jueves, 15 de diciembre de 2016

La Negra Matea


En la Casa de San Isidro  durante los meses finales de 1818, el Libertador  dictó a sus secretarios Pedro Briceño Méndez y Jacinto Martel el texto del Discurso de Angostura.  En esa ocasión cuando le tocó tocar el tema de la esclavitud, recordó a  la Negra Matea que lo cuidaba y jugaba con él durante su infancia. A la Negra Matea se le conoció con ese simple nombre, no obstante que el propio era el de Matea Bolívar.  Calzaba el mismo apellido de sus amos, según la tradición, puesto que era esclava de los Bolívar y había sido traída de los Llanos, donde nació en 1773, para servir en la casa de la plaza San Jacinto, cuando apenas contaba cuatro años de edad. 
De suerte, que la Negra Matea a la edad de diez años presenció el nacimiento, del 24 al 25 de julio de 1783, del niño que  sería bautizado con el nombre de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad.  Desde entonces fue dispuesta como su aya de infancia, bien sea, la encargada de velar y entretenerlo todo el tiempo y en todo lugar aunque muchas veces se vio en aprietos porque el niño era suficientemente díscolo como para atribularla.  En ese oficio la apoyaba y dirigía la Negra Hipólita, quien prácticamente crió al niño pues quedó huérfano de Padre a los tres años y de Madre a los nueve.
La Negra Matea falleció el 30 de marzo de 1886 y tres años antes, exactamente el 28 de octubre de 1883, fue entrevistada por primera vez por el periodista Alberto Urdaneta, del “Papel Periódico Ilustrado” de Colombia, quien viajó expresamente a Venezuela con ese fin, invitado por Gabriel Camacho, sobrino nieto del Libertador y en cuya casa vivía  Matea, entonces tenía 110 años de edad.  Aparentemente gozaba de buena salud y estaba completamente lúcida.  De ese momento, vestida de zaraza, bien limpia y aplanchada la ropa, con pañuelo atado a la cabeza, llevando en la mano un grueso bastón, data también su primer retrato, hecho a plumilla por Manuel Briceño, quien acompañaba al periodista.
.En el curso de la entrevista, la Negra Matea dijo llamarse Matea Bolívar al servicio  “de mi amo Bolívar”, nacida en el Llano, pueblo de San José y llegada a Caracas a la edad de cuatro años, “a la casa de mis amos, en la Plaza San Jacinto, donde nació mi amo Bolívar”.  Era una casa alta que prácticamente quedó en escombros durante el terremoto de 1812.  En la parte alta vivía Juan Vicente y en la baja, doña María de la Concepción Palacios y Blanco.  Bolívar nació en la alcoba de la sala y fue criado por  Hipólita mientras “yo lo alzaba y jugaba con él”.
La Negra Matea también dijo haber estado en  “la pelea de San Mateo con el niño Ricaurte.  Yo me hallaba en el Trapiche cuando los españoles bajaban el cerro, el niño Ricaurte mandó salir la gente y fue a la cocina, le pidió un tizón de candela a la niña Petrona y nos mandó salir por el solar.  Subió al Mirador donde estaba la polvorera.  Cuando corríamos para el pueblo donde estaban peleando estalló el Trapiche y a nosotros nos metieron en la Iglesia”.
La Negra Matea, quien vio nacer, crecer y siguió desde Caracas la trayectoria quijotesca de su niño, permaneció viva y lúcida durante más de una centuria y pasó a la historia porque, no obstante su color y condición de esclava, abrigó y arrulló entre sus brazos al genio mejor inspirado  de América.
Su longevidad causaba asombro; en la Caracas de su época llegó a ser una reliquia de los antiguos tiempos.
El día del traslado de los restos del Libertador al Panteón Nacional (28.10.1876) entró en el recinto del brazo del presidente de la República, general Antonio Guzmán Blanco. Sus restos reposan en la cripta de los Bolívar, en la capilla de la Santísima Trinidad, en la catedral de Caracas.(AF)

lunes, 12 de diciembre de 2016

Los fakires Urbano y Blacamán

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Los bolivarenses eran amantes de los circos que anualmente, entre diciembre y enero, llegaban en barco a montar su carpa en Ciudad Bolívar y otros pueblos del interior. Bajo inmensas lonas sobres mástiles clavados en la Plaza Centurión transcurrían cada noche las exhibiciones acrobáticas y las presentaciones de animales, trapecistas, malabaristas, prestidigitadores, equilibristas, funámbulos, payasos y fakires capaces de permanecer encerrado en urna de cristal semanas enteras sin probar bocado.
         El 27 de enero de 1942, el diario El Luchador dio cuenta de que el Circo de Blacamán (Blacamán Circo)  concluyó su temporada en la ciudad, recogió su carpa y se marchó en caravana hacia las minas de oro de El Callao.
         También informa el vespertino que el fakir  Blacamán no tuvo voluntad para resistir los encantos de una linda guayanesa de nombre Teresa Weis, quien residía en la calle Libertad, y terminó casándose con ella. Lo atribuyeron a la cabeza de la Zapoara aunque no era tiempo de su pesca y también, claro, que la guayanesa tenía lo suyo.  Distinto fue lo que le ocurrió al fakir Urbano allá en Maracaibo.  Este tenía mujer, pero se le fue con el empleado que lo asistía durante el prolongado ayuno.
Urbano era un fakir venido del Brasil que se metía durante treinta días en una urna de cristal y no probaba ni un bocado. Una guardia permanecía a su lado. Si usted iba a ver a Urbano pagaba un real, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde y en la noche a medio real la entrada.
La mujer de Urbano, con medio rostro cubierto y unos grandes ojos azules, permanecía sentada en el suelo, en un rincón, con hermoso traje hindú. Muy cerca un negro alto, muy de confianza de Urbano cuidaba de él y de ella.
Tres testigos de la Prefectura se turnaban cada cuatro horas. La misión de ellos, de acuerdo con la Inspectoría de Espectáculos, era vigilar que Urbano cumpliera la palabra de no recibir alimento alguno; sólo le daban un vaso de agua cada hora y orinaba por una goma que tenía en el pipí. El orinoducto del fakir iba a un florero chino que estaba cerca.
La mujer de Urbano se retiraba en algunas ocasiones a las tres de la madrugada y otras a las cuatro, acompañada siempre por el negro alto. Salía en silencio, como una sombra, cuando el fakir se quedaba dormido.
Una noche a eso de tres de la madrigada, ante la sorpresa de los funcionarios de la Prefectura, Urbano abrió un ojo  cuando la mujer se levantó y acompañado del Negro salía en puntillas hacia la puerta del local.  Urbano entonces interrumpió su estado de letargo, se levantó y corrió detrás de la pareja gritándoles:
¡Desgraciados! ¡P…! ¡Perro!, pero el pobre Urbano estaba tan débil que se cayó al suelo y se murió mientras el negro y la mujer, sorprendidos no le quedó más alternativa que  ganar la calle y refugiarse en un hotel cercano.
Aquiles Nazoa que mantenía  una columna periodística diaria publicó estos versos festivos muy a propósito: “Achicharrado de calor zuliano / y durante una de sus largas dietas / de las que derivó tantas pesetas / murió el famoso ayunador Urbano / Debió la muerte hallarlo muy liviano / pues dicen que al morir no hubo tretas / llevaba dos semanas muy completas / sin llevarse a la boca ni la mano / La causa, sin embargo, de su muerte / no fue la java, no: fue un golpe fuerte / que le dio la mujer con quien vivía / que en el momento menos oportuno / dejó al ayunador en pleno ayuno / y se fugó con uno que comía /.
Más tarde, la prensa publicaría que en Europa, específicamente  en Francia,  al fakir Urbano le había salido un competidor de nombre Burma que anunciaba romper los record existentes pasando sin comer entre serpientes, ochenta y cinco días. (AF)


sábado, 10 de diciembre de 2016

La Capilla del Cementerio


El Cementerio mayor de la ciudad, mejor identificado por los parroquianos como “Cementerio Centurión” por estar ubicado frente a la Plaza Manuel Centurión, tiene una Capilla donde desde finales del siglo diecinueve los sacerdotes oficiaban los ritos funerarios que ahora brillan por su ausencia, tal vez por déficit de curas o porque la delincuencia ha venido echando mano hasta de los cirios.
         Lo cierto es que esa Capilla erigida bajo el patronazgo de la Santísima Trinidad, permanece ociosa y corriendo la misma suerte de las oficinas de la Celaduría y del propio cementerio, no obstante su raigambre histórica.
         Los bolivarenses deben esa Capilla a la manda de un médico corso que tuvo una presencia notable en la capital de la provincia de Guayana y que no obstante ser extranjero, llegó a ser Gobernador en repetidas oportunidades.
Los derechos políticos de los extranjeros residentes en Venezuela son, como es natural, nacionalistamente muy limitados; sin embargo, no fue así hasta avanzado el siglo diecinueve. Los extranjeros, especialmente si eran profesionales idóneos, serviciales y humanitarios, podían ocupar elevados cargos públicos y llegar a ser hasta gobernador o representantes del pueblo ante el Congreso.  Tal fue el caso del doctor en medicina Santos Gáspari.
Santos Gáspari era nativo de la isla mediterránea de Córcega, pero estudió y se graduó de médico en la Universidad de Roma.  Llegó a Guayana cuando tenía una edad aproximada a los 40 años y al lustro de permanencia en Ciudad Bolívar ya era político, pues aparece afiliado en el partido de los liberales identificado “Los Filántropos” del cual era líder Juan Bautista Dalla Costa, padre, quien también era extranjero, del mediterráneo  puerto de  Génova.
Cinco años después representó a Guayana en el Congreso Nacional y después ejerció la Gobernación durante cuatro oportunidades.  Acumuló una cuantiosa fortuna y ya anciano  regresó a su patria.  Falleció en Bastia el 22 de febrero de 1867.
En 1869, los albaceas testamentarios del finado doctor Santos Gáspari giraron a las autoridades municipales de Ciudad Bolívar la cantidad de 2.000 francos equivalentes a 400 venezolanos, legados por el médico para una Capilla, pero en septiembre de 1870 el Concejo Municipal los dispuso para otros fines.  También legó la casa donde estuvo viviendo en Ciudad Bolívar para que fuese destinada a un Hospital.
El 9 de agosto de 1876, el Presidente del Estado, Juan Antonio Machado, creó una Junta de Fomento presidida por  Narciso Villanueva e integrada por Juan Altuna, José Navarro, Carlos Ortiz y Federico Carrasquel, para construir la Capilla del Cementerio Católico de la capital.
Por resolución especial fue designada una Comisión que se ocuparía de arbitrar los fondos necesarios para la construcción de dicha Capilla.  Integrada por J. M. Champre y Francisco Serrano y Bouchard, esta comisión recabó 1.787,69 venezolanos, insuficiente para la construcción de la obra, por lo que el Gobernador Machado, informado de la existencia de la Manda del Doctor Gáspari, hizo el reclamo a Santos Gómez, Presidente Municipal, respondiendo éste con creces a dicho reclamo, pues sumó una contribución especial de la Municipalidad, montante en 400 venezolanos que era la moneda oficial de entonces.

La actuación política y médica del doctor Santos Gáspari la recuerdan en Ciudad Bolívar una avenida que lleva su nombre, la Capilla del Cementerio y el Palacio Municipal, pues éste se levantó en la casa donada por Gáspari y en la que durante años funcionó el Hospital de Caridad que era un nosocomio exclusivo para hombres enfermos. (AF)

jueves, 8 de diciembre de 2016

La Escuela de Juan Mil



El músico y compositor Fitzí Miranda narra en su libro “Miscelánea” una anécdota de la Escuela de Juan Mil que es muestra tragicómica del sistema de enseñanza que regía en Guayana desde tiempo muy atrás hasta los años cuarenta aproximadamente.
Juan Mil tenía su escuela en la calle Dalla Costa 14 del casco urbano de Ciudad Bolívar y de allí, al parecer, salían los niños derechitos, gracias a la forma como el maestro aplicaba su pedagogía, general en todos los planteles públicos y privados, pero que allí, era realmente más severa y opuesta a todo arte y ciencia modernos de la enseñanza.
“Te voy a poner en la Escuela de Juan Mil” era la peor admonición contra un muchacho  díscolo, pues la especie que entonces se corría era que Juan Mil, durante los dos primeros días de ingresado, se portaba amable y generoso con el matriculado, pero al tercero, a la hora de salida y sin mediar falta alguna, cogía al alumno, lo colocaba boca abajo sobre el escritorio y le propinaba veinte latigazo, al cabo de los cuales, el niño todo lloroso se quejaba  “¿pero maestro que he hecho yo?”.  Y sonriendo Juan Mil respondía  “Si esto es sin hacer nada, imagínate cuando me hagas algo?
El castigo humillante, el uso de la palmeta, el culto a la memoria como facultad superior de la inteligencia, eran los principales componentes de la pedagogía del pasado, no sólo en Guayana, sino en Venezuela toda y el resto del mundo, desde los tiempos medievales posiblemente.
En Europa, por ejemplo, los únicos que no recibían castigo eran los hijos de las familias nobles porque sus faltas las pagaban otros inferiores a ellos desde el punto de vista de la sangre.  Algo parecido a “las paga peos” de las señoras encopetadas de Ciudad Bolívar y de otras ciudades importantes de Venezuela, sobremanera las  caraqueñas de alto linaje que iban a misa o  cualquier otra reunión acompañada de una negrita y cuando soltaban la ventosidad le daban un coscorrón  a la niña.
En las cortes alemanas fueron famosos  “los niños de azote”.  Eran niños de familias nobles, compañeros de juego de los jóvenes príncipes, y cuando estos últimos se portaban mal “los niños de azote” recibían el castigo correspondiente.
Enrique IV, quien restauró la autoridad real en Francia, dio instrucciones especiales al tutor de su hijo para que le aplicara una buena azotaina cuando el niño se portara mal.  En una carta fechada el 14 de noviembre de 1607 escribe lo siguiente:  “Deseo y ordeno que el Delfín sea castigado siempre que se muestre obstinado o culpable de inconducta; por experiencia personal sé que nada aprovecha tanto a un niño como una buena paliza” , práctica esta que hasta muy avanzado el siglo veinte sentimos en carne propia.
Los jalones de oreja, el coscorrón, la palmeta sobre las manos abiertas, las hincadas sobre piedritas o granos de maíz o de rodillas con los brazos estirados y sendas piedras en las manos, eran castigos pautados en las escuelas primarias cuando el alumno cometía alguna travesura o no se aprendía la lección porque según el principio pedagógico de esos tiempos “la letra con sangre entra”.  En algunos casos parecía así, pero en la mayoría provocaba la deserción o la rebeldía.
Pero, bueno, eran costumbres, reglas que no se quedaban en la mera escuela sino que iban más allá en el convencimiento de que enderezaban el comportamiento de las personas en una sociedad y cuya violación tenía como consecuencia una gran desaprobación o un castigo. La violación de las costumbres conllevaba la imposición de sanciones, tales como el aislamiento o el castigo físico. A finales del siglo XX, y especialmente, en sociedades como la nuestra, las costumbres tradicionales han pasado a ocupar un lugar menos destacado al adquirir las libertades personales una mayor relevancia. (AF)

martes, 6 de diciembre de 2016

Las bullas diamantíferas

Resultado de imagen para imagen de una bulla diamantíferaLAS BULLAS DIAMANTÍFERAS
La bulla de las guacamayas quedó desplazada en la selva guayanesa por los mineros cuya algarada de febril pedrería disparaba hacia  las copas espantando la placentera sonoridad de los pájaros azules y  rojos.
Otra bulla quedó bullendo en la selva maltratada por la ambición dorada.  Donde había bulla había minero, donde había minero había diamante y más bulla había a medida que ésta iba como río crecido arrasando todo cuanto surgía a su paso, desde un bejuco hasta un árbol gigante y así la bulla se iba extendiendo por la selva emulando horriblemente el crocitar de las aves y el bufidos de animales.
Eran hombre rudos, muy rudos y tantos como mujeres, muchos hombres y mujeres  con la piel  solana, que iban encandilados, encorvados bajo el peso del guayare, atropellando la oscura humedad de la jungla, con los ojos ansiosos por una sed que parecía no apagarse nunca.  Iban a lo que después se hizo bomba, bulla, bullicio, algarabía interminable que nadie sabía donde comenzaba y dónde terminaba. Sólo se sabía que lo que a su paso por aquel lugar y por aquel otro y más allá del río y la quebrada, era bosque, maraña o selva intrincada, pasaba a ser tierra arrasada, acribillada y deshecha, fuerza muscular hundida como barrena en la entraña del aluvión y la greda buscando alrededor de las cribas yuxtapuestas la diminuta y centellante luz de una kimberlita apagada por los siglos.
Ya a esta altura, nadie habla de bullas ni de bombas.  Estas quedaron apagadas en la memoria de los años sesenta y setenta cuando el libre aprovechamiento usando sólo palín y suruca, quedó desplazado por las grandes concesiones.  Ahora la bulla tiene otra tonalidad, más desgarradora, por supuesto, la de la máquina industrial, gracias a los decretos y resoluciones ministeriales que reservan para el Estado la exploración y explotación en el territorio nacional, del diamante, entre otros minerales,
Cualquiera diría que ahora las minas de oro y diamante se estabilizaron.  Que llegaron a donde tenían que llegar y que las bullas y las consabidas bombas son manifestaciones tumultuarias de otros tiempos, pero, al fin y al cabo, muy domésticas, cotidianas y hasta divertidas, sobre todo aquellos nombres tan pintorescos como El Resbalón del Diablo,  Los Pelos del Caracol, Los Colmillos de la Cuaima,  Los bigotes del Gobernador.

Más divertido todavía eran los mensajes que trasmitían a través de la radio:  “Corina Santaliz participa a Saturnino Morillo, en la Cuaima,  que se acuerde que tiene nueve hijos y uno que vine son diez.. y que ellos lo quieren vivo no muerto”.  “Desde los colmillos de la Cuaima, Margarita le participa a Francisco Javier, que llegó bien con los triponcitos que no se olvide que son sus hijos y le mande plata pronto.  Cuídate mucho del Tatúo que después viene la gozadera”.  “Desde Río Claro, Zoraida Misael, le participa a Cachapo, que quién le dijo que sin real se viajaba, que ella no tiene perro sino un hijo” “Desde el Candado, Gregorio Lara le participa a Almosena Rodríguez, en Cabruta, que pronto le giro para que se mude.  A mi suegra que se aliste porque vamos a tomar muchas frías y sancocho de coporo”.  “Desde el Candado, a Luisa Ñeque le urge saber si es cierto que su cuñado Pelo de Cochina lo malogró un barranco.  Al amigo Gato Galia y Alí que me esperen pronto y alisten la tripa cañera”  “Vicente Soto le agradece a Jesús Solano no deje venir a Blasito porque ya ha comenzado la recluta”.  “Desde Paúl, José Pomonti, participa a sus familiares que la mina está madura.  A mi tío que si va a venir que se bañe primero.  Pero eso sí con cariaquito morado a ver si se le quita la pava de la temporada pasada. Saludos”. (AF)

domingo, 4 de diciembre de 2016

DOMINGO DE RESURRECCIÑON Judas Amarillo de color azul


JUDAS AMARILLO DE COLOR AZUL
En 1868, Domingo de Resurrección, los bolivarenses de la capital estuvieron al borde de una guerra civil doméstica, provocada por un Judas de la Sociedad Liberal, agrupación política cuya divisa era el color amarillo.
         El Judas lo confeccionaron de manera tal que ridiculizara a la tendencia política  del llamado partido revolucionario de los azules que nacionalmente lideraba el General  José Tadeo Monagas y, localmente, Agustín Contasti, quien tenía como trinchera de combate la columna periodística “Guayana Impasible”.
         Juan Bautista Dalla Costa Soublette, era el Presidente del Estado Soberano de Guayana y, atendiendo a los azules en aras de la tranquilidad pública, solicitó a la Sociedad Liberal desistiera de su empeño en quemar un Judas que agraviaba a sus adversarios puesto que portaba una bandera azul y la leyenda “Guayana Impasible”.
         El Judas con sarcástico letrero y divisa azul parecía mirar impertérrito los barcos surtos y anclados en el puerto.  Colgado desde su sitio estratégico de la calle Orinoco, sólo se aguardaba la hora del Ángelus para abrir el testamento y prenderle fuego a la pirotecnia que lo sumiría, suerte de simbólica inquisición, en la hoguera de su propio formato.
         El Sol aún no terminaba de ocultarse para darle pábulo a la fiesta y el Orinoco parecía un esqueleto de piedra y arena bajo la vecindad del invierno.  Ambiente final de Semana Santa: los judas colgando a la espera del fuego y la inquietud pueblerina asomándose por calles, ventanales, celosías y azoteas.
         La Sociedad Liberal se negó rotundamente a bajar a Judas de su pedestal patibulario y Dalla Costa, indignado,  exclamó pues “Este Judas no se quemará”, reacción en la que se apoyaron los azules para desmontar la caricaturesca figura y lanzarla al Orinoco.  Más vale que no!  Se prendió Ilion y aqueos y troyanos desenfundaron sus armas y la residencia de Dalla Costa tuvo que ser protegida espontáneamente por 400 hombres armados, pues hubo el temor de un golpe de estado toda vez que el líder de la Sociedad Liberal era el General Simón Briceño, Comandante de Armas de la Provincia de Guayana.
         La rápida intervención conciliadora del Obispo de la Diócesis de Guayana, Monseñor José Manuel Arroyo y Niño y otros notables como José Alcalá y José Tomás Machado, impidieron que la situación se complicara en un incontrolable enfrentamiento de armas.
         Mas, esta paz no durará mucho, pues en la provincia solía reflejarse la lucha por el Poder central y ese mismo año de 1868, cuando José Tadeo Monagas llegó al Poder, puso en duda la neutralidad del gobierno de Angostura y mandó a tomar la plaza a sangre y fuego provocando la caída  de Juan Bautista Dalla Costa Soublette, quien permaneció en el extranjero por varios años.
         Cuando Guzmán Blanco llegó al Poder tras la Revolución de Abril, lo designó Ministro Plenipotenciario de Venezuela en los Estados Unidos de Norteamérica.  Cumplida su misión, retornó al suelo natal y se apartó de todo suceso político.  Se le ofrecieron varios cargos, incluso el de la candidatura presidencial, y prefirió en absoluto la vida privada, una vida digna de su avanzada edad.  Murió el 10 de febrero de 1894, a la edad de 71 años.

         Favorecido por la riqueza y habiendo ejercido los cargos políticos más prominentes, murió no obstante en la más noble y decorosa pobreza.  “Conservador en principios, sus prácticas administrativas, sin embargo, estuvieron siempre marcadas con el sello del liberalismo puro y si como mandatario cometió errores, esos errores fueron hijos de aquellas situaciones de fuego que, casi deshecha tempestad, inmensa, fulminaba rayos en todo el ámbito del país; pero, ¿quién que haya gobernado a los hombres no los ha cometido? Se preguntó el día de su muerte el escritor Carlos Machado. (AF)

viernes, 2 de diciembre de 2016

Bolívar entre las balas y el vals

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Como cualquier ser humano común y corriente, pero con espíritu jovial, a Bolívar le gustaba el baile aunque con el tiempo, a medida que iba saliendo de la guerra, pero agravándose los problemas políticos y de salud, esa afición fue decayendo.
         Su baile preferido era el valse y danzaba horas seguidas cuando encontraba buena pareja.  Llegó a decir Bolívar a su edecán Perú de Lacroix que el baile lo inspiraba, y excitaba su imaginación de manera tal que muchas veces, estando en campaña, alternaba el baile con la tarea de escribir y despachar órdenes cuando por la noche había fiesta en alguna ciudad, pueblo o villa del lugar donde acampaba su ejército.
         “Hay hombres – decía – que necesitan estar solos y bien retirados de todo ruido para poder pensar y meditar; yo en cambio, reflexiono y medito en medio de la sociedad, de los placeres, del ruido y de las balas”.
         Y así como le aficionaba el baile, también le gustaba el vino y elogiaba sus virtudes.  “Es una de las producciones de la naturaleza más útiles para el hombre; tomado con moderación fortifica el estómago y todo el organismo.  Es un néctar sabroso y su más preciosa virtud es la de alegrar al hombre, aliviar sus pesares y aumentar su valor.”
         Anecdóticamente comentó en cierta ocasión cómo una simple botella de Vino Madera le hizo cambiar de decisión y ganar una batalla que parecía imposible.
El vino madera es un vino generoso originario de la isla portuguesa del mismo nombre. Tiene un rico bouquet, sabor muy agradable y un bello color ámbar oscuro. Modernamente se bebe como aperitivo o vino de postre, pero en tiempos de la colonia era por lo leído un licor muy buscado y era el que sin duda prefería el Libertador.  Uno de los tantos legionarios ingleses llegado a la Angostura del Orinoco dice en sus memorias hablando de la ciudad lo siguiente:   “Bordeando la calle mayor había algunas casas de piedra, unas tiendas y una taberna con billar y mesas de juego, donde la cerveza oscura tenía fama de excelente, pero donde el melindroso Hisppiley encontró el Vino Madera.  En el extremo oeste de la ciudad estaban las casas de los pobres (Perro Seco), hechas casi todas de bahareque”.

         Empero si bien el vino agradaba al Libertador, trataba de evitarlo debido a que lo excitaba en extremo.  Exaltaba de tal forma su temperamento que lo hacía según el caso escenificar comportamientos fuera de todo orden y protocolo como el que tuvo al final de un banquete ofrecido en Angostura a Juan Bautista Irving, comisionado especial del Gobierno de los Estados Unidos.  En sus Leyendas Históricas, Arístides Rojas cuenta que Bolívar, al llegar el momento de los postres, se subió a la mesa y pisando de un extremo a otro cuanta losa y cristalería había en ella, prorrumpió enardecido al calor de la conversación:  “Así, así  iré yo del Atlántico al Pacífico y desde Panamá a Cabo de Hornos, hasta acabar con el último español.”  Esto, al parecer, se hizo una constante pues en el Alto Perú en 1924 – escribe el general Francisco Burdett O’Conor-, Bolívar dio un banquete a los jefes oficiales con ocasión de la reunión de las unidades del Ejército Libertador y al contestar un brindis suyo, exclamó alzando la copa “Este es un brindis” Luego saltó sobre la mesa, vació la copa y la estrelló contra la pared de la sala.  En Arequipa en 1825 en un banquete que ofreció el general argentino Rudesido Alvarado, hizo algo parecido.  Las explosiones temperamentales casi desbordando las copas por lograr la libertad de América.  De todas maneras, Bolívar era indudablemente un genio y a decir de Séneca “no ha habido hombre genio extraordinario sin mezcla de locura”  (AF)