lunes, 26 de junio de 2017

Rosendo Magallanes Guerra



Sus ascendientes provenían de los inmensos llanos del Guárico y de las montañas del Yocoima y como el gran marino del estrecho que lleva su nombre, navegó por el mundo de su fantasía creadora. Y guerreó durante cuarenta años hasta caer vencido y ahogado por el humo de las ramas que nos trajeron hace miles de años los arucas del sur.  Ellos, tal vez, le trajeron y no lo sabía, el arte que llevó hasta Suiza su alumno predilecto, el Chino  Ramón Eleazar López
       Lo conocí en  1969 bajo el ala sagrada de la poeta Mimina Rodríguez Lezama, nativa como su madre en la tierra del Yocoima. Entonces daba trazos sobre el lienzo con la sabiduría de un arquitecto venido del cielo, pero que sabía de las miserias, de las deformidades, de esqueletos retorcidos que muchas veces vimos retratados con fuerza en sus grabados.
       Con uno de ellos, creo se llamaba “Mecánicos L” (en la foto) ganó el premio mayor del Salón Estadal de Artes Plásticas, auspiciado por la Universidad de Oriente, la Casa de la Cultura y el Inciba. El jurado integrado por el Lic. Félix Guzmán, profesor Arsenio Pasarini y doctor José Sánchez Negrón fueron certeros y contundentes en el fallo.  Tenía 23 años y quería seguir los pasos del pintor de moda en esos años, el Maestro Jesús Soto, hasta dejar ver su equivocación y retornar a su camino expresionista y un tanto surrealista.
       Era silencioso como un sabio y atlético como un caballo de fuerza.  Por la vía del diseño y la fotografía llegó al periodismo e ilustró y redactó con el vigor avasallante del artista.  Siempre quiso estar arriba como un potro desandando  y explorando caminos que se perdían en el infinito de sus aspiraciones.  Tenía poder de convencimiento sin discutir mucho.  Era la vitalidad de su silencio entrecortado por su voz de bajo lo que le aseguraba el predominio en los más variados y complejos aspectos de la vida, incluyendo el del amor que le permitió prolongarse 33 veces.
       Alternaba sus creaciones plásticas con la fotografía, la docencia y el periodismo, en puestos de dirección.  En El Bolivarense, El Expreso y finalmente  El Progreso, diario tabloide donde  quedó la huella del periodista, del diagramador, del redactor y del director que  en vida fue el colega.
Carlos Mejías, después que dejó su participación docente y administrativa  en el IUTIRLA,  tuvo la suerte de encontrar en Rosendo Magallanes Guerra, su alter ego. Y es que el flamante editor de la Calle Vidal desde su juventud cultivó el proyecto de un periódico que en El Callao  se llamó  “La Voz del Yuruary, y en Ciudad Bolívar “La Denuncia”, pues bien, este semanario donde Rosendo Magallanes estampó su impronta, se convirtió en laboratorio de El Progreso, diario de profusa circulación en todo el ámbito regional en el  que hasta el momento de su muerte sirvió en calidad de director auxiliar aún con la salud paulatinamente cediendo a los embates del tiempo que nunca pudo alargar más allá de su desiderátum.  Perdió el equilibrio en el peldaño 63 de este tiempo y cayó, como dijera Neruda, como piedra en la tumba, sin perder la compostura a pesar del dolor que lo atenazaba.
       Bien recordamos su página en Facebook “SOY UN VIEJO PERIODISTA, CON CASI 40 AÑOS DE ACTIVIDAD PROFESIONAL ADEMAS, ME DEDICO A LAS LABORES DE ARQUITECTURA Y COMO ARTISTA PLÁSTICO, EN EL CAMPO DE LA PINTURA, ESCULTURA Y CERÁMICA. APARTE DE FOTÓGRAFO PROFESIONAL.

       

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