miércoles, 13 de enero de 2016

EL COCO DEL ORINOCO


Tierno o seco, el coco nos resulta siempre agradable.  No sólo el fruto que cuelga de lo alto del cocotero, bajo la sombra augusta de las palmas cuyo rielar con los diferentes cambios de luz nos recobra la visión de alguna obra cinética de Soto o de Cruz Diez.  Ambos artistas plásticos, desde Paris, cultivaron estética y, porque no decirlo, mercantilmente, ese fenómeno tan espontáneo como natural de nuestro medio tropical.
A ellos también como a todo habitante de estas tierras por encima de la línea ecuatorial, les gusta el coco, el agua del coco tierno recién bajado del cocotero con su pulpa blanda y gustosa.  No es que el coco seco no lo sea, claro que es agradable transformado en delicioso turrón, en torta o simplemente raspado con papelón.
El coco –como escribió algún poeta- “es algo así como el regalo del rey mago negro al pueblo que habita la costa del mar, entre el ventoso litoral donde la sal inventa a diario fantasías”.
Y no sólo la costa del litoral marino, también la costa arenosa de los ríos de Guayana.  Aquí en Ciudad Bolívar, existió “El Puerto de los Cocos”, no por aparecidos o fantasmas para asustar niños sino porque había matas de cocos que al final con ellas terminaron las periódicas crecidas del Orinoco.
En los años setenta-ochenta hubo la fiebre del coco enano en el patio y jardines de las viviendas bolivarenses.  También la variante brasilera llamada Coco Weddeliana que es una planta de dimensiones moderadas en que los ejemplares son destinados a embellecer los interiores de las casas. Esta fiebre al final la aplacaron  los embaucadores al meter constantemente gato por liebre.  Yo fui uno de los que caí de la mata cuando llegó a los 30 metros.
La nucifera generosa no deja que no nos ofrece cuando se despega de la tierra.  Ofrece la palma para la techumbre, el tallo para el horcón, la barba de su semilla para rellenar la colchoneta del sueño, la cóncava corteza envase para el agua, el café o la leche, el agua del coco tierno para aliviar la sed y reponer las energías,  el aceite de la copra o pulpa del coco seco para curar males del cuerpo y para alisar el pelo chamuscado por el sol del mediodía, chamiza de la concha para el fogón del pobre, nunca para la asadura de la arepa que requiere de brasa sólida, la palma verde para adornar la Cruz de Mayo y en Semana Santa para recordar la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
El coco es infinito.  Es como el Merey aunque este árbol no crece tanto, pero da más sombra y su fruto, su almendra y la cáscara de su nuez tiene tantas aplicaciones como el Coco.  El coco sirve hasta para jugar. Bien conocido el Juego o tope de cocos o simplemente “Echar cocos” que consiste en raspar la barba al coco, pulirlo y luego chocarlo contra otro.  El que se rompa primero, lógicamente pierde la apuesta que hayan casado los contrincantes.
“Échale coco” le dice el maestro al estudiante cuando debe resolver un problema.  Es que se ha encontrado una sinonimia entre el coco y el cráneo o la cabeza humana y como los fantasmas del imaginario popular siempre se haya representado con la cabeza al rapé, a los niños lo previenen con el coco si no se portan como Dios manda.  “Pórtate bien niño que te va a llevar el Coco” dice la nana, mientras por otra parte, cuando quiere complacerlo le compra la dupla Susy y cocosette o lo divierte cantándole “arroz con coco” que según Isabel Aretz es una variante venezolana de la versión hispana “arroz con leche”   “Arroz con coco se quiere casar con una viudita de la capital que sepa reír, que sepa bailar, que sepa cantar y también cocinar ese arroz con coco que tanto me ha de gustar” como seguramente le gustaba a Coco Chanel, la gran modista parisina, a Lila Morillo o Ana la que según el periodista Germán Carías, vendía cocos en la Isla que allá en la frontera con la Guayana inglesa lleva su nombre: “Anacoco”. (AF)



martes, 12 de enero de 2016

El Gallito de Roca


Hace tiempo el doctor Eduardo Jahn me regaló esta foto de un gallito de las rocas, tomada a un hermoso ejemplar donado a él por uno de tantos mineros que llegaban a su consultorio de médico internista y los cuales le servían como agentes de información para sus trabajos arqueológicos y paleontológicos, afición que heredó de sus ascendientes.  Así logró localizar los fósiles de un Gliptodonte, tatarabuelo del cachicamo y de un Megaterio tatarabuelo del perezoso más de veinte mil años atrás. 
Hubiera querido Jahn tener fósiles de un Gallito de las rocas, pero le trajeron uno vivo que debió otorgarle la libertad inmediatamente porque no hubiera resistido el cautiverio en los sótanos de esta ciudad a 50 metros sobre el mar siendo que él habitan en las montañas altas de Guayana y los Andes.
         Nuestro vistoso Gallito de las Rocas, se tiene  como una de las aves más espectaculares del mundo, de fantástico plumaje, se localizan en Los Andes (Rupicola peruviana) y en la selvas de Guayana (Rupicola rupicola).
Ambos viven en áreas montañosas. El andino se localiza entre Venezuela y Alto Perú y el Guayanés en las montañas más antiguas y altamente erosionadas que quedan al Este de los Andes y  Norte del Río Amazonas (Guyana y áreas adyacentes de Venezuela, Brasil y Colombia).
El Gallito de las rocas es frugívoro La dieta de ambas especies principalmente es fruta y sus nidos se construyen en las caras rocosas de los riscos, las grandes rocas alisadas, las cuevas o los desfiladeros empinados. La hembra construye el nido y cuida las crías sin ayuda del macho. El tamaño normal de la nidada es dos huevos.
Los machos adultos pasan la mayor parte del tiempo en los lugares de cortejo comunal llamados leks, donde defienden las cortes de exhibición terrestres y/o perchas cercanas de los otros machos. Aquí se exhiben ante las hembras que visitan el lek Entonces, las hembras seleccionan los machos con los que se aparean.
Cómo lo hacen? Es todo un rito encantador en el que la hembra, siempre gloriosa, exigente y autosuficiente, aguarda, además de la pinta vistosa del macho cortejador, todas sus habilidades como cantante y bailarín. Las singulares demostraciones de los machos, bailando y cantando en lugares seleccionados del bosque conocidos con el nombre escandinavo de lek, constituyen una eficaz forma de selección entre los machos de la especie. El macho que baile mejor a los ojos de la hembra, y aquel que regrese puntual cada a la sesión de baile evitando ser presa de los depredadores, será elegido para brindar sus genes a las nuevas generaciones de gallitos de las rocas.
Cuando los Gallitos de las Rocas machos se exhiben en los leks de cortejo, tratan de atraer a las hembras con ruidos fuertes, plumajes de colores brillantes y gran actividad. Lamentablemente, dicha exhibición llamativa también atrae depredadores como el águila arpía.
Los gallos de roca son, sin duda, únicos, pero muchas de las aves más conspicuas de los bosques tropicales son también eminentemente frugívoras. Esto es consecuencia de que entre el 50% y 80% de los árboles de la selva amazónica producen frutas como mecanismo de propagación. Además de su probada abundancia, factores adicionales como la disponibilidad y diversidad de los frutos silvestres determinarán que sea posible hallar frutas en cualquier estación o época del año.
Cuando el Gallito de las Rocas come fruta, se traga enteras muchas de las semillas y la mayor parte de éstas queda intacta al pasar a través de su sistema digestivo. Entonces, muchas semillas quedan en condiciones de germinar cuando el Gallito defeca o las regurgita a distancias considerables. De esta forma, el Gallito de las Rocas desempeña un papel importante en la dispersión de semillas de muchas especies diferentes de los árboles tropicales. (AF)


lunes, 11 de enero de 2016

Hernán Gamboa finalizó en Argentina



Hernán Gamboa, el hijo del bandolinista Carmito Gamboa se fue a morir a la Argentina de donde era su esposa...  Fue uno de los fundadores de Serenata Guayanesa, había cumplido sesenta años de músico dedicado al cuatro, sesenta años cultivando hasta la última posibilidad ese instrumento musical, hijo mayor de la guitarra, que es el tradicional cuatro venezolano.
Sesenta años Hernán Gamboa exprimiendo las posibilidades del cuatro que en sus manos eran verdaderamente asombrosas.  Sesenta en setenta de vida que vimos vertidos fructíferamente en 50 producciones discográficas.
Vimos por última vez a Hernán Gamboa invitado por el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, que le abrió sus jardines, el primer domingo de abril de 2006.  Este espacio, como lo declaró el talentoso músico de estos lados del Orinoco, otorgó  especial significación debido a su relación con Ciudad Bolívar y con el maestro de la escultura dinámica, a quien lo unió una antigua y fuerte amistad.
Luego de su actuación el 2006 en Ciudad Bolívar, Hernán Gamboa continuó gira por San Tomé, El Tigre, Punta de Mata, Maturín y finalmente Caracas.
El músico y compositor, antiguo integrante del Conjunto Serenata Guayanesa,  vino aquella vez cargado de dos nuevas producciones musicales,  Sentir de mi tierra, donde hace un recorrido musical por todo el territorio musical nacional, y  Tangos en 3 x 4, acompañado del afamado violinista uruguayo Federico Brito, las producciones musicales 45 y 46 respectivamente de su amplio quehacer musical.
         Hernán Gamboa, siendo director del Canal del Estado, me hizo una entrevista televisiva sobre el Correo del Orinoco, en el propio inmueble donde fue editado el hebdomadario de los patriotas.(AF)

domingo, 10 de enero de 2016

EL TINAJERO DE ANGOSTURA



Quién desde su invento artesanal y hasta muy avanzado el siglo XX, no tenía en su casa un Tinajero bien provisto de agua dulce, cristalina y fresca de algún manantial?  Claro, que los pobres, si acaso, sólo tenían la tinaja con agua sin destilar o, cuando menos,  la perola donde venía la manteca  “Los Tres Cochinitos” y otras sustancias domésticas envasadas.
La casa más preciada de Angostura disponía de un Tinajero o armario en forma de pirámide trunca hecha de madera roble o alcornoque.  Arriba una piedra parecida a una oronja invertida, porosa y corrugada, donde se vertía el agua de manantial que lentamente y gota a gota iba filtrando hasta el bernegal y finalmente hasta esa primitiva vasija de barro, barrigona  de cuello angosto que es el añorado tinajón.
En la casa donde se reunió el Congreso de Angostura en 1819 y que además de Colegio servía de hogar a sus rectores, había un viejo Tinajero  al cual le cantó el poeta  Héctor Guillermo Villalobos, quien nació y creció en esos legendarios como históricos y acogedores espacios:
 “Cansado a la sordina preside la tertulia / Su edad –la saben todos- es la del abuelo / y en ambos sueña historia la paz del centenario / decano de los muebles  ¡bravo roble abolengo!”
Ese desaparecido Tinajero del Colegio Federal vio pasar y crecer no sólo a los que allí nacieron y crecieron como el poeta nativista, sino a personajes de la historia y la cultura bolivarense como Ramón Isidro Montes, José Manuel Agosto Méndez, Luis Felipe Vargas Pizarro, Ernesto Sifontes y otros de más allá como el explorador del Orinoco y la Amazonía,  Francisco Michelena y Rojas, el insigne matemático Olegario Meneses, al poeta fundador del diario El Universal, Andrés Mata, al novelista irreverente colombiano  José María Vargas Vila, al geógrafo y militar italiano Agustín Codazzi.
En esa Casa de Angostura, a un paso de la Plaza Mayor, vivió el poeta como tantos otros.  Allí lo acunaron con el arrunango indígena en esa mismita casa  convertida en asiento del Colegio Federal que dirigía su padre Guillermo Tell Villalobos. Allí nació con médico y partera el 20 de julio de 1911, a pocos días de haberse estrenado el Himno del Estado y de haber llegado la luz eléctrica a sustituir la vacilante luz de acetileno. La casa aunque revestía la austeridad académica, no podía deshacerse del propio ambiente hogareño, de la serenidad de los tejados arropando las neuralgias y los ruidos, ni del patio de helechos ni del tinajero musical.
Ahí el tinajero solía presidir las interesantes tertulias nocturnas. Para el poeta era un bravo roble abolengo. Significaba mucho más que el presuntuoso piano de cola. Los había visto crecer a todos en la casa, la casa grande, fortaleza de paz, abundante de amor en la tinaja roja del tinajero. Y si bien la abuela Mercedes lo arrullaba con su arrunango, el noble tinajero, con su tic tac sonoro de gotas pausadas, arrullaba siempre la siesta de la abuela que parecía alfarera de sueños fabricando aquellos ladrillos con los cuales construía fantásticos edificios colmados de fuentes cuyos penachos crecían como el árbol que los pájaros pretendían estirar hasta el empíreo.
Tía Victoria también tenía un Tinajero y todas las mañanas cuando el burro del patio rebuznaba y cantaba el moriche, la abuela Isabel (Beca) trasegaba el agua de lluvia del tanque mayor debajo del tejado a la piedra singular y porosa del viejo y noble Tinajero.  El agua fresca y rezumada cuando no venía del tanque venía del jaguey cercano al morichal de San Isidro o de Las Tinas o de Ojo de Agua y así cuando los muchachos regresaban de la escuela, iban directos y gozosos a calmar la sed del estudio en ese raro mueble de paredes y puerta rejadas como ventana andaluza.  (AF)


sábado, 9 de enero de 2016

La tumba de Rudolf Ferdinand Gross

viernes, 8 de enero de 2016

PARE LA OREJA CAJARO



Eran los tiempos de la consigna “Jóvito levántate”, de “Arturo es el Hombre” y de Prieto usando como símbolo de su campaña la Oreja. En este caso, la oreja aludía al hombre de las orejas exageradamente grandes como eran la del Maestro Prieto y luego, al virtuoso arte de escuchar, o de saber escuchar, muy distinto a oír, que ha simbolizado siempre una oreja sugerente o estéticamente bien pintada.
Símbolo también de Arturo Uslar como candidato presidencial era la campana.  Por eso, recordando al novelista Ernest Hemingway, muchos militantes satíricos preguntaban “¿Por quién doblan las campanas?”  Y ellos mismos respondían: “doblan por el pueblo que se está muriendo de hambre”.  En cambio, los otros proclamaban que la campana del pueblo mejor la escuchaba el hombre que tenía las orejas aguzadas, nada bajas y muy cerca del badajo.
Prieto sabía escuchar a la gente, pero más a los estudiantes, a los docentes o al magisterio entero, por eso quizá siempre fue Maestro para todo el mundo y si las chicas lindas lo adoraban y lo abrazaban como la que aparece en la foto, no era precisamente por sus orejas de jamelgo sino por su talla y por la otra estatura, la del talento, que pesaba más que la moneda imaginaria de los griegos.
A pesar de haber estudiado en Margarita, específicamente en la capital del estado Nueva Esparta, La Asunción, a Prieto lo conocí yo personalmente en Ciudad Bolívar, en una nocturna reunión en la casa de la poeta Mimina Rodríguez Lezama que sentía veleidades por la gente de izquierda.  Entonces, entre los muchos poemas de la noche, leyó uno escrito por él en la ocasión de visitar la isla de Coche: “En aguas de esmeralda sumergida / cual cetáceo tendido entre las olas / se anuncian los repechos de la isla”, decía la segunda estrofa.
Uno de los circunstantes saltó la barrera de la conversación literaria y le preguntó por qué un adversario político desde la tribuna dijo que él era “copeyano”.  Es cierto –dijo Prieto.  Nunca he renegado de mi gentilicio.  Yo nací en uno de los cerros que circundan el valle deLa Asunción: el Cerro Copei”.
Allí en la pequeña finca, sus padres tenían un burrito “que hubiera querido que se llamara “Platero” como el de Juan Ramón Jiménez, porque era amoroso, suave y tierno como el algodón”.
Cando el Sol comenzaba a brillar allá por el Cerro de Matasiete y se ocultaba por el colonial castillo de Santa Rosa, más allá del dique de Guatamare,  bajaba el desgarbado muchacho que era Prieto, trotando en su burrico a vender leche a ciertas familias de la ciudad como a los Albornoz Martínez, los Verde Rojas, los  Rosas Marcano, a la familias de la maestra Nuncia Villaroel a la familia del  maestro Pibernad, director  de la Escuela Francisco Esteban Gómez y al párroco de la Iglesia,  padre carmelita Agustín Acosta, quien agotó los espacios de los muros de la iglesia colonial haciendo nichos para los santos de su devoción.
Una vez el maestro Prieto lo criticó y desde entonces, dicen, los “ñeros” que se hizo de izquierda y anticlerical. Tanto que cuando fue Presidente del Congreso abandonó el Palacio de Miraflores durante una ceremonia, porque lo sentaron, no al lado del entonces Presidente Rómulo  Betancourt como le correspondía dada su jerarquía estatal,  sino después y al lado del arzobispo monseñor Humberto Quintero.
Lo que en materia de anécdota ocurrió con el periodista Víctor Mendoza Yajure en el Terminal Aéreo de Ciudad Bolívar, fue para coger palco, al tratar de entrevistarlo sobre el mismo tema de la rueda de prensa ofrecida minutos antes:  “Maestro, por favor, podría repetirme lo dicho por usted en la rueda de prensa, pues el grabador me ha fallado”.  “Caramba, chico, si el grabador no sirve pues… ¡Pare la oreja, cajaro!” (El cajaro es un bagre del Orinoco.(AF)

miércoles, 6 de enero de 2016

EL ANTIGUO TRAPICHE DE LA CARIOCA

En la Carioca existió por mucho tiempo este trapiche que vemos en la fotografía, movido por dos obreros para exprimirle a la caña el jugo con el cual se fabrica el papelón, el azúcar blanca o moscabada y el ron blanco de 50 grados que tanto, de un solo trago, disfrutan nuestros hombres del campo antes de entrarle de lleno  a un joropo “yuqueao” con bandola de ocho cuerdas.
         El trapiche o molino movido, según la circunstancia, por tracción animal, vapor o electricidad cuando no por brazos humanos como en este caso, se conoce en Ciudad Bolívar desde los lejanos tiempos de la colonia.  Este de La Carioca estaba conectado con un sembradío de caña de la mima semilla que los españoles trajeron de Java y la cual ha hecho de Cuba, no sabemos si todavía, el quinto productor de azúcar del mundo.
         Al sembradío los guayaneses lo llaman Cañameral y para cortar la caña a los ocho meses de sembrada, lo hacían con machete Collins bien afilado y botas largas de cuero por temor a las mapanares que se confunden con las hojas lanceoladas del cañaveral.
         El refresco o piscolabis de los guayaneses desde tiempos de la colonia hasta muy avanzado el siglo veinte, era el guarapo extraído de la caña dulce.  Era tanto la demanda, sobre todo durante los primeros meses del año signados por una temperatura sofocante, que la Real Hacienda  y posteriormente el Gobierno Supremo de la República, instituyó el Estanco del Guarapo con el fin de recabar fondos dirigidos a la construcción de obras públicas.  Las rentas del Estanco del Guarapo estuvieron en un principio dirigidas a costear los trabajos de la Iglesia Catedral, pero el Gobernador Centurión los desvió para terminar la Cárcel.
         Para ese tiempo, la caña era sembrada en los predios del Morichal o Casa de San Isidro por los dueños de la finca Rafael Vélez y sus hermanos Agustín y Francisco.  Especialmente las siembras se hacían a las márgenes de las lagunas.  Por concepto de la venta del guarapo  y aguardiente de caña, sal y tabaco entraban buenas rentas a la Real Hacienda.  Su reglamentación aparece publicada por decreto en el Correo del Orinoco en 1819.
El Trapiche de La Carioca surtía del jugo de la caña a la Alambique de Amores y Amoríos, pero la importación de ron de todas partes acabó con la producción local.  Este çalambique era  administrado por su propio dueño, un norteamericano de apellido Dubuc, que fabricaba un ron de cincuenta grados que se distribuía por toda la ciudad y fuera de ella. Sólo sobrevive la campanilla del portón con la cual se anunciaba la clientela.  La misma se halla en poder del coleccionista Juan Camacho.
  Solo quedó en Guayana el Alambique de Guasipati fundado por Pedro Juan Unshelm  después que murió su padre en 1900.  De manera que Pedro Juan instaló el primer Alambique del Yuruari, fabricante del popular aguardiente Los Bucares.  Pedro Juan murió en 1944 y Pedrito, su hijo,  se quedó administrando el Alambique hasta 1966.
Pedrito abandonó Guasipati y se vino a administrar el Correo del Caroní en 1977, año de su aparición.  Luego El Bolivarense y finalmente El Luchador cuando éste estaba en manos de Ramón Castro Mata.
Técnicamente el término alambique se aplica al recipiente en el que se hierven los líquidos durante la destilación, pero a veces se aplica a todo el aparato, incluyendo la columna fraccionadora, el condensador y el receptor en el que se recoge el destilado.  Los alambiques de laboratorio están hechos normalmente de vidrio, pero los industriales suelen ser de hierro o acero. En los casos en los que el hierro podría contaminar el producto se usa a menudo el cobre, y los alambiques pequeños para la destilación de  ron o whisky están hechos por lo general de vidrio y cobre. A veces también se usa el término retorta para designar a los alambiques. (AF)