viernes, 21 de abril de 2017

Antiguo puerto de Ciudad Bolívar


Toda la costa norte de la ciudad, desde La Cerámica hasta la Carioca, era hasta los años cuarenta del siglo veinte, un recaladero de barcos de distintas esloras y velamen, pero el más común y donde prácticamente se apiñaban las naves era el arenoso puerto de La Cocuyera, antes llamada “La Escollera”  La Cocuyera” –le decían- porque por las noches se llenaba de luciérnagas que parecían estrellas salpicando de viva y fugaces luces el ambiente playero.
            El puerto de La Cocuyera era una rada, una bahía natural que se pronunciaba durante la temporada de estiaje entre la punta pedregosa del Mercado Municipal y la punta del patio del Resguardo convertido después en el Comedor popular Manuel Piar.
            Ahora a ojos vista “La Cocuyera” no existe por quedar fuera del juego dinámico de la navegación de cabotaje, agredida por la mampostería del nuevo malecón y porque la navegación a vela quedó anclada en el pasado, es decir, quedó superada por las máquinas de propulsión y los grandes barcos mineros que no tienen porque arriesgarse hasta donde ahora no hay fluvial vida comercial, no hay cocuyos, no hay caleta, ni siquiera Aduana sino un enorme paredón con la consigna armada “Patria o muerte, venceremos”,  Vencida quedó la ciudad al ser despojada de su Aduana y mutilada su Capitanía de Puerto.  Hasta el astillero que Alberto Minet tenía en La Trinidad  desapareció. 
            Quien bien describe en feliz romance lo que era el puerto  antiguo es el poeta Héctor Guillermo Villalobos. “Estampas del Puerto en domingo” es un romance que el poeta fecha en 1942 y en el cual evoca los mástiles embanderados, los barcos parecidos a chozas levantadas en la orilla, al humo de las cocinas confundido con el humo de las pipas de los viejos contramaestres.
            No obstante que el domingo no había movimientos de caleta parecía más claro, alegre e iluminado por los parroquianos con sus típicos trajes domingueros paseándose por La Alameda colmada de árboles frondosos y desde lo alto de la catedral las campanas llamando a misa, el lamento de las guaruras marineras, el clarín del guarda-costa perforando la lejanía, los pájaros aleteando en el tope de las grímpolas, el coloquio de lo vecinos del agua, los chistes, las canciones, las risas.   
Todo un ambiente natural y espontáneo que insufla las arterias del poeta: Mañana de madrugada / va a salir la "Carmen Luisa". /  La balandra se acicala / como una mujer bonita. /En el espejo del río / su esbelta silueta admira, / mientras sus hombres alegres / repasan velas y drizas. / Sueña en el amanecer / la balandra "Carmen Luisa": / entre rumor de aparejos / y voces de despedida / se irá como una mujer, / henchido el seno de brisa. / Es un caimán soñoliento / el bongo "Las Tres Marías". / Descansa en el fondeadero / mientras remiendan su quilla. / El patrón está en la popa / mirando el agua dormida. / Masca tabaco y escupe. / Se llama Pancho Medina /  y es un manco veterano / en más de cien travesías. / Pancho Medina se llama, / pero su nombre de pila / se lo cambiaron sus hombres / por el de "Pancho Mandinga" / desde que cruzó "El Infierno" / en un bote de espadilla... / De Río Negro hasta Las Bocas, / patrón de "Las Tres Marías", / con el puño en el timón / ¿quién no respeta a "Mandinga"? / Allí está el bote "Confianza" /  y a su costado el "Pichincha" / y el "tres-puños" "Luisa Cáceres" / que llegó de Margarita; / "Las Tres Divinas Personas" / y la "Josefa María", / la "Buena Fe", "La Esperanza" / del capitán Leoncio Piña, / y tantos más... todos juntos /  ¡como una sola familia! …”


1 comentario:

  1. Excelente crónica rubricada por la memoria visual de un paisaje esencial de nuestra historia. Cuando el río era nuestra quimera y nuestra vida. Ojalá algún día recuperemos ésta. Un abrazo. Adonai

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