viernes, 18 de diciembre de 2015

El Parlamento y el Mensaje al Congreso de Angostura

El 2016 Venezuela estrenó nuevo Parlamento.  Un Parlamento integrado por parlamentarios opositores al Gobierno actual, algunos veteranos, otros bisoños, pero llenos de optimismo por la confianza depositado en ellos por la mayoría de los connacionales.  Todo lo cual suscitó una esperanza en leyes que reflejarían indudablemente lo que la mayoría planteó durante la campaña electoral y que en consecuencia, tiene y debe ser acatado por quienes tienen la responsabilidad de administrar y ejecutar las leyes de esa institución que el hombre civilizado se dio desde los tiempos más lejanos.
Porque es evidente que en un país realmente democrático gobiernan las leyes y las leyes son redactadas y dictadas precisamente por el Parlamento integrado por hombres escogidos como idóneos y dignos de la confianza de lo más expresiva de la nación.  Pero quien administra y ejecutan las leyes es el Poder Ejecutivo y, el Judicial, poder de la entera confianza del Parlamento para hacer cumplir las leyes dictadas por el propio Parlamento.  En consecuencia, quien gobierna en primera instancia es el Parlamento, institución que viene a ser algo asi como  la niña de los ojos del pueblo a a quien hay que cuidar y proteger como lo hace Juan Primito con Marisela en la novela de Rómulo Gallegos.
         De suerte que el Parlamento  es la institución más preciosa inventada por el hombre civilizado desde los tiempos más ignotos.  Ya en la antigua Grecia, 200 o 300 años antes de Cristo, existía el Parlamento históricamente conocido como el “Consejo de los Helenos”.    El Concejo de los Helemos era un parlamento que por su cercana vecindad cultural perfeccionaron los romanos con su famoso Senado, una de las instituciones del gobierno de la antigua Roma que formaban 300 magistrados.
         La teoría filosófica del francés Barón de Montesquieu a mediados del siglo dieciocho recrea el modelo político inglés que es  el sistema de separación de los poderes que considera el mejor en su especie como garantía contra el despotismo. De allí que el Parlamento inglés haya trascendido como madre de todos los parlamentos del mundo y que inspiró al Libertador en 1819 para concebir en el Mensaje de Angostura que delinearía en la nueva la  Constitución venezolana  lo referente al “imperio de las leyes”,
         Por supuesto, que las leyes redactadas y dictadas por el Parlamento son un reflejo de la realidad político social y cultural de cada nación.  De allí el viejo dicho según el cual “la costumbre se hace ley”.
Bolívar habla en su Mensaje al Congreso de Angostura del “imperio de las leyes” y explica que  “El poder Ejecutivo Británico está revesti­do de toda la autoridad soberana que le pertenece, pero también está circunvalado de una triple línea de diques, barreras y es­tancadas. Es Jefe del Gobierno, pero sus ministros y subalternos dependen más de las leyes que de su autoridad, porque son personalmente responsables y ni aún las mismas órdenes de la autoridad real los eximen de esta responsabilidad. Es Generalísimo del ejército y la marina; hace la paz y declara la guerra; pero el Parlamento es el que decreta anualmente las sumas con que deben pagarse estas fuerzas militares. Si los tribunales y jueces dependen de él, las leyes emanan del Parlamento que las ha consagrado. Con el objeto de neutralizar su poder, es inviolable y sagrada la persona del Rey y al mismo tiempo que le dejan libre la cabeza le ligan las manos con que debe obrar. El Soberano de Inglaterra, tiene tres formidables rivales: Su Gabinete, que debe responder al pueblo y al Parlamento; el Se­nado, que defiende los intereses del pueblo como representante de la nobleza de que se compone, y la Cámara de los Comunes, que sirve de órgano y tribuna al pueblo britá­nico. Además, como los jueces son responsa­bles del cumplimiento de las leyes, no se se­paran de ellas, y los Administradores de Era­rio, siendo perseguidos, no solamente por sus propias infracciones sino aun por las que hace el mismo Gobierno, se guardan bien de malversar los fondos públicos. Por más que se examine la naturaleza del Po­der Ejecutivo en Inglaterra, no se puede ha­llar nada que no incline a juzgar que es el más perfecto modelo, sea para un reinado, sea para una aristocracia, sea para una demo­cracia. Aplíquese a Venezuela este Poder ejecutivo en la persona de un Presidente nombrado por el pueblo o por sus Represen­tantes, y habremos dado un gran paso ha­cia la felicidad nacional.
Cualquiera que sea el ciudadano que llene estas funciones, se encontrará auxiliado por la Constitución; autorizado para hacer bien, no podrá hacer mal, porque siempre que se someta a las leyes, sus ministros coopera­rán con él; si, por el contrario, pretende infringirlas, sus propios ministros lo deja­rán aislado en medio de la República y aun lo acusarán delante del Senado. Siendo los ministros los responsables de las transgre­siones que se cometan, ellos son los que go­biernan, porque ellos son los que las pagan. No es la mejor ventaja de este sistema la obligación en que pone a los funcionarios inmediatos al Poder Ejecutivo de tomar la parte más interesada y activa en las deli­beraciones del Gobierno y a mirar como propio este departamento. Puede suceder que no sea el Presidente un hombre de gran­des talentos ni de grandes virtudes, y no obs­tante, la carencia de estas cualidades esen­ciales, el Presidente desempeñará sus debe­res de un modo satisfactorio, pues en tales casos el Ministerio, haciendo todo por sí mismo, lleva la carga del Estado”.