jueves, 28 de enero de 2016

El antiguo órgano de la Catedral de Ciudad Bolívar



Después de noventa y ocho años de servicio quedaron paralizadas las cuerdas del órga­no de la Catedral de Ciudad Bolívar.
El órgano centenario, de enor­mes fuelles y mil quinientas vo­ces, fue donado por don Juan Bautista Dalla Costa, magistra­do guayanés y el primero en decretar en Venezuela la ins­trucción pública obligatoria.
El profesor de música José Francisco Miranda, nos mostró en octubre de 1968 una placa del órgano que fue hallada en un pipote de desperdicios. La placa de bronce que estuvo adherida al órgano decía: "Este órgano fue regalado por Don Juan Bautista Dalla Costa en el año de 1870".
El órgano fue donado por Dalla Costa a solicitud del Deán José Leandro Aristeguieta, pa­riente cercano de Simón Bolívar y fue adquirido en Londres. 
En 1870 fue instalado du­rante seis meses por el técni­co londinense, José Pelgroni y su hijo Santiago, enviados ex­presamente por la fábrica. En 1920 fue reparado por el or­ganista guayanés don Carlos Afa­nador Real. En 1927  recons­truido por él técnico venezolano Epaminóndas González, traído es­pecialmente por el Obispo Miguel Antonio Mejías.  Entre los padre Paúles que vinieron siguiendo las huellas de Monseñor Mejías, había un cantor barítono que acompañaba a los oficios religioso ejecutando al mismo tiempo el órgano de mil quinientas voces que Dalla Costa trajo de Londres. A él se  acercó una mañana de junio la joven Teresita Ortiz para agradecerle probara su voz con el cántico “Ojos de Jesús luceros”. El ensayo dejó asombrado a todos los circunstantes, incluyendo a Carolina Barazarte, quien llevó la “Canchita”, como la llamaba, hermana Florinda Barazarte de Gunterman, profesora de la Escuela de Música y Canto “Pepe Mármol”,  creada por el Presidente del Estado José Benigno Rendón. En el Coro acompañada de ese órgano cantaron Carmen Liccioni, S. Calogero, la triple Isabelita Caro, Tito Ávila, Elena Costa Yánez, Liliana Tovar y Ana Maria Gutiérrez. .   Teresita comenzó a tocar ese órgano un día que  el padre Enrique Díaz Uvierra la sorprendió,  en pleno rito para la bendición del Santísimo Sacramento diciéndole que por  ausencia del organista de la Catedral, debía siéntase al órgano para que interpretara el Tantum ergo”.
Eso ocurrió iniciándose en la Diócesis el obispo Monseñor Juan José Bernal Ortiz, quien sustituyó a Monseñor Mejías a raíz de su fallecimiento el 9 de octubre de 1947. El organista era entonces Telmo Almada, obligación que fue relegando paulatinamente en Teresita nombrada cantora oficial de la Catedral. No tenía el gobierno diocesano que pagar por separado a un organista y a una cantora porque Teresita podía acompañarse ella misma, sin haber nunca disciplinado más que su voz. Nadie sabía de aquel teclado que cotidianamente complementaba las tonalidades de su instrumento vocal. La sensibilidad de su oído le permitía registrar el ritmo y la armonía de los sonidos en aquel descomunal órgano londinés con solo su partitura individual para el canto.
Aquel descomunal Órgano que dominaba desde lo más alto de la entrada, las altas naves de la Catedral, destacaba no sólo por su magnitud sino por sus poderosos fuelles, aquellos tubos dispuesto en serie para reforzar el sonido de sus 1.500 voces en torno al cual giró la juventud citadina amante del canto y de la música. Hubo un tiempo en que la Catedral tenía su Maestro de Capilla, director del coro (sochantre) y cantor (chantre). Maestro de Capilla durante 25 años fue Carlos Afanador Real, egresado de los Conservatorios de Alemania y Francia y a quien Teresita sintió morir en 1952, ya anciano tenía 75 años. El primer Maestro de Capilla fue José Mármol y Muñoz.
El órgano permaneció en el elevado Coro de la contra-fachada hasta 1948 cuando Monseñor  Críspulo Benítez Fontúrvel, administrador apostólico de la Diócesis, decidió bajarlo para colocar el Coro cerca del altar mayor en busca de mejor  ambientación para el feed back las voces coro-sacerdote.
El único que sobrevivía del órgano para los años sesenta eran los tubos acústicos de acero que Monseñor Mata Cova no pudo recuperar de las manos de unos zagaletones que marchaban por la Plaza Bolívar creyéndose los trompetistas de Jericó.
El órgano sustituto con el cual se acompañaba Teresita Ortiz desde entonces en los oficios religiosos lo regaló la familia Natera Febres por sugerencia de Irma Febres, quien también fue organista de la catedral al igual que lo fue Florinda Barazarte y Amelia Almada. (AF)

miércoles, 27 de enero de 2016

El día en que retumbó la Tierra




La tierra retumbó en Ciudad Bolívar durante 45 segundos la madrugada del 20 de septiembre de 1968 a causa de ondas sís­micas provenientes del noreste que chocaron, contra el macizo guayanés.
La resonancia, como la de mil canberras juntos cruzando el espacio, causó acentuada vibra­ción en casas y edificios de la ciudad, pero sin consecuencias fatales que lamentar.
Asombrada y llena de pánico, la población despertó y se lanzó a las calles permaneciendo desde las 2:05, hora probable del movimiento sísmico hasta el amanecer.
Pacientes del Hospital  Universitario Ruiz y Páez, entre ellos, cien niños, fueron evacuados de los altos pisos del edificio y mientras esto ocurría, ancianos y mujeres desmayados  y bajo fuertes crisis nerviosas, ingresaban en carros y ambulancias en procura de auxilio.  Igualmente, ocurrió  en el Centro de Salud Mental, en el Hospital del Tórax  y en clínicas particulares. 
Como en diciembre a media noche, los automóviles tocaban sus bocinas en forma sostenida y se desplazaban a altas velocidades por calles y avenidas evidenciando sus conductores síntomas de incontrolable nerviosismo.
Recuerdo que desperté sobresaltado por el ruido, coloqué las manos en las paredes de la casa para comprobar las vibraciones,  fuí a los cuartos contiguos y levanté los niños, los llevé a la calle y luego de todo esto, aun continuaba oyendo el ruido. Fue verdaderamente espantoso y nos dio la sensación de que algo catastrófico había ocurrido en otros lugares cercanos.  Más tarde a través de la Banda Ciudadana de Radio Aficionado y el complejo radiofónico de la Zona 9 del MOP  se comprobó que en todo el Oriente y en el interior de este Estado se sintió el temblor pero sin resultados fatales que deplorar.
Cuando la tierra retumbaba, desapareció el alumbrado eléctrico y la ciudad quedó envuelta en tinieblas.  La luz apareció diez minutos más tarde.  Las radio-emisoras no trasmitían y la central telefónica no respondía debido al inmenso caudal de llamadas que se acumulaban en la receptoría. 
En cuestión de minutos todo el mundo quería saber que había ocurrido afuera, especialmente en las ciudades donde residían familiares. Este periodista oyó a través de un TR-301, cómo una Radio Móvil del MOP recomendaba a la Central que se dirigiera a las radioemisoras locales para que saliesen al aire al fin de calmar a la ciudadanía y especialmente llamase la atención de los conductores que se desplazaban a exceso de velocidad, pero las emisoras no salieron al aire sino hasta el amanecer.
En nuestro radio-receptor comprobamos que todas las emisoras de Oriente había salido al aire para informar de lo acontecido y llamar a la serenidad pública.
Según la gente más vieja consultada, era la primera vez que ocurría un fenómeno de esta naturaleza en la ciudad. 
El doctor José Nancy Perfetti, geólogo por muchos años realizando estudios del suelo guayanés, lo confirmaba aún cuando recordaba que el 19 de marzo de 1953 se registró en la ciudad algo parecido aunque no con la misma intensidad y resonancia. 
Perfetti, quien fue llamado a su casa a las tres de la madrugada, dijo que dos horas antes de la trepidación sísmica sintió el retumbar de un golpe sostenido. Comentó que el Escudo Guayanés sobre el cual descansa la ciudad es una masa pétrea relativamente establece y poca propensa a sufrir sacudidas sísmicas de gran intensidad; sin embargo, pueden ocurrir fenómenos como el de la madrugada producida por ondas sísmicas al chocar contra el macizo guyanés. 
Expreso que es posible que las ondas sísmicas desplazadas a través de los Llanos y que se reflejaron en el Escudo, hayan provenido de una falla localizada por el estudio geológico en el llamado “Mar de Humboldt” y que tiende a unir a los Golfos de Paria y Cariaco en el Estado Sucre. (AF)



martes, 26 de enero de 2016

Cuando los regidores también barrían



¿Quién inventó la escoba?  Me pregunto y como desconozco la respuesta, trato de dar con ella en algún diccionario histórico, pero tampoco.  Parece que no la inventaron  como las modernas máquinas de barrer, sino que emergió por arte de magia y de birlibirloque o, simplemente, algún tribal sufriendo sus propios desperdicios  encontró una manera de evitarlos utilizando una planta papilionácea o  alguna conífera atacada por el Royal.
         Lo importante es que la escoba existe y ha sido universalmente útil para bien de la salubridad doméstica y ambiental.  Claro, no basta con que la escoba exista, sino que hay que saberla manejar, para lo cual no se requiere mayores habilidades ni arte mucho menos, de lo contrario no sería posible ver gente tan connotada como los señores regidores municipales estrenando escoba nueva decididos a echarle un escobazo a las sucias calles de la ciudad capital que una vez fue tan limpia, aunque no tanto,  como Wisconsin que llegó a ganar el premio como la ciudad más limpia del mundo.
         Tuve la fortuna de visitar esa ciudad y confieso que era entonces tan impecable que la imagen de los transeúntes se reflejaba en el pavimento.  Ciudad Bolívar no aspira tanto sino que al menos sea respirable y que no espante a los turistas y viajeros hasta ese punto indignante que llevó a Renny Ottolina a pedir prestada una escoba para el mismo barrer el Mirador Angostura.
         Domingo Álvarez Rodríguez, Jaime García, Elías Inaty y García Morales, cuando estaban vivos y eran concejales, alineados en la gráfica, no aparecían como turistas visitantes sino que eran muy de acá del patio angostureño, concejales  que tratando de concienciar o dar el ejemplo a sus coterráneos, se armaron de sendas escobas y comenzaron a barrer las calles, pues entonces como hoy,  el aseo urbano y ornato de la ciudad dejan bastante que desear, muchas veces por culpa de los propios residentes. 
         Antes, hasta los tiempos del Gordito de Michelena (Léase Pérez Jiménez), el problema no era tanto o, mejor dicho, la basura no era ningún problema.  La ciudad brillaba de lo limpio.  No existían las bolsas de polietileno aguardando las uñas husmeadoras de gatos y perros ansiosos de  hallar lo que sus amos le mezquina o a los desarrapados que viven de los desperdicios  al igual que los zamuros de la carroña.
         La recolección de basura era desde las nueve de la noche hasta el amanecer y como los parroquianos sabían que era dentro de ese lapso convenido, pues dentro de ese lapso o espacio de tiempo sacaban sus pipotes, de suerte que durante el día ni un papelito ni palito de posible se veían en las calles.  Las barredoras electromecánicas paseaban por calles y avenidas completando el trabajo y vale decir que no era necesario pues los residentes no se conformaban con barrer la acera de su casa sino que las escobas la deslizaban hasta la media calle.  Para las amas de casa era un ejercicio más efectivo para la salud que ese que calza el lema “correr es vivir” y por el que tanto abogaba el farmacéutico Penzini Fleury.
         Los chóferes casi nunca se quejaban ni protestaban como ahora, pues sus automotores no padecían  los huecos y hondas resquebrajaduras del pavimento.  Claro, el pavimento era a base de concreto armado, de buen cemento.  Hasta la Calle Caracas, la más larga, era de un cemento que duraba una eternidad, el mejor ejemplo es el casco histórico con calles que suben y bajan con su cubierta de cemento gris importado de Hamburgo hace más de cien años.  En cambio, las vías asfaltadas hay que repavimentarla cada dos años o menos porque no resisen un aguacero ni menos un bote de agua salido de alguna alcantarilla, cloaca o tubo roto.(AF)
 

domingo, 24 de enero de 2016

El Clemens guayanés


A Víctor Inojosa, muy pocos lo saludaban por su nombre sino por el de “Recorte” no por las tiras que doña Blanca venía a recoger para sus muñecas de trapo, sino por su tamaño, aunque Juvenal Herrera prefería llamarlo el “Clemens guayanés”.  Pero, claro, un Clemens muy distinto, encasillado, porque el verdadero Clemens no tenía tienda fija sino  que al igual que los músicos, hacía un tour, ciudad a ciudad, para dar a conocer las novedades de su moda, es decir,  sus propuestas.
         Inojosa fue sastre desde los tiempos remotos de su infancia, bastante distantes de la opulencia.  Empezó como ayudante del sastre José Maradey, hermano del Obispo Constantino e hijo ambos junto con siete más de Domingo, tronco mayor de los Maradey en Ciudad Bolívar. Inojosa coronó su esfuerzo de operador ayudante con sastrería propia, muy cerca de su tocayo Víctor Ortiz, quien al final salió con el tablón de cortar en la cabeza.
         Pero, Víctor, al igual que su hermano Julio, nunca dejó de ser sastre y un día de disgusto con el diputado Pedro Anastacio Colins Linche, de piel pigmentada pero tendiendo a moreno, le dijo que él había heredado de su padre Zenón Ortiz, estupendo violinista, una máquina de moler negro.  Con esto, según comentarios de los pícaros del May Hay My, le quería decir al diputado que si se desmandaba lo iba a pasar por el molino y convertirlo en morcilla.  ¡Válgame Dios!
         No sabemos por qué cábala Víctor Inojosa comenzó a confeccionarle  trajes a los Gobernadores de turno, tanto los de la Dictadura como los de la Democracia, no había diferencia, tanto los burócratas de allá como los de acá, vestían a la moda, aunque viéndolo bien, los de la Dictadura, el doctor Eudoro Sánchez Lanz y José Barceló Vidal, de cuando en cuando vestían su liquiliqui a lo llanero, especialmente durante la Semana de la Patria, evento patriotero donde el abanderado parecía ser el simpático Negro Tomás  Rivilla.  Sólo un Gobernador no pasó por las manos expertas del “Clemens guayanés”, tal el doctor Alcides Sánchez Negrón, porque, según el mismo Inojosa,  era hombre de percha, vale decir, su talla se ajustaba perfectamente a los plurales cortes de Dovilla y también, seguramente, por el lema que este señor sostenía de sus trajes:   “Dovilla, trajes anatómicos que dan personalidad”.
         Otra particularidad del dueño de la sastrería La Guayanesa era cortarle  traje a gordos de la talla de Enzio Rampini, Gustavo Maradey, Rafael Francisco Zapata y de aquel sabueso de la PTJ que fue el gordo Gil Guevara Alfaro, terror de los ladrones, que aparece en la fotografía.  Sólo que cuando eran altos, debía Inojosa encaramarse en un banquito que siempre tenía muy a la mano, para tomar las medidas del codo al hombro y del hombro al cogote.  Un día dio traspiés, peló el banco y cayó sentado, pero desplayado. Afortunadamente el hombre siempre ha sido fuerte, soportó el impacto y gracias a Dios que no tenía las tijeras en la mano sino la cinta métrica.
         Eso pasó con el periodista de El Nacional Jesús Lozada Rondón que venía expresamente del Palacio de Miraflores que era su permanente fuente noticiosa.  Por supuesto, Lozada Rondón nunca pagaba, el paganini, muy generoso y espontáneo, era  René Silva Idrogo, a quien el periodista atendía muy bien cuando iba a Palacio a entrevistarse con el Presidente Jaime Lusinchi.  Esto ocurrió, al menos, mientras René fue Gobernador del Estado Bolívar y después asistente de Leopoldo Sucre Figarella en la Presidencia de la CVG.  Por cierto que Leopoldo en cierta ocasión se cascarrabió con Inojosa porque, según la lengua de Juvenal Herrera,  le puso al pantalón la bragueta al revés.(AF)




sábado, 23 de enero de 2016

Mario Jiménez Gambús


El médico anestesiólogo, Mario Jiménez Gambús, quien falleció el 23 de enero de 2016, fue posiblemente el único sobreviviente de un apellido europeo sembrado en esta ciudad en el siglo diecinueve.
Durante largos meses, el Dr. Mario Jiménez Gambús vivió recogido en el anonimato.  Médico anestesiólogo, . digamos que por azar, porque durante su juventud no deseó sino llegar a ser psiquiatra, pero cuando estaba en el umbral de la Escuela de Medicina, un amigo le dijo “ni se le ocurra, amigo, los psiquiatras de tanto tratar con locos terminan más loco que ellos”.
         Fue suficiente para que cambiara de parecer y tomó la senda de la anestesiología, al fin y al cabo, ambas carreras tienen que ver en cierto modo con el sistema nervioso. En los primeros tiempos se utilizó la hipnosis, propia de la psiquiatría, para las intervenciones quirúrgicas al igual que se utiliza hoy la anestesia.
         Recién graduado comenzó a ejercer en el Hospital Ruiz y Páez. Se confirmó lo que le había dicho su amigo. Era el único en ese tiempo, pero querían las autoridades asistenciales que también sirviera de docente en la Escuela de Medicina, pero el doctor Gambús confesó que prefería renunciar porque no tenía vocación de maestro.  De manera que renunció y aprovechó una oferta de la Orinoco Mining Co. Para trabajar en el Hospital de Puerto Ordaz que según me dijo una vez fue como cambiar la tierra por el cielo.
         Ejerció la profesión unos cuarenta años entre el Hospital Ruiz y Páez y el Hospital de la Orinoco Mining Co, dirigido por el doctor Américo Babó.  Aquí trabajó con todas las comodidades y consideraciones a pesar de lo que dicen de los gringos.  Además de Puerto Ordaz a Upata era un salto, exquisita ciudad de sus primeros años, donde nació el 16 de mayo de 1926, gobernaba en el Estado Bolívar el general cumanés Silverio González. Pero no obstante haber nacido en tierras del Indio Yocoima, Mario Jiménez Gambús se sentía más de ciudad Bolívar porque en esta capital transcurrió la mayor parte de su vida
         Hijo del General Francisco Jiménez Ganbús y Tomasa Hinojosa.  El General  murió a causa de una herida con arma de fuego disparada por Enrique Salas Padrón, guarda espalda del Presidente del Estado Bolívar, Antonio Alamo.
         Mario Jiménez Gambús estudió las primeras letras con la maestra Nieves Bastida, quien falleció a la edad de 112 años. Luego ingresó en el Colegión y finalmente en el Colegio “La Milagrosa” de los padres Paules hasta completar el ciclo de la primaria.  La secundaria la cumplió en el Liceo Peñalver y la superior en la Escuela de Medicina de la Universidad Central, donde se graduó en 1958.  Entonces practicaba varios deportes: béisbol, voleibol, fútbol, salto, menos natación.  Por no saber nadar casi muere ahogado en el balneario La Candelaria.  El deporte lo fascinaba y llegó a fabricar cinco canchas.
         Durante su vida estudiantil y profesional tuvo dos grandes amigos: Florencio García Morales, médico dermatólogo y Vinicio Grillet, otorrinolaringólogo, quien murió súbitamente  en 1983 cuando conducía su automóvil y él lo acompañaba a su lado luego de una habitual caminata.
         Mario Jiménez Gambús salió jubilado en 1986.  Sufría de neuropatía diabética y por eso lo vimos  (Perfetti, Salicetti y yo, únicos invitados cuando cumplió 80 años)  con bastón como Diego Arria en sus mejores tiempos.  Sus hermanos todos diabéticos pues la herencia no perdona.  Su padre murió sin saber que era diabético.
         Vivió añorando la ciudad de su infancia y juventud, una ciudad mágica, bucólica, pletórica de árboles frutales y ríos.  Cuando Mario regresó de Caracas en 1958 era la misma ciudad de 1946 y continuo siéndolo hasta los años sesenta  cuando el bum del hierro y el acero produjo una inmigración que acabó con ella.(AF)


         

jueves, 21 de enero de 2016

Un dios con dos cabezas


Cuando a fines de abril de 1986, la joven Ligia Fuenmayor dio a luz un niño con dos cabezas en la maternidad del Centro Médico del Seguro Social de esta ciudad, los bolivarenses alarmados se acordaron de José Berti.
José Berti era un merideño de Tovar, cerca de Bailadores, donde Jesús Soto tenía una vivienda con vacas lecheras y un taller para sus creaciones ópticas.  Soto era un adicto al placer y la comodidad y si hubiera podido tener una vivienda en cada ciudad del mundo lo habría hecho, pero sólo tenía en Paris, Madrid, Mérida, Caracas y Araya del Estado Sucre.  En Ciudad Bolívar, para no distanciarse de doña Enma, construyó una en el patio de su casa de bahareque, frente al Club de los italianos.
José Berti no era tan famoso como Soto, pero también gustaba de la seguridad residencial y por eso tenía vivienda en varia partes.  Aparte de su hato El Cachimbo en el Alto Paragua, tenía una buena casa en terrenos que ahora son predios de la Universidad de Guayana o del Jardín Botánico.
Pues bien, los citadinos bolivarenses se acordaron de José Berti  el día en que nació el niño con dos cabezas porque en su novela “Hacia el Oeste corre el Antabare” da cuenta en uno de sus capítulos de un dios con dos cabezas, parecido a Jano, al cual rendían culto los Arecunas, pobladores del Caroní y Alto Paragua.
Por supuesto, los habitantes de Ciudad Bolívar, aunque muchos creen en brujos y chamanes, y en echadores de cartas  no creían, ni querían creer en las especulaciones callejeras según las cuales esos gemelos fundidos en un solo cuerpo tenían que ver con una hechicería ni menos que significaran la reencarnación o resurrección de Atictó, el Dios de los Arecunas.  Creían más bien en lo que decían los médicos, especialmente, el médico genetista Otto Sánchez, que se trataba de una malformación genética.
El caso de los siameses monocigóticos, despertó curiosidad en toda Venezuela, más por supuesto, aquí en Guayana.  Incluso el poeta José Laurencio Silva que estudiaba periodismo, decidió hacer su tesis de grado sobre este fenómeno con la tutoría del mismo Otto Sánchez, quien para entonces declaraba que 1.200 niños con mal formaciones habían nacido en el Hospital Ruiz y Páez durante los últimos ocho años y que una nueva patología estaba surgiendo, el síndrome X frágil que produce retardo mental en los varones.
Los siameses que causaron un impacto profundo y severo en sus padres, fueron bautizados por Monseñor Samuel Pinto Gómez con los nombres de Pedro y Juan, poco antes de morir.  De suerte, que fueron directos y están en el cielo, no sabemos si sentados en un trono como el Atictó que pinta Berti en su novela. Un Atictó con dos caras, una representante del bien y la otra el mal en un solo y único cuerpo.
Lo cierto es que este Dios de los Arecunas fue hallado en uno de los Petroglifos extraídos de Guri antes de ser inundado por efectos de las aguas represadas del Caroní.  Cuenta la leyenda que una cara representaba el bien y la otra el mal, ambas en un solo cuerpo.  Acaso como lo Hermanos Vellorini de la Upata de los carreros, uno bueno y otro malo, de los que habla Rómulo Gallegos en su novela Canaima ya en el plano humanamente terrenal.  Porque en la mitología de los tribales, Canaima es la divinidad sombría y Cajuña, el dios de la bondad.  Dice Gallegos: “Canaima! El maligno, sombría divinidad de guaicas y maquiritares, el dios frenético, principio del mal y causa de todos los males que le disputa el mundo a Cajuña, el bueno.  Lo demoníaco sin forma determinada y capaz de adoptar cualquier apariencia, viejo Ahriman, redivivo en América”.  (Ahrimán, símbolo del mal opuesto a Ormuz, símbolo del bien, en la filosofía dualista persa). (AF)





miércoles, 20 de enero de 2016

Perichamo al ritmo de un guasón



A José Perichamo nunca lo acomplejó su “tamañote” (su talla difícilmente llega a 1,30) y deslastrado del complejo de inferioridad que lo hacía reírse de sí mismo, retaba a muchachas expansivas como Olga Lezama, alta y bien proporcionada, para “echar un pie” en cualquier pista de ocasión.
         Perichamo que compensaba su físico de medio palo con una ruidosa moto de 250 cilindradas, trabajó toda su vida como mensajero de la Gobernación del Estado.  Era rápido, alegre, diligente y hasta chistoso en las mejores tertulias.
         Era visitante asiduo del “My-Ha-My”, bar-restaurante del chinito Gond Fung, entre las calles Bolívar y Libertad, donde antes despachaban Mambrini cuando el negocio era de Bartolomé Tomassi; Erasmo Pildorín después y antes del chino, el viejo Casanova, lidiando gente como el Pope Gómez, don Félix Tomassi y Raúl Villegas.
Perichamo, luego de repartir mensajes e invitaciones de la Gobernación, entraba al “My-Ha-My” y salía a cada rato anunciándose con el ruido de su motocicleta. Era entonces cuando el doctor Pacífico Rodríguez, procurador del Estado, le decía que se parecía a un general de brigada.
         El periodista Ramón Aray, quien constantemente pedía la cuenta de las birras que compartía con Tomás Arreaza, ex alcalde de Borbón, preguntó en cierta ocasión a Perichamo el por qué de ese apodo de “Coquito” que tan bien le calzaba y éste explicó que doña Inés, la madre de Leopoldo Sucre Figarella, su padrino, era la responsable.  Pero ¿por qué? ¡No me ves el tamañote! Salía a relucir entonces la anécdota cuando la prima-dama doña Tatiana de Palazzi le preguntó al periodista Enrique Aristeguieta “quién era el tal Perichamo ése” y Enriquito le contestó: “Un señor que mide como un metro noventa”. Londoño remataba diciendo que conservaba una fotografía donde coincidencialmente bajaban en fila india por la escalera del Palacio de Gobierno: Perichamo, Zuleida Valladares, los enanitos Mayo y Mario, de último Roldán (Doble Feo), quien sostenía ser hijo de Pancho Lusinchi, tío del ex presidente de la República Jaime Lusinchi. Pocos lo dudaban puesto que Francisco (Pancho) Lusinchi vivió en Ciudad Bolívar y fue secretario de la Jefatura Civil (1925), siendo titular de la misma Francisco Méndez.
         Un día, no sabemos cuándo, Perichamo desapareció de la escena pública y todos se preguntaban ¿qué se habrá hecho Perichamo?  Unos decían que se había jubilado.  ¿Jubilado? No puede ser si tiene el tamaño de un carajito. Puede tener la talla de un carajito, pero Perichamo es viejo con bola. Otros barruntaban que seguramente le robaron la motocicleta o la tenía descompuesta. Algunos suponían que estaría con la “quiebra hueso”.  No puede ser, sí a ese no se pica ni el mismo.  Querían decir que no lo pica ni coquito.  Los más creían que lo botaron por haber aparecido en la Lista de Tascón.
         ¿En la Lista de Tascón? ¡Qué broma! exclamaban los contertulios del My Hay My.  Si es por haber firmado a favor del Referendo, a esta altura debe estar contento porque a Tascón lo agarró la Ley del Karma, vale decir, la ley de la compensación según la cual, quien hace mal, tarde o temprano la paga por cualquier vía y no es necesario que la víctima lo sepa.  El, Tascón, ahora muerto, había sido marginado de la Revolución. Un marginado de los favores y prebendas del Poder. Estaba en otra lista, la lista negra del Psuv por ir más allá de la disciplina denunciando a los corruptos que moran en sus propias filas.
         Después de tantas conjeturas y especulaciones, se designó una comisión para averiguar el paradero de Perichao y las causas repentinas de su ausencia.  La comisión presidida por el periodista Enrique Aristeguieta, anunció a los pocos días que Perichamo goza de buena salud y que está disfrutando de su jubilación luego de 30 años repartiendo cartas y tarjetas de invitación del Gobernador de turno y la primera dama.(AF)