martes, 19 de enero de 2016

Perichamo al ritmo de un guasón



A José Perichamo nunca lo acomplejó su “tamañote” (su talla difícilmente llega a 1,30) y deslastrado del complejo de inferioridad que lo hacía reírse de sí mismo, retaba a muchachas expansivas como Olga Lezama, alta y bien proporcionada, para “echar un pie” en cualquier pista de ocasión.
         Perichamo que compensaba su físico de medio palo con una ruidosa moto de 250 cilindradas, trabajó toda su vida como mensajero de la Gobernación del Estado.  Era rápido, alegre, diligente y hasta chistoso en las mejores tertulias.
         Era visitante asiduo del “My-Ha-My”, bar-restaurante del chinito Gond Fung, entre las calles Bolívar y Libertad, donde antes despachaban Mambrini cuando el negocio era de Bartolomé Tomassi; Erasmo Pildorín después y antes del chino, el viejo Casanova, lidiando gente como el Pope Gómez, don Félix Tomassi y Raúl Villegas.
Perichamo, luego de repartir mensajes e invitaciones de la Gobernación, entraba al “My-Ha-My” y salía a cada rato anunciándose con el ruido de su motocicleta. Era entonces cuando el doctor Pacífico Rodríguez, procurador del Estado, le decía que se parecía a un general de brigada.
         El periodista Ramón Aray, quien constantemente pedía la cuenta de las birras que compartía con Tomás Arreaza, ex alcalde de Borbón, preguntó en cierta ocasión a Perichamo el por qué de ese apodo de “Coquito” que tan bien le calzaba y éste explicó que doña Inés, la madre de Leopoldo Sucre Figarella, su padrino, era la responsable.  Pero ¿por qué? ¡No me ves el tamañote! Salía a relucir entonces la anécdota cuando la prima-dama doña Tatiana de Palazzi le preguntó al periodista Enrique Aristeguieta “quién era el tal Perichamo ése” y Enriquito le contestó: “Un señor que mide como un metro noventa”. Londoño remataba diciendo que conservaba una fotografía donde coincidencialmente bajaban en fila india por la escalera del Palacio de Gobierno: Perichamo, Zuleida Valladares, los enanitos Mayo y Mario, de último Roldán (Doble Feo), quien sostenía ser hijo de Pancho Lusinchi, tío del ex presidente de la República Jaime Lusinchi. Pocos lo dudaban puesto que Francisco (Pancho) Lusinchi vivió en Ciudad Bolívar y fue secretario de la Jefatura Civil (1925), siendo titular de la misma Francisco Méndez.
         Un día, no sabemos cuándo, Perichamo desapareció de la escena pública y todos se preguntaban ¿qué se habrá hecho Perichamo?  Unos decían que se había jubilado.  ¿Jubilado? No puede ser si tiene el tamaño de una carajito. Puede tener la talla de un carajito, pero Perichamo es viejo con b de bola. Otros barruntaban que seguramente le robaron la motocicleta o la tenía descompuesta. Algunos suponían que estaría con la “quiebra hueso”.  No puede ser, sí a ese no se pica ni el mismo.  Querían decir que no lo pica ni coquito.  Los más creían que lo botaron por haber aparecido en la Lista de Tascón.
         ¿En la Lista de Tascón? ¡Qué broma! exclamaban los contertulios del My Hay My.  Si es por haber firmado a favor del Referendo, a esta altura debe estar contento porque a Tascón lo agarró la Ley del Karma, vale decir, la ley de la compensación según la cual, quien hace mal, tarde o temprano la paga por cualquier vía y no es necesario que la víctima lo sepa.  El, Tascón, ahora es un marginado de la Revolución. Un marginado de los favores y prebendas del Poder. Está en otra lista, la lista negra del Psuv por ir más allá de la disciplina denunciando a los corruptos que moran en sus propias filas.
         Después de tantas conjeturas y especulaciones, se designó una comisión para averiguar el paradero de Perichao y las causas repentinas de su ausencia.  La comisión presidida por el periodista Enrique Aristeguieta, anunció a los pocos días que Perichamo goza de buena salud y que está disfrutando de su jubilación luego de 30 años repartiendo cartas y tarjetas de invitación del Gobernador de turno y la primera dama.









sábado, 16 de enero de 2016

La eterna cachapa bolivarense


La cachapa  es una gustosa y blanda tortilla de maíz tierno que aunque el grano de la mazorca sea blanco, ella siempre será amarilla como el crepúsculo vespertino del Orinoco.
         No se sirve la cachapa en la mesa como la mágica zapoara, el pastel de morrocoy o el carapacho de tortuga, cada cierto tiempo, es decir, por temporada. La cachapa es de siempre, por siempre y sin tregua, gracias al prodigio del maíz capaz de reproducirse cada noventa días.
         Cada grano es polen caído desde el penacho hasta el estigma, proceso biológico desde que el cereal germina en el humus, se vuelve tallo, hoja, flor, espiga, mazorca desgranada, molida y extendida sobre el budare con todos los ingredientes gastronómicos que le dan ese olor, textura y sabor propios de los manjares de los dioses.
         Primero fueron los tamales envueltos en hojas de plátanos y luego la clásica arepa llevada al extremo prematuro de la cachapa criolla aunque menos mestiza que la hallaca devenida del tamal.  La envuelta  hallaca de diciembre de cuyo mestizaje, ya en piel y sangre estuvo orgulloso el inca Garcilaso de la Vega.
         El maíz siempre ha sido sustentable y sostenido a pesar de las plagas que invaden los sembradíos y de los asesinos de Gaspar Ilóm.  El está presente en los códices y jeroglíficos de los aztecas, los incas y los mayas y en la esencia cosmogónica del Popol Vuh.
         Cuando uno va al rancho de don Natalio para envestirle con hambre de chacalote a una buena cachapa con queso fresco y carne a la brasa, mil leyendas pasan por la mente en el lapso ansiado de la espera.  Hernán Cortés apaciguando su hambre de oro con un tamal hallado en el trono de Moctezuma o a su lugar teniente Diego de Ordaz con unos granos de maíz en su faltriquera tratando de engañar a los indígenas del Orinoco.
         Estos conquistadores conocieron de inmediato la importancia del maíz y lo llevaron a sus regiones de origen.  Sólo dejaron por ser inajenables las leyendas, ritos  y sacrificios ante las divinidades para que enviaran la lluvia a fertilizar los campos escogidos para las plantaciones.
         Esto ocurría en México al igual que en Centro América y los Andes donde la leyenda exaltaba el origen de la gramínea.  Según una leyenda sudamericana, la primera planta de maíz   llamada abati en lengua guaraní, había nacido cuando un guerrero aborigen decidió sacrificarse para aplacar la ira del dios Tupá, cuyo culto había descuidado el pueblo.  El guerrero se ofreció al dios en holocausto y fue enterrado con gran pompa en una fosa, de la que sólo sobresalía su nariz, y, precisamente, de allí nació a poco una planta desconocida cuyo fruto era una espiga de granos amarillos que los indígenas llamaron Abati (nariz) y que era el maíz. 
Asimismo, por las regiones de Perú y Bolivia se relataba que una vez, cuando dos pueblos vecinos se hallaban en guerra, una indígenas joven y hermosa fue herida de muerte por la flecha que disparó su padre para matar al joven guerrero del pueblo vecino que la amaba. La niña muerta fue enterrada y el mancebo inconsolable iba a llorar sobe la tierra que cubría el cuerpo de su adorada, con tal abundancia de lágrimas que la tierra empapada se abrió repentinamente y el cuerpo del torturado amante cayó sepultado junto al cuerpo de la amada.  Misteriosamente y bajo el asombro de toda la comunidad, de aquella tumba húmeda y fría brotó la generosa y altiva planta en cuyo fruto la mazorca el pueblo veía resucitada o representada la sonrisa de la bella indígena.  La mazorca con su perfecta fila de granos blancos, mondos y redondos como sonrisa plena y abierta; la cabellera figurada en la barba de la espiga y la flecha homicida en el tallo con sus largas hojas puntiagudas de transversales nervaduras. (AF)
          
           
           


viernes, 15 de enero de 2016

Zoraida Inaty y Sinai Sutherland


Zoraida Inaty tenía los ojos glaucos, verdes claros,  por eso el profesor caraqueño Sixto Guaidó cada vez que visitaba Ciudad Bolívar, le recitaba aquella rima de Gustavo Adolfo Becker “Verdes tiene tus ojos, ¿te quejas? Verdes los tienen las náyades, verdes los tuvo Minerva ..”
         Verdes o glaucos y además morunos, Zoraida era una muchacha muy activa y dinámica. En ella predominaba la sangre criolla más que la árabe.  Le gustaba la política y en esos menesteres andaba con Sinaí Sutherland cuando la conocí.
Su amiga  muy consustanciada era pues la Negra Sinaí Sutherland, que más que negra era una morena muy atractiva que volvió loco durante un tiempo al doctor José Rafael Miranda, quien al igual que el profesor Guaidó le recitaba  poemas que nada tenían que ver con la rima.  Eran poemas del cubano Nicolás Guillén a quien no hay que confundir con el hispano Jorge Guillén.
Qué quiere decir, Sinaí preguntaba, qué quiere decir: “Hay un arco tendido que hace viajar la flecha de tu voz”.  Yo le explicaba que su voz era sugestiva y lo tenía traspasado como la flecha de Aquiles.  Terminaba sugiriéndole que mejor pidiera a Piquito “Sorongo Cosongo”.
Marcial Rivas, hijo del ebanista de la ciudad que tenía su gran taller en El Zanjón,  especulaba diciendo con su voz un tanto gangosa que la amistad entre Zoraida y Sinaí era  por su nombre porque sus ascendientes eran de por allá cercano al Monte Sinaí donde el dios Yahvé entregó a Moisés la célebre tabla de los diez mandamientos.  No creo que sea por el apellido Sutherland que es de origen inglés trinitario mientras que los Inatty son de origen libanés asentados en Ciudad Bolívar hace más de una centuria. 
Recordaba a Jorge Inaty, introductor de las chalanas de hierro en el Orinoco, a Elías Inaty, pediatra y poeta, a Alfredo Inatti, quien para entonces estudiaba antropología en la UCV y Amín Inati, mirista “cabeza caliente”.  De esa cepa era Zoraida radicada en Caracas desde los años 70 al igual que Sinai.
         La cepa Sutherland en Ciudad Bolívar también comienza con el Siglo XX.  Creo que el tronco mayor fue Alejandro Sutherland traído por el Gobernador Tellería para que reconstruyera el dique de La Carioca.  Era hombre prolífico, un verdadero semental.  Por cierto, que cuando tuvo su trigésimo vástago, el diario El Luchador del 23 de agosto de 1910 lo saludó con esta nota: “Alejandro Sutherland, aún sin llegar a viejo, ha tenido en su esposa 30 hijos, la mayor parte varones.  Cuánta satisfacción fuera para Venezuela importar siquiera 1000 tipo como Musiú Sutherland, para en breve ver al país poblado como Nueva York”.
         Fue él quien construyó la primera iglesia protestantes en Ciudad Bolívar y su esposa Nicolasa Railer inventó el Masapán elaborado con la almendra de la semilla del Merey.  De suerte que la gran familia Sutherland tradicionalmente ha vivido de la construcción y del  merey aunque Juan Sutherland, apodado “perro sucio” por la chusma estuvo alejado de ese oficio, más bien, montado en una tribuna, leía mucho y era buen orador.  Perteneció al PDV y en Soledad sus adversarios le hicieron lo mismo que a Leo en Caracas.  Tuvo varios hijos, todos profesionales, entre ellos al poeta Luis Sutherland, quien fue secretario del general Raúl Isaías  Baduel y de Leopoldo Sucre Figarella. Licenciado en letras y fundamentalmente poeta.  Ganó varios premios.  Es autor del poemario “Relación de un pasajero oculto”, su primera obra, publicada en 1978  en la colección Voces Nuevas del Celarg y de la cual es este poema: “Fíjate en esas brumas que la mañana acerca / Fíjate en el resplandor de esos seres que se acercan / Todos lo hacen alguna vez / Fíjate en su arrogancia / Fíjate que yo estoy sentado sobre mis piedras / Fíjate que no me inmuto por esas brumas / Ni por esos seres con tantos sacrificios de vida”. Zoraida murió en Febrero de 2013. (AF)


miércoles, 13 de enero de 2016

El Bálsamo de la Casa del Congreso de Angostura


En el jardín interno de la histórica casa donde se reunió (1819) el segundo Congreso Constituyente de Venezuela o “Congreso de Angostura”, creció en tallo y fronda desde hacía más de 130 años un hermoso ejemplar de nombre común “Bálsamo del Perú”.
         No era un aromático árbol traído de la India  o un Bálsamo de Tolú como muchos creían.  Era comprobadamente un Bálsamo del Perú, único sobreviviente de tres comprados  en un vivero de la Isla de Trinidad.
         Ocurrió en 1885 cuando el Presidente del Estado Bolívar, J. M. Bermúdez Grau decidió por decreto convertir la Plaza Bolívar en un parque porque hasta entonces era una plaza con la estatua del Libertador en medio de una tierra parda, abrupta de peñascos algunas veces mezclados con desperdicios o defecaciones de animales realengos escapados de corrales cercanos.
         J. M. Bermúdez Grau, cumanés, fue un gobernante progresista y no obstante víctima de un atentado.  Los citadinos bolivarenses le deben el primer acueducto que tuvo la ciudad, el Dique de la Carioca que atajaba las aguas desbordadas de dos grandes  lagunas y la conversión de la Plaza Mayor en un parque o jardín de árboles exóticos traídos de Trinidad.
         Comisionados para adquirir los árboles fueron José Tadeo Ochoa, guayanés que peleó en la Guerra Federal al lado de Ezequiel Zamora y José Félix Armas, farmacéutico cumanés radicado en Ciudad Bolívar y a quien le debemos el esfuerzo colectivo para hacer posible el Teatro Bolívar.   
         Llegaron entonces a bordo de una goleta, bien protegidos y abonados: 3 Bálsamo del Perú, 1 Manzana del Diablo, varias Caobas de Santo Domingo así como Cipreses, Higuerones, Acacias y Lirios africanos.
         El jardín de la plaza se inauguró el 5 de agosto, día de Nuestra Señora de las Nieves cuyas festividades  entonces eran muy religiosas y apoteósicas.  Se encargaron de preparar los festejos el doctor J. M. Emazábel, rector del Colegio Federal, el general Marcelino Hernández y el ciudadano Rafael Aristeguieta.
         Uno de esos tres ejemplares Bálsamo del Perú fue sembrado en el patio de la casa del Congreso de Angostura y era el único sobreviviente hasta que la administración Rangel Gómez lo hizo desaparecer al cortarle las raíces los técnicos que instalaron en el jardín una Planta eléctrica de emergencia.
         El doctor Leandro Aristeguieta, fundador del Jardín Botánico del Orinoco, en su libro “Los Árboles de la ciudad” (1995) escribe lo siguiente: “Se encuentra en los jardines de la Casa del Congreso de Angostura un árbol bastante viejo que todos conocen bajo el nombre de Sándalo, de corteza y hojas aromáticas, no he podido averiguar el origen de este árbol, ni quien lo plantó allí.  Después de estudiarlo hemos llegado a la conclusión de que se trata del llamado Bálsamo de Tolú (Miroxylum balsamum) árbol nativo y considerado medicinal por la resina aromática que contiene”.
         En El Bolivarense de 1885 existe la nota al detalle sobre los árboles adquirido en Trinidad y aparece el Bálsamo del Perú.  Yo lo publiqué en un reportaje en 1995.  Leandro Aristeguitea lo leyó y no lo comentó ni lo contradijo.  Guardó el silencio de quien no estaba seguro de lo que escribió.
         Tampoco tiene que ver con el Sándalo. En su libro el dice “Bálsamo o sándalo” El sándalo es un árbol perteneciente a otro género  y a otra familia de las regiones tropicales del Asia y del archipiélago Malayo. Los pueblos orientales utilizan su madera desde hace muchos siglos en el arte de la talla. También la pulverizan  los  brahamanes de la India  para marcarse la piel y distinguir a otras castas. Los chinos la queman en sus templos durante las ceremonias religiosas y ritos fúnebres  y en cuanto al Bálsamo del Perú se extiende desde Perú hasta México. Su resina oscura y fragante, es utilizada en pastelería y perfumería; tiene también propiedades expectorantes y tónicas aprovechadas en medicina.(AF)


EL COCO DEL ORINOCO


Tierno o seco, el coco nos resulta siempre agradable.  No sólo el fruto que cuelga de lo alto del cocotero, bajo la sombra augusta de las palmas cuyo rielar con los diferentes cambios de luz nos recobra la visión de alguna obra cinética de Soto o de Cruz Diez.  Ambos artistas plásticos, desde Paris, cultivaron estética y, porque no decirlo, mercantilmente, ese fenómeno tan espontáneo como natural de nuestro medio tropical.
A ellos también como a todo habitante de estas tierras por encima de la línea ecuatorial, les gusta el coco, el agua del coco tierno recién bajado del cocotero con su pulpa blanda y gustosa.  No es que el coco seco no lo sea, claro que es agradable transformado en delicioso turrón, en torta o simplemente raspado con papelón.
El coco –como escribió algún poeta- “es algo así como el regalo del rey mago negro al pueblo que habita la costa del mar, entre el ventoso litoral donde la sal inventa a diario fantasías”.
Y no sólo la costa del litoral marino, también la costa arenosa de los ríos de Guayana.  Aquí en Ciudad Bolívar, existió “El Puerto de los Cocos”, no por aparecidos o fantasmas para asustar niños sino porque había matas de cocos que al final con ellas terminaron las periódicas crecidas del Orinoco.
En los años setenta-ochenta hubo la fiebre del coco enano en el patio y jardines de las viviendas bolivarenses.  También la variante brasilera llamada Coco Weddeliana que es una planta de dimensiones moderadas en que los ejemplares son destinados a embellecer los interiores de las casas. Esta fiebre al final la aplacaron  los embaucadores al meter constantemente gato por liebre.  Yo fui uno de los que caí de la mata cuando llegó a los 30 metros.
La nucifera generosa no deja que no nos ofrece cuando se despega de la tierra.  Ofrece la palma para la techumbre, el tallo para el horcón, la barba de su semilla para rellenar la colchoneta del sueño, la cóncava corteza envase para el agua, el café o la leche, el agua del coco tierno para aliviar la sed y reponer las energías,  el aceite de la copra o pulpa del coco seco para curar males del cuerpo y para alisar el pelo chamuscado por el sol del mediodía, chamiza de la concha para el fogón del pobre, nunca para la asadura de la arepa que requiere de brasa sólida, la palma verde para adornar la Cruz de Mayo y en Semana Santa para recordar la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
El coco es infinito.  Es como el Merey aunque este árbol no crece tanto, pero da más sombra y su fruto, su almendra y la cáscara de su nuez tiene tantas aplicaciones como el Coco.  El coco sirve hasta para jugar. Bien conocido el Juego o tope de cocos o simplemente “Echar cocos” que consiste en raspar la barba al coco, pulirlo y luego chocarlo contra otro.  El que se rompa primero, lógicamente pierde la apuesta que hayan casado los contrincantes.
“Échale coco” le dice el maestro al estudiante cuando debe resolver un problema.  Es que se ha encontrado una sinonimia entre el coco y el cráneo o la cabeza humana y como los fantasmas del imaginario popular siempre se haya representado con la cabeza al rapé, a los niños lo previenen con el coco si no se portan como Dios manda.  “Pórtate bien niño que te va a llevar el Coco” dice la nana, mientras por otra parte, cuando quiere complacerlo le compra la dupla Susy y cocosette o lo divierte cantándole “arroz con coco” que según Isabel Aretz es una variante venezolana de la versión hispana “arroz con leche”   “Arroz con coco se quiere casar con una viudita de la capital que sepa reír, que sepa bailar, que sepa cantar y también cocinar ese arroz con coco que tanto me ha de gustar” como seguramente le gustaba a Coco Chanel, la gran modista parisina, a Lila Morillo o Ana la que según el periodista Germán Carías, vendía cocos en la Isla que allá en la frontera con la Guayana inglesa lleva su nombre: “Anacoco”. (AF)



martes, 12 de enero de 2016

El Gallito de Roca


Hace tiempo el doctor Eduardo Jahn me regaló esta foto de un gallito de las rocas, tomada a un hermoso ejemplar donado a él por uno de tantos mineros que llegaban a su consultorio de médico internista y los cuales le servían como agentes de información para sus trabajos arqueológicos y paleontológicos, afición que heredó de sus ascendientes.  Así logró localizar los fósiles de un Gliptodonte, tatarabuelo del cachicamo y de un Megaterio tatarabuelo del perezoso más de veinte mil años atrás. 
Hubiera querido Jahn tener fósiles de un Gallito de las rocas, pero le trajeron uno vivo que debió otorgarle la libertad inmediatamente porque no hubiera resistido el cautiverio en los sótanos de esta ciudad a 50 metros sobre el mar siendo que él habitan en las montañas altas de Guayana y los Andes.
         Nuestro vistoso Gallito de las Rocas, se tiene  como una de las aves más espectaculares del mundo, de fantástico plumaje, se localizan en Los Andes (Rupicola peruviana) y en la selvas de Guayana (Rupicola rupicola).
Ambos viven en áreas montañosas. El andino se localiza entre Venezuela y Alto Perú y el Guayanés en las montañas más antiguas y altamente erosionadas que quedan al Este de los Andes y  Norte del Río Amazonas (Guyana y áreas adyacentes de Venezuela, Brasil y Colombia).
El Gallito de las rocas es frugívoro La dieta de ambas especies principalmente es fruta y sus nidos se construyen en las caras rocosas de los riscos, las grandes rocas alisadas, las cuevas o los desfiladeros empinados. La hembra construye el nido y cuida las crías sin ayuda del macho. El tamaño normal de la nidada es dos huevos.
Los machos adultos pasan la mayor parte del tiempo en los lugares de cortejo comunal llamados leks, donde defienden las cortes de exhibición terrestres y/o perchas cercanas de los otros machos. Aquí se exhiben ante las hembras que visitan el lek Entonces, las hembras seleccionan los machos con los que se aparean.
Cómo lo hacen? Es todo un rito encantador en el que la hembra, siempre gloriosa, exigente y autosuficiente, aguarda, además de la pinta vistosa del macho cortejador, todas sus habilidades como cantante y bailarín. Las singulares demostraciones de los machos, bailando y cantando en lugares seleccionados del bosque conocidos con el nombre escandinavo de lek, constituyen una eficaz forma de selección entre los machos de la especie. El macho que baile mejor a los ojos de la hembra, y aquel que regrese puntual cada a la sesión de baile evitando ser presa de los depredadores, será elegido para brindar sus genes a las nuevas generaciones de gallitos de las rocas.
Cuando los Gallitos de las Rocas machos se exhiben en los leks de cortejo, tratan de atraer a las hembras con ruidos fuertes, plumajes de colores brillantes y gran actividad. Lamentablemente, dicha exhibición llamativa también atrae depredadores como el águila arpía.
Los gallos de roca son, sin duda, únicos, pero muchas de las aves más conspicuas de los bosques tropicales son también eminentemente frugívoras. Esto es consecuencia de que entre el 50% y 80% de los árboles de la selva amazónica producen frutas como mecanismo de propagación. Además de su probada abundancia, factores adicionales como la disponibilidad y diversidad de los frutos silvestres determinarán que sea posible hallar frutas en cualquier estación o época del año.
Cuando el Gallito de las Rocas come fruta, se traga enteras muchas de las semillas y la mayor parte de éstas queda intacta al pasar a través de su sistema digestivo. Entonces, muchas semillas quedan en condiciones de germinar cuando el Gallito defeca o las regurgita a distancias considerables. De esta forma, el Gallito de las Rocas desempeña un papel importante en la dispersión de semillas de muchas especies diferentes de los árboles tropicales. (AF)