guerra Mundial, Sir Winston Churchill.
         Se veía Ramón Isidro muy orondo con su tabaco, no sólo por su humo aromático provocador, sino por el color característico del mismo armonizando con su piel de negro mestizo rozada por el ambiente quejumbroso del barrio Negro Primero donde había nacido él y su misma familia fundadora del sector junto con otras familias que luego destacaron en su profesión como los Zurita.
         De allí emergió a la vida pública cuando apenas era un mozalbete.  Pero no es lo más curioso, sino que habiendo nacido en un barrio pobre, sin preparación intelectual aunque despierto y  buena labia, llegó a ser edil, dirigente sindical y Vicepresidente del Concejo Municipal de Heres.
         Devoto de Jóvito Villalba, a quien trataba de imitar la tonalidad de su discurso, se fue un día a Caracas con los dirigentes de URD Humberto García, Pablo Guerra, Oswaldo Curra y Adolfo Thali a hacer un curso sindical que aprovecharon muy bien pues Adolfo Thali terminó siendo presidente del Sindicato de la Siderúrgica y él del sindicato de la CANTV pues su gerente Lozano Villegas le había dado allí un puesto como cobrador.
         Un día lo enviaron a Caicara a preparar el ambiente para una posible visita electoral de Jóvito.  Le dieron para sus gastos diez bolívares y asombrosamente regresó con cinco.  En inusitado alarde de honradez y mística militantes devolvió los cinco bolívares a René Vhalis, responsable de las finanzas, con el agregado de una vianda de las típicas y dulces arepas de Coroba.
         En cierta ocasión le oyó decir a Horacio Cabrera Sifontes que si por desgracia llegaba a quedar inválido, sobreviviendo en silla de rueda, no vacilaría en darse un tiro y Ramón Isidro García Gil estuvo de acuerdo con el escritor.  Pero fue incapaz de hacerlo el día en que de tanto fumar fue víctima de una trombosis cerebral.  De todas maneras falleció meses después, irónicamente, poseído por una millonaria suerte en la lotería de la que también era adicto inspirado por el humo aromático de su tabaco.
El Barrio Negro Primero donde nació Ramón Isidro pertenece hoy a la Parroquia Vista Hermosa.  Es ya un sector urbano importante limitado por la Avenida 17 de Diciembre, los Farallones del Río San Rafael, el Barrio Angostura y la Avenida Nueva Granada.  Tiene su placita y una escuela, la Bethel, fundada por el pastor evangélico José Luis Orsetti. 
A Negro Primero (Pedro Camejo), muerto en la Batalla de Carabobo, los miembros de una hermandad de espiritistas que lo invocan con ron y tabaco al igual que a otros muertos, quisieron erigirle una capilla, pero el obispo Crisanto Mata Cova movió sus influencias y lo impidió, de todas maneras vecinos trabajan para que lo mismo que hicieron con Páez en La Mariquita, le erijan un busto al valiente Negro Primero en la Placita del barrio. 
Entre los primeros pobladores de ese sector en los años 40, están la familia Zurita, la Familia Mota, la Familia Aparicio, la Familia Morillo y la Familia García Gil, padre de Ramón Isidro García Gil, quien fue dirigente sindical, edil y Vicepresidente del Concejo Municipal de Heres.
Por el sector de Negro Primero pasa la quebrada de “Quita Calzón” donde ocurrió el primer accidente de automóvil por volcamiento y cuyo nombre responde según la leyenda a un negro cimarrón  morador de esos predios, que le embestía de noche a los transeúntes y los despojaba hasta de sus calzones.







viernes, 10 de junio de 2016

PRINCIPIOS TÉCNICOS DEL AVIÓN CONCEBIDOS EN GUAYANA


Al lado de Leonardo de Vinci debería estar un venezolano que tuvo radical vinculación con Guayana.  Me refiero al doctor Wencelao Monserrate, que al igual que el artista e investigador  italiano, comprobó que era posible la locomoción aérea.  En todo caso, podría ser al lado de los hermanos germanos Lilienthal, aunque fue mucho antes que Monserrate dio a conocer los principios técnicos del vuelo.
El modelo ideado, muy complejo y compuesto de pesados materiales, máquinas y un sistema de pro­pulsión, recibió el nombre de La Manserratina. Este apa­rato tenía la forma de un inmenso pájaro con "pico, alas y cola", de 24 metros de largo por 14 de alto. Su estruc­tura pesaba casi 1000 kilos y estaba dotado de un motor de vapor y otro de combustión interna.
El doctor Monserrate inició los estudios de este proyecto en 1863. Tras años de planificación y de di­seño concluyó que sí era posible alcanzar el vuelo uti­lizando una máquina pesada, con lo que resolvía, en sus palabras, "el gran problema de la locomoción aérea con rumbo y dirección determinada". 
En una carta que dirigió al Ministerio de Fomento el 26 de marzo de 1877 dio a conocer oficialmente su máquina voladora, a la que llamó, en aquella ocasión, "motor aerotérmico'. En relación con esta invención manifestó que se trataba de la empresa más trascendental de la época, y aseguró que tanto su teoría sobre el vuelo como el aparato ideado fueron evaluados y aprobados por ingenieros prácticos europeos y norteamericanos". Su convencimiento era tal que solicitó patente de invención el 9 de enero de 1884 y le fue concedida de inmediato, lo que otorgó a su invento el apoyo y aval del Estado venezolano a tra­vés del Ministerio de Fomento de aquel entonces. 
El doctor Wenceslao Monserrat, médico cirujano,  coronel de ingenieros del Ejército, estuvo casado con Carmen Hermoso Tellería, pariente del General Arístides Tellería, quien fue Presidente del Estado Bolívar.
El médico Wenceslao Monserrat se radicó en Angostura  con su familia en 1864 huyendo de las represalias de la Guerra Federal, no obstante estando en Guayana fue electo diputado al Congreso Nacional Federalista de 1866, pues fue notable su participación ese mismo año cuando los guayaneses se rebelaron contra la autoridad del General José Loreto Arismendi, Presidente del Estado y  Jefe del 4ª Circuito Miliar de Barcelona y Guayana.  Fue de los comisionados para viajar a Caracas a hablar con el Presidente Juan Crisóstomo Falcón para que reconociera el gobierno provisional.
El doctor Monserrat aparece contribuyendo con 25 pesos en la colecta general realizada para erigirle en 1869 una estatua pedestre al Libertador en la plaza mayor de Angostura.
El médico Wenceslao Monserrat casado con Carmen Hermoso Tellería, tuvo dos hijos: Rafael y Wencelao Monserrat Hermoso.  Rafael estudió en el Colegio Federal de Guayana y se graduó de bachiller en filosofía el 6 de agosto de 1882.  Luego estudió el Bachillerato en Ciencias Políticas y recibió el graduó el 24 de julio de 1885 junto con su hermano Wenceslao Monserrat Hermoso.  Ambos hermanos se doctoraron en Ciencias Políticas el 26 y 27 de julio de 1888. 
Rafael regresó a su tierra a ejercer como abogado. El 16 de agosto de 1886 junto con su tío el doctor Pedro Hermoso Tellería funda el Colegio de Abogados de Coro, mientras su hermano Wenceslao Monserrat Hermoso hizo carrera en Guayana y aparece en 1885 como Rector del Colegio Federal de Primera Categoría de Guayana.   Durante diez años ejerció la cátedra de derecho político. Asimismo, figura entre los fundadores del Colegio de Abogados el 12 de septiembre de 1894, en calidad de segundo vicepresidente de la primera directiva.  Ascendió a la Presidencia para el segundo bienio del Colegio el 10 de diciembre de 1896.
Fue acusado de participar en el alzamiento de Ramón Cecilio Farreras contra el Gobierno del Presidente Cipriano Castro, pero indultado en abril de 1904.  Formó parte de la Comisión que exploró el Río Marcela para tenerla como fuente potencial de energía hidroeléctrica, junio de 1904, dentro de los planes para dotar a la ciudad capital de energía eléctrica. Una planta electromecánica se montó en 1910.  Fue él uno de los principales accionistas y formó parte de la primera Directiva de la Compañía  (C. A. La Electricidad de Ciudad Bolívar).

Wenceslao Monserrat Hermoso, quien falleció en Ciudad Bolívar el 19 de mayo de 1938, a la edad de 75 años, fue también miembro relator de la Corte Suprema de Justicia del Estado Bolívar designado por la Asamblea Legislativa para el trienio 1908-1910. (AF)






miércoles, 8 de junio de 2016

Monja revolucionaria en Guayana


Una monja calificada de “revolucionaria” por el Arzobispo Crisanto Mata Cova llegó a residenciarse en Ciudad Bolívar en los años ochenta, proveniente de la isla de Coche, una isla de sol, de sal y de redes, poblada desde hace más de 450 años por Juan López de Archuleta, quien por Real Cédula la recibió en calidad de encomienda para que se estableciese en ella con su mujer y tuviese ganado, labranzas y otras granjerías.
         Los cochenses seguramente ignoraban entonces este hecho de su historia y por eso no tenían celebraciones como suele ocurrir por igual motivo en otros pueblos de Venezuela.
         En Coche que hasta 1922 perteneció a la Diócesis de Guayana, saben, en cambio, y lo celebran como tradición secular, cuando es el día de San Pedro y de la Virgen del Carmen, patronos de pescadores y marinos.
         El 16 de julio, precisamente, sucede en la isla una gran fiesta marina. Un centenar de embarcaciones cortejan en su procesión por el mar a la Virgen de los escapularios, desde el muelle de Valle Seco hasta el Guamache, bajo una linda y efusiva atmósfera de pirotecnia, cantos  religiosos y música folklórica.  El pueblo de San Pedro y caseríos del Guamache, Bichar y Guinima rompieron la rivalidad regionalista y ahora se unen en una sola fiesta en honor a la Virgen y este milagro de la unidad se le atribuye a la hermana Blanca Estela que se hizo líder religiosa y social de la comunidad sanpedrina.
         Los habitantes de la Isla de Coche están bien arraigados en la fe católica.  Es uno de los pocos pueblos de Venezuela donde no ha podido entrar otra religión o secta.  Ni siquiera la superstición o la brujería.  Allí sólo se cree en Dios y la Virgen.
         El Arzobispo de Ciudad Bolívar, monseñor Crisanto Mata Cova, en la creencia de que esta condición religiosa del pueblo de la Isla de Coche se le debía en buena parte a la labor de Blanca Estela, movió contactos dentro de la jerarquía católica y logró reubicar a la Hermana en la capital guayanesa donde la embestida evangélica apabulla con sus micrófonos y altoparlantes instalados por las noches en cada barrio de la ciudad.
         Blanca Estela realizaba una labor estupenda cuando para desconsuelo del prelado le llegó la contraorden de regresar a Coche.  Al parecer la Iglesia se dio cuenta que no podía arriesgar los resultados de una labor que la monja con su carisma y dinamismo  había cimentando en la isla.
         La monjita realmente se las traía.  Era dinámica y vivaracha.  Hablaba, cantaba y rezaba muy bien.  Algunos curas y especialmente Monseñor  Mata Cova, la llamaban “monja revolucionaria”.  Ejecutaba el órgano, la guitarra, el cuatro, el acordeón, tocaba las maracas y conversaba en forma convincente  y directa. El pueblo entendía su lenguaje, la seguía, creía en ella, la respetaba, la cuidaba y por las noches a la hora del rosario le llenaba la Iglesia desde el altar mayor hasta el atrio.  Blanca Estela pertenecía a la congregación Hermanas Laura, de esa congregación hay otras tantas internadas en la selva de Guayana catequizando para su religión la fe de los indios mapollos.
         Estuvo la monjita otros años más en la isla al sur de Margarita hasta que regresó a su tierra Colombia y de allí la Congregación la envió a la India a trabajar con los pobres como lo hacía la otra Hermana Laura Glynn en Ecuador.  En la India a donde también se fue el antropólogo Jorge Armad desde Ciudad Bolívar,  murió a la edad de 75 años.
         En Ecuador igualmente se destacó otra Hermana Laura, aunque nada tiene que ver con la colombiana.  Esta Hermana Laura Glynn era norteamericana y trascendió como gran defensora de los derechos humanos.  También falleció y dejó una larga trayectoria de lucha y sobretodo de compromiso social. Trabajó hasta su último aliento en la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos. (AF)


lunes, 6 de junio de 2016

Los Tres Poderes


Los tres poderes: la Reina, el Alcalde y el Gobernador.  La Reina, en el centro como siempre, es la más débil, pero la que tiene mayor poder de seducción, la que deslumbra y subyuga por su belleza.  Los otros poderes se rinden a sus pies y para halagarla son capaces de cualquier cosa a expensa de sus fortalezas.
         La Reina igualmente es capaz de cualquier cosa a expensa de su belleza para hacer que los adversarios aflojen el corazón y sonrían hasta en los momentos de conflicto y mire si los hubo aquí en Bolívar en tiempos de Jorge Carvajal y Andrés Velásquez.  Durante el curso de la campaña electoral se dijeron y se tiraron con todo, pero luego del triunfo fueron capaces de conciliar para beneficio propio y de las mayorías que los eligieron.  Así es y debe ser siempre la democracia legítima.
         La democracia es la cultura de la discusión, la confrontación dialécticamente ideológica y programática, sin odios ni complejos, sin rencores ni revanchismos. La democracia no debe interpretarse ni ejercerse en función de intereses sectarios, sino amplia y  universalmente, de manera que sus bondades que las tiene y son muchas, nos arrope a todos.
         La democracia es convivencia, comprensión, igualdad, libertad, justicia, paz  La democracia no admite egoísmos, parcialidades fanáticas, no admite amenazas, chantajes, descalificaciones, insultos, discriminaciones.  La democracia es una cultura, un sistema de vida.  Pero hay que aclarar que la democracia no es algo que nos cae del cielo, sino algo que se construye, que se edifica cada día y que hay que defender técnicamente, racionalmente para lo cual hay que creer en ella y en ella va implícito como cuestión sustancial los valores éticos.
         Así nos dijo en cierta ocasión el profesor de teoría política, Marcos Cupulo subrayando eso, que sin valores éticos no se puede concebir la democracia.  La democracia nada más para justificar un proceso político sería como fabricar una máquina política para obtener consenso y, en consecuencia, la peor de las dictaduras. Un modelo social y político nada más para justificar el consenso,  alejaría la posibilidad del individuo  para afirmar sus valores.
         Y si bien, como dice Cupulo,  la democracia hay que construirla, no olvidemos que en ella juega papel importante la educación.  Es lo que cree el profesor  Luis González Cordero y al tocar ese aspecto resalta la figura de Bolívar. El Libertador supo ver en su exacta dimensión el valor y la importancia de la educación en función de la Democracia tanto para el ejercicio de ella como para ejercer los derechos políticos y sociales. 
En todo caso, tiene que ser una educación de la inteligencia y del carácter.  No sólo para el saber, sino también para la virtud.  Nuestra escuela, por lo tanto, tiene como obligación el cultivo de la vida democrática que equivale a enseñar a convivir, a cooperar, a respetar lo diferente y lo contrario en los otros para sí llegar a comprenderlos a ellos y a nosotros mismos.  De nuestra conducta a la hora de votar y escoger a los miembros de los poderes depende la existencia impecable y perdurable de la democracia.  Hay que saber elegir, no hay que dejarse influenciar y menos dejarse  complacer por una ayuda, una dádiva.  Cuando se ingresa al cubículo electoral para elegir, hay que hacerlo desprejuiciado, deslastrado de todo compromiso, excepto el que uno tiene consigo mismo y el país como un todo.
La Democracia, en todo momento y circunstancia es la Reina, debe tenerse y venerarse como una Reina, una bella soberana que tutela los poderes y que como el símbolo de la fotografía, sabe y hace sonreír, pero que tiene, aunque pintada, bien afiladas las uñas para defenderse de cualquier eventual satrapía.



domingo, 5 de junio de 2016

MUERTE DE JESÚS SOTO

Hoy  se cumplen años de la muerte del  Maestro Jesús Rafael Soto, pionero del arte óptico universal y quien  junto a rlos Cruz Diez y Alejandro Otero ha sido considerado uno de los grandes representantes del cinetismo en Venezuela. Falleció en Paris a la edad de 82 años, pues había nacido en Ciudad Bolívar el 5 de junio de 1923 y fallecido el 14 de enero de 2005. Sus restos fueron inhumados en el Cementerio de Montparnasse, París, Francia. Nació en el Barrio Santa Ana y era hijo de Luis Rafael García Parra y Emma Soto. Nació cuando otro Soto, el general Vicente Pérez Soto, gobernaba en el estado Bolívar. Nació el niño en pleno juegos florales del Teatro Bolívar, cuando se jugaba Rondá y llegaba a la ciudad monseñor Miguel Antonio Mejía. Soto creció delgado e inquieto en el regazo de su madre, doña Enma, con una sinusitis que no lo dejaba respirar, pero con la cual acabó de una vez la yerbatería indigenista de Paula, la abuela ágil que bailaba joropo y descifraba las estrellas. Pescaba el niño, atravesaba el río a nado. Otras veces en curiara, en piragua, y entre el puerto de Santa Ana, Soledad y el hato de doña Paula en los llanos de Anzoátegui, parecía transcurrir la vida de su infancia. El niño Soto, como Juan Ramón Jiménez, también tenía su Platero. Se llamaba Comino, acaso porque se ponía del mismo color del onoto cuando relinchaba y se restregaba contra los matorrales y la greda del río. Con su Comino ensillado se iba de trote por el aquel llano abierto que le infundía cierto temor y respeto. El llano al igual que el río le impresionaba hondamente. Pugnaba entonces entre la soledad del llano y la cercanía de la gente. En ese tiempo tenía edad de escuela, de palotes y de garabatos hechos con pintura de labio y de carbón sobre cartón o el duro lienzo de paredes y tapias. ¡Déjalo tranquilo! Terciaba muchas veces la abuela. “Déjalo mujer, tranquilo, que a lo mejor quiere ser pintor y eso es bueno”. Y para que dejara en paz el lápiz de la tía Irma y no gastara los carbones del fogón, la complaciente abuela le obsequió un arcoíris de creyones. Desde entonces, desde la edad de cinco años, Soto pintaba, jamás dejó de pintar y fue pintor. Pero, acaso, también músico, buscando la vena del padre Luis García Parra que era violinista de circos, cines y parrandas. El, igualmente, pretendía atrapar el sonido con la misma gracia y sensibilidad de su padre. Más no con el violín. Prefería la guitarra, intermedio entre ese instrumento antiguo de Carmona y el cuatro criollo del llano. Siempre Soto soñó con una guitarra hasta que al fin un día la tuvo, ya fuera de infancia, en Caracas, Maracaibo, París, donde había un sabio del instrumento, el maestro Lagoya, que tanto le enseñó y tanto quiso fuese como él. Pero Soto había nacido y crecía para ser pintor. Un día Soto se dio cuenta que su infancia se le estaba quedando atrás. Fue cuando el amor rozó su piel impregnada de playa, llano y sol. El amor le llegó temprano y temprano quiso deshacerse de él, obligado por quien tiene metas en dirección hacia otros horizontes. El amor primaveral, tierno y romántico, entre picoteos, excursiones y películas, lo sacudió, pero sin que pudiera alienarlo. Soto era un joven de muchas horas de cine. Estaba exonerado de puerta gracias a que desde muy de madrugada, pintaba los carteles y cartelones anunciando la película del día. Calzaba unas buenas horas de pista, bailando en cada fiesta de amigos. El baile era su pasión. Cualquier música contagiaba su ser, armonizaba sus pasos, un bolero, una rumba, una guaracha y hasta un foxtrot. Llegada a Caracas Pero un día de tanto pintar carteles, hasta 50 en una hora, de los cines Royal, América y Mundial, a alguien, aparte de sí mismo, se le ocurrió que debía ser pintor de verdad y le puso como único requisito una beca. Entre Vicencio Pérez Soto y Mario Briceño Iragorri, habían pasado por esta Ciudad Bolívar casi un gobernador por cada año de su vida y él contaba diecinueve. El obispo, sin embargo, era el mismo llegado a la ciudad cuando él abría los ojos en el siempre animado puerto santanero, donde se había refugiado su familia agobiada de tanto llano. Entre el obispo y el gobernador hubo acuerdo y el adolescente pudo distanciarse físicamente de la ciudad y el río y llegar a la ansiada Caracas que parecía abrir todas las posibilidades. Luego fue la ciudad del lago y finalmente París, capital de la cultura y el arte occidental. La ciudad que definitivamente le alumbró el camino, un camino, sin embargo, con rastros de azul y ocre, con intermitencias de moriche y luminoso rielar del Orinoco. Allá se sembró, allí se quedó, lejos del Orinoco, muy cerca del Sena, que también riela como el río padre de todos los ríos de su tierra mestiza, de ese gran río del cual aprehendió las líneas que atraparon el tiempo y que también tiene sus agujeros negros donde quedó sepultado como enésima estrella del universo. (AF)

miércoles, 1 de junio de 2016

Las curiaras del Orinoco


La bella Franca Pepe, de ascendencia itálica, madrugaba en la misma casa esquina de las calles Venezuela con Carabobo, donde sus padres tenían un negocio de víveres.  Trepaba la azotea y desde allí hasta que despuntaba el Sol, se extasiaba en el crepúsculo auroral del río.  También el poeta Víctor Medina hacía lo mismo cuando vivía en Santa Ana antes de ir a montar volador en la Plaza Centurión.  Siempre se ha dicho que los crepúsculos del Orinoco impresionan de tal modo a la gente de sensibilidad estética que las hace adictas.
        Franca era adicta al crepúsculo orinoquense y creía que navegando el gran río podía acortar la distancia de su lejanía y así se fue un día, aprovechando la procesión fluvial en agosto de Nuestra Señora de las Nieves, patrona de Ciudad Bolívar y también del Monte Esquilino de su añorada Roma, pero percibió que el crepúsculo vespertino  no es tan sugestivo y envolvente como el matinal.  De todas formas le resultaba emocionalmente avasallante el desfile de curiaras siguiendo la estela de la cañonera de la Armada donde se exaltaba a la virgen.
        Las curiaras, primitivas embarcaciones de nuestros indígenas, también llamadas  Kriyyaras por los kariñas y, según su dimensión y accesorios, canoas, falcas, bongos, han perdurado en nuestros ríos desde tiempos ignotos.  Parecen frágiles, pero son tan sólidas como la madera del árbol con la  cual el artesano la construye a fuerza de hierro filoso y candela.
        A bordo de ella, cuenta la leyenda aborigen, que llegó Amalivac a insuflarle esperanza de vida a los indios Tamanacos disminuidos por el diluvio y a responderles  que a contracorriente, para que no se extenuaran remando, podía dotarlas de velas para aprovechar la fuerza del viento, cualquier viento, incluso el barinés que aprovechan los aviones para romper la rutina del aterrizaje.
Entre las estampas pintorescas del mundo hay que destacar la de las curiaras surcando y luchando muchas veces contra las corrientes de los ríos, al comienzo con palancas, después con canaletes, remos, luego con velas y ahora con motor fuera de borda con el cual el dios moderno ha querido emular el ingenio de Amalivac.
Los romanceros la han cantado, especialmente el trovador Alejandro Vargas se inspiró en ella para su famoso aguinaldo “La Barca de Oro”. Ocurrió en Noche Buena de pascua, cuando retornaba a la ciudad luego de “matar tigres” por caseríos ribereños.  Un chubasco en la remontada lo obligó a seguir la dirección de unas luces mortecinas que resultó ser Palmarito.  Allí atracó con su curiara, desenfundó su guitarra acompañado al cuatro del “Catire Carvajal” e improvisó “La barca de oro, la vela de nácar, el timón de acero”.
El viajero germano Carl Geldner, a mitad del siglo diecinueve, la describió tripulada por silenciosas y estoicas familias indias, casi desnudas,  que llegaba al puerto de Angostura a canjear sus frutos por baratijas y herramientas.

        Los famosos exploradores del Orinoco y de los grandes ríos como el Amazonas, se hicieron en curiaras.  Humboldt y Bomplant exploraron el Orinoco en Curiaras convertidas en falcas.  Lo siguieron en el tiempo Chaffajon, Henry Wicham, Jules Crevaux, Alfred Russel Wallace, Richard Spruce, Henry Morris Myers, Philip Van Ness, Enrique Stankoovraz y tantos otros.  Sus mismas fuentes fueron exploradas en humildes curiaras que medían desde cinco hasta diez metros, por la expedición franco-venezolana encabezada por el Capitán Frank Rizquez.  Antes el Capitán José Solano trató con ellas de vencer el dragón de Atures y Maipures, pero no pudo; más sabio fue Díaz de la Fuente que puso  las curiaras a navegar sobre el lomo de los indios y de esta manera pudo eludir los tormentosos raudales y ver el crepúsculo del nacimiento del río que cada mañana desde la azotea de su antigua casa se sumergía en los cristales visuales de Franca Pepe.  (AF)