sábado, 12 de noviembre de 2016

Convenio y Declaración del Orinoco

El 13 de octubre de 1990, los gobernadores de Bolívar, Andrés Velásquez; de Anzoátegui, Ovidio González; de Apure, José Montilla; de Guárico, Modesto Freites; de Amacuro, Emery Mata Millán; de Amazonas, Edgar Fallardo y el Presidente de la CVG, Leopoldo Sucre Figarella (en la foto), suscribieron en Ciudad Bolívar un convenio del área de influencia del río Orinoco, similar a uno que días antes había sido  suscrito en la Casa del Congreso de Angostura.

         Aquel Convenio del 90, cuya firma presenciaron el Ministro José Antonio Abreu, el gobernador de Sucre, Eduardo Morales Gil y numerosos representantes de las instituciones vitales de la región y la nación, tenía por objeto articular un programa orgánico para complementar recursos y acciones en las áreas de planificación y desarrollo del Orinoco y afluentes, respetando la división territorial del País.
         Para ejecutar dicho convenio se creó una Junta del Orinoco, integrada por cada uno de los Gobernadores de los Estados y territorios ya mencionados, y por el ministro presidente de la CVG, con asistencia técnica de los Ministerios del Ambiente, Transporte y Comunicaciones.
         Finalmente se firmó la llamada “Declaración del  Orinoco” que promueve un acuerdo de integración cultural regional para poner en práctica políticas, planes y programas que materialicen proyectos tendentes al estudio científico de la cultura, más allá de los límites políticos y administrativos de cada entidad federal y de cada organismo especializado.
         Ahora, después de dos decenios durante los cuales nada se ha hecho y el asunto está más que en punto de olvido, los guayaneses piden una explicación pública previa a quienes de alguna manera la mayoría del pueblo favoreció para que haya continuidad  en la ejecución de los proyectos promisorio y progresistas y especialmente para que sobre ese principio de derecho administrativo funcionen los Poderes del Estado. Es triste y lamentable que en el curso de los dos últimos quinquenios, los bolivarenses en particular y los guayaneses en general, no haya tenido explicación sobre los resultados de aquellos Convenios del 90.
 La interrogante que aguijonea  a muchos de los que presenciaron o participaron de alguna manera en aquel acto público realizado en el auditorio del edificio de la CVG, es la de por qué se apagó ese impulso de integración en torno al río.  ¿Qué paso?  ¿Acaso una  pared muy alta imposible de escalar? Si eso ha sido así, que lo digan y si no, que también lo digan, pues no se debe estar enunciando, anunciando y publicitando proyectos que después de un gasto millonario y consumo de horas útiles que paga el sudor del pueblo, resultan  meros globos de ensayo.
         Este convenio, probablemente, tuvo como punto de partida el trabajo de investigación que a través de Rafael de León y Alberto Rodríguez Díaz realizó la Corporación Venezolana de Guayana conjuntamente con el Ministerio de Obras Públicas, publicado en 1976 bajo el título de  “El Orinoco, aprovechado y recorrido”.
         Dicho trabajo abarca investigaciones sobre el hombre en la cuenca del Orinoco, rutas para el desarrollo de Venezuela, rutas suramericanas de navegación interior, recursos de la cuenca del Orinoco, el desarrollo industrial de Ciudad Guayana y finaliza con un conjunto de ideas y proyectos para el desarrollo y aprovechamiento de las Cuencas del Orinoco, Río Negro y Cuyuní.
         En síntesis, el trabajo destaca la importancia y trascendencia que tuvo la comunicación fluvial para derivar de su consideración orientaciones tendientes al aprovechamiento, consolidación  e incorporación efectiva de los dilatados territorios del Sur, surcados por nuestros principales ríos y aún en buena parte inexplorados.

         

jueves, 10 de noviembre de 2016

El Periodismo Escolar



La escuela primaria en la actualidad está fuera del tiempo y del espacio, dijo el profesor Jesús Rosas Marcano (en la foto), en el curso de una conferencia dictada el 17 de junio de 1978 en  la biblioteca “Rómulo Gallegos” sobre el periodismo escolar.
         En la conferencia, patrocinada por la Dirección de Cultura del Estado, el profesor Rosas Marcano se refirió a la obsolescencia metodológica, la rutina y el tradicionalismo como factores inconvenientes en la realización de una conciencia nacionalista en el niño, de un sentimiento auténtico y de una identificación con la realidad.
         El profesor propuso que los maestros se acogieran a exigencias prácticas renovadoras y utilizaran el periódico adulto en el aula de clases como instrumento didáctico de primer orden y la confección del periódico escolar en el propio salón como actividad creadora por excelencia.
          En ese sentido explicó el por qué el periódico en la escuela y dijo que junto con la televisión, la radio y el cine, los periódicos constituyen “escuelas paralelas” que rompen con el aislamiento del mundo exterior. Manifestó que el periódico escolar de la docencia actual tiene y debe ser distinto al tradicional, es decir, estrictamente realizado por niños y para niños, sin intervención para su perfeccionamiento de la mano adulta o del maestro, tal como lo ideó por primera vez el educador Celestino Freinet en un apartado pueblito francés. Freinet apoyó su fórmula en el texto libre y no en el tema libre y en el “lineógrafo” para la impresión y la tirada.
         El texto libre permite seducir y comprometer la evolución hacia una pedagogía de la expresión y la creatividad.
Jesús Rosas Marcano, nativo de La Asunción, Margarita, (1931), poeta, humorista, ensayista, especialista en metodología de la investigación periodística y profesor de la Universidad Central de Venezuela, perfeccionó sus conocimientos de periodismo en el Instituto Francés de Prensa de la Universidad de Paris y para entonces era colaborador cotidiano de El Nacional con su columna “Capilla Ardiente” que firmaba con el seudónimo de “Cirio”.
         Falleció a los setenta años de edad.  Entonces fue inmensamente recordado por su famosa “Capilla Ardiente”.  Podemos decir que Jesús Rosas Marcano siempre estuvo en capilla, esperando ansiosamente el desenlace de su burla constante a la muerte. Sabía que la muerte vendría algún día a cobrarse, por eso vivía en capilla, pero cuando llegara sólo tendría esa oportunidad y no otra, de manera que lo importante era llevarle para la ocasión una buena ventaja y así ocurrió cuando la invencible vino por lo suyo.
No ocultaba su miedo a la muerte y la única manera que encontró de huir de ella era burlándose como lo hacía en Capilla Ardiente, la más leída durante un tiempo en El Nacional que inició cuando Ramón J. Velásquez era director del diario de Puerto Escondido.  Pedro León Zapata en una de sus caricaturas lo reconoció cuando dijo que Jesús Rosas Marcano con Capilla Ardiente se burlaba de la muerte y la firmaba con un cirio. 
Cuando se inició “Séptimo Día”, su Director Simón Alberto Consalvi, lo invitó para que participara y lo hizo con la sección “Parihuela” que firmaba con el seudónimo de Hisopo,  De sus primeros versos hizo un libro, siempre con el tema de la muerte, que tituló Pompa y Alegría.  Después publicó una selección de Capilla Ardiente con el nombre de “Clavel de muertos y otros claveles”.
Pues bien, al fin la muerte se hizo presente para reclamar sus haberes sobre acumulados y seguro que el margariteño la recibió con una sonrisa mientras los niños que aprendieron con él el periodismo escolar no pudieron acompañarlo sino con los ojos desmesurados de aflicción y asombro. (AF)





martes, 8 de noviembre de 2016

LOS APODOS DEL LIBERTADOR

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Hay nombres que son de espanto y brinco y, sabe Dios, cómo se siente o lo vive la persona que lo calza de por vida.  Bien cierto es que donde quiera que se presente llamará  curiosamente la atención o, cuando menos, suscitará una mal disimulada sonrisa, tal como me sucedió cuando en estos días me presentaron una señora llamada Clara y cuando le pregunté de cuál familia me dijo que de la Familia Luna y ¿es casada? Sí, con el señor Espejo.  Entonces usted se llama Clara Luna de Espejo.  Así es.  Y ¿no le parece curioso?  Claro, por supuesto.  Demasiado curioso.  Usted, definitivamente, es una Luna clara como luna llena que suele mirarse en el espejo del Orinoco.  Pero, por favor, no vaya a pasarle como a Narciso que se enamoró de su propia imagen reflejada en una fuente.

         La curiosidad me pica tanto que tuve que sentirme muy a gusto con las Guías Telefónicas que me facilitaron al encontrar y bucear perlas doradas como éstas para verificar que como aquél existen muchos otros casos:  Pilar de Mármol Duro, Fruto Verde del Campo, Cándido Palomo de Nido, Isabel Segunda Reina, Segundo Cabo de Aragón, Perfecto Ladrón de Iglesias, Milagros Pinto de Santos, Canuto Redondo de Huesos, Sandalia de Fraile, Justo Calzado de Tacón, Josefa Parada de Cabeza, Tomé Jerez Aguado, Prudencia Sopena de Cárcel y Dolores Fuertes de Barriga.
         Y así como existen nombres tan bien asociados a frases sustantivas, a la postre, gratos o ingratos, conocemos de apodos  detestables. Por ejemplo a Bolívar le disgustaba que los santanderistas lo apodaran "Longanizo" o "Culo de Hierro",  Esto último porque al parecer  tenía un callo escabroso  como la penca de un barbero  alrededor del sieso, de tanto cabalgar.  Bolívar armó el desquite apodando "Casandro" a Santander, ta vez porque se sentía traicionado.
          En  visita a Margarita y la isla de San Pedro de Coche notamos que cada habitante tiene su apodo.  Es raro quien no lo tenga.  A los cochenses les resulta más familiar y cómodo identificar a sus semejantes con un nombre distinto al pronunciado por el sacerdote a la hora del bautizo.  El candidato, sea del propio lugar o forastero, es observado detenidamente por el vulgo y de acuerdo a su propio nombre, origen, procedencia, oficio o defecto se procede a endilgarle el mote que lo marca para toda la vida.  Sin duda una costumbre pintoresca de la sociología de esta islita que aún ignora a ciencia cierta por que la llaman “Coche”.
         De acuerdo al nombre puede apodarse  “Beca” si se llama Isabel, “Juana Maquera” si viene del Maco, “La Juañanga” si es desgalichada por defecto y “Funeraria” si su oficio es el de vender urnas como el caso de un tal “Chucho Funeraria”.  Aquí el sobrenombre tiene cognomento pues son varias las personas que llevan el nombre de “Jesús”  aceptado como “Chucho” por lo que se reforzó la alteración vocálica de su nombre con la denominación de su oficio a fin de que no se confundiese, por ejemplo, con “Chucho Liboria” (Jesús, el hijo de Eliboria Velásquez), o con “Chucho Cazón, el hijo de “Felipe Cazón” que recibía tal cognomento porque solo pescaba este tipo de selacio voraz que en Venezuela le hace competencia al bacalao que importamos de Terranova y así como “Chucho Funeraria”  y otros hubo en Coche un Alcalde llamado, Evencio Blanco, a quien muy pocos querían identificar sino con el nombre de “Troya” porque cuando él visitó la isla por primera vez fue para introducir esta marca de un producto alimenticio.
         Ciudad Bolívar como cualquier otro pueblo oriental no escapa de este fenómeno social de los apodos o sobrenombres.  En el pasado era popular el apodo de Pata d` Palo (Rafael González) , Doble Feo (Héctor Roldán), Cachimbo (Ramón Guillén), Tarzán Peludo (José Pacífico), Mojón de Tigre (Sebastián Torres)  Wito (Tomás Antonio Guerrero) La Bejuca (Mercedes Somoza), Cinco pa´las seis (Nelson Miranda),  Pela cambur (José Cecilio Betancourt) Casita (Antonio López Escalona), Buche Pato (Arturo Francis), Buchito (Cruz Moreno Seijas) Brinquito (Eduardo Santana) Curro Puya (Rafael Durán Rondón) El Zorro (Ramón Aray), El Negro Mauri (Diógenes Troncone)  Capitán Campari  (Amílcar Fajardo), Andresón (Andrés Palazzi) Tereque (David Natera) Escalera (Manuel Alfredo Rodríguez) Media Jarra (Leopoldo Sucre) Periche (Camilo Perfetti) Machete (Mario Jiménez Gambús),  Peluza (Pedro Unshelm Baez), Picoepote (José Francisco Miranda), Piquito (José Rafael Miranda) Solito (César Díaz Decán) Urraca (Domingo Terán) Pijotero (Pacífico Rodríguez), Boqueburro (Ramón Castro Mata), Pabilo (Arreaza Contasti) Bolechivo (Echevarría),Tabaquito (Ramón Isidro Gil).  Otra cosa son los cariñosos nombres hipocorísticos como Pancho (Francisco) Chuo (Jesús) Beca (Isabel) Licho (Luis) Fina (Josefina). Mallía (Angel Maria), Chilango (Froilán), Toño (Antonio) Chente (Inocente) Churamón (Jesús Ramón), Río (Riolama) Rusi (Rusalca) Ondi (Ondina) Aro (Aror) Tere (Teresa),   Meco (Américo) Pate´cristo (José Jesús porque era alto y tenía las piernas delgsdas) (AF)




Luis Felipe Pérez Flores


Luis  Felipe Pérez flores, a quien vemos en la gráfica con el poeta chileno Pablo Neruda, acompañado del entonces presidente de la Legislatura José Luis Machado y concejales René Vhalis  y Germán Gonzalez Seguías, fue el primer presidente municipal electo por el pueblo en los comicios de diciembre de 1959 con los cuales se iniciaba el sistema democrático de la Venezuela de nuestros días.
         Estaba en su natal Ciudad Bolívar de regreso de España donde estudiaba medicina.  Desde ese momento interrumpió sus estudios para entregarse de lleno a la vida política, pues ausente estaba de ella desde la entronización en el poder la dictadura militar de General Marcos Pérez Jiménez.
         Su retorno a Ciudad Bolívar fue premiado con la presidencia del Concejo Municipal como resultado de las elecciones del 7 de diciembre de 1959 en la que igualmente resultaron electos como concejales el doctor Roberto Lozano Villegas, Miguel Bilancieri, el abogado Jorge Huncal Ramírez (AD), José Francisco Miranda, René Vhalis y Germán González Seguías (URD).
         A Luis Felipe Flores como Presidente edilicio le tocó recibir en sesión solemne al poeta chileno Pablo Neruda quien llegó a la ciudad el 15 de marzo de ese año después de haber estado en Caracas, Valencia y Médanos de Coro.  Vino acompañado de su esposa Matilde Urrutia, de Miguel Otero Silva, del guitarrista Alirio Díaz y del poeta Rafael Pineda, quien se había venido días antes a la ciudad a organizar el recibimiento.
         Pablo Neruda se hallaba en Venezuela desde el 12 de marzo de 1959,  cumpliendo su deseo, antes frustrado por la dictadura perezjimenista, de visitar Venezuela, lo cual ocurre  invitado por su amigo Gabriel Bracho Montiel, director de “Dominguito”, semanario humorístico que siguió el curso del extinto Morrocoy Azul.
         Julio Verne, vanguardista de la novela de ficción, escribió sobre el Orinoco (El Soberbio  Orinoco) sin haberlo conocido.  Algo parecido hizo el poeta Pablo Neruda al escribir el largo poema “Canto al Orinoco”, por eso quería conocer el gran río venezolano y en ese sentido le había escrito a su amigo Carlos Augusto León.
         El deseo se le cumplió. Neruda fue objeto de una calurosa y festiva recepción y por la noche del domingo 15 retribuyó al pueblo y sectores representativos con un recital en el auditorio del Liceo Peñalver.  Leyó  “Viejos y nuevos poemas de amor” y “Poemas cívicos y terrestres”.  Por su parte Alirio Díaz ofreció como complemento un concierto durante el cual interpretó piezas de Tárraga, Granados, Borges, Villa-Lobos y Lauro, entre otros.
         Antes de la velada artístico literaria que se extendió hasta horas del amanecer entre brindis y poemas, el Concejo Municipal del Distrito Heres, presidido por el concejal Luis Felipe Pérez Flores, acompañado en el presidium por el Presidente de la Asamblea Legislativa, doctor José Luis Machado y los ediles René Vhalis y Germán González Seguías  declaró a Pablo Neruda, “Huésped de Honor” El poeta agradeció la distinción al igual que doña Matilde, su esposa, obsequiada con una  joya de oro cochano y un ramillete de flores.
         La atención de Pérez Flores como presidente municipal estuvo centrada en las zonas marginales de la ciudad y cuidó severamente que se mal intervinieran las casas antiguas del casco histórico.  Se opuso a que Puerto Ordaz, Matanzas y Castillito fueran sustraídas de la geo-política del distrito Heres para la creación del hoy Municipio Caroní.  Incrementó la capacidad del Cementerio Centurión construyendo un centenar de nichos y luego de la veda de la Tortuga Arrau decretada por el Gobierno de Rómulo Betancourt, rescató ochenta tortugas que depositó provisionalmente en el Morichal de San Isidro con miras a un Acuario. (AF)


domingo, 6 de noviembre de 2016

El Caballo Negro


El 17 de enero de 1952 comienza el Caballo Negro de Ciudad Bolívar a anunciarse por las páginas del vespertino de los Suegart  como un bar de familia, pero a la larga, perdió esa condición por lo cerrado de la sociedad guayanesa y también por el hecho de ser para entonces el único  bar nocturno de la ciudad, muy frecuentado por  corsos o descendientes de corsos  y sus amigos luego que cayó en manos de Roberto Bryant (en la foto), un francés muy gentil que llegó allí por accidente  a trabajar de Barman cuando el Caballo Negro era regentado por un holandés.
         Lo cierto es que Roberto en el 56 aprovechó una herencia que le dejó su padre muerto en Paris para comprar el Caballo Negro, a donde iba a solazarse y animar la tertulias Kilo Battistini, Andrés Palazzi, Pedro Battistini, Camilo Perfetti,  Álvaro Natera, Alejandro Natera, Oscar Figarella, León Guevara Enet, Edgar Vallée Vallée, los Granatti, el profesor Marcos Peña Bouchard, el profesor Luis Pasarela, Saúl Andrade, Manuel Alfredo Rodríguez, Mario Jiménez Gambús, Frank Arreaza, José Díaz y toda una cáfila de deleitantes como Roberto Liccioni que con su voz de tenor se atrevía a competir con la Rockola allí dispuesta a la entradas, aunque casi siempre silenciosa porque más interesantes resultaban las tertulias sobre negocios, música y literatura que terminaron iluminando el cerebro y el espíritu de Roberto.
         Como hecho curioso, el doctor Raúl Leoni fue llevado por Pedrito Battistini al Caballo Negro, pero se negó entrar, se quedó en la puerta comiéndose una hamburguesa que Roberto las preparaba  mejor que Oldeburg. Leopoldo Sucre Figarella estuvo apenas en dos ocasiones, pues más le atraía “L´Tucan” convertido finalmente en el “Blue Star”, administrado por una mujer muy simpática llamada simplemente Gladis.
         El Caballo Negro funcionaba en un Chalet de madera montado sobe una pivotes a modo de palafito, propiedad de Roberto Liccioni y allí mismo vivía Roberto, quien era casado con una hermana del poeta John Sampson William y tuvo con ella dos hijos, profesores universitarios.  Después que unos malandros le quemaron el Caballo Negro una noche del 9 de marzo de 1990, Roberto compró un trailer desechado del Campamento de Guri y lo ubicó en las faldas del Cerro La Encaramada donde el armador Alberto Minet construyó un chateau.  Allí asistido por Oscar Castro (Corocoro), el pescador más antiguo del Orinoco, sembraba piña y lechosa hasta que una catarata y la diabetes acabaron con su vida cuando todo el mundo creía que tenía siete vidas como las de un gato negro.
         Oscar Castro (Corocoro), con su casa muy contigua al Trailer, cuidaba de Roberto en los momentos más críticos de su diabetes.  Lo mismo que la esposa de Corocoro, Margarita y la otra Margarita, la esposa de Minet en la parte alta del cerro.
Corocoro era un poco mayor que Roberto, pero con la contextura noble y recia del pescador del Orinoco, y a quien, dicho sea de paso, ya se le había olvidado su nombre porque la gente lo obligó desde muchacho a responder por “Corocoro”.  Estuvo sesenta años pescando en el Orinoco cuando vivía en la misma orilla del río padre, siempre fumando cachimba y remendando redes durante su tiempo de ocio.
         Oscar Castro, además de pescador fue fiscal de pesca y caza hasta que el MAC lo jubiló después de haberle servido durante treinta años. Entonces era sesentón y cuando cuidaba de Roberto, era nonagenario. Toda la vida fue un guardián y cuidador. Cuidaba Corocoro las tortugas de Pararupa y también las bocas de los caños contra el aldrin y el barbasco que suelen emplear los enemigos de la fauna orinoquense.  Pocos días antes de morir el hombre insigne del Caballo Negro, Corocoro le pescó un Morocoto. (AF)
          


jueves, 3 de noviembre de 2016

La Pesca con Barbasco

Por supuesto, que pescar con Barbasco es para quien la practica lo más fácil, productivo e impresionante, menos para la propia ictiofauna  de nuestras fuentes fluviales y lacustre ni para las generaciones futuras porque al final la pérdida es doble: extinción de una planta útil aunque tóxica y extinción de un recurso también útil al hombre, a la economía y al propio ecosistema.
         La práctica de capturar  peces con plantas anestésicas es primitiva.  La ejecutaban los indígenas desde que conocieron por accidente las propiedades de este arbusto silvestre de nuestro medio, llamada barbasco.  Pero el indígena, a quien el criollo tilda tildaba de  “irracional”, paradójicamente era muy racional en el empleo del barbasco en vez de la flecha para la pesca; en cambio, desde que el hombre criollo aprendió del indígena esta forma de capturar cardume, quedó automáticamente atrapado por la incontrolable voracidad de su propia ignorancia.
         Comparativamente con el venezolano, el brasilero ha sido inteligente en cuanto al barbasco se refiere. Lo investigó científicamente y los resultados no se quedaron en los anaqueles de la displicencia y el olvido, sino que fueron aprovechados tangiblemente en la industria y artesanía. Descubrió que la rotenona, principio activo de las raíces de este arbusto, es un potente insecticida.  De suerte, que el barbasco en el Brasil no sólo se aprovecha en estado silvestre, sino que se cultiva en función de la industria nacional y también para la exportación.
         Son varias las especies de barbasco existentes en Brasil, pero la máxima atención recae sobre la variedad  “macaquinho” o “monito” que llega a producir hasta el 15 por ciento de rotenona cuando las raíces alcanzan su máximo desarrollo y están bien hechas.  También se conoce esta especie con los nombres de “barbasco legítimo” o “barbasco blanco”.  La otra es el “barbasco urucú” o “barbasco grande” que alcanzan hasta el 10 por cieno del principio activo.
         En Guayana,  ya poco queda de este arbusto utilizado para inficionar el agua y entumecer los peces.  En el Caura, por ejemplo, se utiliza para pescar, el barbasco llamado “añilito” mezclado con cazabe.  En los potreros de los Llanos se conoce con el nombre de “raíz de la virgen”.  Hay una variedad que crece en suelo arenoso bajo las sombras de los árboles, que por ser domésticamente muy utilizada para calmar el dolor de muela, se reconoce como “raíz de muela”.  Cuando es empleada para embarbascar las aguas, en vez de las raíces, se utilizan hojas y tallos desmenuzados que tiene sus efectos pero atenuados.  También son conocidos el “barbasco caicareño” y el “barbasco amarillo”, pero la variedad más potente de todas parece ser el “barbasco blanco”, bejuco leñoso que se eleva  hasta las ramas de árboles gigantes.     
         Cuando desde una curiara el pescador lanza el barbasco desmenuzado o triturado al agua de arroyos o embalses, los peces pequeños saltan desesperados y terminan muriendo en la orilla, mientras los grandes, todavía ebrios o anestesiados, son rematados a toletazos y aunque el veneno los ataca paralizando el centro respiratorio o ejerciendo una influencia perturbadora en el sistema nervioso, la carne no queda afectada para el consumo, incluso, hay quienes afirman por los lados de La Carioca, que es hasta más sabrosa; pero, evidentemente, que es una desgracia y de allí que “embarbascar” o pescar con barbasco, esté terminantemente condenado y prohibido como condenado y prohibido está igualmente pescar con dinamita.
         Hubo un tiempo en que pescar con dinamita era común, pero mucho más riesgoso.  Pescadores hubo que resultado mutilados o seriamente lesionados por pescar lanzando al cardumen encendidos tacos de dinamita.(AF)


martes, 1 de noviembre de 2016

El anestesiólogo Mario Jiménez Gambús



En esta Ciudad Bolívar de 400 mil habitantes hubo gente interesante que no obstante vivía recogida en el anonimato, como el doctor Mario Jiménez Gambús, médico anestesiólogo, digamos que por azar, porque durante su juventud no deseba sino llegar a ser psiquiatra, pero cuando estaba en el umbral de la Escuela de Medicina, un amigo le dijo “ni se le ocurra, amigo, los psiquiatras de tanto tratar con locos terminan más loco que ellos”.
         Fue suficiente para que cambiara de parecer y tomó la senda de la anestesiología, al fin y al cabo, ambas carreras tienen que ver en cierto modo con el sistema nervioso. En los primeros tiempos se utilizó la hipnosis, propia de la psiquiatría, para las intervenciones quirúrgicas al igual que se utiliza hoy la anestesia.
         Recién graduado comenzó a ejercer en el Hospital Ruiz y Páez. Se confirmó lo que le había dicho su amigo. Era el único en ese tiempo, pero querían las autoridades asistenciales que también sirviera de docente en la Escuela de Medicina, pero el doctor Gambús confesó que prefería renunciar porque no tenía vocación de maestro.  De manera que renunció y aprovechó una oferta de la Orinoco Mining Co. Para trabajar en el Hospital de Puerto Ordaz que según me dijo una vez fue como cambiar la tierra por el cielo.
         Ejerció la profesión unos cuarenta años entre el Hospital Ruiz y Páez y el Hospital de la Orinoco Mining Co, dirigido por el doctor Américo Babó.  Aquí trabajó con todas las comodidades y consideraciones a pesar de lo que dicen de los gringos.  Además de Puerto Ordaz a Upata era un salto, exquisita ciudad de sus primeros años, donde nació el 16 de mayo de 1926, gobernaba en el Estado Bolívar el general cumanés Silverio González. Pero no obstante haber nacido en tierras del Indio Yocoima, Mario Jiménez Gambús se siente más de ciudad Bolívar porque en esta capital transcurrió o ha transcurrido la mayor parte de su vida
         Hijo del General Francisco Jiménez Ganbús y Tomasa Hinojosa.  El General  murió a causa de una herida con arma de fuego disparada por Enrique Salas Padrón, guarda espalda del Presidente del Estado Bolívar, Antonio Alamo.
         Mario Jiménez Gambús estudió las primeras letras con la maestra Nieves Bastida, quien falleció a la edad de 112 años. Luego ingresó en el Colegión y finalmente en el Colegio “La Milagrosa” de los padres Paules hasta completar el ciclo de la primaria.  La secundaria la cumplió en el Liceo Peñalver y la superior en la Escuela de Medicina de la Universidad Central, donde se graduó en 1958.  Entonces practicaba varios deportes: béisbol, voleibol, fútbol, salto, menos natación.  Por no saber nadar casi muere ahogado en el balneario La Candelaria.  El deporte lo fascinaba y llegó a fabricar cinco canchas.
         Durante su vida estudiantil y profesional tuvo dos grandes amigos: Florencio García Morales, médico dermatólogo y Vinicio Grillet, otorrinolaringólogo, quien murió súbitamente  en 1983 cuando conducía su automóvil y él lo acompañaba a su lado luego de una habitual caminata.
         Mario Jiménez Gambús salió jubilado en 1986.  Sufría de neuropatía diabética y por eso lo veímos con bastón como Diego Arria en sus mejores tiempos.  Sus hermanos todos  diabéticos, la herencia no perdona.  Su padre murió sin saber que era diabético.
         Vivió añorando la ciudad de su infancia y juventud, una ciudad mágica, bucólica, pletórica de árboles frutales y ríos.  Cuando regresó de Caracas en 1958 era la misma ciudad de 1946 y continuo siéndolo hasta los años sesenta  cuando el bum del hierro y el acero produjo una inmigración que acabó con ella.(AF)