miércoles, 1 de junio de 2016

Las curiaras del Orinoco


La bella Franca Pepe, de ascendencia itálica, madrugaba en la misma casa esquina de las calles Venezuela con Carabobo, donde sus padres tenían un negocio de víveres.  Trepaba la azotea y desde allí hasta que despuntaba el Sol, se extasiaba en el crepúsculo auroral del río.  También el poeta Víctor Medina hacía lo mismo cuando vivía en Santa Ana antes de ir a montar volador en la Plaza Centurión.  Siempre se ha dicho que los crepúsculos del Orinoco impresionan de tal modo a la gente de sensibilidad estética que las hace adictas.
        Franca era adicta al crepúsculo orinoquense y creía que navegando el gran río podía acortar la distancia de su lejanía y así se fue un día, aprovechando la procesión fluvial en agosto de Nuestra Señora de las Nieves, patrona de Ciudad Bolívar y también del Monte Esquilino de su añorada Roma, pero percibió que el crepúsculo vespertino  no es tan sugestivo y envolvente como el matinal.  De todas formas le resultaba emocionalmente avasallante el desfile de curiaras siguiendo la estela de la cañonera de la Armada donde se exaltaba a la virgen.
        Las curiaras, primitivas embarcaciones de nuestros indígenas, también llamadas  Kriyyaras por los kariñas y, según su dimensión y accesorios, canoas, falcas, bongos, han perdurado en nuestros ríos desde tiempos ignotos.  Parecen frágiles, pero son tan sólidas como la madera del árbol con la  cual el artesano la construye a fuerza de hierro filoso y candela.
        A bordo de ella, cuenta la leyenda aborigen, que llegó Amalivac a insuflarle esperanza de vida a los indios Tamanacos disminuidos por el diluvio y a responderles  que a contracorriente, para que no se extenuaran remando, podía dotarlas de velas para aprovechar la fuerza del viento, cualquier viento, incluso el barinés que aprovechan los aviones para romper la rutina del aterrizaje.
Entre las estampas pintorescas del mundo hay que destacar la de las curiaras surcando y luchando muchas veces contra las corrientes de los ríos, al comienzo con palancas, después con canaletes, remos, luego con velas y ahora con motor fuera de borda con el cual el dios moderno ha querido emular el ingenio de Amalivac.
Los romanceros la han cantado, especialmente el trovador Alejandro Vargas se inspiró en ella para su famoso aguinaldo “La Barca de Oro”. Ocurrió en Noche Buena de pascua, cuando retornaba a la ciudad luego de “matar tigres” por caseríos ribereños.  Un chubasco en la remontada lo obligó a seguir la dirección de unas luces mortecinas que resultó ser Palmarito.  Allí atracó con su curiara, desenfundó su guitarra acompañado al cuatro del “Catire Carvajal” e improvisó “La barca de oro, la vela de nácar, el timón de acero”.
El viajero germano Carl Geldner, a mitad del siglo diecinueve, la describió tripulada por silenciosas y estoicas familias indias, casi desnudas,  que llegaba al puerto de Angostura a canjear sus frutos por baratijas y herramientas.

        Los famosos exploradores del Orinoco y de los grandes ríos como el Amazonas, se hicieron en curiaras.  Humboldt y Bomplant exploraron el Orinoco en Curiaras convertidas en falcas.  Lo siguieron en el tiempo Chaffajon, Henry Wicham, Jules Crevaux, Alfred Russel Wallace, Richard Spruce, Henry Morris Myers, Philip Van Ness, Enrique Stankoovraz y tantos otros.  Sus mismas fuentes fueron exploradas en humildes curiaras que medían desde cinco hasta diez metros, por la expedición franco-venezolana encabezada por el Capitán Frank Rizquez.  Antes el Capitán José Solano trató con ellas de vencer el dragón de Atures y Maipures, pero no pudo; más sabio fue Díaz de la Fuente que puso  las curiaras a navegar sobre el lomo de los indios y de esta manera pudo eludir los tormentosos raudales y ver el crepúsculo del nacimiento del río que cada mañana desde la azotea de su antigua casa se sumergía en los cristales visuales de Franca Pepe.  (AF)

domingo, 29 de mayo de 2016

Gustavo Heny y el Salto Ángel


A Gustavo Heny (en la foto) sus amigos lo apodaron “Cabuya”.  Supongo que por su talla.  Era alto y delgado.  Al doctor José Díaz, el hijo de Quírico Díaz, recuerdo que era alto y delgado también y en el aula donde estudiábamos le decían “Chorro de agua”.  Por allí debe venir el sobrenombre de Gustavo Heny, pero también porque cuando acompañaba a Jimmie Ángel en su peligrosa aventura de aterrizar sobre la fría y alta meseta del Auyantepuy, se le reventó la cabuya que le servía de cinturón de seguridad a bordo de la avioneta.  Se le reventó durante la escabrosa operación de aterrizaje y salió disparado hasta caer de horcajadas sobre la humanidad del Piloto.
         Pero que importa lo del remoquete de “Cabuya”, lo interesante de este hombre graduado ingeniero electricista con una beca de la Westinghouse era su pasión por la aventura selvática, por la caza y la pesca. Lamentablemente tuvo un final conmovedor.  Murió a causa de un cáncer en el intestino grueso en Caracas días después de su regreso del  campamento Kanaripó sobre la margen izquierda del  Ventuari, donde a causa de la misma enfermedad que minaba su cuerpo se internó a vivir  solo como un ermitaño, según me contó en cierta ocasión su paisano el doctor Eduardo Jahn.
         Gustavo Heny y su hermano Carlos dedicado a la construcción y al comercio,  no solamente alentaron las incursiones aeronáuticas de Jimmie Ángel sobre los intricado y recónditos parajes de la Gran Sabana, sino que lo financiaban generosamente.  En su casa quinta de Campo Alegre, la primea casa caraqueña de renovación urbana, solían reunirse para discutir la logística de la hazaña que puso al descubierto ante los ojos del mundo el salto de agua más elevado del planeta.
         De una de esas reuniones salió el nombre del salto: “¿Si te debemos a ti que el mundo ahora sepa del salto y cuanto mide, por que no bautizarlo con tu nombre?” dijo Heny dirigiéndose a Jimmie y a todos los circunstantes les pareció  justo. Entonces –narra  Alfredo Shael en su libro “Jimmie Ángel: entre oro y diablo” - acordaron llamarlo  Salto Ángel.  El bautizo tuvo lugar en la casa de Heny y de allí comenzó a difundirse rápidamente por todas partes. Cartógrafos, geógrafos, periodistas, científicos y curiosos cuando se referían a esta impresionante caída de agua la identificaban así: “Salto Ángel”.
¿Por qué había que ponerle nombre a ese Salto de agua?  Simplemente porque los protagonistas del suceso ignoraban que lo tuviese. Hoy se sabe por investigación antropológica y lingüista seguramente, que los indios Pemón de las cercanías identificaban el Salto con los nombres Churún Merú, .Kerepakupai-Merú, Kerepakupai-Vená y Churún Vená.  Habría que indagar cómo lo llamaban otras etnias de la misma región como los arecunas y pariagotos, por ejemplo.
El tema puesto sobre la mesa por el Presidente de la República después de 70 años es si debemos volver atrás y tratar de recuperar el nombre original sin tomar en cuenta las implicaciones de carácter cultural, tradicional, histórico, y la gente se pregunta ¿siguiendo qué doctrina?  ¿Recuperar nuestras raíces toponímicas?  Tendríamos entonces que comenzar por desterrar los eponímicos. Sustituir el nombre de Ciudad Bolívar por Angostura, la Represa Simón Bolívar por Guri y Ciudad Piar por La Paría.  Pero si se trata de regionalismo eliminando toda sombra foránea sobre ciertos valores nuestros, ¿Qué le quedaría a las otras naciones?  Eliminar, por ejemplo, el nombre de Andrés Bello de la Universidad de Santiago de Chile, eliminar el nombre de Miranda del Arco de triunfo de Paris, eliminar el nombre de Bolívar de calles, avenidas y plazas de otras naciones? (AF)



Crispado contra el Virrey


El cognomento nunca bien recibido de “Virrey de Ciudad Guayana”, se lo endilgó el Gobernador doctor Carlos Eduardo Oxford Arias al Presidente de la Corporación Venezolana de Guayana, General Rafael Alfonso Ravard, porque poca o ninguna atención le prestaba a Ciudad Bolívar y el Gobernador, aunque nativo de El Palmar, siempre tuvo sus grandes afectos por la capital bolivarense, era natural pues aquí estudió, se realizó, se casó con una de los Gil procedentes de Margarita y tuvo sus hijas.
         El Corresponsal de El Nacional, tratando de provocar la noticia, le tocaba siempre la tecla de sus tensas relaciones con la CVG y el Gobernador copeyano se crispaba y hacía gestos alterados con su diestra que ponía a pensar seriamente a Celestino Adames Pérez, inseparable de sus gafas bicóncavas y a Frank Centeno, hasta hace poco  notable notario, mientras el guaro Mendoza Yajure disfrutaba el crispamiento con su peculiar rostro tribal emparentado con el legendario indio Coromoto.
         Lo cierto es que el Virreinato que gobernaba a la América hispana desde los tiempos lejanos de la Colonia con sus plataformas de poder en México, Perú y  Bogotá, nunca pudo instaurarse en Venezuela.  La patria de Bolívar no pasó de Capitanía General, pero a Oxford Arias se le ocurrió virtualizarlo en la flamante Ciudad Guayana, no porque en el fondo lo deseara sino porque el General Rafael Alfonso Ravard, de formación jesuita, lo parecía y lo ejercía en su coto de hierro y acero.  De todas maneras, la culpa no es del ciego sino de quien le da el garrote y ese garrote que cimbraba el hombro del Gobernador y el de la Ciudad, se lo dio al supremo cevegista, el dictador Marcos Pérez Jiménez, se lo ratificó sin muchos miramientos Rómulo Betancourt, después Leoni y finalmente Caldera.  De todos modos, gracias a esos poderes virreinales, Ciudad Guayana es lo que es, muchos dicen que a costa de Ciudad Bolívar que perdió a Puerto Ordaz, pero las razones son otras muy valederas.
         Ciudad Guayana, erigida sobre San Félix y Puerto Ordaz, en la confluencia del Orinoco con el Caroní, con cercana salida al mar, constituía y constituye un punto estratégico importantísimo para el desarrollo de la industria pesada alimentada con el hierro de Ciudad Piar, la bauxita de Los Pijiguaos, y la hidroelectrcidad generada por las aguas torrentosas del Caroní.
         Ciudad Bolívar carecía de estas ventajas, por eso hubo que sacrificarla, al fin ella es la madre de todos los pueblos del Estado y sólo las madres son capaces de despojarse todo lo que antes fueron en beneficio de sus hijos.  Ciudad Guayana es la hija menor de Ciudad Bolívar y la más próspera, tan próspera que la superó en todos los aspectos reales de su vida social y económica. A sus habitantes les costó y seguramente a muchos le cuesta todavía, entender el fenómeno y por eso quizá, Eduardo Oxford Arias, se molestaba porque según él, Ciudad Guayana en vez de convertirse en polo de irradiación de su riqueza, se estaba convirtiendo en polo de atracción de toda la población activa de la ciudad capital y la de otros municipios vecinos.
         Si Oxford hubiera sobrevivido a este tiempo, habría comprendido los importante que es tener paciencia, saber esperar, en fin, se estaría dando cuenta que ahora si Ciudad Guayana está irradiando para todo el Estado, incluso para estados vecinos, toda la riqueza mineral que allí se procesa.
         El problema está, en que los gobernantes, no han sabido comprender el nuevo rol de la ciudad capital frente a Ciudad Guayana y reforzados sus políticas y programas en hacer de Ciudad Bolívar la capital complementaria provista de una sólida economía terciaria. (AF)


viernes, 27 de mayo de 2016

170 años que Angostura cambió su nombre

miércoles, 25 de mayo de 2016

El junior Gustavo Naranjo


A juzgar por la indumentaria del periodista Gustavo Naranjo Jr y la guitarra del músico en primer plano, la imagen fotográfica nos sugiere que fue impresa en tiempo de carnaval, una fiesta tradicional arraigada en el alma bolivarense desde hace más de una centuria. En horas de la mañana estas fiestas paganas  suelen ser bastante húmedas y por la tarde muy rumbosa y hasta elegante,  mucho papelillos, caramelos y serpentinas.
         Pero en este caso, lo que nos llama la atención no son tanto las carnestolendas como el personaje central exóticamente ataviado, empero con la mirada nostálgica   ¿Nostalgia de qué?  Seguramente de cuando le sirvió de chofer al ex Presidente Rómulo Betancourt en Nueva York.  Estudiaba el Junior Relaciones Públicas en los Estados Unidos, becado por el Gobierno de Pedro Battistini Castro. O cuando ejercía de reportero del diario Excelsior de México o de la revista “Cruceiro Internacional” del  Brasil o cuando siendo reportero de Últimas Noticias escaló sin ser alpinista el Páramo de Peñas Blancas y Niquitao en el Estado Trujillo para cubrir un accidente aeronáutico o cuando siendo reportero de El Universal lo mandaron a cubrir la llegada de Fidel a la Habana con su legión de guerrilleros bajando desde la Sierra Maestra.
Y es que Gustavo Naranjo, periodista sagaz y de altos vuelos, seguramente que lo invadían recuerdos reporteriles en momentos como éste que atrapa la fotografía. Lástima que la gráfica no pueda atrapar las anécdotas que en la vida de este personaje son como para escribir un libro, pero al Junior nunca le gustó escribir lo que le sucedía a él sino a los otros.  Parece ser éste el destino de los que vuelan alto, no hablar de sí mismo sino de los demás, aunque él nunca hablaba con el  payaso sino con el dueño del circo.
         Gustavo Naranjo era un personaje cuya presencia se sentía con cierta simpatía, acaso por su aureola de periodista sagaz o por su conducta circunspecta al abordar al entrevistado con preguntas cortas y sustanciosas.  Ese comportamiento de periodista en ejercicio lo transfería con la misma pasión a los otros colegas cuando ejercía la jefatura de prensa o de relaciones públicas de alguna institución como la Gobernación, la Asamblea Legislativa, la Aeropostal, la Cámara de Comercio o el Hotel Laja Real, a todos los cuales les prestó servicio mientras permaneció en Ciudad Bolívar.
         Y cosa inexplicable, no obstante haber prestado servicio profesionales al Estado venezolano, ya en la OCI, en las Gobernaciones de Caracas y Bolívar, a la Asamblea Legislativa y Aeropostal, nunca recibió los beneficios retributivos de la jubilación.  Ignoramos si fue por desinterés institucional o descuido de él.  Es posible que sea por lo último, no por indiferencia real sino seguramente por orgullo.  Siempre ha existido la creencia de que el jubilado es una especie de eunuco, impedido de seguir produciendo y de ejercer el oficio con la misma y vigorosa pasión  de los años hábiles.
         Lo cierto es que el Junior jamás quiso hablar de jubilación con el dueño del circo, ni siquiera con los payasos y obreros que sirven en y cuidan de la carpa.  Pudo hablar de tantas cosas inherentes al habitante y la comunidad, escribirlas, exaltarlas, denunciarlas y favorecerlas de algún modo, pero hablar de él o de la familia, jamás.  Afortunadamente sus parejas e hijos fueron comprensivos.  Profesionales todos,  no necesitaron de las prebendas del Estado y creo que ninguno siguió su carrera tan digna y social quizás por lo absorbente y sacrificado del oficio y también por los riesgos que conlleva el ejercicio pleno de esta profesión.

lunes, 23 de mayo de 2016

Estela Cabrera y Ramón Castro


¿Dónde, en qué ocasión y por cuál motivo el reportero gráfico tomó esta foto?  ¿Dónde? Seguramente en la terraza de un hotel de la ciudad con vista al río ¿Ocasión?  Posiblemente en la ocasión  del brindis que el doctor Ramón Castro ofreció para celebrar su victoria en las elecciones de la Cámara de Comercio, elecciones conflictivas apaciguadas por ese taumaturgo de la palabra que fue don Natalio Valery Agostini.  ¿Motivo? Más que motivo, pudo ser una humorada caricaturesca lo que movió al reportero para halagar la guasa guayanesa siempre  llena de símiles picarescos. 
No deja de ser  motivo de curiosidad el gesto vocativo de Ramón Castro ante algo que le dijo la doctora Estela Cabrera.  ¿Qué pudo decirle para tamaña expresión?  Pudo ser algo relacionado con la política, pues ambos, tanto el farmacéutico como la gineco-obstetra  incursionaron en la política.  El uno llegó a ser concejal y la otra Presidenta de la Asamblea Legislativa.
         O tal vez materia relacionada con servicios clínicos, farmacéuticos o comerciales, pues el uno fue dueño de una Farmacia, la “Farmacia Castro” en el Paseo Orinoco y de una agencia de automóviles y, la otra, dueña y fundadora de la Clínica José Gregorio Hernández en la Avenida 17 de diciembre.  Bueno, no es fácil acertar con sólo los ojos fijos en una fotografía caída así al azar en nuestras manos y posiblemente tomada por Víctor Bayola, a quienes sus colegas llamaban “El lente lento” para contraponerlo a Nino Marchese que se autopromocionaba como “El lente mágico”
Posiblemente lo único de interés objetivo sea la expresión facial de Ramón Castro que deja de campanear su escocés de 18 años para reaccionar de esa manera a lo que le dice su interlocutora que de verdad a pesar de su nombre no deja estela ni otro tipo de rastro cuando le habla.
         Si pidiéramos a estos personajes amigos que reprodujeran hoy esta escena del pasado ¿cómo creen ustedes que sería?  Siguen las interrogantes.  Bueno, hay que ver lo que son  decenios de distancia.
         A lo largo de tantos años muchas cosas pueden ocurrir, cosas de trascendencias me refiero porque hay cosas baladíes que vale poco mencionar.  Algo importante para la ciudad y para él mismo fue que  Ramón Castro incursionara casi intempestivamente en el periodismo adquiriendo la propiedad de El Luchador, antiguo periódico fundado en julio de 1905 por don Agustín Suegart, un general de sangre europea partidario del liberalismo que admiró Cipriano Castro; sin embargo, este Presidente de la República no tuvo consideración con él a la hora de clausurar de un plumazo “El Anunciador”, un diario vespertino que tuvo la audacia de publicar un editorial en el que ponía en entredicho el comportamiento local del liberalismo amarillo.
De la clausura de este periódico emergió “El Luchador” con el mismo formato y tan escarmentado que siempre tuvo al lado de los gobiernos de turno, claro, mientras éstos fueran autocráticos como el de “El Cabito”.
El Luchador se vino a soltar el moño, aunque con timidez  precautelativa después del 23 de enero de 1958 cuando en Venezuela comenzó a operar otro sistema de gobierno, democrático, pluralista, respetuoso de la libertad de expresión y de información, al menos hasta el año 2000.
 Tras la muerte de Jorge Suegart, hijo mayor que administraba con mucho acierto la editorial “La Empresa” los hermanos quedaron como desorientados por la herencia. Castro aprovechó la coyuntura, hizo una oferta que fue aceptada  y El Luchador continuó en la calle, pero transformado.  Pasó de diario tamaño estándar vespertino a  diario tabloide matutino, menos conservador, más dinámico y atento a las nuevas tecnologías y perspectivas de la informática. (AF)


domingo, 22 de mayo de 2016

252 Años de la fundación de Angostura hoy Ciudad Bolívar

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  • Jueves, 19 Mayo 2016 00:00
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