lunes, 10 de abril de 2017

El hijo del campanero


Guillermo, el hijo del campanero, apenas contaba 14 años y su entusiasmo mayor era montar voladores en tiempo de cuaresma cuando la brisa del Este encuentra en el Orinoco cause abierto para soplar las velas de las frágiles embarcaciones fluviales.
         A veces es el viento barinés que viene desde los valles de Santo Domingo a cambiar el rumbo de los aviones que aterrizan en el aeropuerto de Ciudad Bolívar, pero que también sirve para elevar los voladores, cometas, papagayos o, papelotes, como lo llaman los mexicanos.
         Ser hijo del campanero era hasta cierto punto un privilegio en los años cuarenta porque allá arriba sobre el tejado que cubre las naves arqueadas de la Iglesia Catedral se podía subir utilizando los escaños de la torre e izar bien alto los voladores.
         Una tarde veraniega Guillermo estaba tan emocionado aprovechando la fuerza sostenida de la brisa que se fue con su volador siguiendo el rastro ondulado del tejado que conduce hacia la claraboya de cristal hasta que sin siquiera presentirlo hizo trizas con sus pies descalzos la ventana trasparente y cayo como una ofrenda sobre el altar mayor levantando las rodillas de la feligresía allí orando al silencio interrumpido por el ruido brusco y sordo de la muerte.
         El trágico suceso conmovió hondamente a la ciudad entera y nunca las campanas hicieron sentir más nítido, dolido y sonoro el badajo contra el bronce fundido hacía tantos años en alguna forja catalana.
         “Murió trágicamente Guillermo, el hijo del Campanero, el hijo predilecto del Sacristán que bautizó Dámaso Cardozo y confirmó Monseñor Miguel Antonio Mejía”, fue la queja dolida y resignada de las esquinas y vecinos.
         El volador de Guillermo también feneció con su cuerda y rabo de hilachas enredado en el ramaje de la arboleda de la plaza.  Desde entonces los muchachos  renunciaron a las azoteas como habían renunciado a las calles sembradas de postes tensados de tendidos eléctricos y se refugiaron en los playones veraniegos del Orinoco a riesgo de quedar también atrapados sus voladores por las jarcias de los barcos surtos o anclados en el puerto.
         El campanero después no pudo sostenerse sobre los escaños ascendentes de la torre del campanario. El mundo aprisionado en su cerebro se le colaba por la caverna oscura del campanario  hasta  caer en el desmayo que lo depositaba sobre los huesos tiernos de Guillermo.  Su mujer lo revivía con yerbas y la fregosa surtida por sus vecinos.  Así se eternizó en la espera de que algún día resucitara con la fuerza espiritual que le insuflaban los sacerdotes de la iglesia y la energía piadosa de la feligresía.  Pero nunca ese día llegó sino cuando ya no pudo más afinar los oídos para que entrara de lleno el redoblar incesante de las campanas en cuyas ondas saltaba el volador empinado de su hijo.

         Nunca el sermón alusivo del Vicario fue más enternecedor y elocuente.  Se imaginó centenares de voladores cortejando a Guillermo en su viaje por el cielo.  La historia trajo a su mente al notable sabio del helenismo, Aquitas de Tarento,  que se trepaba en las rocas a poner a prueba su invento. Recordó también al guerrero  asiático Han Sin que lo concibió con fines bélicos, y a Franklin para probar que los rayos tenían mucho que ver con la electricidad.  Hasta aquí mismo en el Orinoco, el bachiller Ernesto Sifontes quiso utilizar los voladores como objetos aerostáticos para sus investigaciones meteorológicas, pero ninguno tuvo el resultado trágico que segó la vida temprana de Guillermo, el hijo predilecto del campanero.

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