martes, 10 de mayo de 2016

El Camarada Antonio Cachut

Antonio Cachut, un comunista atípico, tal vez como la naturaleza de Héctor Mujica, que le gustaba la bohemia y era deleitante, pero llegó a ser candidato presidencial del Partido Comunista de Venezuela, fundado por Gustavo Machado.
         Siendo corresponsal me tocó cubrir la Convención Regional del PCV presidida por él (Héctor Mujica) como delegado nacional y cuando me vio que llegaba me llamó para que me sentara a su lado en el presidio.  Gesto incomprensible para mí como periodista como para sus propios camaradas quizás.  Pero así ocurrió.
         Héctor Mujica, quien fue decano de la Escuela de Comunicación Social de la UCV y Presidente fundador del CNP, nunca estuvo de acuerdo con la lucha armada, pero siguió allí en el PCV fiel a sus principios.  Algo parecido creo que sucedió con Antonio Cachut que como me contó la escritora Milagros Mata Gil, quien pertenecía a la Juventud Comunista,  era “bohemio, aventurero, jugador y parrandero, contrasentido comunista, fiel a la alegría, desprovisto de la rígida solemnidad de sus camaradas y contemporáneos, con la suficiente capacidad para entender el lenguaje de los jóvenes de entonces y calmar sus interrogantes”
         Cachut murió el 29 de septiembre de 2000.  Vivía en La Lorena en condiciones precarias.  Una vez lo visité y realmente me impresionó su vivienda, no me explicaba un hombre superactivo como Cachut podía vivir en esas condiciones.  Un hombre inteligente, doctrinario, que discutía en cualquier lugar defendiendo sus principios  y su militancia, discutiendo democráticamente sin prejuicios odiosos, sin descalificaciones, abierto y humano con el adversario, fuera este adeco, copeyano, urredista  y con la misma gente de izquierda no afecta al PCV.
         En cierta ocasión fundó una discoteca con el nombre de “La Brujita”, y por ello creo que lo expulsaron del PCV, pero después de un tiempo fue llamado para que se encargara de la Secretaría General.
         El Buró Nacional lo envió a la URSS a hacer un curso y regresó enamorado y casado con una rusa más blanca y alta que él  y se  vio en aprietos para sobrevivir en aquel medio del barrio La Lorena. Tuvo que vender hasta “Chupichupi” por las calles y sembró patilla en una isla del Orinoco que luego sacó a la venta situándose en una esquina del Grupo Escolar Estado Mérida y por allí pasaban los adecos con sus carros y le gritaban “Cachut, está explotando al pueblo” y ya harto Cachut de tanta embestida adeca que lo sacaba de quicio, decidió regalar las patillas a todo el que pasaba.  Hasta el poeta Argenis Daza a quien vemos en la foto discutiendo con Cachut sobre marxismo-leninismo, aprovechó su sandía verde por fuera y roja por dentro.
Milagros Mata Gil cuando hizo su pasantía por la Corresponsalía de El Nacional dejó olvidados en una gaveta de su escritorio algunos borradores de su paso por la Juventud Comunista en los que además de lo dicho sobre Cachut, añadía que “Había algunos jóvenes, no tanto como nosotros, pero jóvenes envejecidos por el ejercicio de la guerra.  Nos parecían personajes gorkianos, plenos de abnegación y fervor por la causa.  Los veíamos pasar un poco desde lejos, con un temor reverencioso: el señor Sánchez era un tipo bondadoso, recto y humilde que pasaba sus días vendiendo perfumes de casa en casa para mantener a su numerosa prole; la señora Lobelia Guzmán, venía con su paso ágil y su rostro agrietado por los martirios sufridos durante la dictadura; el señor José Díaz, alto, canoso, un poco grotesco, que era un individuo gruñón, descontento y moralista;  César Gil, con su aire angustioso, sus contradicciones y sus terribles tormentos; Rafael Montes, un estudiante de medicina, con gestos parsimoniosos y aspecto sereno que tenía junto con otros estudiantes un dispensario en Pero Seco que atendía en su tiempo libre…” (AF)




sábado, 7 de mayo de 2016

BILLO Y EL COCHE DE ISIDORO




Isidoro solía pasear por las  calles caraqueñas en su antiguo Coche Victoria tirado por caballos y detrás suspirando y sofocado corría Billo sintiéndose niño. El 5 de mayo de 1988 falleció en Caracas el famoso músico dominicano de quien su tercera hija, Dinorah, prepara un libro donde relata con amargura el maltrato que sufrió su Madre. Al parecer una cara de niño tenía detrás del Coche de Isidoro y otra en el hogar (AF)

miércoles, 4 de mayo de 2016

Domingo Terán (Urraca)


“Urraca” les dicen a ciertas personas cotorras y habladoras.  También a las cautas y tímidas con los más fuertes y poderosos, pero que se manifiestan crueles con los indefensos.
         En definitiva, Urraca es un ave de rapiña de los países templados y no de estos territorios cálidos.  Ahora, ignoro por qué a Domingo Terán le pusieron ese apodo.  Supongo que algún guayanés muy leído y viajado que lo vio boxear y observó que el púgil del patio era precavido con los contrincantes recios y cruel con los pusilánime  Porque aunque parezca contradictorio, existen púgiles cobardes, vale decir, que a la hora de las chiquitas, no saben hacer honor a su condición de peleador, pues partimos de la concepción de que quien se calza unos guantes sobre el cuadrilátero es porque tiene con qué. 
         Decir que Domingo Terán era rapaz como una Urraca, sería caer en una semejanza calumniosa.  Tímido y cauto posiblemente cuando estaba semidesnudo  entre las sogas y hasta cotorro cuando alguien daba pábulo a su lengua.  Hasta allí como parte de su peculiaridad personal.
         Domingo Terán vivió siempre en la calle Afanador que empieza en un puentecito de quebrada y termina en El Cambao.  Era un veterano matarife de ganado porcino.  Nunca utilizó el Matadero Municipal en su oficio.  La sala de matanza era el patio de su casa.  Allí, montado sobre tres piedras, estaba siempre el caldero gigante bien atizado con leña seca de la buena y con el agua bullente, esperando al marrano de ocasión para rasparlo después de asestarle su tanganazo por la testuz.
         De ese oficio cruel de sangre y de morcilla, vivía Domingo Terán a quien sus paisanos preferían distinguir con el remoquete de “Urraca, el matador de cochino de la calle Afanador”
         Pero créanlo o no, Urraca también tenía su corazoncito bombeando ideas políticas en sus mejores momentos.  Lo estremecía de coraje desde la tribuna la personalidad sanguínea de Jóvito Villalba y la interpretación de sus arenga la siguió y la llevó por  muchos rincones de la Ciudad Bolívar de los años sesenta junto con Marcial Rivas y Humberto Fernández tratando de conquistar adeptos para llevarlo al Poder.
         Urraca era el jefe del Comité de URD en el Barrio Afanador junto con su inseparable mujer y su única hija.  Una mujer morena, alta y delgada, que le ofrecía café todas las mañanas al Procurador del Estado, Pacífico Rodríguez, cuando en su casa concluía sus arremetidas de  bohémio luego de tocar varios puntos al salir de su despacho.  Urraca se portaba diligente y solicito con el Procurador, sobre todo porque era él quien le resolvía los conflictos que solía presentar el sector.
         “Urraca” era inquieto y hasta cierto punto celoso y quisquilloso.  En cierta ocasión que era de noche y de luna llena, no pudo enfrentar el fantasma de los celos y a punto  estuvo de meter a su mujer de cabeza en la caldera hirviente de los cochinos.  Todo el mundo se alarmó.  El Barrio se escandalizó e invadió la calle.  Era que a Terán a veces se le avivaba la neurosis impulsiva del boxeo y quería como fuera derrotar al enemigo que en este caso parecía ser su única mujer.
En su tiempo, por los años cuarenta, era ídolo del boxeo El  boxeo era tal en Ciudad Bolívar que el Cine Mundial, al igual que lo venía haciendo el América,  montó su propio Ring y a veces en una misma noche había dos programas de boxeo.  Ello explica porque Domingo Terán (Kid Urraca),  ganó en una noche dos peleas: una en el ring del Cine Mundial y la otra seguidamente en el ring del Cine América.  Esto podía hacerlo libremente los boxeadores porque no había autoridad oficial que impusiera respeto por unas reglas que internacionalmente existían. (AF)



lunes, 2 de mayo de 2016

Martínez, el Trocadero y sus gatos


José Martínez Barrios, celebrado pintor bolivarense, conoció a Edelmiro Lizardi, el dueño del famoso El Trocadero de Ciudad Bolívar
         En frecuentes y amenas conversaciones en las duras mesas de granito de Juancito El Griego, solía recordar el ambiente de aquel vestigio remoto de “La Ciudad Perdida”: una casa pintoresca con árboles y cuartos de moriche en el fondo, situada en La Campiña. Por allí pasaron mujeres bellísimas de Mérida, Maracaibo, Valencia, Upata.  Uno se tomaba una cerveza por real y medio.  El tercio costaba 1,25; dos bolívares la media jarra y tres el botellón.  Allí el pintor José Martínez Barrios tuvo sus primeras incursiones en el sexo.
        El pintor onírico, anclado en el claro oscuro de los clásicos, se empató con una merideña que según él era bellísima y se llamada Juliana y de otra maracucha muy voluptuosa y atractiva.  En ese tiempo el artista vivía leyendo libros de estética, de preceptiva literaria, filosofía y obras románticas.  Como los actores de cine, buscaba argumentos para su vida, temas que lo nutrieran existencialmente.
         Martínez Barrios vivía en la calle Democracia, solo con sus gatos y con su perro.  Sentía un gran amor por ellos y ellos por él visiblemente.  Cuando salía y estaba de vuelta, siempre lo esperaban en la puerta como en un concilio.
Tenía seis gatos: tres grandes y tres pequeños que luego aumentaron a diez porque encontró en un paraje cercano a su casa cuatro pequeñitos que los cuidaba en una cajita lo mejor que podía y hasta le compró un pote de leche y un tetero. Para que sobrevivieran al abandono y el hambre no sabía de cuantos días.
Había que distinguirlos uno del otro y así al más feo lo llamó Oso y al más pintado, Tigre.  Únicos machos y los que calzaron nombres.  Los machos se iban de  parranda cada noche y regresaban tarde y tenía Martínez que levantarse a abrirles la puerta. 
El 14 de febrero, qué casualidad, se aparecieron con una amiga y tuvo el pintor  que levantarse corriendo a servirles una lata de sardinas que les encantaba y entonces lo veían de una manera rara como preguntándole si estaba bravo y él les respondía:  “No, chicos, que va, coman y olvídense de lo demás.”
Martínez era así de tierno con los animales. Los trataba y cuidaba como niños y era incapaz de molestarse por sus travesuras.  En Navidad vestía a los machos con frac y corbatas de lacito y cenaba con ello en una improvisada mesa aromada y alumbrada con velas de colores
Cuando tenía por pedimento hacer el retrato de alguna niña, la calzaba con zapatillas de ballet y a los niños, por más pobre que fueran aparecían en el lienzo vestido de príncipes.  Pero no le fue nada bien el día que un obrero le llevó a su hijo para que le hiciera un retrato al óleo. El obrero perdió los estribos y le encasquetó el retrato en la cabeza.
Adolorido se fue a un bar a consumir su pena. Los gatos parranderos tal vez lo imitaban porque él también nació picado por el prurito de la bohemia.  Cuando debutó en la Casa de la Cultura con sus cuadros, no quedó uno solo guindando en los muros de la exposición.  Todos se vendieron la primera noche y por primera vez en su vida de pintor Martínez se vio con los bolsillos llenos.  Una tía que al poco tiempo falleció me decía: “Américo, aconseja a ese muchacho porque ya no soporto las goteras.  Mira cómo está ese techo con las tejas rodadas y el comején devorando la cañabrava ¨  Claro, la doña supo del éxito pecuniario de la exposición, pero Martínez durante tres días estuvo ausente de su casa viviendo la fantasía de un artista generoso ya no en El Trocadero de Edelmiro Lizardi, sino en una tasca de la calle El Porvenir llamada “La Españolita” y otros lugares nocturnos donde ensayó con todas las bebidas exóticas del momento. (AF)





sábado, 30 de abril de 2016

FRANCISCO ANTONIO ZEA.

Francisco Antonio Zea, no obstante su sabiduría, padeció cierto complejo por su nariz demasiado notoria, grande y aguileña sin duda.  Lo llamaban “narizón” allá en Colombia de donde era, específicamente de Medellín, donde nació el 23 de noviembre de 1766, así como a Bolívar allá mismo lo odiaban sus adversarios políticos con el cognomento de  “longaniza”. 
El apodo ha sido de siempre y hay de todos los tipos, desde el apodo romántico y cariñoso hasta el que ridiculiza y destaca los defectos.  Lo de Zea no era un defecto propiamente dicho.  No se puede señalar como defecto el tener una nariz como la de Cirano de Bergerac que era grande como la de Zea, pero muy natural. de ninguna manera como la de Pinocho castigado por decir tantas mentiras.
Zea era botánico y seguramente que por ese lado estaba agradecido de tener una nariz como la que lo caracterizó durante sus 52 años de vida, pues podía olfatear mejor los aromas de las flores y de las plantas, sobre todo, el de las flores que en Medellín se pierden de vista, tanto así que todos los años presentan su Feria de las Flores.
Cuánta vida se hubieran dado los caricaturistas de hoy si el Licenciado Francisco Antonio Zea, en vez de 1819, hubiera sido Presidente del Congreso ahora. Zea, nacido en Medellín en 1770, alcanzó a orillas del Orinoco las más altas posiciones. Además de diputado por Caracas al Congreso Constituyente de Angostura en 1819 y del cual fue presidente, dirigió el Correo del Orinoco. Estuvo encargado de la presidencia de la República en ausencia del Libertador. Después cumplió misiones diplomáticas y en 1822 murió a orillas de otro río  Avon, en Inglaterra, cerca de la casa donde nació William Shakespiare, el diamante de la literatura inglesa.
Francisco Antonio Zea, además de periodista y político notable de vasta cultura, ejerció la dirección del Jardín Botánico de Madrid y la cátedra de ciencias naturales que abandonó para asumir la de miembro de la Junta de Bayona y luego Presidente de Málaga hasta que resolvió en 1816 incorporarse a la lucha por la libertad de los pueblos de América.
Los bolivarenses agradecidos de la presencia y actuación de Zea en la Angostura del Orinoco, le han levantado, bustos, calles y escuelas. En el Paseo Orinoco mora desde el siglo diecinueve sobre una peana, el busto de mármol del prócer, pero si usted lo observa bien verá que es de mármol y tiene la nariz rota.  Es decir, que quien se la rompió le llamaba tanto la atención su abultada nariz que no resistió la tentación de hacerla más notoria desfigurada. Y ¿saben ustedes quién fue el autor?  Sorprendentemente, se la rompió cuando era un mozalbete travieso, el ex Gobernador del Estado, doctor Alberto Palazzi Pietrantoni (1979-82). El mismo lo recordó a propósito durante una tertulia, pero no fue capaz de reparar el daño que seguramente en su época de estudiante pasó desapercibido, por lo menos para las autoridades de entonces.  Y para las de ahora también, pues el busto modelado en mármol italiano del prócer  de la independencia venezolana-neogranadina permanece con su nariz, además de rota, algo así, diría Camilo Perfetti, como la del Chingo Granado.
Yo creo que en Francia también existe un busto de Cirano de Bergerac que como Zea tenía una nariz descomunal. Cyrano de Bergerac fue un soldado poeta, orgulloso y sentimental, pero su mayor problema era poseer una gran nariz que lo conducía hasta el ridículo.  No creo que Zea haya sido objeto de mofa por su nariz, en todo caso, su sapiencia hacía que se notara menos.  Lo ingrato es que al mármol del paseo Orinoco ningún gobernante haya podido contratar a un cirujano plástico para que le practique una rinoplastia. (AF)



miércoles, 27 de abril de 2016

Maratón de baile


Danzar, bailar, es un arte en el que están ritualmente implicados la música y el movimiento corporal de origen remotamente primitivo.   Pero alguien en los años setenta pretendió llevarlo a la categoría de deporte de resistencia.  Entonces se le llamó Maratón bailable, escenificado, no en una pista larga y corrida como la que le es propia  a los atletas de largo aliento o como la utilizadas por los aviones para despegar y aterrizar, sino una pista ovalada o cuadrada, reducida y cautiva en recinto cerrado y, por supuesto, encerada para ayudar al deslizamiento rítmico de los pies como se supone ocurre en esta estampa fotográfica de la gorda Olga Lezama con José Cecilio Betancourt, solo que ellos aquí no compiten en un maratón sino que seguramente coincidieron en una recepción bailable, acaso en la Casa del Periodista puesto que José Cecilio pertenece al gremio además, a decir de sus colegas, de ser un experto pelador de cambur y adicto lector de Condorito, mientras que Olga, diligente secretaria de la Dirección de Política al lado de su maestra Josefina Seguías, siempre destacó como gran amiga de los periodistas al igual que la hoy abogada Josefina Peña.
         Aunque con marcada diferencia de peso, separados para evitar un avasallamiento, José Cecilio que entonces se dejaba crecer las patillas, no vacilaba ni tomaba en cuenta la talla ni el volumen a la hora del ritmo.  Tampoco Olga le paraba y por ello se explica esta gráfica donde  Olga ríe  y José Cecilio toma en serio su papel tal como si estuviese trotando de verdad o compitiendo en los Juegos Nacionales de Periodistas, donde, por cierto, ha ganado buenas posiciones que bien testimonian las medallas que cuelgan de las paredes de su vivienda allá en Las Moreas, barrio donde alguna vez el Flaco Oyuela montó un Maratón Bailable de 150 horas siguiendo un tanto el patrón del Maratón bailable de 1931 ganado por René Toro.
El de Oyuela, en los años cincuenta  comenzó con 30 parejas entusiasmadas, ya al tercer día solo dos o tres batallaban contra la extenuación y el sueño y todo por un precario premio que ofrecían las casas mercantiles patrocinadoras porque el producto de la taquilla y la cerveza, iba para el bolsillo de los organizadores.
Luego, Ciudad Bolívar fue sede de otro maratón de baile que culminó en el Poliedro de Caracas con cada una de las parejas triunfadoras en las entidades federales escogidas.
         El empresario de este agotador evento en el que se participaba más por necesidad que por deporte, era Ramón López, un locutor de Yaguaraparo que claudicaba la pierna derecha cada vez que se desplazaba y utilizaba a manera de bastón un paraguas con el cual espantaba la lluvia de esos días en los que se quejaba diciendo que la empresa del Maratón  bailable le costaba 57 mil bolívares y apenas se hacían mil por día en taquilla, en el lapso de seis días que duraría el evento.
         -¡Pura pérdida!- se lamentaba desde la tribuna de los jueces, mientras los pocos marathomistas que quedaban el día 20 se dormían sobre sus pies danzando con desgano al ritmo electrónico de la salsa.
         La salvación económica de la empresa estaba en los derechos de una planta de televisión que pagaría medio millón de bolívares por el Maratón Nacional a realizarse en el Poliedro y que sería la culminación de los 18 marathones regionales que se estaban realizando.
         El hombre de Yaguaraparo, alto y robusto, de semblante humilde no dio el nombre de la planta cuando se le preguntó mientras Petra Ramona, de 24 años y seis muchachos sin protección paternal, era amonestada por estar bailando y hablando a la vez con uno de los espectadores.
         A Juana Ramona le daban ganas de tirar la toalla terciada sobre su pescuezo, pero un familiar le gritaba “no te acobardes, Juana, que llevas 118 horas y estás en la recta final. Animo. Recuerda que son cuatro mil libertadores y tus muchachos no tiene pan”.         Juana Ramona respiraba hondo cuando el silbato sonó tres veces. Los cinco finalistas abandonaron la pista y caminaron muy despacio ayudados por sus asistentes hasta las colchonetas donde esperaban la leche, el jugo y los masajes con brandy y canela del veterano boxeador Ángel Salavarría (AF)


domingo, 24 de abril de 2016

El Arrendajo de Soto


Un arrendajo de los llanos que le regalaron al pintor Jesús Soto lo lloraban en su casa por perdido, pero la alegría volvió al rostro de la familia cuando un hermano del artista, lo regresó después que había volado hasta El Callao, a más de 200 kilómetros de Ciudad Bolívar.
         En El Callao vivía y trabajaba para Minerven el técnico geólogo Alfredo Soto, hermano del pintor. El pájaro negro y amarillo como un turpial intuyó  el rastro de su antiguo amigo y allá fue a tener para almorzar tajada, arroz, carne mechada y caraotas. El clásico pabellón que tanto le gustaba.
         Era un ave increíble, remedaba ciertas expresiones, se llevaba bien con los niños y se grinchaba de rabia cuando se le acercaba una persona que no fuese de su agrado.
         Con las mujeres generalmente resultaba amable. También con Soto, su dueño, cuando venía y se lo llevaba al pecho para acariciarlo, con todos los de la familia y especialmente con los niños Alfredo y Marisela, sobrinos del pintor, y quienes le prodigaban cuidados desde la muerte de doña Enma,  madre del pintor.
         Por cierto que cuando doña Emma murió le abrieron la jaula al arrendajo para que se fuera, pero el pájaro se quedó rondando la casa, aprendiendo de nuevo a volar por la arboleda del patio cantando como siempre al despuntar la mañana y chillando a la hora de la comida.
         Hasta que falleció la anciana lo habían mantenido enjaulado y desde entonces era libre como el viento, sólo que nada quería con los otros pájaros. Volaba de rama en rama por los árboles de las casas vecinas y luego se regresaba a la hora en que la familia Soto se sentaba a la mesa o a las seis cuando el sol comienza a ocultarse tras del Puente Angostura sobre el Orinoco.
         El 30 de enero de 1979 el arrendajo de Soto se extravió, nadie sabía el paradero de “Bandido” como lo llamaban en casa, lo lloraban por perdido hasta que el geólogo dio cuenta de él. Nadie sabe como pudo volar tantos kilómetros para llegar a la vivienda de Alfredo Soto en las minas auríferas de El Callao.
Cuando la inauguración del Museo, El tenor Alfredo Sadel estando en la casa de Doña Enma, la madre de Soto,  se enamoró del arrendajo que cantaba y vagabundeaba por toda la casa.  Le ofreció cinco mil bolívares a la doña por el arrendajo, pero imposible, “Bandido” como se llamaba el pájaro, no estaba en venta era la obra natural más preciada de Soto.
Alfredo Sadel fue gran amigo del pintor Jesús Soto y con él vino varias veces a Ciudad Bolívar.  También era amigo del cantante guayanés Frank Hernández, con quien estuvo en la ciudad poco tiempo antes de su muerte ofreciendo un concierto.
Soto lo invitó en cierta ocasión para que lo acompañara a Ciudad Bolívar y estando ambos de visita en la casa del doctor Elías Inatti, a Sadel se le presentó un percance: No podía acompañar a Soto ejecutando la guitarra en amena reunión familiar  porque sentía un oído tapado.  Inmediatamente Elías lo llevó al consultorio de su colega y otorrino Vinicio Grillet y éste los recibió con una botella de güisqui.  Sadel reaccionó, “Doctor, yo no vine a tomar güisqui sino a ver que tengo en el oído”.  “No se preocupe que lo va a necesitar” respondió Grillet y le aplicó el scopio.  Ven a ver Elías y Elías dijo que veía una nube azulada.  A lo que de seguida pensó en voz alta Sadel: “Debe ser el jabón azul con el cual me baño”.
Un personaje anónimo que conoció la historia del arrendajo, envió a Soto este poema: Cuando no aniden los arrendajos / cuando la luna no alce su vuelo / cuando los mares desaparezcan / cuando en el llano se apague el fuego/ de la conciencia de Los Centauros / cuando no luzca más mi sombrero / cuando la tierra negra no sienta el nacimiento del semillero / cuando las aguas no rieguen nada ni llueva peces sobre el estero / cuando los aires se inmovilicen en los maizales del sentimiento / cuando no huelan los mastrantales / cuando se extinga el verso llanero / cuando las notas de mi guitarra no purifiquen mi cancionero / seguramente te olvidaré  / serás la causa de mi silencio...(AF)