jueves, 10 de marzo de 2016

Silvia Jastram, periodista de arte


A Silvia Jastram la conocí en el Museo Soto como periodista especializada en el campo de las artes, junto con la licenciada en filosofía de la estética, Raquel Valedón, de la directora del Museo, Gloria Carnavali, también licenciada en filosofía de la estética.
         Gloria era esposa de un miembro de la Familia Planchart de Caracas, hermana de Hugo Carnevali, director de relaciones públicas de la CVG en tiempo de Rafael Alfonzo Ravard.  Hija de Atiliano Carnevali, ministro de hacienda de López Contreras y embajador de Venezuela en varios países, entre ellos Chile.  Por lo tanto hermana también de Atiliano Enrique, casado con la novelista Milagros Mata Gil, caraqueña criada en Ciudad Bolívar, donde escribió “La Casa en llamas”, novela galardonada con el Premio Planeta, que llena de fantasía la vida de la poeta Mimina Rodríguez Lezama.
         Silvia Jastram, amiga  exquisita, militante del mundo de las artes plásticas y de la música contemporánea.  Ojos verdes,  atractiva, de sangre teutónica.  Licenciada en Comunicación Social, mención arte.  Presentó su trabajo de grado analizando la vida y obra de dos artistas plásticos modernos: el ruso Wassily Kandinski y el suizo Paúl Klee, según recuerdo.
         Kandinski, muy bien representado en el Museo Soto, fue uno de los artistas más influyentes de su generación. Uno de los primeros exploradores de los principios de la abstracción geométrica o pura.  Considerado entre los pintores que sembraron la semilla del expresionismo abstracto, escuela de pintura dominante desde la II Guerra Mundial.
         Paúl Klee, acuarelista y aguafuertista, valorado como uno de os artistas más originales del arte moderno. Su obra influyó en los surrealistas posteriores, así como en los artistas no objetivos, y fue una fuente de inspiración fundamental para el nacimiento del expresionismo abstracto.
         Ambos artistas, ya fallecidos en los años cuarenta del siglo anterior, eran aficionados a la música.  De hecho, Kandinski ejecutaba el violín y Paúl Kee el saxo.  Raro el artista que no sea amante de la música.  Jesús Soto ejecutaba la guitarra y de ella vivió al comienzo de su vida de visual, tocando en los sitios nocturnos del Barrio Latino de Paris.
         Guardaba celosamente como regalo el trabajo de grado grabado de Silvia.  Desapareció por obra y gracia de birlibirloque del lugar destinado a las cosas de valor.  A través de esa grabación a dos voces, supe de estos dos grandes artistas representados en la colección permanente del Museo Jesús Soto.
         Junto con Silvia Jastram fundé “Viernes Cultual” en radio Fantasía, emisora hermana de Radio Angostura.  Era un programa dedicado especialmente a divulgar la actividad del Museo Soto, sin ignorar otros hechos artístico-culturales de la ciudad.
         Gloria Carnevali, Raquel Valedón y Silvia Jastra eran la principal fuente nutricia de este programa que estuvo en el aire por espacio de un año.  Lamentablemente sucumbió por la salida del Museo de estas tres valiosas damas tras un conflicto interno en el que estaban involucrados el director artístico internacional  del Museo, Getulio Alviani, y los directivos de la Fundación, Alfredo Boulton y Jesús Soto.
         Gloria Carnevali se halla en Londres casada con un británico luego de su separación del señor Planchart, aficionado al paracaidismo.  Raquel Valedón cambió el Paraíso de Caracas donde nació por la selva guayanesa y Silvia Jastra se ancló en Ciudad Guayana unida en matrimonio con un médico que según tengo entendido experimentaba afición por la pesca, pero con tan mala suerte que todo lo que pescaba en las torrentosa aguas del Caroní eran peces contaminado con el mercurio que desechan los buscadores de oro.(AF)

         

lunes, 7 de marzo de 2016

La masacre de La Paragua



El 22 de septiembre de 2006  se corrió un rumor luego verificado como verdad dramática de una acción militar ¿masacre? contra trabajadores de libre aprovechamiento en determinada zona del Alto Paragua.
Antes la prensa regional había dado cuenta de la denuncia hecha por mineros según la cual el TO5 los estaba desalojando de las minas  sin haberlos reubicados previamente en las minas Guariche y Chicanán, conforme a lo prometido por el Gobierno nacional dentro del marco de la llamada "reconversión minera".
El fuerte rumor que se registraba tanto  en Ciudad Bolívar como en Ciudad Guayana decía que en una mina ubicada más arriba de Los Picachos de Ori, en el Alto Paragua, varios mineros habrían muerto en un ataque efectuado por efectivos del Teatro de Operaciones Nº 5, desde un helicóptero.
En declaraciones a la Agencia Bolivariana de Noticias, el general Francisco Enrich, comandante del TO5, había desmentido los rumores que cada vez tomaban mayor cuerpo, aduciendo que la única aeronave de la FAN que sobrevoló la zona del Alto Paragua no estaba equipada con armamento de gran poder, y sólo hacía vuelos de reconocimiento en atención a unas denuncias de las comunidades indígenas del sector, sobre daños ambientales. Pero un ciudadano, de nombre Marcos Lizardi, informó a la prensa vía telefónica, que su hermano Manuel Felipe Lizardi, minero del Alto Paragua, fue herido en el cuello y en el hombro por efectivos del Ejército que llegaron a la mina en la que trabajaba con otro grupo de hombres, quienes fueron obligados a lanzarse al suelo, donde les dispararon, resultando muertos varios de ellos. Heridos sobrevivientes de la sorpresiva acción militar, entre ellos, Manuel Lizardi y William Saúd (en la foto), fueron trasladas: al Hospital Universitario Ruiz y Páez de Ciudad Bolívar.
Cuatro días después se confirmó la especie y se aseguro que eran diez las personas que perdieron la vida durante el fin de semana por “enfrentarse” al Ejército venezolano en las zonas mineras. Seis de ellos acribillados en la mina El Papelón de Turumbán y los otros cuatro ahogados al intentar escapar de otra comisión militar en Maripa.

14 los  militares implicados
Luego de una audiencia de presentación que duró más de dieciséis horas, el juez segundo de control de Ciudad Bolívar, Ramón Vallé, dictó medida privativa de libertad a los 14 efectivos militares implicados en la masacre de La Paragua. Se mantuvo la calificación de homicidio calificado con alevosía contra los seis mineros fallecidos y en grado de frustración contra el herido José Manuel Lizardi, quien aún no ha presentado su testimonio. Permanecerán detenidos en la sede del Teatro de Operaciones Número 5, en Ciudad Bolívar. Se espera que en 30 días se hagan los actos conclusivos por parte del Ministerio Público y se acusarán formalmente a los siguientes imputados: Mayor (Ej.) Leonidas Andrades Fernández; el subteniente (Ej.) José Rodríguez Sánchez; el subteniente de segunda (Ej.) César Rodríguez Betancourt; los sargentos de primera Ronald Marcano Castillo, José Luis Azócar, Emilio García Ledezma y Rafael Hernández; así como los sargentos de segunda Gustavo Quintero y José Ramón Perdomo. El resto del grupo está conformado por los cabos segundo José Alexander Rojas, Gabriel Ramos, José Muñoz González, Erad Bolívar Camaray y Freddy Narváez Urdaneta. El ministro de Interior Jesse Chacón manifestó su contento porque hayan sido imputados y persistió en la tesis de un enfrentamiento, porque encontraron dos escopetas en manos de los mineros, que fueron repelidos con Fal por parte de los militares. (AF)








viernes, 4 de marzo de 2016

Hombres de la Radio


Hernán Denis Ruiz,  oficial de la V División de Infantería de Selva, del estado mayor, estuvo muy bien integrado al campo civil bolivarense y, en efecto,  aquí lo vemos  desprovisto de su uniforme y demás accesorios. 
En los momentos más movidos, agitados y divertidos, se inspiraba como don Rómulo, aspirando de medio lado el humo aromado de su cachimba.
         Sobre todo estuvo ligado este alto y elegante oficial a la gente de Radio como bien lo vemos en esta fotografía, al lado de curtidos veteranos como Sinar Guerra Madriz, cliente preferido de Hilario Díaz en el célebre Café España; Alfredo Hernández Pinto, retaco y redondito,  y Tomás Antonio León Rengel ocultando la tristeza del chino tras unas gafas oscuras, pero no así su voz deportiva, dicharachera y dado a la crónica popular.
         Alfredo Hernández Pinto era más rescatado  en la palabra, tono eclipsado por la reflexión y administrador muy conveniente de su conducta, tal como le gustaba al director de la radio, el turco José Antonio Nicolás, mientras que Sinar Guerra Madriz era capaz de reventar cualquier mesa de un solo puñetazo.
         Sinar era la voz intensa, extensa y sonora del “Correo de Guayana” o noticiero de Radio Bolívar, siempre alternando con otros ejemplares de su especie.  Durante un tiempo se oyó a través de las ondas bolivarianas bajo la suerte atmosférica de Luvén Rossi Vera, tal vez el que mejor gerenció su talento de locutor y publicista manejando las riendas de ese caballo de batalla que fue Radio Bolívar, emisora legendaria que le ganó la partida  a la antigua emisora del malogrado Enrique Torres Valencia.
         En 1980 Sinar Guerra Madriz estuvo de director de Radio Angostura, la emisora fundada en 1968 por Carlos Arreaza, fundador igualmente de Radio Fantasía que tenía sus estudios en la vecina Soledad bajo la dirección de Francisco José Sifontes, hermano de Jesús Rafael Sifontes, director entonces de Radio Canaima, emisora fundada en San Félix por Luis José Pastrano.
         Ese año Tomás Antonio (Chino) León dirigía Radio Orinoco y luego pasó a comandar a Radio Angostura, enfrascado siempre en un pico y pata con el  José Antonio Nicolás por el primer lugar de sintonía.  Radio Bolívar y Radio Angostura estuvieron por mucho tiempo disputándose el primer lugar de audiencia mediante programas que despertaban el interés de los radioescuchas, especialmente cuando tenían los dueños y directores conocimiento de las mediciones en la región.  De manera que en tiempos de Survey, programas radiales como “La Noche de Quince” de Luvén Rossi Vera trataban de incrementar sus preferencias mientras que el Chino León sacaba a flotes el monstruo de la Piedra del Medio, el Peludo del Polanco  y el espanto de la Ceiba en la carretera que dislocaban a los conductores nocturnos.
         La misma situación se presentaba en Ciudad Guayana con las emisoras Canaima que dirigía Jesús Rafael Sifontes, Radio Puerto Ordaz que conducía Ángel de Jesús Coa y Mundial Caroní al mando de  Rafael Eligio Farreras.  Radio Guayana en Upata, a cargo de Jesús Patiño González y Radio Caicara dirigida por la cantante de música recia Adilia Castillo, no tenían en ese problema de competición.
         Entonces la Radio valía.  La gente oía o escuchaba radio pues la Televisión no había llegado a Guayana y el espectro radioeléctrico estaba muy limitado y oficialmente  bien administrado y supervisado.  No se conocía la FM o frecuencia modulada que hoy día abunda como arroz hasta el punto de haber desplazado a las AM con potencia de 10  kilovatios. (AF)
        
                 


lunes, 29 de febrero de 2016

El Diputado del Yocoima


El Profesor Lucas Rafael Álvarez (Luquita) se distingue como el primer Presidente de la Asamblea Legislativa del Estado Bolívar, inaugurada a raíz del movimiento cívico militar que luego de la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez, instauró en Venezuela el sistema democrático de nuestros días.
         Aquí lo vemos invariablemente sonriente y con visión de lentes, compartiendo  con su esposa y el autor de esta columna en el festivo ambiente de uno de esos brindis acostumbrados en la llamada “cuarta república”.
         El profesor Lucas Rafael Álvarez nació en Upata y cuando de allá se vino junto con su paisano el pediatra egresado de la Sorbona, Gervasio Vera Custodio, aún no había logrado el título de bachiller que recibió más tarde en el Liceo Peñalver, pero había sido concejal y presidente de la Municipalidad de Piar desde donde hizo posible el triunfo de AD en diciembre de ese año.  También había sido autor del Himno del Liceo Humboldt del Yocoima.
         En la primera Directiva de la Legislatura estuvo acompañado con el diputado número uno de la lista, el doctor José Luís Machado Luengo en calidad de primer vicepresidente, y de Américo Fernández, segundo vicepresidente, electos los tres con el voto unánime de los circunstantes.  Fue la primera prueba de fuego para quienes en ese recinto debutaban sin ninguna experiencia parlamentaria.
         Lucas Rafael Álvarez fue después  director de Educación y Cultura en sustitución del profesor José Simón Escalona, gobierno de Leopoldo Sucre Figarella.  Jamás fue un adeco sectario aunque obediente a la línea partidista en los asuntos donde tocaba representar los intereses de su tolda política.
         Fue perseguido y preso político de la dictadura y, sin embargo, no era un hombre de discusión sino de comprensión., tal vez, peculiaridad genética de los Álvarez upatenses o simplemente porque venía de la provincia adentro, donde como dice Neruda en uno de sus sonetos, se amasa  el pan paseado la harina por el cielo.
         Perteneció al Club de Leones a pesar de no tener la melena que entonces exhibían los hipes por las calles empinadas del casco urbano de Ciudad Bolívar y es que para ser León no se necesita melena sino nobleza y temple y Luquita Álvarez se distinguía por esas cualidades.
         Había entre ambos una gran empatía no obstante militar en tiendas partidistas adversas. Upata era para entonces un pueblo mayoritariamente adeco, pero nada fanático, compartía amigablemente con todo el mundo.  La visité muchas veces invitado por Damelys Valdés, linda morena candidata a reina del bicentenario de Upata y por don  César Castro Grúber, agrimensor y piarista sin llegar al extremo de Tavera Acosta.  Castro Grúber me empapó de las propiedades y milagros del babandí que me sirvió para un reportaje en el diario El Nacional que impactó en toda Venezuela hasta el punto de que Billo Frómeta insertó la raíz de la planta afrodisíaca en una de sus populares melodías.
         “Chirelito” un semanario humorístico de Upata, publicó la lista de los upatanses prominentes que no solamente utilizaban el babandí para el cortejo amoroso sino el Palo de arco favorito de los indios Yanomami del Amazonas y hasta el agua de Bosnia importada.
         En una plenaria de la VI Convención Nacional de Periodistas celebrada en Ciudad Bolívar en julio de 1968, el delegado por Ciudad Bolívar, Evelio García, trajo de Upata un saco de Babandí y lo vació en el presidium.  Todos los delegados, unos 150,  como muchachito bajo piñata rota, le cayeron encima, mientras Lucas Rafael Álvarez era objeto de los más sonoros chistes en otra plenaria, la del Club de Leones. (AF)
        

        


miércoles, 24 de febrero de 2016

Silvita, el archivero municipal


Silvita era pequeño y regordete.  Eterno archivero municipal metido durante ocho horas diarias en el sótano del antiguo hospital “Las Mercedes”, convertido en el hermoso y neoclásico Palacio Municipal enlazada sus dos alas por un puente que salva el paso vehicular por la calle Igualdad.
         Al sótano del antiguo inmueble se desciende por una angosta escalera que me recuerda  el Aleph de Jorge Luis Borges, seguramente porque es empinada y conduce a un sótano, nada más, porque en el Aleph de Borges se llega a un lugar donde están sin confundirse todos los lugares del orbe y en este sótano donde moraba por oficio Silvita, era por contrario todo confusión de infolios amarillos colmados de traza.  Lo único aceptable era que allí estaban los lugares que signa  buena parte la historia de Guayana.
         No me explico cómo podía Silvita trabajar en aquel ambiente húmedo, estrecho, lleno de expedientes y libracos añejos ya por más de un siglo y él, con aquella tranquilidad, con aquella paciencia resumida por modales parsimoniosos.  Camilo Perfetti encontró la respuesta en el alcohol de 50 grados que desde muy temprano como metal caliente quemaba las vísceras del señor de los archivos.
         Por eso Silvita solía responder cuando algún curioso le preguntaba que si no le daba miedo trabajar en un sótano lleno de sombras y fantasmas, espíritus dolientes de los pacientes que por el antaño hospital pasaron y de allí no salieron sino para los predios del cardonal como llamaban a principios del siglo dieciocho el cementerio principal.  Silvita solía responder: “Yo no le tengo miedo sino a dos cosas en la vida, a las fuerzas desatadas de la naturaleza y a una gran escasez de aguardiente”.
         La escasez de aguardiente casi nunca se registraba porque en la ciudad había un alambique en el sector “Amores y Amoríos”, inmediaciones de “Ojo de Agua”, para más señas, allí donde está hoy la Fuente Luminosa.  La escasez que esporádicamente padecía Silvita era cuando “Pata `e Palo” le birlaba el trago.  
         “Pata `e Palo” era el portero del Concejo Municipal que arrechucho se ponía cuando alguien le recordaba su canilla tiesa, siempre a la vista puesto que usaba alpargatas y pantalones “brinca charcos”, es decir, con los ruedos por la mitad de la espinilla.
         Pata ´e Palo cuando andaba curdo se ponía en ángulo recto hablando con el suelo, bueno entonces para que la muchachada lo espoleara: ¡Pata ´e Palo!!! y él respondía lanzando lajas, de esas que no sólo dejan morado y raspadura sino que fracturan.
Un humorista local que escribía con el seudónimo “Lechero” en el vespertino de los Suegart los años 50 le hizo esta silueta: “Quién será? / El Trabaja en el Concejo / Sempiterno guardián, fiel y obediente / partidario tenaz del aguardiente / y tiene cara de perico viejo / cuando se rasca baja la cabeza / y la menea como una coctelera / mientras habla quedito con la acera / y le pide a media legua una cerveza / cuando no toma es una maravilla / en sus labores se vuelve mantequilla / pero cuando bebe ahí está lo malo…/ de calzón brinca pozo y alpargata / el tercio tiene falla en una pata / y por eso le dicen “Pata ‘e Palo”.
Después que “Pata ´e Palo” estiró la pata, Silvita nunca más padeció de escasez y menos cuando el paleógrafo Ricardo Pardo, enviado por el Ministerio de Relaciones Interiores, vino a procurar los expedientes de la Batalla de Carabobo con motivo de su sesquicentenario celebrado solemnemente y con desfile del Ejército, por supuesto, en 1971, pues el visitante, sabedor de su debilidad, lo obsequiaba durante su permanencia con buenas botellas de Ron Santa Teresa.  Esto, le facilitó el trabajo a Ricardo Pardo y se fue con todo el expediente dejando la esperanza de que volvería con los viejos infolios, pero todavía, no sabemos en que lugar del Aleph, Silvita lo está esperando. (AF)


         

lunes, 22 de febrero de 2016

Reporteros de otros tiempos


En franca camaradería y celebrando ocurrencia de periodistas se hallan en alguna parte de la ciudad, los fotó-reporteros Edgar Díaz, Felipe Silva Bayola,  y el periodista Misael Briceño. 
        Edgar Díaz (de pie) y Misael Briceño, venido de Upata, la tierra donde abrió los ojos por primera vez, pero que a pesar de correr Upata con la fama de poseer las mujeres más bonitas del Yuruari, no retenerlo cuando joven. primero quiso  Misael inútilmente sentar sus reales en Ciudad Guayana siguiendo los consejos del corresponsal de El Nacional, José Carrillo Romero, y después con mejor suerte en Ciudad Bolívar donde encontró espacio seguro y bien remunerado.
         Misael Briceño es buen periodista y se expresa con mucha lógica.  No le conocemos cognomento como a Edgar Díaz reconocido en el mundo de los reporteros gráficos como “Cabeza de Piedra”. 
Misael llegó a Ciudad Bolívar cuando yo incógnito dirigía el diario El Bolivarense.  Carrillo me lo recomendó para que le diera entrada en el diario de los Natera y allí  se integró a la vida reporteril junto con Eduardo Medori a quien igualmente le había dado la oportunidad por exigencias de su padre Víctor Bayola, quien era reportero gráfico de la Corresponsalía de El Nacional que yo ejercía.  Los dos, a pesar de que no tenían escuela en el campo del periodismo, resultaron con una vocación increíble de modo tal que muy pronto Lionel Salón Rivas, Jefe de Relaciones Públicas  de la Asamblea Legislativa, le ofreció mejor remuneración y para allá sin pensarlo mucho se fueron los muchachos.
Tampoco a Medori se le conocía apodo y en cuanto al remoquete de Edgar Díaz, se lo habría puesto Nilo González o Rafael Gámez Martínez (Ragan) cuando los tres prestaban servicio en El Expreso bajo la exigente y dinámica dirección de José Manuel  Guzmán Gómez (Chemelo).
El apodo le viene al gordo Edgar porque pocas veces captaba el mensaje toda vez que el de reportero gráfico era su oficio en las fuentes de sucesos haciendo llave con Ragan, quien en cierta ocasión para quitárselo de encima mientras iba a cumplir con ciertos asuntos muy personales, le dijo en un tono bromista que Edgar no supo captar.  Le dijo u ordenó que se quedara haciendo guardia en el Aeropuerto porque de un momento a otro llegaba por primera vez a Ciudad Bolívar el  “Jet Caribe” (así se llamaba una lancha rapidísima que transportaba pasajeros entre Puerto La Cruz a Punta de Piedra, en Margarita.)
Díaz prácticamente perdió todo el día aguardando la llegada del Jet Caribe en el Terminal del Aeropuerto y ya inquieto por la demora se reportó ante el Jefe de redacción de El Expreso, Nilo González, quien del otro lado del teléfono le respondió: “Gordo simplón, el Jet Caribe es un barco que trasporta pasajeros entre Puerto La Cruz y Margarita.
Por eso, según Ragán, le calaba el cognomento de “Cabeza de Piedra” del cual nunca pudo escapar, ni siquiera en Puerto La Cruz a donde tuvo que ir a trabajar como reportero gráfico de El Tiempo.
Lo cierto es que Edgar Díaz desapareció de los predios de Angostura y nunca más quiso saber del Orinoco  donde una vez tuvo a punto de ahogarse, no porque en la zambullida sintiera la piedra en la cabeza sino porque no aprovechó sabiamente las prácticas que gratuita y espontáneamente le ofreció Óscar García “El Tiburón del Orinoco”, y del mar, diría yo, pues en una prueba entre Macuto y La Guaira le ganó al campeón nacional Quintín Longa.(AF)




domingo, 21 de febrero de 2016

Consagración de la Catedral de Ciudad Bolívar


El 20 de febrero de 1896, el obispo de la Diócesis de Guayana, monseñor Antonio María Durán consagró la catedral de Ciudad Bolívar, utilizando las reliquias de los Santos Mártires Macario, Víctor, Urbano y Águeda que expresamente pidió al sumo pontífice de Roma.
Dice el presbítero J.M. Guevara Carrera, Canónigo lectoral del capítulo Catedral de Guayana en sus Apuntes para la Historia de la Diócesis de Guayana que, aprovechando monseñor Durán una considerable suma de dinero que Don José Lezama dejó a su muerte para que fuese empleada en beneficio de la catedral, le puso el rico pavimento de mosaico, montó el Altar Mayor, regalo del mismo señor Don José Lezama y su esposa.
También montó el grupo escultural del Bautisterio, donado por Don Antonio Liccioni y colocó el Altar de Nuestra Señora de Lourdes bajo la torre. Pintó al óleo todo el edificio interiormente y resolvió consagrar la catedral que sólo había sido bendecida en 1841 por monseñor Talavera. Fundó el Colegio Nuestra Señora de las Nieves en su primera época y el Boletín Eclesiástico, dirigido por Domingo María Luzardo.
Según el acta de consagración acompañaron al ilustre señor obispo en esta solemnidad, los señores deán protonotario apostólico, y el doctor Juan Francisco Avis, presbítero doctor Adrián María Gómez, canónigo doctoral presbítero Doctor Régulo Franquis, prebendado de ración y presbítero bachiller Rafael Llovera Solano, prebendado de ración.
El 25 de mayo de 1922, el obispo Miguel Antonio Mejía amplió la catedral hacia la calle Amor Patrio, abarcando el Oratorio de San Antonio, trabajos que se le encomiendan al constructor más reputado de la ciudad, Antonio Valera Villalobos.
Muy poco tiene que ver la iglesia catedral de Ciudad Bolívar del siglo XIX y parte del XX al lado de la catedral actual, alta y monumental y de presencia dominante dentro del contexto urbano del cuadrilátero histórico.
Pero esta iglesia declarada catedral el 20 de mayo de 1790 por efecto de la creación de la Diócesis de Guayana según Bula de su santidad el papa Pío VI a solicitud del rey de España Carlos IV, aún no estaba terminada.
La conclusión de su construcción fue posible gracias al esfuerzo de monseñor Mariano Talavera y Garcés, quien galvanizó a todos los habitantes para que hicieran su aporte sustancioso y más decidido.
El 23 de febrero de 1841 fue posible concluir los trabajos de construcción de la catedral de Ciudad Bolívar, después de 75 años de haber sido iniciada, prácticamente con la fundación de la ciudad en 1764 por Joaquín Moreno de Mendoza, pero quien realmente despegó su construcción con el ingeniero Bartolomé de Amphous, fue el gobernador Manuel Centurión Guerrero de Torres utilizando los recaudos proveniente de algunos impuestos desviados posteriormente por el gobernador Miguel Marmión.
La catedral, más pequeña que la actual y todavía sin su torre campanario, solamente techada, fue bendecida y oficiada la primea misa por monseñor Mariano Talavera y Garcés el 25 de marzo de ese mismo año 1841.
Hasta esa fecha, “bajo un caney de azotea se adoraba al creador, y las oraciones dulces y fervorosas escasean, y se oprimen por su calurosa y estrecha capacidad. Una plaza mal situada existe al lado de estas fábricas; en su primitivo estado, llena de peñascos, basuras y montes, pastando allí las bestias”.
Ante tan penosa situación, monseñor Talavera puso en juego todos los recursos de su influencia y dignidad para de una vez por todas concluir la catedral. Logró recabar entre los fieles de una población de ocho mil almas, 19 mil pesos con los cuales la catedral, sin la torre, fue concluida y bendecida el 25 de marzo de 1841, un año antes de finalizada su gestión para darle paso a monseñor Mariano Fernández Fortique, quien designó una Junta formada por el vicario fray Arcángel de Tarragona, Santos Gáspari y Merced Ramón Montes para gestionar la terminación de la torre.
Pero la catedral concluida con tanto afán por monseñor Talavera y Garcés no era la misma diseñada por el ingeniero Bartolomé Amphoux. El deseo de terminarla, la dejó sin imafronte, es decir, sin su segundo cuerpo de fachada, y las pilastras fueron coronadas con cuatro pináculos, y entre las dos centrales se le construyó un remate con hornacina para una imagen y sobre ella, una cruz. Posteriormente fue objeto de otros trabajos, entre ellos, una placa de cemento sobre vigas en las naves laterales y la sustitución del Altozano por una escalinata semicircular construida por el gobierno regional (Silverio González) (1924-1930) que se iniciaba en las calles Igualdad y Bolívar.
Durante le gestión del arzobispo Crisanto Mata Cova (1966-1986), se reconstruyó y restauró la catedral conforme a los planos originales.
Al arquitecto Graziano Gasparini, entonces director del Patrimonio Histórico y Artístico del Conac, le correspondió dirigir los trabajos y sobre el altozano fue colocada la escultura de Santo Tomás y el reloj de la Torre, que había sido dañado por un rayo, fue remplazado por uno moderno de 13 campanas, hecho en Holanda. La Catedral de Ciudad Bolívar es la más alta (44 metros la torre y 26 la nave central) y bella del orden catedralicio indio que tiene el país. (AF)