miércoles, 30 de noviembre de 2011

La antigua Catedral de Ciudad Bolívar


 Así como la vemos en la gráfica, pobre y deprimida, era la iglesia Catedral de Ciudad Bolívar hasta el 25 de mayo de 1922 que comenzaron los trabajos de refaccionamiento y ampliación de longitud hacia la calle Amor Patrio, abarcando el Oratorio de San Antonio, trabajos que se encomendaron al constructor para la época más reputado de la ciudad, Antonio Valera Villalobos.

Muy poco tiene que ver la Iglesia Catedral de Ciudad Bolívar del siglo diecinueve y parte del veinte al lado de la Catedral actual, alta y monumental y de presencia dominante dentro del contexto urbano del cuadrilátero histórico.

Lo único dominante de la Catedral antigua era la torre campanario con su cúpula y molduras de claro estilo neoclásico. La Iglesia Catedral remataba en la calle Amor Patrio casi por la mitad de la Plaza Bolívar. Separada de ella en la misma calle, el Obispo de la Diócesis, Monseñor Antonio María Durán, había hecho construir el Oratorio de San Antonio, su santo onomástico preferido y por el que promovió una devoción extendida a lo largo de la vía, entonces de tierra, que conducía hacia el puente Gómez. Extendida porque la Municipalidad la decretó Paseo San Antonio.

El Oratorio se había construido en 1901. Era de regular dimensión, tenía en los lados dos jardincillos y la imagen introducida era parecida a la que se venera en el Asilo de la Providencia de Caracas.

Por cierto que el 14 de enero de 1901, ese Oratorio de San Antonio había sido profanado y robado. Lo despojaron de su alfombra, de los floreros y el escobillón, originando una condena indignante de la feligresía.

Pero la devoción por San Antonio terminó por extinguirse. Se fue extinguiendo después del fallecimiento de Monseñor Antonio María Durán, ocurrido el 16 de junio de 1917, hasta el punto que el Paseo San Antonio pasó con el tiempo a llamarse Paseo Moreno de Mendoza y la Capilla terminó integrada a la Catedral y convertida en Sacristía.

La ampliación de la Catedral sacrificando el Oratorio de Monseñor Durán, la dispuso el obispo de la Diócesis de Guayana, Monseñor Sixto Sosa, alegando comodidad y holgura para los ritos religiosos. Los trabajos fueron llevados a cabo por el alarife Antonio Valera Villalobos. Fue la última obra material del prelado nativo del Tinaco, toda vez que había sido preconizado ese mismo año por el Papa Pío XI, Obispo de la recién creada Diócesis de Cumaná y Nueva Esparta.

Para cerrar su gestión diocesana con broche de oro, el Obispo pidió y fue complacido al Presidente del Estado, Vicencio Pérez Soto, elevar a Santa Ana a la categoría de Parroquia Eclesiástica.

De hecho, Santa Ana venía funcionando como parroquia desde que Monseñor Antonio María Durán introdujo en la diócesis a varios sacerdotes de la Orden de los Agustinos y le adjudicó a ellos la iglesia que es la segunda levantada en la ciudad después de la Catedral.

La Iglesia de Santa Ana, en la entonces calle Amazonas, se levantó sobre una casa donada para tal fin por la señora Ana María Méndez de Pulido, según documento público del 31 de enero de 1856. Los trabajos se realizaron bajo el Provisorato del sacerdote José Leandro Aristeguieta, pariente cercano del Libertador y quien llegó a ser Deán de la Catedral y Vicario Capitular de la Diócesis de Guayana. Fue bendecida por el Obispo José Manuel Arroyo y Niño. Además de la patrona Santa Ana, cuyas festividades realiza la comunidad el 26 de julio, fue entronizada también en 1893, la imagen de la Santísima Trinidad, siendo cura interino de la parroquia el Pbro. doctor Jesús María Alvarado.

martes, 29 de noviembre de 2011

Día del Escritor Venezolano


 La Asociación de Escritores de Venezuela, fundada por intelectuales venezolanos, proclamó el 29 de noviembre como su gran día para de esta manera honrar a don Andrés Bello, notable filólogo, poeta, educador y periodista nacido en Caracas en 1781 y fallecido en Chile en 1865, donde fue rector de la Universidad de Santiago durante 22 años.

Andrés Bello fue, además, el primer redactor de la Gaceta de Caracas, autor del Código Civil de Chile, de la primera Ortología americana, de la Biblioteca y el Repertorio Americano, traductor de Sófocles, Eurípides, Virgilio y Homero.

La Asociación de Escritores, concebida para trabajar, como dicen sus estatutos, por el más amplio desarrollo de la cultura, en particular de las letras, por la elevación de las condiciones sociales y económicas del escritor y por la defensa de sus derechos y de las libertades públicas, celebra desde 1935 cuando fue fundada, la fecha del nacimiento de Andrés Bello como si fuese la fecha del nacimiento del auténtico escritor venezolano.

Podríamos decir entonces, que con Bello nace en Venezuela esa pasión por escribir en el sentido más enaltecedor de la investigación y creación literaria.    Correspondió al antropólogo Miguel Acosta Saignes ser el primer presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela seguido por notabilidades como Arturo Uslar Pietri, Días Sánchez, Luis Pastori, Pascual Vanegas Filardo, Rómulo Gallegos, José Ramón Medina, Caupolicán Ovalles y otros que sería largo enumerar, pero que le dieron a la Asociación cuerpo y solidez gremial que conforman 24 seccionales en todo el país.

Entres esas seccionales está la de Ciudad Bolívar fundada en 1967 por iniciativa, entre otros, de José Sánchez Negrón, Mimina Rodríguez Lezama, Elías Inaty y Mercedes Quiroga, pero como institución civil sin fines de lucro, con personería jurídica y patrimonio propio, no fue registrada sino el 16 de mayo de 1990, por gestión de la junta directiva electa en 1989 y ratificada el miércoles 7 de noviembre de 1990.

Es realmente cuando la Seccional bolivarense toma cuerpo e impulso, y logra un subsidio del Conac de 250 mil bolívares los cuales se multiplicaron con la actividad gremial hasta formar un fondo editorial que le permitió publicar los libros “Rumor de la memoria”, de Elías Inaty; “Ventana al Sol”, de Iris Aristiguieta; “La Selva, protagonista de la novela Canaima”, de Diógenes Troncone; “Este silencio siempre”, de Teresa Coraspe y “Héroes y espantapájaros” de Mimina Rodríguez Lezama. De igual manera, la revista “Las Palabras”, de la cual circularon tres números, sustituida en 1992 por la revista “Urinoko” en un formato y mejoró la calidad, gracias a la colaboración de la periodista Albor Rodríguez y del diseñador Iván Castillo.

Esta junta directiva, ratificada para un segundo período, la conformaban el doctor Elías Inaty, en calidad de presidente; Américo Fernández, secretario general; Mercedes Quiroga, secretaria de finanzas; Iris Aristeguieta, secretaria de actas y Reinaldo González, secretario de cultura. Vocales: Guillermina (Mimina) Rodríguez Lezama y Diógenes Troncones Sánchez. Tribunal disciplinario: Horario Cabrera Sifontes, Teresa Coraspe y Abraham Sallum.

La AEV, seccional, tuvo el privilegio de ser anfitriona de la Primera Convención Nacional de Seccionales, realizada en Ciudad Bolívar los días 18, 19 y 20 de agosto de 1973, siendo presidente el poeta José Sánchez Negrón y a la cual asistieron delegados de 15 seccionales, para debatir como materia principal lo que entonces era preocupación de los intelectuales venezolanos: la Ley sobre Derecho de Autor que databa del mes de noviembre de 1962, en sustitución de la Ley de Propiedad Intelectual del 13 de junio de 1928.

lunes, 28 de noviembre de 2011

El médico José Tadeo Ochoa




 El 25 de enero de 1915 ocurrió la celebración del aniversario del nacimiento del médico José Tadeo Ochoa, conjuntamente con las bodas de plata de su colega Pablo H. Carranza. Precisamente fue este último quien pronunció la oración fúnebre a la hora de su sepelio en la Plaza Dalla Costa, hoy Plaza Miranda, en nombre de la Sociedad de Médicos del Estado Bolívar que él había liderado como presidente fundador.

El doctor José Tadeo Ochoa nació en Ciudad Bolívar y falleció aquí mismo en la tarde del 19 de febrero de 1924 y en esa ocasión el doctor Carranza dio testimonio de la pena que en el seno de la sociedad producía la desaparición de quien fue una de las más vigorosas columnas del gremio. A su entusiasta iniciativa se debió en gran parte la instalación de la Sociedad de Médicos, antecedente del actual Colegio de Médicos del Estado Bolívar. Fue su primer Presidente y la muerte lo sorprendió desempeñando la Vicepresidencia. En la Clínica de los Niños Pobres, la obra predilecta de la Sociedad de Médicos, desarrolló su altruismo profesional, sus arraigados sentimientos de caridad y su especial predilección por la infancia. Fue rector del Colegio Federal de Primera Categoría donde estudió y se graduó en 1885. Presidente del Concejo Municipal de Heres, diputado a la Asamblea Legislativa, director de Higiene y Salubridad y masón grado 33. Casado con la upatense Cecilia Rodríguez.

Su muerte conmovió a todas las instituciones y ciudadanía en general y en esa ocasión la Sociedad de Médicos del estado Bolívar publicó en la Gaceta Médica la siguiente “In memoriam”:

“Después de larga enfermedad, durante la cual no decayó un solo instante su noble y generoso espíritu, hecho para los ardores de la lucha y para las prácticas del bien, rindió la jornada de la vida, a las seis y quince minutos de la tarde del 19 de febrero del presente año, el meritorio guayanés doctor José Tadeo Ochoa.

Sobre su huesa se esparcieron en simpático homenaje de respetuoso cariño todas las flores de los jardines del Orinoco, y junto a ella, el alma de esta legendaria Ciudad Bolívar derramó las más puras lágrimas de aflicción, ya entregada al más acerbo de los dolores, desde el momento mismo en que la abandonó para siempre el hijo ilustre que tanto supo honrarla con su talento y sus virtudes.

El doctor Ochoa fue médico en toda la extensión de este vocablo, que tanto dice; y ya a la cabecera del enfermo como clínico, ya en la cátedra como profesor, puso de manifiesto su gran cultura mental, su amplio espíritu de observación, su claro criterio, la honradez de su corazón, su profundo amor a la ciencia en cuya tribuna hizo vibrar siempre el alto acento de la verdad, todo lo cual hizo de él un práctico de vanguardia, un profesional eminente, un facultativo completo.

El 22 de julio de 1885, coronó espléndidamente sus estudios nuestro maestro y colega, obteniendo en el Colegio Universitario de esta ciudad la borla del doctorado, y desde esa fecha hasta que lo postrara el mal que debía llevarlo a la tumba, no dejó un solo día de ejercer su hermoso y sublime apostolado, en el que supo brindar junto con el oro de su ciencia el oro también de su caridad, pues para la clase proletaria fue Ochoa un incansable benefactor, una verdadera Providencia.

Fue nuestro conterráneo miembro de la Facultad de Medicina, cuando el Colegio de Guayana era de 1ª categoría, después su presidente y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina, colaborando en los Congresos Médicos que ha tenido Venezuela”.

Los restos de Juan Germán Roscio


 El 4 de mayo de 1909 el diario “El Universal” de Caracas asombró con una noticia según la cual los restos del prócer de la Independencia y presidente del Congreso de Angostura, doctor Juan Germán Roscio, “reposan en el Cementerio de Ciudad Bolívar en una modesta bóveda de ladrillo con una cruz y breves inscripciones”.

Agrega la nota que “sus descendientes los Afanador Roscio, actualmente en Ciudad Bolívar, pueden indicar donde está situada la tumba a objeto de que los venerados restos sean exhumados y trasladados al Panteón Nacional”.

Juan Germán Roscio se hallaba en Angostura desde 1818 secundando a Bolívar en la reconstitución de la República de Venezuela y la creación de la subsiguiente República de Colombia. Figuró dentro de los principales redactores del Correo del Orinoco. Desempeñó sucesivamente las funciones de director general de Rentas, presidente del Congreso de Angostura, vicepresidente del Departamento de Venezuela y vicepresidente de Colombia la grande. Ocupaba este último puesto cuando murió repentinamente en vísperas de reunirse el Congreso de Cúcuta.

Juan Germán Roscio, abogado y político, uno de los principales ideólogos del Movimiento de la independencia, era hermano de Juan Crisóstomo Roscio, alcalde de la ciudad de Angostura, posición desde la cual apoyó a la Junta Suprema de Caracas surgida el 19 de abril de 1810 y por cuya causa fue reducido a prisión y conducido al presidio de Puerto Cabello donde fue fusilado el 24 de junio de 1813. Se casó dos veces en Angostura, la primera con Mariana Concepción Arcadio, hermano de los Contasti y con la cual tuvo a su hija Trinidad, casada con Nicanor Afanador. En segunda nupcias se casó con Dolores Cueva Afanador y vivían en la que es actualmente Casa de la Cultura “Carlos Raúl Villanueva”.

En cuanto a los restos de Juan Germán Roscio nunca estuvieron en el Cementerio de Ciudad Bolívar, tal vez se encuentren en Cúcuta según se desprende  de la nota cronológica publicada en la última página de la edición 102, 21 de abril de 1821, del Correo del Orinoco que dice así “Al anunciar el fallecimiento del Excmo. Sr. Vicepresidente interino de Colombia Dr. Juan Germán Roscio, sucedido el 9 de marzo en la Villa del Rosario de Cúcuta, el más acerbo dolor nos recuerda la pérdida de un Sabio ilustre, de un Magistrado íntegro, de un Patriota eminente, y de un virtuoso ciudadano. Desde el año 1810 en que Venezuela derrocó al despotismo hasta el día en que, después de un viaje penoso y dilatado, llegó al principio de este año a la nueva capital del Estado, mil graves y difíciles empleos ocuparon de tal suerte su vida, que puede decirse con verdad, que, ni un momento respiró, sino en servicio de la Patria…”.

Manuel Piar y Manuel Palacio Fajardo si murieron y fueron sepultados en Angostura, pero no Juan Germán Roscio. Este patriota murió y fue sepultado en Cúcuta el 10 de marzo de 1821, cuando se dirigía desde Angostura a preparar el Congreso que se había acordado para dictar la Constitución de la nueva República de Colombia que reuniría a Venezuela, Cundinamarca y Quito.

De manera, que el ilustre patricio nacido en San José de Tiznados el 27 de junio de 1763 cuando entonces pertenecía a Caracas y no al Guárico como hoy, tuvo ese destino lamentable, murió en el camino devorado por la inclemencia, sin cruz ni lápida que diera cuenta de su honor, de su clase y de sus ejecutorias en aras de una patria libre, absolutamente libre, sin esas las ataduras de dependencia que no termina de zafarse.

Inundación del Orinoco en 1909


El Orinoco rompió el Dique a la media noche del 23 de agosto de 1909 y penetrado a sus antiguos predios hasta nivelar sus aguas con las de la Laguna cubriendo hasta el techo numerosas casas de la parte baja y llegando escalonadamente hasta la mitad  las aceras de las ubicadas en cota superior.
La gente asoció la alta crecida del Orinoco con la llegada del Cometa Halley, anunciada como el mayor fenómeno celeste que quizás haya observado la humanidad desde 240 años antes de Cristo cuando fue registrado por primera vez.
El agua llego al frente de los talleres del diario El Luchador y penetró hasta el patio de las familias Cambra, Núñez Machado, Machado, José Eugenio Sánchez, Siegert Marcó, Virgilio Casalta, Julio García, Alcalá Sucre y todas las de las calles El Porvenir, Rosario, Plaza Farreras, La Cloaca, El Cañón, Maturín, Zaraza, El Toro, El Remanso, Urica o Isla del gato, Piar, Santa Justa, 28 de Octubre, Santa Rita y Orinoco; Solar de la Aduana Vieja, Barrio Santa Lucia (parte sur de la Laguna), Barrio La Logia, barrio El Chipolo.
Total: 442 casas inundadas. El casco parecía una isla y se comentaba que si después de 1903, año de la última crecida, se necesitaron seis años para reconstruir a medias las viviendas destruidas, por lo menos diez trascurrirían ahora para levantar de nuevo esas viviendas.
Pero esas viviendas podrían ser mejores, por lo menos a lo que el techo se refiere, según un anuncio de la firma Seijas & Madriz, que ofrecía introducir desde Nueva York una modalidad de techo considerado más barato, económico y duradero que la palma de Moriche. Tal era el De Ronde´s  Rooting.
El Gobernador Arístides Tellería destinó 40 mil bolívares del presupuesto al mejoramiento de las defensas de la ciudad contra las periódicas embestidas del Orinoco.  Preveía la reconstrucción del Dique entre la parte Oriental de Santa Lucia y la Occidental de la Alameda, obra ésta que se encomendó a Juan Vicente Rodríguez.  El Presidente de la República, Juan Vicente Gómez, dispuso 6 mil bolívares para los damnificados más pobres, 545, según el censo del Obispo Antonio María Durán, presidente de la Junta de Socorro.
El represamiento del río San Rafael por le crecida del Orinoco aisló completamente a las posesiones rurales que existían en lo que es hoy La Sabanita, entre ellas la de Guillermo Lange, quien pidió al Concejo Municipal le concediera permiso para la construcción de un Puente de Hierro sobre San Rafael.  Tal permiso le fue concedido el 2  de septiembre por acuerdo del Concejo, para ser construido  en un sitio escogido por la Comisión Permanente de Obras Públicas de la Municipalidad.  Se declaró dicha obra de utilidad pública, y en consecuencia, expropiados los terrenos necesarios. Este puente de hierro se conoció por mucho tiempo como Puente Lange.
 El desbordamiento del Orinoco en 1909, luego de reventar el dique de la Laguna del Medio y recobrar sus antiguos predios, le inspiró a Juan de la mar este soneto  dedicado al doctor J. M. Agosto Méndez:  “Ruge soberbio el caudaloso río / en la  larga prisión con que Natura / cortara su titánica bravura / y se estremece con heroico brío / En su acción destructora hacia el bohío / que el viejo Dique con su tapia musga / veloz se precipita en una oscura noche /  sembrando la miseria impía / así no se arremete al proletario / al obrero infeliz que en su morada / cansado y lazo del trabajo diario / reposa dulcemente, blandamente / en los cálidos brazos de su amada / presa de la ventura más ingente”.


domingo, 27 de noviembre de 2011

El Fotógrafo I. E. Rebolledo


Isidoro Enrique Rebolledo fue el primer fotógrafo en establecer un estudio de fotografía  en Ciudad Bolívar.  Hasta ese momento, es decir, hasta 1913, los bolivarenses conocían la fotografía y la disfrutaban, la daguerrotipo que era la vigente, a través de profesionales foráneos  itinerantes a domicilio que venían por temporada de la vecina Isla de Trinidad y posteriormente de propios nativos que se aficionaron en el exterior y la pusieron en práctica deportiva y familiarmente en la ciudad.
Isidoro Enrique Rebolledo, nacido en Guasipati en 1895 fue el primero y se dio a conocer publicando este aviso en la prensa local: “I. E. Rebolledo, Fotógrafo Profesional, ofrece sus servicios para dar a conocer los adelantos en el arte de Daguerre, lo que hará profesionalmente a domicilio, por no haber hallado en el presente un local adecuado y céntrico donde montar su taller.  Tonos sepia, azul, verde, naranja.  Ampliaciones al óleo, acuarelas y foto-creyón”. 
Rebolledo tenía su residencia en la calle Carabobo y exhibía sus trabajos fotográficos en el salón barbería Petit Trianon de Antonio Lauro, italiano que además de fígaro ejecutaba música de viento en la Banda Gómez del Estado.
Al fin, Rebolledo halló un local adecuado para su estudio en el cual lo ayudaba su esposa Carmen Salazar.  Con ella aprendió el arte de Daguerre su  pariente Sobella Cárdenas de Salazar, quien fue la primera en montar un taller de fotografía en Tumeremo.  Por cierto, que ella, al igual que Rebolledo, con una Cámara 6x9 Zeiss Ikon trató de retratar en 1926 al Profeta Enoc detrás del cual siguiéndole de cerca los pasos iba también de curioso el joven Horacio Cabrera Sifontes. El profeta Enoc, misterioso personaje que estuvo peregrinando por Guayana en tiempo de la humareda (1926), no pudo ser retratado por Isidro E. Rebolledo, reputado entonces como uno de los mejores fotógrafos de la primera mitad del siglo veinte. Por más fotos que le tomaba nunca salía. El único que lo aprehendió sobre un lienzo, dibujándolo a creyón, fue el juez de Tumeremo, Francisco Daza Carmona, el padre de Argenis. A la imagen delineada comenzó a venerarla después la gente de El Manteco, en una capilla que le construyeron.
  Rebolledo se surtía de material fotográfico viajando frecuentemente a la Isla de Trinidad donde residían exiliado de la dictadura gomecista muchos venezolanos que desde allá mismo no dejaban de conspirar aprovechando enlaces como al que se prestó Rebolledo, de suerte que en diciembre de 1933 se vio complicado en una conspiración contra la dictadura de Juan Vicente Gómez que tendría su comienzo con la toma del Cuartel El Capitolio de Ciudad Bolívar. 
Por una serie de circunstancias, el golpe fracasó y rebolledo fue a parar  al Castillo de Puerto Cabello con un grillo ochentón en cada pierna, de donde salió hecho una ruina dos años después,  a la caída del dictador.
Su estado físico, como el de tantos otros, era tal que hubo que internarlo en el hospital de la Cruz Roja de Venezuela para un tratamiento que duró seis meses. Ya recuperado, logra que el Gobierno lo nombre administrador de Correos de San Juan de los Morros donde estuvo poco tiempo pues decide reincorporarse a su Talle de Ciudad Bolívar.  Al parecer las relaciones con su esposa Carmen Salazar se habían deteriorado de forma tal que terminaron divorciándose y liquidaron el Estudio.  Cada quien se fue por su lado: Carmen a Caracas  donde hizo carrera como profesional de la fotografía y Rebolledo a La Guaira donde contrajo matrimonio con Ligia  Gamboa también aficionada a la fotografía. Allí murió en 1953 a causa de las penalidades de su antigua prisión.




viernes, 25 de noviembre de 2011

El Músico y compositor Félix Mejías

Ivo Farfán, guitarrista clásico, atraído por los inconfundibles ritmos del Jazz, acaba de dar a la luz un libro, más que un libro, diría yo, una plaquette, sobre un personaje casi leyenda de la Ciudad Bolívar de la primera mitad del siglo pasado.
            Este personaje, Félix Mejías, rara vez escapa de la tertulia musical y de los conciertos populares. Posiblemente por esa presencia constante en la memoria musical bolivarense, Ivo Farfán se propuso, como ayer con Alejandro Vargas y Fitzí Mianda, atraparlo en su pluma de cronista de esta disciplina que él cultiva desde sus tiempos más tempranos.
La Plaquette de 70 páginas, en letra de catorce puntos, diseñada por los artistas plásticos Lorenzo Briceño y Luis Pérez, con reproducciones fotográficas de la colección  de Juan José Camacho, recrea en forma novelada la vida bohémica de Félix Mejías, personaje muy característico de una época que todavía no conocía los medios radioeléctricos, siempre él vestido de blanco,  con sombrero de pajilla y corbata negra, muy sumado a su violín, exquisita herramienta con la cual extraía de su alma juglaresca valses  lánguidos y melodios como “Rayo de Luna”,y “Feliz regreso”, “Adoración”, “Primavera”  que nunca faltaban en  los repertorios de Juanito Arteta, Telmo Almada y Pepe Flores.
Sus composiciones estuvieron generalmente asociadas a sus novias reales e imaginarias y a un singular como creativo anecdotario muchas veces deformado por la tradición popular.
La percepción que tengo del trabajo de Ivo Farfán  es que Félix Mejías era un músico magro  que no tuvo más familia que su violín, su perro “Ulises” y su fantasía   rondando en torno a los amores imposibles como Edelmira, Lina Torres y  María de Lourdes Aguilera pertenecientes a una sociedad a la cual no tenía acceso sino como músico carismático y ocurrente que solía imprimirle a las cuerdas del violín al ritmo intranquilo de su vida, internada en el Zanjón donde la aridez de las piedras monumentales solo se apaciguaba con el paisaje profundo del Orinoco y las frotadas cuerdas de su instrumento 
            El Luchador del 4 de agosto de 1932, da cuenta de los éxitos y trascendencia de este músico y compositor  contratado por la Brunswick Record Corporation a través de su agente en Ciudad Bolívar, Carlos Carranzas, para grabar sus valses Feliz regreso, Rayo de luz, Adoración y Mi dulce Carmen.
Félix Mejías, no obstante haber nacido en el centro llanero del país, siempre se tuvo como bolivarense.  Sucedía porque llegó  joven a la capital orinoquense traído de la mano por su pariente el Vicario Apostólico de la diócesis de Guayana, Adrián María Gómez, quien tuvo más de un disgusto con él por estar acentuadamente ligado a la bohemia bolivarense como Luis Tovar, el pariente del poeta Héctor Guillermo Villalobos, para arriba y para abajo con su violín inseparable amanecido e impregnado de sereno por las parrandas y largas serenatas ventaneras, vestido de paltó y corbata negra, con sombrero de pajilla, del Mercado al Morichal y de Perro Seco al Tapón, tocando y cantando bambucos de honda nostalgia, valses de lento dolor y jarabito mexicano.
Así como la Barca de Oro de Alejandro Vargas tiene su historia conectada con el pueblo de Palmarito, la tiene igualmente el popular vals “Feliz regreso” de Félix Mejías.  Una historia real o de anecdótica ocurrencia, según la cual no sería “Feliz regreso” sino “Félix regresó”, pues Félix Mejías la habría compuesto para celebrar su retorno a la ciudad luego de varios días de ausencia en su nativa tierra de Aragua de Barcelona o en los Castillos de Guayana la Vieja a donde lo habría relegado de la sociedad bolivarense un gobernante a quien le habría hecho el músico un desplante virtualmente imperdonable.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El Jockey Club de Ciudad Bolívar


El hipódromo  o Jockey Club de Ciudad Bolívar comenzó a construirse en la parte oriental de la ciudad por iniciativa del doctor Antonio María Delgado y Santos Palazzi, sobre terreno  otorgado por la Municipalidad y con capital aportado por el sistema de acciones.
Constaba de una pista de 1.000 metros por 12 de ancho, para seis caballos. Tribuna para 500 personas y una casilla de Juez y comisarios. Fue inaugurado los días 27 y 28 de octubre de 1907 con un programa de cinco carreras por día, cada una de tres caballos. Participaron diez ejemplares locales y dos traídos de Trinidad y El Callao, donde ya existía un Hipódromo fundado por Felipe Abatti, entre otros. Entonces un caballo para labores del llano costaba entre 50 y 60 pesos y 20 onzas el apto para carreras. Se daba la particularidad de que un caballo podía participar dos veces en un mismo programa.
Durante los dos días de carreras inaugurales participaron los caballos Huribari, de Celis Plaza; Plumaje, de Laureano León; Turrón de Coco, de A. Santos Palazzi; Orinoco, del sindicato Excelsior; Colombia, de F. Urich; Bizcochito, de A. Santos Palazzi; Bayoneta, de Laureano León; Pollito, de A. Santos Palazzi; La Paloma, de A. Celis Plaza y Violín de J. Michelangeli.
La primera carrera, en 600 metros, premio Santa Lucía de Bs. 300, se dio a las nueve de la mañana del día domingo 27 de octubre con Turrón de Coco, declarado forfeit; Plumaje, ganador, y Huribari.
La segunda carrera (Premio Guayana, 700 metros, Bs.400) fue ganada por Colombia y la tercera (Premio de las Damas, 600 metros, Copa de Plata), la ganó Bayoneta, por haberse despistado Pollito ya al final de la carrera y cuando venía victorioso.
Vibró luego la campana para la cuarta (Premio Ciudad Bolívar, 1000 metros; Bs. 600) y se presentaron a la raya Plumaje y Turrón de Coco, pero fue declarada nula por haber el Jockey de Plumaje faltado al Reglamento del Club, según sentenciaron los Jueces, oído el dictamen de los Comisarios encargados de vigilar las carreras.
Llamados a repetir la carrera, sólo se presentó a la pista Turrón de Coco, el cual corrió sin competidor, por lo que se le adjudicó la mitad del premio.
En la quinta carrera de este día (Premio de Comercio, 1.200 metros, Bs. 800) no corrió sino La Paloma, por haber el propietario de Colombia retirado su caballo, sin explicación alguna.
El segundo día de  carreras (28), aún cuando no hubo la concurrencia del anterior, hubo mayor entusiasmo, no obstante lo temprano de las competencias, las fiestas oficiales con motivo del onomástico del Libertador y la llegada del vapor Delta, cuyo arribo atrajo mucha gente a la playa.
Actuaron como Comisarios de Casilla: Virgilio Casalta, H. Queriza, Cnel. Sebastián Alegrett, Serse Henderson y Max Paschen y como Comisarios a Caballo, Dr. J. M. García Parra, Dr. Rafael Requena y Antonio Celis Ruiz. De Starters fungieron Salomón Khazen y Dr. Julio Calcaño Herrera
La inauguración del Hipódromo del Jockey Club de Ciudad Bolívar coincidió con la llegada a la ciudad del primer Omnibus, el cual se estrenó estableciendo una ruta desde El Oasis hasta El Dique. Aquí dejaba los pasajeros que se dirigían, bien al Hipódromo o a otro lugar de la periferia..
Con la inauguración de su Hipódromo, Ciudad Bolívar se puso a la par del Jockey Club de Caracas que oficialmente había iniciado las carreras hípicas en 1886, durante el período presidencial de Joaquín Crespo, quien era propietario de un importante hato en el Caura que luego pasó al dictador Juan Vicente Gómez. El primer Hipódromo de Caracas funcionó en las Delicias y en 1908 pasó al Paraíso

lunes, 21 de noviembre de 2011

La Herrería de José Abati

             
El 23 de enero de 1917, aparece el anuncio de la instalación del taller de herrería y mecánica del italiano José Abati, procedente de las Minas de Naricual donde operaba desde 1899 con la Compañía “Lanzón Manttini”.  Su Taller de Ciudad Bolívar, en la calle El Porvenir, frente a la Laguna,  resultó una escuela muy provechosa para numerosos guayaneses como Ramón Alcocer, quien se independizó constituyendo su propio taller mecánico; Aquiles Ballizi, qien pasó a operar las maquinarias de la Tenería de los “Hermanos Bilancieri”;  José Leal, tractorista mecánico que pasó al servicio de la Oficina Técnica Gutiérrez y Cia de Caracas.
            En tiempos del General Eleazar López Contreras y siendo el  Dr. Ovidio Pérez Agreda, Presidente del  Estado, dispuso reducir el perímetro de la Plaza  Bolívar a fin de facilitar el tránsito de automóviles por la calle Bolívar que resultaba estrecha. Se le asignó el trabajo a la Herrería de Abatti, ubicada en la avenida,  quien tomó las previsiones para mantener los portones, pero una violenta decisión del Presidente del Estado culmino con su eliminación definitiva por estimar que las plazas públicas debían permanecer abierta, sin horario, para el disfrute pleno de la ciudadanía. Los portones permanecían desde entonces bajo custodia en el fondo de la casa de José Abatti Bureli, hijo. .
            Hasta entonces y desde mediados del siglo pasado se acostumbraba  abrir y cerrar la Plaza Bolívar de seis de la mañana a seis de la tarde por cuestión de seguridad y para evitar las deyecciones de las bestias del transporte de tracción así como la incursión de animales realengos en los jardines de la plaza.
            Cerca de la Herrería de José Abati estaba, pero en el Callejón Dalton, la Herrería de Humberto Battes, especializado en fabricar ruedas para Wagon, ruletos y carros de mulas.
Angostura, después Ciudad Bolívar, antes de la llegada de los primero herreros profesionales, exceptuando las antigua y rústicas forjas de los misioneros catalanes en Upata y Mundo Nuevo de Ciudad Bolívar, importaba de Europa, especialmente de las acerías de Hamburgo, ventanas, balcones, rejas, columnas, mascarones, balaustradas y ruedas para carruajes. Es a partir de 1904 cuando se instalan los herreros extranjeros Enrique Ostermay, José Abati, Humberto Bates, Henry Thomas, entre otros, que disminuye gradualmente la importación de esos renglones metálicos que demandaban las edificaciones de los potentados de la economía, alemanes, corsos, ingleses, italianos.
La última Forja de Ciudad Bolívar fue “La Alemana” de José del Valle Silva, comprada a Ostermay con el producto de un billete de lotería,  pero ya este tipo de forjas no se realiza en la ciudad. La civilización ha impuesto otras técnicas y modelos que se avienen muy bien al modernismo y que de ninguna manera se critica o se rechazan, sólo que por corresponder a otro lenguaje no encajan en la arquitectura angostureña que nos viene del siglo dieciocho y que se reforzó durante la mitad del siglo veinte..
            La arquitectura moderna o, en todo caso, la contemporánea, debe recrearse en nuevos espacios y dejar la ciudad primigenia inalterable en su esencia históricamente identificable, lógicamente, dentro de su propio contexto para que mañana cuando las generaciones futuras pregunten cómo era la ciudad de sus abuelos haya, mejor que el recuerdo y la crónica, una realidad viviente, una respuesta permanentemente tangible.
            Las casas antiguas, especialmente si forman un conjunto urbanamente trazado, son la memoria, el testimonio, la historia vívida de la ciudad y la idea de preservarlas, rescatarlas, conservarlas, en el caso de Ciudad Bolívar, fue la intención al ser declarado su casco urbano monumento público nacional en 1976.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Georg Heinrich Blohm


El 17 de Enero de 1909 acaeció en la ciudad de Hamburgo el fallecimiento del respetable comerciante Georg H. Blohm, a la edad de 72 años”, hijo de Georg Friedrich Blohm, quien fundó en Ciudad Bolívar uno de las casas mercantiles más poderosas entre los siglos diecinueve y veinte.
Georg Blom inició en Venezuela la más importante inmigración de comerciantes alemanes de Hamburgo y Lübeck y al poco tiempo se convirtió en líder de las casas comerciales extranjeras en franca competencia con Boulton & Cía.
Georg Friedrich Blohm, nacido en la ciudad de Lübeck, llegó a la Angostura del Orinoco en 1839, procedente de la danesa isla de San Thomas donde trabajaba como empleado de la firma Overmann..  Aquí en Angostura se asoció con Juan Bautista Dalla Costa, quien lo apreció altamente competente, muy confiable, lo cual le valió para ganar valiosas relaciones, tanto dentro del país como fuera del mismo.  Sin embargo, en 1834, Blohm se separó  de Dalla Costa, adquiriendo el compromiso de no instalar, dentro de los próximos diez años, ningún negocio competidor ni de otro tipo en Angostura.  Ese año viajó a San Thomas y se casó con la joven Ann Margaret, hija del Juez de Paz de la isla.  Seguidamente se radicó en La Guaira, donde se convirtió en socio de la casa Overmann en La Guaira y Puerto Cabello.
En 1844, se cumplió el décimo aniversario de la firma del acuerdo con Dalla Costa en Angostura, año en que el comercio de Guayana había adquirido un gran desarrollo, de manera que no lo pensó dos veces y volvió a Angostura, esta vez para asociarse con la firma de su compatriota Adolfo Wuppermann, primer cónsul de las ciudades hanseáticas en Angostura, designado en febrero de 1838. Además de cónsul tenía un comercio de importación y exportación y estuvo como tal hasta 1857 cuando se ausentó de la ciudad.  . 
            La importancia comercial de Angostura era tal que alrededor de quince consulados y viceconsulados tenían sede en la ciudad.  La red del Orinoco y sus numerosas ramificaciones conectadas a la cuenca amazónica, permitía a las firmas mercantiles  de Angostura comerciar con un territorio muy amplio, cuyos frutos eran exportados a Europa.  De otra parte, los territorios de los Llanos, hasta los Andes, con todos sus pueblos y ciudades, constituían un extenso mercado para las mercancías europeas.
Después de Angostura, Blohm extendió su gran comercio de importación y exportación hasta Maracaibo, Valencia y Barquisimeto, en total siete casas, unificadas bajo la razón comercial de Blohm & Cía.  Para ello Contó siempre con sus hijos y con su talento de verdadero estratega comercial que planeaba  desde Lübeck después de su retiro, la expansión de su comercio.
Georg Blohm, quien falleció en Lübeck en 1878, a la edad de 77 años, fue un comerciante ejemplar, de principios acendrados, ascético, austero, sencillo, y dentro de esos mismos principios éticos y morales en función de un comercio honesto, fueron educados sus hijos Georg Heinrich y Ludwin Friedrich.
Georg Blohm murió en su tierra natal Lubeck  en 1878 y quedaron comandando las casas mercantiles en Venezuela sus hijos Georg Heinrich Blohm, fallecido en 1909 y Ludwing Friedrich Blahm, fallecido en 1911.
La Casa Blohm en Ciudad Bolívar estuvo en actividad hasta la mitad del siglo  XX y por ella desfiló la más importante corriente de alemanes que se quedaron en Ciudad Bolívar, entre ellos y de la última generación, se cuenta Hans Welle, quien luego de trabajar ocho años en la Casa Blohm, compró el Hato ¨La Puerta¨ en San Francisco de La Paragua y posteriormente, obligado por la educación de sus hijos Klaus y Ursula, estableció un comercio de ferretería y construcción en Ciudad Bolívar que junto con el de Boccardo es y continúa siendo el más tradicional de la región.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Cuando la luz era de carburo


Todavía a principios del siglo veinte, los bolivarenses de la capital se alumbraban con carburo, o sea, con gas acetileno.  Anteriormente la luz por las noches era posible con velas o con lámpara de aceite de seje o de tortuga y en lejanas zonas rurales con mechas de esparto y alquitrán.
Algunas casas distinguidas de Ciudad Bolívar ya se alumbraban con gas a finales del siglo diecinueve, pero fue a comienzos del siguiente cuando su uso se extendió, especialmente en los edificios públicos como el Colegio Federal que funcionaba en la Casa  del Congreso de Angostura, en la Iglesia Catedral y en el Teatro Bolívar.
El 20 de agosto de 1912 se conocieron los proyectos de bibliotecas para el Hospital y  el Colegio de Varones así como la colaboración prestada para completar el alumbrado del establecimiento educacional.  El rector Herrera Franco agradeció n esa ocasión  la cooperación de las personas a quienes se dirigió para llevar adelante, además de la Biblioteca, el alumbrado del Colegio Nacional de Varones que dirigía.  De esta forma el salón de actos académicos, además de su antiguo alumbrado de 75 velas, tenía el gas acetileno con potencia de 300 bujías.  Por su parte el doctor José Gabriel Machado, Procurador de Presos del Estado, sometió a consideración del Concejo Municipal el proyecto de fundar en el Hospital Ruiz, para entonces dirigido por los doctores Félix R. Páez y J. M. García Parra, una biblioteca de obras amenas que “tienda a levantar el espíritu decaído y el valor moral del enfermo”.
La Catedral instaló alumbrado de gas acetileno con un aparato generador marca Monarch importado de Estados Unidos en 1912, el cual suministraba la luz a tres arañas de diez mecheros cada una en la nave mayor, 14 mecheros en el Presbiterio del altar mayor, uno en la sacristía, 5 en el Coro alto y 15 en la nave lateral del Cristo, el equipo, incluyendo la instalación, tuvo un coso de 682, 85 pesos.
El gas acetileno, producto del carburo de calcio en contacto con el agua, fue industrializado a fin de mejorar el alumbrado público y doméstico.  Ese gas preparado en diferentes formas era capaz de generar una llama bastante luminosa.  Antes de que se inventase la lámpara eléctrica constituía uno de los medios más comunes de iluminación.  Fue descubierto por el químico inglés Edmundo Davy.
La lámpara de carburo es obra del ingenio inglés Edmundo Davy, a finales del siglo diecinueve y la popularizó la tecnología norteamericana.  Fue realmente una novedad muy aceptada en todos los estratos tanto por la luminosidad de la luz como por el costo del carburo de calcio que aquí en Ciudad Bolívar llegaba en tambores a bordo de los vapores de  la Real Holandesa y Venezolana de Navegación.  Los bodegueros expendían el carburo al detal en pequeñas cantidades envueltas en papel de traza.
Consta esta lámpara  también llamada carburera, de dos compartimientos que se cargan con ambos reactivos, agua en el superior y carburo de calcio en el inferior. Un elemento de regulación  permite aportar controladamente pequeñas cantidades de agua al carburo, produciéndose el gas acetileno que se quema en una boquilla que puede estar provista de un reflector  parabólico como en la gráfica.
Las primeras patentes de lámpara aparecen en 1899 en Estados Unidos y Alemania y ya en el siglo veinte casi todos los países, incluyendo Venezuela por supuesto,  fabricaban sus propios modelos.  Los aparatos originales sufrieron a través del tiempo muy pocas modificaciones desde la aparición de los primeros modelos, pues el fundamento de su funcionamiento apenas pudo variar.


martes, 15 de noviembre de 2011

Heddy Sevilla en el Museo Histórico


Hoy sábado 12, a las cuatro de la tarde, Heddy Sevilla expondrá  su más reciente producción plástica siguiendo la técnica y  estilo  del  movimiento constructivista iniciado en Rusia a principios del siglo pasado por  el escultor y pintor Vladimir Tatlin.
            Las obas, trabajadas en hierro, madera y aluminio, las presenta en diferentes formatos y algunas son proyectos para grandes murales concebidos para arquitecturas contemporáneas.
            Una de los pocos artistas locales en los que ha influido al Museo de Arte Moderno Jesús Soto ha sido Heddy Sevilla, quien hace tres decenios era figurativa atrapada por el paisaje de la selva y de los ríos y luego experimentó hasta consolidarse en el constructivismo estimulada por artista internacionales como Getulio Alviani,  Coppola y la crítico de arte Gloria Carnevali.
            Hace más de treinta años que Heddy Sevilla se recibió de abogado  después de haber trazado un ángulo existencial entre Apure, Barinas, Caracas, Apure. Años después siguió el eje Apure-Orinoco y se instaló en Ciudad Bolívar  para completar  esa figura  un tanto  irregular con cortes biselados de 45 grados que pretendemos ver en sus obras duras y maleables, pero virtual  y estéticamente estilizadas de colores cálidos.
Después de un largo tiempo tratando de atrapar el paisaje y la figura humana .a punta de creyón y pincel, se le encallaron las manos inventando estructuras de tartán que luego alcanzaron el aluminio y el hierro.  Venalum  entonces le encargó un proyecto para su área ambiental.
Fue  un salto intempes­tivo del arte objetivo al arte abstracto. Heddy comenzó a visitar el Museo Soto con apasionada frecuencia. Entró en contacto con  Gloria Carnevali, Getulio Alviani, Raquel Valedón, Silvia Jastran, José Rosario Pérez, y descubrió que el tema y la resolución plástica  coexistían en cierta forma en el arte tradicio­nal que había cultivado desde la adolescencia, pero que podían divorciarse y vivir separada­mente.
Heddy Sevilla, quien también es docente y escribe poesía, cuentos y novelas además de textos didácticos, trabaja en el taller de su casa protegida por dos fieras enjauladas en la puerta cuando hay visitas y cuyos ladridos suele acallar con la música de un' órgano Yamaha.
Nunca se divorció de su marido, pero ella en su condición de Fiscal de Fami­lia que lo fue por mucho tiempo, tuvo  que ver con el divorcio, la nulidad del matrimonio y la separación de cuerpos. Actuaba en representación del Ministerio Público como parte de buena fe. Y se me ocurre que tal vez por esa experiencia familiar y coti­diana trasladada al arte, Heddy Sevilla pudo ver que era posible divorciar el tema, de la resolución plástica. Hizo el ensayo y vio que la armo­nía de los colores, la organización de las formas, la distribución del espacio, la calidad de la línea y la naturaleza de los ritmos son una emoción distinta y nada tiene que ver con el tema, con la anécdota de la obra.
Descubrió algo que ya había sido planteado por Platón en la antigua Grecia de que "Hay una belleza que no es de cosas sino de líneas, rectas y cur­vas, de superficie y formas sólidas". Platón, mucho an­tes que los pioneros del arte moderno, consideraba que la belleza absoluta se encuentra  en las formas  geométricas y en los colores puros. Pero nunca es tarde cuan­do la dicha es buena y Heddy Sevilla es dichosa por haber encontrado un nuevo camino. El camino del constructivis­mo, del cinetismo emparentado con el Op-art y la dinámi­ca y el tiempo como elemento artístico. Su obra, la que expone desde hoy, configura  una excitante trama de planos super­puestos dentro de un juego creativo realizado con depurada sensibilidad artística.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La Gaceta Médica


El 31 de agosto de 1914 salió a la luz pública el primer número de la Gaceta Médica de Ciudad Bolívar, dirigida por el doctor José Manuel Agosto Méndez y una junta de redacción integrada por  los doctores José Domingo Montenegro, Diego Alberto Blanco Ledesma y Manuel Felipe Flores. 
            Un bolívar costaba el ejemplar y admitía el canje con otras publicaciones de igual índole en el país como la Gaceta Médica de Caracas que se editaba desde 1893 bajo la dirección del doctor Luis Razetti.
            Su primer número salió como un prospecto en el que “adelantado por el plausible propósito de contribuir, aunque con mínimo contingente, al positivo engrandecimiento de la Medicina Nacional en esta importante porción de la República, venimos a tener presencia en los estrados del periodismo patriótico sin pretensiones de ningún género y sabiendo muy bien que nuestra hoja será no el sabio maestro encargado de poner en práctica su sagrada misión de enseñar, si no más bien el discípulo entusiasta, dispuesto siempre a estudiar y aprender”.
            Esta revista considerada también como la historia regional de la medicina en el Estado Bolívar vino a ser el complemento de la naciente Sociedad de Médicos, de suerte que toca a ella en su primera edición divulgar el acta de instalación de esta Sociedad presidida por el doctor José Tadeo Ochoa, acompañado en la directiva por los doctores Luciano Holmquist y Pablo H. Carranza.  Esta sociedad tenía entre sus objetivos la unión de sus miembros y el progreso de las ciencias médicas.  Su local fue una casa al lado del Hospital Mercedes y su órgano oficial, ésta, la Gaceta Médica la cual salía regularmente cada mes y posteriormente cada tres meses, durante treinta años.
            Además del Acta de Instalación de esta Sociedad, antecedente gremial del actual Colegio de Médicos del Estado Bolívar, la Gaceta publica trabajos sobre la “Magnificencia de las Ciencias Médicas”, del doctor José Domingo Montenegro y sobre la “Etiología y Patología de la fiebre amarilla hemoglobinúrica” del doctor Carlos Emiliano Salom.  Asimismo información sobre los servicios y operaciones del Hospital Ruiz y la fundación del Centro de Farmacéuticos del Estado Bolívar presidido por el doctor C. F. Rodríguez Gruber.
            A la entusiasta iniciativa del doctor José Tadeo Ochoa se debió la instalación de la Sociedad de Médicos, antecedente del actual Colegio de Médicos del Estado Bolívar.  Fue su primer presidente y su muerte ocurrida el 19 de febrero de 1924 lo sorprendió desempeñando al Vicepresidencia.  En la Clínica de los Niños Pobres, la obra predilecta de la Sociedad de Médicos, desarrollo su altruismo profesional, sus arraigados sentimientos de caridad y su especial predilección por la infancia.  Fue Rector del Colegio Federal de Primera Categoría donde estudió y se graduó en 1885.  Presidente del Concejo Municipal de Heres, diputado a la Asamblea Legislativa, Director de Higiene y Salubridad.  Casado con la upatense Cecilia Rodríguez,
Para el tiempo de la aparición de la Gaceta Médica, Ciudad Bolívar se daba el lujo de atender la salud y asistencia social con puros médicos egresados de la Escuela de Medicina del Colegio Federal de Guayana.,  además del doctor José Tadeo Machado,  el doctor  J. M. García Parra, tío del Maestro Jesús Soto; Antonio Bello, Juan Pablo Carranza, Juan de Dios Holmquist, Félix Rafael Páez, José Manuel  Agosto Méndez, director de la Gaceta;  Miguel Ángel Rodríguez, Ramón Antonio Gómez, Óscar Luis Perfetti, Pedro Credecio y Santiago Izaguirre..
            Después de la Gaceta Médica, el Colegio con mayores recursos y número de miembros y teniendo por delante una Escuela de Medicina, no ha podido logar una publicación científica de tanto valor y trascendencia como aquella del pasado.

domingo, 13 de noviembre de 2011

El Fortín del Zamuro


El 20 de octubre de 1913 el Fortín del Zamuro, eterno vigilante de la ciudad y el río, presentó entre piedras y arbustos, una nueva imagen, pues desde hacía una decenio su estado físico era lamentable como resultado del intenso cañoneo a que fuera sometido durante la última batalla de la Guerra Libertadora.  Entonces sus profundas heridas habían sido restañadas, gracias a la gestión del general Albero Ramírez, comandante de la Guarnición del Estado Bolívar. .
            El fortín o fortaleza como entonces le decían, había quedado en estado deplorable a raíz de la cruenta Batalla de Ciudad Bolívar de 1902, ganada por las fuerzas nacionales comandadas por el Vicepresidente de Venezuela general Juan Vicente Gómez, contra las locales comandadas por el general Nicolás Rolando y Ramón Cecilio Farreras, cabecillas de lo que restaba de la Guerra Libertadora.
            La fortaleza de El Zamuro, principal baluarte de la ciudad, se pasó al Gobierno al comenzar la batalla en la madrugada del 19 al 20 de julio.  Era jefe de ella el general Eduardo Azanza.  Farreras mandó en los días próximos a la pelea algunos oficiales no conocidos para que fueran utilizados en la guarnición, pero Azanza los devolvió por no ser de su confianza; sin embargo, Farreras insistió y allí quedaron.  Al comenzar la pelea, Azanza, quien vivía cerca, subió a la fortaleza a dar órdenes y se encontró con el movimiento de insurrección.  Trató de imponer su autoridad y uno de los oficiales de Farreras, le tendió el máuser.  Azanza se le fue encima y en la corta lucha que entablaron, un disparo lo hirió en el brazo y cayó Azanza derramando sangre copiosamente.  El General Rolando para readquirir la posición envió fuerzas al mando de los generales Pablo Guzmán y Pedro Lucas Carvajal, quienes llegaron hasta la cima a sangre y fuego, pero no lograron apoderase del reducto porque el Gobierno envió refuerzos al mando del General Juan Fernández Amparan, quien ocupó y se hizo cargo de la fortaleza. 
            Desde entonces la fortaleza quedó destruida hasta que el General Alberto Ramírez administró  la reconstrucción y el fortín quedó con sus flancos restaurados o remozados como en sus primeros tiempos, tiempos no de la Colonia como muchos creen sino de más acá, de finales del siglo diecinueve  cuando el Gobierno lo consideró necesario a la luz de la  experiencia militar de la llamada Guerra de los Azules que derrocó al civilista Juan Bautista Dalla Costa Soublette.
Hasta los años cincuenta del siglo veinte, el Fortín del Zamuro se mantuvo activo con soldados y cañones que dependían del Cuartel “El Capitolio”, pero ya para entonces la moderna artillería no requería emplazamientos en las alturas y, por otra parte, con el recurso de la aviación militar y el agotamiento de las guerras intestinas comandadas por caudillos de montonera, no justificaban la existencia de los fortines herencia de la época medieval.  En consecuencia, el Fortín del Zamuro perdió vigencia y progresivamente fue abandonado, quedando como reliquia del pasado tormentoso de los conflictos internos de la Venezuela rural.
Sin embargo, el Fortín del Zamuro, debido a su estructura hecha con materiales primitivos en los que la piedra era lo más sólido e importante,  sufrió daños en los pegamentos causados por los elementos ambientales, dado lo cual la CVG de los años ochenta, no sólo lo restauró para convertirlo en Museo de Sitio como en efecto lo es actualmente, sino que expropió las viviendas de su entorno, cercó y le construyó un camino a cuyos bordes se alzan bronces de  próceres que desde Angostura lucharon por  la Independencia de Venezuela.

viernes, 11 de noviembre de 2011

La Fiebre Amarilla en Guayana


Las autoridades sanitarias de Guayana declararon alerta el 15 de julio de 1907 sobre un foco de fiebre amarilla denunciado en la vecina Isla de Trinidad y como consecuencia el vapor “Delta” que hizo escala en el lugar antes de dirigirse al puerto de Ciudad Bolívar, es despedido sin pasajeros.  De todas maneras, su tripulación debió hacer cuarentena en la isla de El Degredo. Luego vendría por vía telegráfica una información oficial  diciendo  se trataba de  siete casos de paludismo, incluyendo dos muertos.  De todas maneras en abril del año siguiente se desató una epidemia en Upata  a raíz de la muerte de dos extranjeros.
            El médico de Upata, doctor Eduardo Oxford (en la foto),  destaca en su informe que entonces no se habló de fiebre amarilla y que “en cuenta de la gravedad y muerte de estas dos personas no vecinas del lugar, la gente no tuvo escrúpulos en acudir a la casa mortuoria para unir en pena a la del señor Ronberoll, Jefe de la Compañía Minera que iba para El Dorado (Cuyuní) de la cual formaban parte los extintos”
            La fiebre que iba desde los 39 a los 40,5 grados no cesaba sino a los cinco o siete días con la muerte o la salvación.  Los médicos diagnosticaban la enfermedad a las treinta horas cuando el paciente presentaba alta fiebre, pulso débil e ictericia.  Pero por lo general la sintomatología se contraía  a temperatura alta acompañada de fríos y escalofríos, cefalalgia interna, frontal, orbitaria y ocular, cara abotagada, vultuosa, encendida, mejillas encarnadas, lengua ancha, seca, saburrosa desde el segundo día, náuseas y vómitos frecuentes, raquialgia, dolores constrictivos de las extremidades superiores e inferiores, orina albuminosa e inquietud general.
            El doctor Eduardo Oxford atendió y trató a más de doscientos (200) pacientes atacados de fiebre amarilla en Upata, desde el 9 de mayo al 15 de julio de 1908, entre ellos a miembros de su propia familia y de la familia Leoni, incluyendo a Raúl Leoni, quien sería más tarde Presidente de la República.  Raúl Leoni que para entonces tenía 3 años de edad, fue curado a los cinco días.  La mayoría de los atacados fueron curados, sólo 11 pacientes fallecieron víctimas de la enfermedad llamada también “vómito negro” y de la cual escasamente se sabía.  Era para entonces una zoonosis trasmitida al hombre muy novedosa.
            Hoy en día se sabe que la Fiebre Amarilla es una enfermedad infecciosa, no contagiosa, causada por un virus y caracterizada en los casos graves por temperatura alta e ictericia. Se cree que la enfermedad apareció en África y desde allí fue traída a América por los esclavos. La enfermedad fue descrita por primera vez en el siglo XVII, cuando se produjo un brote en Yucatán (México). Después se extendió a Estados Unidos y a otros países como Venezuela, marcadamente en Guayana donde se desataron epidemias como la de Upata. En 1881 el médico cubano Juan Carlos Finlay avanzó la hipótesis de que la fiebre amarilla se transmitía por la picadura de mosquitos. En Guayana fue identificado el Aedes Egipty. Que es un mosquito culícido que puede ser portador del virus del dengue y el de la fiebre amarilla, así como de otras enfermedades.
El científico cubano Carlos Juan Finlay descubrió a este mosquito como el agente trasmisor de la fiebre y presentó sus resultados por primera vez en la Conferencia Internacional de Sanidad, celebrada en Washington, el 18 de febrero de 1881. Sus declaraciones fueron objeto de burlas por parte de médicos estadounidenses, luego se convencieron y trataron de desarrollar el descubrimiento al desatarse una epidemia en el sur del país del note.

Doctor Félix R. Páez

El 12 de enero de 1916  regreso de Europa del doctor Félix R. Páez, luego de dos años de práctica en los hospitales de Londres y Paris.  Vino mejor experimentado en el tratamiento de enfermedades tropicales, venéreas y de la piel.  Tan pronto llegó a Ciudad Bolívar donde estudió y se realizó como profesional no obstante haber nacido en Betijoque (1867), fue nombrado Presidente de la Sociedad de Médicos y reanudó sus publicaciones científicas en la Gaceta Médica, donde empezó por publicar un estudio sobre la lepra.  Consideraba que esta enfermedad no existía en América y fue traída por los europeos y esclavos africanos.  Hablaba sobre el Lazareto de Ciudad Bolívar cerca del riachuelo de Buenavista que albergaba  a diez lazarinos tratados con aceite de Chamugra.
            El doctor Félix Rafael Páez, cuyo nombre ostenta el Hospital Universitario junto con el de José Ángel Ruiz, fue director del Hospital Ruiz y Mercedes por muchos años.  Renunció en noviembre de 1909 junto con Juan Manuel García Parra.  Ambos sustituidos entonces por los doctores Antonio Bello y Oscar Luis Perfetti.  En abril de 1910 fue nombrado Miembro Correspondiente de la Academia de Medicina.  El vespertino El Luchador lo saludó diciendo “Merecido lauro es ese que viene hoy a orlar la frente de un aventajado prosélito de Hipócrates a quien nos permitimos felicitar efusivamente”
En enero de 1922 se casó con Obdulia Mata Brito de cuya unión nacieron dos hijas, la primera muerta a los tres meses de nacida y Griselda que ha sobrevivido hasta nuestros días. Antes en el Caura cuando eludió la presencia de Cipriano Castro por haber sido partidario del Mocho Hernández tuvo su primea hija con una aborigen que murió en el parto.  Esa hija estuvo encargada del Instituto de Bacteriología que él dirigía en el Hospital.
La Gaceta Médica recogió en sus páginas casi todos los trabajos de investigación realizados en la ciudad sobre las enfermedades tropicales.  Uno de esos trabajos habla sobre la evolución de la Morbilidad.de ciertas enfermedades como el beriberi,  la fiebre amarilla, la viruela, conocida durante su última aparición en 1903 con el nombre popular de Quiriquiri en la zona rural, alastrim en el Brasil, elefante en los Estados Unidos y viruela Kafir o amaas en África. La fiebre tifoidea, fiebre remitente prolongada, la disentería (en todas sus variedades etiológicas), abscesos amibiano hepáticos, disentería bilharziana, paludismo, tétanos, fiebre puerperal, anquilostomiasis, pemphigus contagiosus, sífilis, lepra, epidemias de influenza, donde concluye diciendo que dicha evolución ha sido favorable para la sanidad urbana en general, puesto que el porcentaje de mortalidad ha disminuido de una manera apreciable. Finalmente, para este mismo año hace un juicio crítico del trabajo de incorporación del Doctor Antonio Briceño Rossi, acerca del, problema del Cáncer, donde entra en contradicción con algunos autores que lo consideran como un producto de la civilización moderna. Al registrar documentos de las más remotas edades, se encuentra que el cáncer era conocido por los médicos egipcios 4000 años antes de la era cristiana y que se halla mencionado en el papiro de Edwin Smith, obra de cirugía la más antigua que se conoce y que se cree fue escrita 1700 años antes de Cristo.
Fue delegado por el Estado Bolívar al IV Congreso Venezolano de Medicina, donde presentó un trabajo sobre la nosografía del Estado Bolívar  y en 1939 dictó la lección inaugural de la Escuela de enfermeras del Hospital Ruiz.
El doctor Félix Rafael Páez, falleció el 8 de diciembre de 1944 y el Concejo Municipal en homenaje póstumo acordó sustituir el nombre del Hospital “Ruiz y Mercedes” por el de “Ruiz y Páez”.

jueves, 10 de noviembre de 2011

La explotación del caucho


El  caucho, árbol que crece en zonas de humedad alta, se localiza en la Cuenca del Caura y en el Alto Orinoco. Aquí en el Alto Orinoco, la CVG, en tiempos de Sucre Figarella, llevó adelante una siembra sistemática para recuperar este recurso explotado irracionalmente hasta los años de 1920 cuando comenzó a disminuir su demanda en el mercado internacional a causa de la competencia que le hacían los cultivos de plantaciones asiáticas y la industrialización del caucho sintético.
            Los árboles productores de caucho, balatá, aceite de copaiba, substancias colorantes, gomas y demás resinas que constituyen la riqueza de los bosques del Estado Bolívar, eran talados por los explotadores, a fin de extraer mayor cantidad de productos y obtener rápidas ventajas económicas.
En conocimiento el Ejecutivo Regional de tan indignante depredación, emitió un decreto disponiendo que sólo podían explotarse los árboles que alcanzaran el desarrollo necesario “por estar en condiciones de resistir los procedimientos de extracción sin que las incisiones y perforaciones que se hagan en cada árbol pasen de la primera y segunda capa cortical pudiendo descortezarse solo el tronco de los árboles en tiras longitudinales que no excedan de cinco centímetros de ancho, alternando con fajas de corteza que se dejan de quince centímetros de ancho de manera que en los espacios descubiertos se reproduzcan la corteza, siendo indispensable cubrir dichas incisiones  o perforación con arcilla o greda que impidan la putrefacción y muerte del árbol”.
El decreto estaba basado en una Resolución del Ministerio de Fomento del 13 de enero  de 1907,  prohibiendo en absoluto la tala de los árboles que en los terrenos baldíos de la nación contienen las substancias arriba mencionadas o alguna otra que tenga valor comercial distinto del intrínseco de la madera, así como todos los demás artificios que comprometan la vida de dichos árboles.
Después de que John Dunlop inventara los neumáticos en 1887, el caucho pasó a ser el oro blanco de la selva sudamericana. En el norte de la selva amazónica (abarca territorio venezolano, colombiano, ecuatoriano y brasileño) la fiebre del caucho provocó grandes masacres.
El rechazo a estos métodos criminales, avaros e injustificables ha quedado inscrito en las páginas de la literatura. La novela “La Vorágine” del colombiano José Eustacio Rivera o el libro “El río”, exploraciones y descubrimientos de en la selva amazónica de Wade Davis, son muestras de ello.
Los indígenas hombres fueron sometidos a la condición de trabajadores forzosos y las mujeres indígenas  humilladas. Miguel Loayza, un capataz que tuvo Arana como matón y ayudante esclavizó a muchas indígenas entre nueve y trece años. Le servían de concubinas que permanecían encerradas para que él las violara cuántas veces quisiera. De acuerdo al escritor Wade Davis los abusos eran tan notorios que les afectaba hasta la propia contextura física:
La explotación del caucho, más que en Guayana, tuvo sus grandes centros de operación en la Amazonía Peruana, Brasileña y Colombiana.  Generó tal actividad que ciudades como Iquitos (Perú) o Manaos (Brasil)  se transformaron en centros de gran prosperidad económica, pero también de los más lamentables abusos en contra de la especie humana.
En 1885 los ingleses sacaron semillas fuera de la zona y lograron plantarla con éxito en las colonias asiáticas (Malasia) y zona subtropical de África (Liberia y Congo). A Liberia se le llegó a llamar el país de la Firestone, donde esta compañía tenía inmensas plantaciones. Hacia 1915 se comercializaron las primeras partidas de caucho de estas plantaciones a precios sin competencia posible para los caucheros de la Amazonía lo que provocó su debacle económica de la región y la de los caucheros.