domingo, 29 de mayo de 2016

Gustavo Heny y el Salto Ángel


A Gustavo Heny (en la foto) sus amigos lo apodaron “Cabuya”.  Supongo que por su talla.  Era alto y delgado.  Al doctor José Díaz, el hijo de Quírico Díaz, recuerdo que era alto y delgado también y en el aula donde estudiábamos le decían “Chorro de agua”.  Por allí debe venir el sobrenombre de Gustavo Heny, pero también porque cuando acompañaba a Jimmie Ángel en su peligrosa aventura de aterrizar sobre la fría y alta meseta del Auyantepuy, se le reventó la cabuya que le servía de cinturón de seguridad a bordo de la avioneta.  Se le reventó durante la escabrosa operación de aterrizaje y salió disparado hasta caer de horcajadas sobre la humanidad del Piloto.
         Pero que importa lo del remoquete de “Cabuya”, lo interesante de este hombre graduado ingeniero electricista con una beca de la Westinghouse era su pasión por la aventura selvática, por la caza y la pesca. Lamentablemente tuvo un final conmovedor.  Murió a causa de un cáncer en el intestino grueso en Caracas días después de su regreso del  campamento Kanaripó sobre la margen izquierda del  Ventuari, donde a causa de la misma enfermedad que minaba su cuerpo se internó a vivir  solo como un ermitaño, según me contó en cierta ocasión su paisano el doctor Eduardo Jahn.
         Gustavo Heny y su hermano Carlos dedicado a la construcción y al comercio,  no solamente alentaron las incursiones aeronáuticas de Jimmie Ángel sobre los intricado y recónditos parajes de la Gran Sabana, sino que lo financiaban generosamente.  En su casa quinta de Campo Alegre, la primea casa caraqueña de renovación urbana, solían reunirse para discutir la logística de la hazaña que puso al descubierto ante los ojos del mundo el salto de agua más elevado del planeta.
         De una de esas reuniones salió el nombre del salto: “¿Si te debemos a ti que el mundo ahora sepa del salto y cuanto mide, por que no bautizarlo con tu nombre?” dijo Heny dirigiéndose a Jimmie y a todos los circunstantes les pareció  justo. Entonces –narra  Alfredo Shael en su libro “Jimmie Ángel: entre oro y diablo” - acordaron llamarlo  Salto Ángel.  El bautizo tuvo lugar en la casa de Heny y de allí comenzó a difundirse rápidamente por todas partes. Cartógrafos, geógrafos, periodistas, científicos y curiosos cuando se referían a esta impresionante caída de agua la identificaban así: “Salto Ángel”.
¿Por qué había que ponerle nombre a ese Salto de agua?  Simplemente porque los protagonistas del suceso ignoraban que lo tuviese. Hoy se sabe por investigación antropológica y lingüista seguramente, que los indios Pemón de las cercanías identificaban el Salto con los nombres Churún Merú, .Kerepakupai-Merú, Kerepakupai-Vená y Churún Vená.  Habría que indagar cómo lo llamaban otras etnias de la misma región como los arecunas y pariagotos, por ejemplo.
El tema puesto sobre la mesa por el Presidente de la República después de 70 años es si debemos volver atrás y tratar de recuperar el nombre original sin tomar en cuenta las implicaciones de carácter cultural, tradicional, histórico, y la gente se pregunta ¿siguiendo qué doctrina?  ¿Recuperar nuestras raíces toponímicas?  Tendríamos entonces que comenzar por desterrar los eponímicos. Sustituir el nombre de Ciudad Bolívar por Angostura, la Represa Simón Bolívar por Guri y Ciudad Piar por La Paría.  Pero si se trata de regionalismo eliminando toda sombra foránea sobre ciertos valores nuestros, ¿Qué le quedaría a las otras naciones?  Eliminar, por ejemplo, el nombre de Andrés Bello de la Universidad de Santiago de Chile, eliminar el nombre de Miranda del Arco de triunfo de Paris, eliminar el nombre de Bolívar de calles, avenidas y plazas de otras naciones? 



Crispado contra el Virrey


El cognomento nunca bien recibido de “Virrey de Ciudad Guayana”, se lo endilgó el Gobernador doctor Carlos Eduardo Oxford Arias al Presidente de la Corporación Venezolana de Guayana, General Rafael Alfonso Ravard, porque poca o ninguna atención le prestaba a Ciudad Bolívar y el Gobernador, aunque nativo de El Palmar, siempre tuvo sus grandes afectos por la capital bolivarense, era natural pues aquí estudió, se realizó, se casó con una de los Gil procedentes de Margarita y tuvo sus hijas.
         El Corresponsal de El Nacional, tratando de provocar la noticia, le tocaba siempre la tecla de sus tensas relaciones con la CVG y el Gobernador copeyano se crispaba y hacía gestos alterados con su diestra que ponía a pensar seriamente a Celestino Adames Pérez, inseparable de sus gafas bicóncavas y a Frank Centeno, hasta hace poco  notable notario, mientras el guaro Mendoza Yajure disfrutaba el crispamiento con su peculiar rostro tribal emparentado con el legendario indio Coromoto.
         Lo cierto es que el Virreinato que gobernaba a la América hispana desde los tiempos lejanos de la Colonia con su plataforma de poder en México, Perú y  Bogotá, nunca pudo instaurarse en Venezuela.  La patria de Bolívar no pasó de Capitanía General, pero a Oxford Arias se le ocurrió virtualizarlo en la flamante Ciudad Guayana, no porque en el fondo lo deseara sino porque el General Rafael Alfonso Ravard, de formación jesuita, lo parecía y lo ejercía en su coto de hierro y acero.  De todas maneras, la culpa no es del ciego sino de quien le da el garrote y ese garrote que cimbraba el hombro del Gobernador y el de la Ciudad, se lo dio al supremo cevegista, el dictador Marcos Pérez Jiménez, se lo ratificó sin muchos miramientos Rómulo Betancourt, después Leoni y finalmente Caldera.  De todos modos, gracias a esos poderes virreinales, Ciudad Guayana es lo que es, muchos dicen que a costa de Ciudad Bolívar que perdió a Puerto Ordaz, pero las razones son otras muy valederas.
         Ciudad Guayana, erigida sobre San Félix y Puerto Ordaz, en la confluencia del Orinoco con el Caroní, con cercana salida al mar, constituía y constituye un punto estratégico importantísimo para el desarrollo de la industria pesada alimentada con el hierro de Ciudad Piar, la bauxita de Los Pijiguaos, y la hidroelectrcidad generada por las aguas torrentosas del Caroní.
         Ciudad Bolívar carecía de estas ventajas, por eso hubo que sacrificarla, al fin ella es la madre de todos los pueblos del Estado y sólo las madres son capaces de despojarse todo lo que antes fueron en beneficio de sus hijos.  Ciudad Guayana es la hija menor de Ciudad Bolívar y la más próspera, tan próspera que la superó en todos los aspectos reales de su vida social y económica. A sus habitantes les costó y seguramente a muchos le cuesta todavía, entender el fenómeno y por eso quizá, Eduardo Oxford Arias, se molestaba porque según él, Ciudad Guayana en vez de convertirse en polo de irradiación de su riqueza, se estaba convirtiendo en polo de atracción de toda la población activa de la ciudad capital y la de otros municipios vecinos.
         Si Oxford hubiera sobrevivido a este tiempo, habría comprendido los importante que es tener paciencia, saber esperar, en fin, se estaría dando cuenta que ahora si Ciudad Guayana está irradiando para todo el Estado, incluso para estados vecinos, toda la riqueza mineral que allí se procesa.
         El problema está, en que los gobernantes, no han sabido comprender el nuevo rol de la ciudad capital frente a Ciudad Guayana y reforzados sus políticas y programas en hacer de Ciudad Bolívar la capital complementaria provista de una sólida economía terciaria.


viernes, 27 de mayo de 2016

170 años que Angostura cambió su nombre

miércoles, 25 de mayo de 2016

El junior Gustavo Naranjo


A juzgar por la indumentaria del periodista Gustavo Naranjo Jr y la guitarra del músico en primer plano, la imagen fotográfica nos sugiere que fue impresa en tiempo de carnaval, una fiesta tradicional arraigada en el alma bolivarense desde hace más de una centuria. En horas de la mañana estas fiestas paganas  suelen ser bastante húmedas y por la tarde muy rumbosa y hasta elegante,  mucho papelillos, caramelos y serpentinas.
         Pero en este caso, lo que nos llama la atención no son tanto las carnestolendas como el personaje central exóticamente ataviado, empero con la mirada nostálgica   ¿Nostalgia de qué?  Seguramente de cuando le sirvió de chofer al ex Presidente Rómulo Betancourt en Nueva York.  Estudiaba el Junior Relaciones Públicas en los Estados Unidos, becado por el Gobierno de Pedro Battistini Castro. O cuando ejercía de reportero del diario Excelsior de México o de la revista “Cruceiro Internacional” del  Brasil o cuando siendo reportero de Últimas Noticias escaló sin ser alpinista el Páramo de Peñas Blancas y Niquitao en el Estado Trujillo para cubrir un accidente aeronáutico o cuando siendo reportero de El Universal lo mandaron a cubrir la llegada de Fidel a la Habana con su legión de guerrilleros bajando desde la Sierra Maestra.
Y es que Gustavo Naranjo, periodista sagaz y de altos vuelos, seguramente que lo invadían recuerdos reporteriles en momentos como éste que atrapa la fotografía. Lástima que la gráfica no pueda atrapar las anécdotas que en la vida de este personaje son como para escribir un libro, pero al Junior nunca le gustó escribir lo que le sucedía a él sino a los otros.  Parece ser éste el destino de los que vuelan alto, no hablar de sí mismo sino de los demás, aunque él nunca hablaba con el  payaso sino con el dueño del circo.
         Gustavo Naranjo era un personaje cuya presencia se sentía con cierta simpatía, acaso por su aureola de periodista sagaz o por su conducta circunspecta al abordar al entrevistado con preguntas cortas y sustanciosas.  Ese comportamiento de periodista en ejercicio lo transfería con la misma pasión a los otros colegas cuando ejercía la jefatura de prensa o de relaciones públicas de alguna institución como la Gobernación, la Asamblea Legislativa, la Aeropostal, la Cámara de Comercio o el Hotel Laja Real, a todos los cuales les prestó servicio mientras permaneció en Ciudad Bolívar.
         Y cosa inexplicable, no obstante haber prestado servicio profesionales al Estado venezolano, ya en la OCI, en las Gobernaciones de Caracas y Bolívar, a la Asamblea Legislativa y Aeropostal, nunca recibió los beneficios retributivos de la jubilación.  Ignoramos si fue por desinterés institucional o descuido de él.  Es posible que sea por lo último, no por indiferencia real sino seguramente por orgullo.  Siempre ha existido la creencia de que el jubilado es una especie de eunuco, impedido de seguir produciendo y de ejercer el oficio con la misma y vigorosa pasión  de los años hábiles.
         Lo cierto es que el Junior jamás quiso hablar de jubilación con el dueño del circo, ni siquiera con los payasos y obreros que sirven en y cuidan de la carpa.  Pudo hablar de tantas cosas inherentes al habitante y la comunidad, escribirlas, exaltarlas, denunciarlas y favorecerlas de algún modo, pero hablar de él o de la familia, jamás.  Afortunadamente sus parejas e hijos fueron comprensivos.  Profesionales todos,  no necesitaron de las prebendas del Estado y creo que ninguno siguió su carrera tan digna y social quizás por lo absorbente y sacrificado del oficio y también por los riesgos que conlleva el ejercicio pleno de esta profesión.

lunes, 23 de mayo de 2016

Estela Cabrera y Ramón Castro


¿Dónde, en qué ocasión y por cuál motivo el reportero gráfico tomó esta foto?  ¿Dónde? Seguramente en la terraza de un hotel de la ciudad con vista al río ¿Ocasión?  Posiblemente en la ocasión  del brindis que el doctor Ramón Castro ofreció para celebrar su victoria en las elecciones de la Cámara de Comercio, elecciones conflictivas apaciguadas por ese taumaturgo de la palabra que fue don Natalio Valery Agostini.  ¿Motivo? Más que motivo, pudo ser una humorada caricaturesca lo que movió al reportero para halagar la guasa guayanesa siempre  llena de símiles picarescos. 
No deja de ser  motivo de curiosidad el gesto vocativo de Ramón Castro ante algo que le dijo la doctora Estela Cabrera.  ¿Qué pudo decirle para tamaña expresión?  Pudo ser algo relacionado con la política, pues ambos, tanto el farmacéutico como la gineco-obstetra  incursionaron en la política.  El uno llegó a ser concejal y la otra Presidenta de la Asamblea Legislativa.
         O tal vez materia relacionada con servicios clínicos, farmacéuticos o comerciales, pues el uno fue dueño de una Farmacia, la “Farmacia Castro” en el Paseo Orinoco y de una agencia de automóviles y, la otra, dueña y fundadora de la Clínica José Gregorio Hernández en la Avenida 17 de diciembre.  Bueno, no es fácil acertar con sólo los ojos fijos en una fotografía caída así al azar en nuestras manos y posiblemente tomada por Víctor Bayola, a quienes sus colegas llamaban “El lente lento” para contraponerlo a Nino Marchese que se autopromocionaba como “El lente mágico”
Posiblemente lo único de interés objetivo sea la expresión facial de Ramón Castro que deja de campanear su escocés de 18 años para reaccionar de esa manera a lo que le dice su interlocutora que de verdad a pesar de su nombre no deja estela ni otro tipo de rastro cuando le habla.
         Si pidiéramos a estos personajes amigos que reprodujeran hoy esta escena del pasado ¿cómo creen ustedes que sería?  Siguen las interrogantes.  Bueno, hay que ver lo que son cuatro decenios de distancia.
         A lo largo de cuarenta años muchas cosas pueden ocurrir, cosas de trascendencias me refiero porque hay cosas baladíes que vale poco mencionar.  Algo importante para la ciudad y para él mismo fue que  Ramón Castro incursionara casi intempestivamente en el periodismo adquiriendo la propiedad de El Luchador, antiguo periódico fundado en julio de 1905 por don Agustín Suegart, un general de sangre europea partidario del liberalismo que admiró a Cipriano Castro; sin embargo, este Presidente de la República no tuvo consideración con él a la hora de clausurar de un plumazo “El Anunciador”, un diario vespertino que tuvo la audacia de publicar un editorial en el que ponía en entredicho el comportamiento local del liberalismo amarillo.
De la clausura de este periódico emergió “El Luchador” con el mismo formato y tan escarmentado que siempre tuvo al lado de los gobiernos de turno, claro, mientras éstos fueran autocráticos como el de “El Cabito”.
El Luchador se vino a soltar el moño, aunque con timidez  precautelativa después del 23 de enero de 1958 cuando en Venezuela comenzó a operar otro sistema de gobierno, democrático, pluralista, respetuoso de la libertad de expresión y de información.
 Tras la muerte de Jorge Suegart, hijo mayor que administraba con mucho acierto la editorial “La Empresa” los hermanos quedaron como desorientados por la herencia. Castro aprovechó la coyuntura, hizo una oferta que fue aceptada  y El Luchador continuó en la calle, pero transformado.  Pasó de diario tamaño estándar vespertino a  diario tabloide matutino, menos conservador, más dinámico y atento a las nuevas tecnologías y perspectivas de la informática.


domingo, 22 de mayo de 2016

252 Años de la fundación de Angostura hoy Ciudad Bolívar

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  • Jueves, 19 Mayo 2016 00:00
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    jueves, 19 de mayo de 2016

    El “Turco” José Antonio Nicolás

    Radio Bolívar, desde que Fitzí Miranda la endosó al “Catire” Isturiz, tuvo dos momentos estelares: primero cuando operó bajo la dirección de José Antonio Fernández y, posteriormente, dirigida por otro José Antonio (José Antonio Nicolás) a quien los citadinos preferían identificar como el “Turco” Nicolás, porque, al parecer, era descendiente de musulmanes turcos y además, un riguroso administrador que regateaba hasta el último centavo.
            Hasta mi me regateó lo que debía pagarme por el cotidiano programa “El Día de hoy en la Historia” que como apertura del noticiero leía Héctor Cristofini, y un resumen semanal de noticias en la voz dominical de Romelia Rosales.
            Esto fue por los años sesenta cuando el doctor Ricardo Hurtado, hablador como todo buen hispano, escribía diariamente en “El Bolivarense” siempre sobre tópicos económicos, especialmente en lo tocante al desarrollo industrial y energético  que se avizoraba en la Zona del Hierro. Abogaba por San Félix y febrilmente por Ciudad Bolívar, en peligro de quedar a la zaga.
            Evaristo Marín, a quien también vemos en la foto libreta en mano,  era el Corresponsal de El Nacional y cultivaba a Ricardo Hurtado como fuente noticiosa verídica y segura por su estrecha conexión con las autoridades y gerentes de las empresas que estaban surgiendo en la confluencia del Orinoco con el Caroní.  El también colaboraba con Radio Bolívar y por eso se entiende a los tres en la fotografía en plena audición radial.
            La primera vez que salí noticiado en El Nacional fue por una información de Evaristo señalando cómo por no “matar” un perro muerto tendido en la vía choqué contra un banco del Paseo Falcón.  Reparar el banco me costó 200 bolívares y un regaño frontal de un alto funcionario del Gobernador Sánchez Lanz.  Entonces Tránsito Terrestre operaba bajo la dirección del Ejecutivo Regional y era éste el que expedía los títulos de conducir.  Todavía conservo el mío como una reliquia.
            José Antonio Nicolás pereció en un accidente de tránsito, a Ricardo Hurtado se lo tragó la tierra y Evaristo Marín, quien se graduó conmigo y Rubén Ferrer Rosas en la Escuela de Comunicación Social de la UCV, aún sigue siendo Corresponsal de El Nacional, pero en Puerto La Cruz y Barcelona, además de Cronista Oficial del Norte de Margarita donde nació.
            Evaristo Marín venía ejerciendo el periodismo desde 1954 en El Tigre como Corresponsal de “Últimas Noticias” y al mismo tiempo reportero del entonces Semanario Antorcha.
         Después Evaristo Marín pasó a Tucupita como Corresponsal de El Nacional y en 1957 se estableció en Ciudad Bolívar como corresponsal del mismo diario de Puerto Escondido. Las primeras informaciones sobre la construcción de la Planta Siderúrgica las supo Venezuela a través de este corresponsal. Aquí en Ciudad Bolívar llegó a ser Secretario de Organización en 1958 de la Asociación Venezolana de Periodistas al lado de Eliécer  Sánchez  Gamboa, Joaquín Latorraca, Pedro Lira, José Manuel Guzmán Gómez (Chemelo), Lorenzo Vargas Mendoza, Vilchez, Tomás Mogna, Santiago Maestracci y Diógenes Trancone.
            Todavía se mantiene activo en Barcelona y Puerto La Cruz con su peculiar estilo, agilidad y agudeza, ameno, ingenioso, con un sano y agradable sentido del humor. En fin, un periodista fiel a su causa, responsable, insobornable, gremialista  y solidario.


    Dos líderes margariteños


    Jóvito Villalba y Luís Hernández Solís estuvieron juntos en Ciudad Bolívar cuando se les tomó esta foto.  ¿En qué lugar del cielo estarán hoy estos dos personajes?  Ambos, de resonancia nacional, nacieron en la Isla de Margarita y anduvieron juntos muy de la mano durante  varios años, tratando de enderezar el camino de la Venezuela extraviada, desde la plataforma de Unión Republicana Democrática que empezó vistiendo un ropaje  marrón tierra y finalizó  con el color de los liberales.  Pero, de liberal, el partido tenía poco, era más bien nacionalista.  Prometía nacionalizar la banca, el petróleo, gas, hierro y cuanta materia prima explotaban los países poderosos a precio de gallina flaca, empero fueron minoría los venezolanos que votaron a favor de la promesa que vino a cumplir muy tarde su adversario Carlos Andrés Pérez.
             Para entonces, creo que ya Jóvito había muerto y tiempo después Luís Hernández Solís, quien no pudo acompañarlo siempre.  Alguna disolución  sufrió puesto que se alejó del partido amarillo y  sintiéndose librado  de ataduras partidistas incursionó en la radiodifusión montando “Radio Aeropuerto”, primera emisora en su estilo que se fundaba en Venezuela y que operaba desde las inmediaciones del Terminal aéreo de Maiquetía con música y noticias cada cinco o diez minutos.  El colega periodista Ramón Aray Lefebres trabajó como jefe de prensa de esa emisora y yo fui su corresponsal en Ciudad Bolívar.  Me pagaban 300 bolívares, la misma cifra que devengaba en el Banco de Venezuela cuando era administrado por López Henriquez y el veterano Tomás Gómez.  Siendo yo un mozalbete tenia como tarea llevar diariamente el movimiento de  cuenta- ahorristas en un voluminoso y pesado libro, hiperbólicamente  semejante  al que le atribuyen a San Pedro allá en el cielo con los nombres de quienes en vez de dinero ahorran vida para mejor provecho.  En ese denso libro de cuantiosas páginas estarían registrados estos dos insignes personajes de la fotografía, dos “ñeros” que navegaron  en las procelosas aguas de la política venezolana.
             Jóvito Villalba nació en Pampatar 1l 23 de marzo de 1908 y falleció en Caracas el 20 de julio de 1989 a la edad de 81 años y Luis Hernández Solis nació en Santa Ana del Norte él 7 de mayo de 1911 y falleció en Pampatar en el 2008 a la edad de 97 años.
             Al igual que Jóvito, Hernández Solis fue opositor de los gobiernos de Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras y Marcos Pérez Jiménez, lo que lo condujo al exilio en México.
    Como dirigente sindical presidió la Asociación de Linotipistas. También fue miembro fundador del Partido Unión Republicana Democrática (URD), profesor en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Central de Venezuela, articulista frecuente de diferentes periódicos nacionales y regionales. Senador y diputado en el Congreso Nacional por el estado Nueva Esparta,  ocupó los ministerios del Trabajo y Fomento.
    En la vida gremial, fue fundador y presidente de la Cámara de Turismo neoespartana y presidente del desaparecido Fondo para el Desarrollo del estado Nueva Esparta.
    Por su parte, Jóvito Villalba, auspiciador siempre de la unidad de los venezolanos, propiciador como tal del Pacto de Punto Fijo que hizo posible la estabilidad política del país y el afianzamiento del sistema democrático.  Destacó como orador y parlamentario, candidato presidencial.  Respaldó las candidaturas presidenciales triunfantes de Luis Herrera y Jaime Lusinchi y fue profesor de derecho constitucional y de sociología en la UCV.



    martes, 17 de mayo de 2016

    Ingrato destino de una Obra de Soto


     La obra con la cual Jesús Soto obtuvo el Premio Nacional de Pintura 1960,  se declaró desaparecida el 25 de agosto de la Gobernación del Estado Bolívar.
            La obra fue adquirida por el profesor José Simón Escalona, director de Educación y Cultura para la época, a instancia del poeta Luís García Morales y del médico Oscar Montes. Costó 20 mil bolívares, dinero que sirvió de mucho a Soto que entonces atravesaba una situación económica crítica en París.
            El cuadro que se exhibía con orgullo en el despacho de la Dirección de Educación y Cultura del estado desde los tiempos de gobernador Diego Heredia Hernández, se dio por desaparecida y nadie sabe cuándo ni cómo.
            La directora de Educación, profesora Enedina Villarroel, informó que cuando recibió el despacho, la obra no aparecía ni siquiera en el inventario y  ordenó investigar el destino tanto de esa obra como de otras, incluyendo la de un pintor guayanés que ganó un premio en Milán.
            Sin embargo, un día cualquiera que Jesús Soto visitaba la Gobernación del estado, se le ocurrió ir al baño y cuál no sería su sorpresa al ver que su obra estaba allí tapando el tanque de un sanitario. Sin mucho aspaviento, Soto tomó la obra y se la llevó para restaurarla y desde entonces nada se sabe del paradero de la misma, seguramente se halla en Paris formando parte de la gran colección que nunca Francia le dejó sacar para continuar alimentado su Museo de Arte Moderno en Ciudad Bolívar.
            Igualmente ha ocurrido con esculturas, cerámicas primitivas, fósiles de animales prehistóricos y otros objetos de valor artístico como históricos, sin incluir los que intencionalmente han sido sustraídos por manos criminales del Museo de Arte en la Casa del Correo del Orinoco.
            Cunado se iniciaron los trabajos de reconstrucción y restauración de la Catedral de Ciudad Bolívar, desaparecieron los vitrales.  Antes por obra y arte de birlibirloque había desaparecido una antigua araña de cristal que según las malas lenguas atribuyeron al Gobernador Mario Briceño Iragorri para donarlas a la Iglesia de Santa Ana de su nativo Estado Táchira.  Esto no se ha podido comprobar, pero sí  la estatua pedestre de Miranda sacada  con la venia del Gobernador Luis Raúl Vásquez Zamora, de la Granja del Estado donde se hallaba guardada, para reubicarla en Palo Negro.
            Los Catalejos que el General Manuel Piar utilizaba en las batallas que libró a favor de la Independencia, incluyendo la del 11 de abril de 1817 en San Félix, fueron sustraídos de las pertenencias confiscadas al héroe de la Batalla de Chirica y al parecer se hallan en  Maracay, seguramente en manos de los herederos de Bartolomé Tavera Acosta, quién también se llevó de Guayana las Memoria del General Farreras.
            En la Casa de San Isidro por muchos años estuvo expuesta en uno de los muros de la entrada una campana del Siglo XVIII que perteneció a la antigua ciudad de Santo Tomás de Guayana.  Qué se hizo esa campana, dónde se encuentra?  Igualmente ya no se ve  expuesta en la pared interna un rifle de la Batalla de Boyacá, donada a la ciudad por el Cónsul de Colombia. 
            Desapareció del jardín interno de la Biblioteca del Estado, el busto en bronce de Rómulo Gallegos realizado por el escultor falconeano Asdrúbal Meléndez, autor igualmente del busto de López Contreras que se halla en el Comando de la Guardia Nacional.
            Los fósiles casi intactos de un Gliptodonte hallado por buscadores de diamantes en las minas del Guaniamo, fueron comprados por un antropólogo norteamericano y sacados del país amparados por la indiferencia oficial  




    viernes, 13 de mayo de 2016

    Carlos Sánchez Ordenanza del Banco de Venezuela


    Carlos Sánchez vivía en El Zanjón, a una cuadra de “Paco”, el pianista amigo de la Milú, que además afinaba los pianos de la burguesía angostureña.
    Carlos Sánchez tenía facciones europeas a pesar del apellido, era gordo cuadrado y de hablar pausado como su caminar que era por demás lento, acaso por su peso o por la hernia que le colgaba entre las piernas.  Marcial Rivas, su vecino dice que tardaba una hora para llegar del Banco de Venezuela en el Paseo Orinoco, a su vivienda de El Zanjón, barrio colonial y por lo tanto, como Perro Seco, el más antiguo de la ciudad, apenas 200 metros de la Plaza Bolívar.
    Carlos Sánchez, precisamente, era una especie de ordenanza en la Sucursal del Banco de Venezuela que se ocupaba de cosas subalternas, de que todo estuviese limpio y en orden y en ese oficio pasó cincuenta años, más de la mitad de su existencia.
    Era bromista, hombre presto y el de mayor confianza de la autoridad bancaria.  Le tenían tanta confianza que lo distraían de su oficio habitual para enviar con él remesas millonarias a  Agencias como la de Tucupita que dependían de la sucursal.
    Quién iba a creer que ese gordo apacible trasladaba, maleta de lona en mano, cifras millonarias fraccionadas en billetes de todos los colores y numeraciones?
    Carlos Sánchez lo hacía con la mayor naturalidad, con la parsimonia y sonrisa reflexiva de siempre, amigable y bonachón. Tan celebrado en sus tertulias de esquina por Tomás Gómez, a quien prefería identificar como “El Veterano”.  Todo el peso del Banco de Venezuela descasaba sobre los hombros de El Veterano venido del Estado Sucre de donde era su gran amigo Jesús López Fernández, Gerente de la Cervecería Victoria, una cerveza que vino desde Maiquetía a sustituir la “Princesa Bolívar”.  De Sucre, específicamente de Güiria, al igual que Pedro Estrada, Jefe de la Seguridad Nacional, también  era Canache, el jefe de la Seguranal en Bolívar después de Gomecito. El Gerente del Banco era Jesús López Henriquez, hermano del Ministro de la Defensa del General Marcos Pérez Jiménez y Tomás Gómez  el Sub Gerente, en un tiempo en que la tecnología bancaria estaba tan atrasada en eso de contar billetes que él tenía que fajarse los días feriados a contarlos sobre un mesón ayudado por la bella Librada  y el izquierdista Tonina.
    Seguían en jerarquía, como firma autorizada, D` Anello, Pablo Fuenmayor y Andrés Enrique que llevaba las cuentas del gobierno junto con Trina Osty hasta que la conquistó Teodoro Sísimo, un comerciante griego, y se casó con ella. El elenco continuaba con el contador  Ramón Camacho, conversador y bebedor, pero impecable en los balances.  Su único dolor de cabeza era un voluminoso libro donde se registraba el movimiento de cuenta de los ahorristas.  Qué difícil era cuadrar ese libraco cada mes en el cierre de cuentas.  Hasta por la diferencia de un céntimo se perdían días tratando de localizar el error.  Mariita Trías, con su voz tierna, alguien la enredó y terminó suicidándose.  Guarisma era chiquito y retaco pero con un vozarrón que retumbaba contra la viejas paredes del banco, un edificio de dos plantas que según Carlos Sánchez, se había quemado en los años cuarenta cuando pertenecía a la casa mercantil Palazzi y Hnos. Amilcar Fajardo, un cajero muy vivo absorbido por la izquierda revolucionaria que lo llevó a prisión junto con el comunista Antonio Cachut, cajero también, pero del Banco Unión. Jesús Díaz asimismo era cajero de los buenos, no se metía en política, vivía soñando con una segunda lengua.  Renunció a seguir contando billetes tras una taquilla y se fue a estudiar inglés con un cuatro debajo del brazo, porque además de profesor del idioma anglosajón quería ser músico y compositor.